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	<title>Fernando Gabriel Heller</title>
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	<description>Relatos</description>
	<pubDate>Tue, 22 May 2007 01:24:16 +0000</pubDate>
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		<title>NO ME QUEDA OTRA QUE MIRARTE DESDE ABAJO</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Apr 2007 18:38:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>fernandoheller</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[Ya se van a cumplir doce años desde que no puedo levantarme de esta silla. Me parece mentira que todavía siga vivo y sienta el mismo miedo a la muerte que cuando tenía quince o dieciséis años. Me doy cuenta que no puedo dominar mis emociones y lloro por cualquier cosa, y me enfurezco por [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span>Ya se van a cumplir doce años desde que no puedo levantarme de esta silla. Me parece mentira que todavía siga vivo y sienta el mismo miedo a la muerte que cuando tenía quince o dieciséis años. Me doy cuenta que no puedo dominar mis emociones y lloro por cualquier cosa, y me enfurezco por otras. Me acuerdo de mi tío Francisco que terminó igual que yo, y de mi amigo Ramón, el médico que me advirtió que cambiara de vida, que deje el cigarrillo y que no coma grasas, que terminaría como Francisco. </span><span>Francisco y yo nos veíamos una vez por año, o sea que casi no nos conocíamos. A mi no me interesaba nada de él, ni a él nada de mi. Lo único que teníamos en común era la sangre y que éramos judíos. La sangre que no perdona, que viene con la herencia, cultural y genética. La cultural me importaba un bledo y la genética me importa ahora, que ya es tarde, pues no tengo piernas. Y lo cuento no para dar lástima ni para causar impresión, sino porque es así y tengo derecho a decirlo y a gritarlo: no tengo piernas. Con ellas se me fueron las ganas de reír, de disfrutar, de leer el diario, de ir por la calle. Quizá me mandé muchas cagadas en mi vida y este es mi castigo. Fui un gran mentiroso, eso, un gran mentiroso, y como dice el refrán: la mentira tiene patas cortas. Y se me dio.</span><span> </p>
<p></span><span> </p>
<p></span><span>Tantos fueron los errores en mi vida, que ahora cuando los recuerdo, siento como si otra persona los hubiera vivido. Hoy miro a los pibes en la calle y me escandalizo cuando se bajan los cartones de vino sin respirar. Cuando era joven y todas las mujeres se me regalaban, no medía si estaba chupado o sobrio. Y me vuelvo a preguntar: ¿es que el vino de los años cincuenta empedaba menos que el de ahora? Tengo en la memoria las andanzas con mi amigo Antonio, él tampoco puede moverse. Tiene todos los miembros pero no le funciona la cabeza. No sé que es peor, si lo mío o lo de Antonio. Alquilábamos una casilla en una isla del delta para armar jodas los fines de semana. En esa época era muy común juntarse con cuatro o cinco muchachos y pagarse un lugar para armarse fiestas. El delta nos ofrecía libre albedrío, o sea que hacíamos lo que se nos cantaba y nadie nos cuestionaba nada. Estaba lleno de prostitutas que por dos mangos pasaban las noches enteras con nosotros. Una de aquellas noches, fuimos con Antonio y otros amigos que no conocíamos muy bien a nuestra casilla. Le pagamos a tres negras para que nos acompañen. El vino y la ginebra corrían como canilla abierta y nos mamamos de lo lindo, a tal punto que no podíamos frenar nuestros impulsos, y bailábamos y nos abrazábamos y manoseábamos a las negras. Hasta que una de ellas, que también estaba borracha, comenzó a bailar desnuda arriba de una mesa. Nosotros empezamos a aplaudir y a tocarla desde abajo, mientras que un loco la mojaba con un bidón que había encontrado en la calle, cerca de la entrada de la casilla. Le mojaba los pies, las piernas, después se subió con ella a la mesa y le empapó el pelo y todo su cuerpo desnudo. Entre la oscuridad de la isla y la borrachera, nadie sospechó con qué estaba mojando ese animal a la negra. Luego, este amigo bajó de la mesa, encendió un cigarrillo y le arrojó el fósforo a la bailarina. Brilló como un cometa, la noche de la isla se iluminó con la tremenda fogata humana iniciada por este hijo de puta. La mujer gritaba como un chancho antes de que lo achuren, hasta que cayó al suelo, desplomada y más negra de lo que era, luego de correr en círculo alrededor de la casilla. ¿Alguno cree que alguien se enteró de esta atrocidad? Nos fuimos corriendo a la lancha y volvimos para la Capital a dormir la mona. Dejamos pasar unos quince días para armar otro quilombo en la casilla. Eran otras épocas. </span><span>Pasaron tantas cosas en el medio. Entre esto que soy ahora y lo que fui alguna vez. Vendí demasiadas ilusiones a la gente que me quería. Los lastimé, y mientras lo hacía me arrepentía, pero no podía parar. Nunca supe como parar. Ahora que veo a esa mujer que se me acerca llorando, con una cuchilla en la mano, me inunda el pánico, y me hago todo encima. La desconozco, trato de insultarla y no me salen las palabras. Tantas veces que la ofendí y ahora no puedo ni abrir la boca para pedirle piedad. Los recuerdos siguen apareciendo en el medio del griterío que la mujer no termina de cerrar. Justamente la veo a ella en mis brazos, cuando tuvo que colgarse la casa al hombro para pagar algunas deudas que me estaban tapando. Cosía día y noche para no perder la casa, que pagamos dos veces. Nunca se olvidó de aquellos años. Los chicos no se enteraron de nada, aunque sospecho que hace poco les contó todo. Los chicos ya están grandes, una en el cielo y otro en su casa escapando de nosotros, o de mí. No importan ellos ahora, no los pienso nombrar más en este testimonio mórbido, intentaré salvarlos aunque sea una vez. La señora no sabe que la desconozco, y piensa que se pasó la vida al lado mío. Me sigue gritando, llena de lágrimas y me obliga a pedirle perdón. Yo se lo pido, con la poca voz que me sale, pero parece que no me escucha. ¿Podrá mi amigo Antonio venir a ayudarme?</span><span> </p>
<p></span><span> </p>
<p></span><span><span>            </span>En un trabajo que tuve ganaba buen dinero, y compraba de todo para la casa. Me enfurecía escuchar la cantinela del ahorro, de pagar la cuota del hipotecario, del auto y otras cosas. Alquilaba una casa de verano en la costa durante tres meses para todos y me convertía en un inconsciente o en un derrochador. Nada le venía bien; a lo mejor tenía razón, esta ambivalencia mía me desesperaba. Quería gastarla toda, darles lo mejor, lo que yo nunca había tenido. También me guardaba algo para mis vicios, alguna que otra cañita al aire, los burros o la quiniela; infaltable. </span><span>Perdía todo, absolutamente todo. Entonces explotaba la casa y los gritos exagerados y los llantos y la reputa que los parió a todos.</span><span>Los mismos gritos que cuando a mi vieja se le ocurrió festejar mi Bar Mitzva; me acuerdo que el marido de mi madre, un buen tipo, se gastó todos sus ahorros en preparar una tremenda fiesta en el patio de la casa de mi infancia. Yo no quería saber nada. Me aprendí todo el versito de la ceremonia, me porté como un duque hasta el día de la reunión. Le grité a mi vieja que me iba a comprar el pan y no aparecí por tres días. Todos plantados, mi vieja, mis parientes, decenas de invitados. Jugué al billar como nunca, el gallego del bar me dejó dormir en los baños las tres noches. Jugué y jugué hasta el cuarto día que aparecí en la casa. Mi vieja me molió a palos, literalmente. Fui a parar al hospital, me llevó un vecino, porque la turra me dejó tirado con un tajo en la cara y la cabeza llena de huevos, desmayado en el piso. Además, dos dientes de la parte de abajo me habían desaparecido. Mi padrastro miraba por la ventana de la cocina y gritaba: ¡Pará Rosa, lo vas a lastimar mucho! Nada me dolió, estuve en el hospital una semana. Me dieron de comer muy bien. Hace mucho tiempo que no como bien, creo que años. Aunque ésta que se me viene con el cuchillo cocina bárbaro; albóndigas con tuco, empanadas caseras, buñuelos de manzana, y la buseca en los cumpleaños de los chicos. Salvo el día que fermentó en la olla a presión y hubo que prepararla de vuelta en dos horas. Una hazaña, y fue</span><span> la más rica de todas la veces que la hizo. Solo en dos horas. Qué miedo. ¿Me dolerá la muerte? ¿Quién es esta loca, por qué no me escucha? Me parece que se confunde con otro, yo no soy el que ve, ni al que putea. Antonio vení. No servís ni para amigo.</span><span> </p>
<p></span><span> </p>
<p></span><span>Un centímetro y frenó. Se habrá asustado por mis alaridos. Qué dirán los vecinos, aunque están acostumbrados a mis gritos. Un centímetro, no tiene ovarios la guacha, en cambio yo tengo unas pelotas que ya me pesan. Me acuerdo como me calentaba en los restaurantes cuando los mozos no me daban bolilla. Aquella vez en Mar del Plata casi lo mato a uno. El novio de mi hija se asustó y se fue para la calle; yo me quedé peleando, casi lo mato, me lo tuvieron que sacar de las manos al salame de blanco. Mi hija lloraba del susto, nunca entendió que la estaba defendiendo del maltrato. Mi hija, mi chiquita, dónde estará ahora. Si habrá sufrido; nunca pude ayudarla. </span><span>Un centímetro y respiro, la sangre no me asusta, ya vi demasiada. Poco a poco esta calmándose esta loca, me sigue puteando por lo bajo. Ahora llora a moco tendido, y me dice que le arruiné la vida. Ya me tiene podrido, se va a arrepentir de todo lo que me dice, no sabe lo que es estar sentado toda la vida en esta silla de mierda sin que nadie te de pelota. No se imagina lo fulero que es mirar a todo el mudo desde abajo. Guacha. Mejor lo llamo a Toto para que me juegue un numerito en las dos loterías; nos tendríamos que mudar de esta casa, en este barrio no hay ni un almacén cerca; a qué le juego, mejor le pregunto a Toto. Le tengo que avisar a Antonio que la loca ya se fue, que me dejó tranquilo. ¿O no le había dicho nada de la loca? Cómo sangra este puntazo, no me dejaron ni una gasa para curarme, con este trapo está mejor.</span></p>
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		<title>PALOMAS ROJAS</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Apr 2007 18:37:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>fernandoheller</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[Como siempre. Lee su antiguo librito y con el último eructo de leche tibia, se acuesta en su colchón de resortes. Cada año que pasa le resulta más cómodo. Y lo adora. Reza algún Padre Nuestro para no perder la costumbre. Antes de dormir investiga en su fichero personal, la maraña de recuerdos, paradójicamente ordenados. Pasaron [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span>Como siempre. Lee su antiguo librito y con el último eructo de leche tibia, se acuesta en su colchón de resortes. Cada año que pasa le resulta más cómodo. Y lo adora. Reza algún Padre Nuestro para no perder la costumbre. Antes de dormir investiga en su fichero personal, la maraña de recuerdos, paradójicamente ordenados.</span><span> </span><span><span>Pasaron muchos años desde que abandonó sus funciones. Piensa qué tiempos los de antes; y se dice a si mismo, que dicha puta frase hecha, no le llena los pulmones de aire; ni el alma de alegría. Se duerme y escucha el sonido de los motores. Huele a gasoil quemado de viejos jeep. Una estruendosa bocina lo despierta. Levanta la cabeza y se asoma por la ventana que da a la calle. Los ve. Los observa. Los estudia. Se pregunta si son los mismos de siempre. Habrán vuelto quizá. </span><span> </span></p>
<p></span><span>Recuerda que la noche anterior, su noticioso favorito no mencionó nada de que estaban de regreso. Piensa que sus ochenta y cuatro años le están jugando sucio. Se relaja, nuevamente desvelado. Toma su librito y relee. Relee lo que ya devoró una y mil veces. Desde tanto tiempo. Se pregunta de quién habrá sido tanta lucha. Si alguien, alguna vez le reconocerá tanto sacrificio. Toma una página al azar. Y le cae donde más le gusta. ¿Será un mensaje divino? ¿Una señal?</span><span><span> </span></span><span>El viejo dormita un rato; en su madrugada atroz. No logra la profundidad que necesita para el descanso. Por lo menos eso es lo que intuye. Igualmente lo asalta la misma pesadilla. Sus palomas rojas, como ensangrentadas, que se le vienen encima y lo persiguen hasta el umbral del despertar. El mismo despertar de todas las madrugadas. Sudoroso, tembloroso, helado. Entonces se levanta, hace pis, y corre hacia la heladera a tomarse unos tragos del <span class="spelle">licor</span> que le traen todos los meses sus antiguos camaradas, en aquellos años, subordinados. Le prometieron visitarlo siempre. Les hizo jurar que no lo dejarían solo, que volverían para recordar los buenos tiempos y las mismas hazañas. Ahora solo le tocan el timbre, le dejan su botella de <span class="spelle">scotch</span> y se suben al auto. Adiós Coronel, le prometo que en unos días volvemos y charlamos un rato. No vuelven, solo cumplen viejas órdenes.</span><span> </span><span><span>Otra vez los motores. El gasoil, los jeep, los gritos. Mira por la ventana y decide ir a saludarlos. Cuando llega a la puerta de calle, ya no están. Se esfuman.</span><span><span> </span></span><span>Últimamente la cabeza le duele mas seguido que antes. Hay días en que parece que le va a estallar. Decide recostarse y no pensar. Sacarse la bronca que le produce el abandono, por lo menos hasta que salga el sol.</span><span><span> </span></span><span>La luz no asoma. El perro del vecino sigue ladrando como si fueran las doce de la noche. Vuelve a levantarse y no puede creer lo lento del paso del tiempo. Observa el reloj y marca las ocho de la mañana. Aunque sigue siendo de noche. El pánico lo invade otra vez, como con la pesadilla de las palomas. No logra entender como se puede estar conciente de ser un viejo <span class="spelle">choto</span> y no evitar las supuestas alucinaciones seniles. Deduce que al cerebro hay que dejarlo hacer y olvidarse que se lo tiene. </span><span> </span></p>
<p></span><span>Prepara un vaso con algo de soda y lo completa con su <span class="spelle">scotch</span> hasta el tope. Sale al patio trasero y descubre un cielo nocturno enteramente despejado. Vuelve a preguntarse si serán las ocho de la mañana. Entonces algo le golpea la cabeza y logra marearlo. Sobre sus pies cae muerta y en estado de putrefacción una paloma roja, como ensangrentada. En un ataque de furia se descuelga con decenas de <span class="spelle">puteadas</span>. Insulta al cielo estrellado, a la luna que no se va, a las pesadillas y a los del jeep que no bajan a saludarlo. Envuelve sus manos con una bolsa de basura, toma la paloma y se la arroja al vecino del perro que no para de ladrar. Como si fueran las doce de la noche.</span><span> </span><span><span>Las agujas de su reloj siguen girando. Avanzan y ya marcan las cinco de la tarde. Vuelve a mirar por la ventana que da al patio. La luna más brillante y enorme que nunca. Una noche que se comió el día. Cada hora que pasa el pánico crece y lo transforma. Muta hacia alguna especie de monstruo que lo invade y rompe todas sus barreras naturales de defensa. Se mira en el espejo y se descubre. Anciano. Arrugado. Una película blanca cubre sus ojos. Algunas manchas en la cara le desvían la mirada de si mismo. La misma noche interminable lo obliga a tirarse en su amado colchón nuevamente. Intenta el descanso.</span><span> </span></p>
<p></span><span><span>  </span>Logra dormir casi cuatro horas. Una estruendosa frenada lo despabila y se incorpora ilusionado. Gasoil en el aire y algunos gritos. Llega hasta la ventana y los ve. Corre hasta la puerta de calle. La había dejado abierta; sale y ya no están. Otra vez desaparecen. Malditos cobardes, piensa. No se atreven a verle la cara a un viejo camarada. Le temen a la vejez. O a la muerte. </span><span> </span><span> </span><span>Ya ni se cuestiona la oscuridad. Considera que su reloj, ya marca las nueve, y que las cosas están donde deben. Toma su librito y repasa viejas frases. Se promete mañana salir a caminar. Seguramente un largo paseo le devolverá los pies al piso y lo alejará de tanta confusión. Se mofa de si mismo y dice en voz alta: “los viejos se tendrían que morir de jóvenes”. Hecha una carcajada y una lágrima. Casi al mismo tiempo. La desesperación regresa y no la combate. Resignado la acepta y su cuerpo comienza a temblar.</span><span>Como puede se acerca a la puerta del patio y busca desesperado un poco de aire fresco. Imagina que le pasará el temblor. Pero no, no le pasa. Apoya el trasero en la escalera que lo lleva a la terraza. El cemento frío lo eyecta y se incorpora. Decide subir los escalones que hacía meses que no trepaba. Llega a la terraza y tropieza con algo que no puede distinguir. Ya imagina que debe de ser una de esas palomas de mierda. Como en una película de terror, demasiado obvio. Lo que nunca hubiera pensado es que se encontraría con tantas. Contó treinta y seis. Todas rojas. Se sigue preguntando si será sangre, pues no se anima a tocarlas. Si llegara a serlo estaría seca, supone. Se siente raro, siempre le llamó la atención el color de la sangre. Agradable y profundo. No lo ve de esta manera ahora.</span><span> </span><span><span>Horas y horas de oscuridad. Le calan el alma, lo humillan, lo demuelen. Se defecan en su inteligencia. Las palomas terminaron en una bolsa de consorcio de las que usaba para esconder sus cadáveres hace años. La madrugada permanente no deja de ser eso: algo permanente. Ya está convencido de que nunca más verá la luz del sol. Los motores de los jeep suenan sin descanso en la puerta de su casa. Los gritos, las frenadas y los portazos. Un constante aleteo de aves, que supone palomas, se entremezcla con los demás sonidos del ambiente. ¿Es que nadie los escucha? ¿Es que nadie los ve? Sale a la calle, no hay más que desolación y oscuridad. ¿Dónde están esos tagarnas de mierda? Se queda sentado esperando en el cordón de la vereda. El aleteo es cada vez más asqueroso y penetrante. Hasta se puede oler. Lo que queda de cielo ante sus ojos se torna cada vez más rojo. Intenta descifrar el contorno de la luna y no lo logra. Sonríe, sí, sonríe con sorna. Como lo hacía antes, cuando se creía inmortal. Dueño de la vida. De la propia y de la de los otros. Esos otros que lo miraban con los ojos inyectados en ese color maravilloso que da el terror mezclado con la sangre. La masa roja está cada vez más cerca. Y viene desde el cielo, vaya paradoja. Alguna vez creyó que ascendería desde el infierno, si es que existe. Se acuesta, sobre el cemento frío; esta vez no se eyecta. Decide no cerrar los ojos y putea. No se resigna al odio, no se entrega al perdón. No pierde sus convicciones. Ahora ni una lágrima, se dice a si mismo, ni una pizca de miedo. ¡Que vengan, mierdas! Palomas, miles. Sangre en todo su cuerpo. Poco a poco su ser se convierte en la nada y desaparece. Se va sonriendo. Ama el color rojo. Seis de la mañana. El sol asoma en el este.</span></p>
<p></span></p>
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		<title>EL BOLSO</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Feb 2007 01:18:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>fernandoheller</dc:creator>
		
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			<content:encoded><![CDATA[<p><span>Me asomo por la ventana de la casa y entrecierro mis ojos. Hay mucho viento y la arena lastima un poco, mis ojos lagrimean y se secan al instante con la brisa de la costa. Hace un par de semanas que me deshice de Griselda y ahora todo parece ser felicidad. Hay una canción que dice: “…para ser feliz, necesito que desaparezcas…”, su letra tan dura y directa me identifica y me abre el pecho de la euforia. </span><span>Se me acerca Walter con un vaso de ginebra en la mano y ese olor a alcohol que lo caracteriza, y pienso: “Qué fenómeno este pibe, como chupa.” Los dos, asomados en la ventana de la casa que alquilamos, miramos a un costado de la calle y tratamos de visualizar el mar. Charlamos sobre cosas que nos hacen reír, mujeres, borracheras, brutalidades. Estoy un poco monotemático y le menciono lo de Griselda, que a veces la extraño, que cómo se movía en la cama, que por qué me habrá engañado. Terminamos a las carcajadas, como es nuestra costumbre, y sé que Walter también se siente eufórico. Es que las vacaciones nos hacen seres felices; rodeados de música blues, mujeres, buena comida, y bastante alcohol. En realidad, el alcohol me acompaña de cerca, bebo poco en comparación con mis amigos, pero bueno, a veces finjo embriaguez para divertirme. Seré un simulador. Víctor se está preparando para visitar el barcito de la playa; cenamos hace un par de horas. Me pregunta desde la habitación, mientras se seca, qué llevo en ese bolsito que traje y que nunca abro. “A Griselda, la llevo a Griselda”, le respondo.</span><span></span><span> </span><span><span>A Griselda me la presentaron unos primos que vivían en Alemania y decidieron volverse a<br />
la Argentina. Griselda había nacido en Europa pero sus padres eran argentinos y estaban también volviendo al país junto con mis familiares.<span>  </span>Qué buena que estaba, era explosiva y simpática, desinhibida y simple. Me volvía loco ese acento germano mezclado con expresiones latinas que usaba para hablar. Griselda llamaba la atención en todas partes, y le gustaba hacerlo. Recuerdo una vez que me pidió que la llevara a un recital en un estadio, llegaba a Buenos Aires una banda de rock que le encantaba. Saqu</span><span>é entradas para el campo y nos metimos en la multitud. La noche estaba húmeda y calurosa y Griselda tenía puesto solo una remera con la cara del cantante, sin corpiño, y unos pantalones de jean ajustados al cuerpo. La verdad que estaba increíble. Hacia la mitad del show se largó una lluvia torrencial; empapados y eufóricos seguimos saltando y cantando bajo el agua. A Griselda no se le ocurrió mejor idea que sacarse la remera y quedar con los pechos al viento. Una ráfaga de manotazos se le vino encima y no pudo evitar caerse al piso. Mi enojo fue tan grande que me mandé a mudar y la dejé sola entre la jauría de roqueros que se la querían devorar. A las tres de la mañana la tenía en la ventana de mi dormitorio insultándome como una desaforada y jurándome que había disfrutado de que la hubieran manoseado tanto. Griselda me hacía la vida imposible pero estaba loco por ella, me gustaba cómo me perseguía pretendiendo que me adhiriera a su vida en forma incondicional. Creo que pensaba que era mi obligación estar siempre a su lado, hasta para ir a comprar el pan, o hacer algún trámite en la embajada para pedir certificaciones de sus estudios. Entonces, si me desprendía de su ala un instante, armaba un escándalo en cualquier lugar. Soporté gritos en la calle, delante de mucha gente, en bares o negocios. Se enceguecía de furia y me humillaba con palabras hirientes. Demasiado hirientes. Podría pasarme horas hablando de Griselda, podría contar decenas de situaciones que<span>  </span>cualquier hombre con un poco de dignidad no soportaría ni un segundo. Sin embargo, conviví veintisiete meses con ella.<span>  </span></span><span></span><span> </span></span><span><span>Walter y Víctor me esperan en la puerta de la casita, me gritan que me apure, que va a empezar la joda en el bar de la playa. Nos subimos al viejo Ford Falcon que maneja Víctor desde que terminamos la secundaria. Ese auto me trae muchos recuerdos, buenos y no tan buenos. Es como si fuera la prolongación de Víctor. Cuando pienso en </span><span>él, se me aparece el Falcon, y cuando subo al Falcon, Víctor está en mi cabeza. No el que se sienta al volante para llevarnos de joda, sino el Víctor de siempre, el loco, el que se toma todo el alcohol, el desinhibido, y a veces, el violento. Es extraña la ambivalencia que tengo con mi amigo; realmente no lo soporto, no acepto ninguna de sus ideas, pienso que tiene un cerebro muy pequeño y consumido. Cuando se emborracha me dan ganas de pegarle trompadas, cuando se acerca a alguna chica con la manera que él tiene de hacerlo, deseo interponerme para que no logre ni siquiera algo de simpatía. Me cuesta aceptarlo, sin embargo lo quiero, y lo llamo para organizar salidas junto con Walter, y trato de ayudarlo cuando se pone mal. Porque se desborda cuando toma; se desespera, llora, me abraza, y si no logro manejar la situación, no me queda otra que aguantar su violencia; aunque nunca la agresión se vuelve en mi contra. </span><span><span> </span>El Ford no arranca, no sabemos qué le pasa, es probable que se nos haya olvidado cargarle nafta. El medidor de combustible no funciona hace años, y tenemos que andar calculando cuantos kilómetros hicimos para darnos cuenta si hay que agregarle o no. Nos bajamos del auto y me acuerdo de que no cerré con llave la puerta de la casita; por las dudas vuelvo a entrar y reviso mis cosas. Me pregunto desde cuándo soy tan obsesivo. Miro por encima del armario de mi habitación y el bolsito sigue allí, en el mismo lugar donde lo apoyé desde que llegamos a esta casa. </span><span><span> </span>Mis amigos empiezan a caminar por la calle de arena hacia la playa. Son apenas dos cuadras, mientras tanto, le pongo llave a la cerradura. Respiro profundo, me endulza el aire fresco de la noche; noche que ya está mutando a madrugada. Se percibe en el barrio, de chalecitos pequeños y muy familiares. Todas las ventanas están cerradas y casi no se oye el ruido de la gente. Pienso que dentro de pocas horas la mutación retrocederá y las ventanitas se abrirán con la salida del sol. El silencio que tanto me relaja desaparecerá de mi cabeza. Y con los murmullos vecinales, a lo mejor, regresarán mis recuerdos, algunos en forma un poco extraña, como fantasmas. Me vienen ganas de escribir algo o de tocar la guitarra. Es como un ataque de creatividad que tiene que explotar por algún lado; lamento estar caminando en este pueblo playero, de madrugada, por la calle, y lamento no tener ni un lápiz para escribir mis ocurrencias. Estamos llegando, mejor dicho, estoy llegando al bar de la playa; Walter me hace señas con la mano para que apure el paso, cuando llego a él me cuenta que está lleno de mujeres tomando cerveza y que la banda está por empezar a tocar. Entramos y nos sentamos en una mesa bastante bien ubicada, por el medio, cerca del escenario. El lugar está muy bueno, hay muchos adornos colgados en las paredes: salvavidas, anclas, pedazos rotos de madera de barcos y algunas fotos de los habitantes del lugar. </span><span>Varias botellas de cerveza hacen que se nos duerman los labios, o por lo menos es lo que a mí me pasa. Me freno con la bebida y trato de disfrutar la noche; estoy en el punto justo entre la borrachera total y la alegría de despojarme de las inhibiciones comunes. Un punto exacto, sutil, donde observo a Walter caer cada vez más, bajo los efectos del alcohol. Se aletarga, habla pausado, se apaga su euforia. Víctor es diferente, se envalentona y se excita exageradamente; arremete con la moza de minifalda pensando que se enamorará perdidamente de ella. Qué cosa con las mozas de los bares, representan la fantasía de todos los borrachos. Son las únicas mujeres que tienen a mano, aunque no se dejen tocar.</span><span> </span><span><span></span></span></p>
<p></span><span>Víctor comienza a fastidiarme con su comportamiento, y a la vez no puedo evitar reírme de sus animaladas. Trata de tocarle el traste a una de las mozas y se cae de la mesa al estirar su brazo. Queda sentado en el suelo, encima de un charco de cerveza, que él mismo había volcado hace un instante. La moza lo mira de reojo y masculla algún insulto con sus labios rojos. Víctor se ríe a carcajadas creyéndose el más gracioso de todos. </span><span>Creo que percibe mi malestar, siempre lo ha percibido. Dentro de su cabeza inundada de alcohol debe haber una lamparita que se enciende ante mis indirectas y diplomáticas críticas. Aunque hoy lo veo distinto que cuando salimos durante el resto del año, fuera del período de vacaciones. Víctor vomita como siempre, se encabrona con un tipo de la mesa de al lado, manosea a la moza y le grita a la banda de blues que está tocando desde que llegamos al lugar. Se me acerca de vez en cuando como para decirme algo al oído, luego se arrepiente a mitad de camino. Le pregunto qué le pasa y me contesta: “Nada, te quiero, loco”. Sonríe y no sé por qué lo noto distinto. </span><span>Amaneciendo, con el primer rayo de luz, embocamos la llave de la casita en la cerradura. Con Walter acostamos a Víctor en la primera cama que encontramos. Ya con la cabeza transpirada y apoyada en la almohada, me agarra fuerte de un brazo y me dice: “Vení, acercate. El bolsito, qué llevás en el bolsito”. </span><span> </span><span><span>Me despierto sobresaltado con el sol del mediodía, por suerte; las pesadillas que tengo desde hace algunos días no me gustan para nada. Soñé con víboras, fue terrible. Las sentía en las piernas, como dentro de los pantalones. Entonces, desesperado, intentaba<span>  </span>bajármelos, y me daba cuenta de que no los tenía, que solo eran las víboras. Intentaba correr, como corre una persona que escapa de un incendio encendida en llamas, y caía al piso, enroscado en ellas.</span><span> </span></span><span><span>Walter dice que le hablo dormido, que lo llamo y le pido ayuda. Víctor se asusta y se tapa la cabeza hasta que dejo de balbucear en sueños. Nos levantamos con la resaca habitual y nos ponemos en campaña para ir de compras al mercadito de la avenida. Juntamos algo de dinero entre los tres mientras planificamos un asado para la noche. Víctor se pone a exprimir unas naranjas bien jugosas que compramos el día anterior en una feria; lo observo sin que se dé cuenta. Lo descubro meticuloso, calculador. Busca el corte preciso en la mitad de las naranjas, les quita las semillas suavemente, las huele para verificar que no estén pasadas. Luego prepara tres vasos colocando dos cubos de hielo en cada uno, y pasa el jugo por un colador de alambre de alambre para quitarles los restos de pulpa. No lo puedo creer, ¿quién es este Víctor? Me desconcierta y no logro descifrarlo. Siento algo de zozobra en sus pequeños cambios, encuentro actitudes persecutorias en su mirada que me molestan. Sobre todo su curiosidad, eso es, su curiosidad me saca de quicio. </span><span> </span><span><span>No sé por qué no nos hablamos desde que nos levantamos. Víctor me sirve el jugo de naranjas,<span>  </span>y luego <span> </span>no cruzamos palabra en todo el día. Estamos en la playa desde la hora del almuerzo. Muchísimo calor, fastidioso y pegajoso. Me la pasé hablando con Walter sobre la banda de anoche y soñando con armar una propia, tendríamos que encontrar un pianista y un bajista para completar el grupo. Víctor toca la batería, Walter canta y la guitarra corre por mi cuenta. Pero Víctor no me habla. Nuevamente aquel sentimiento de enojo hacia todo lo que dice o hace me invade por completo. Juro que no lo soporto, su voz, cuando se come las eses, o cuando grita en público haciéndose el gracioso. Una chica en bikini que pasa cerca de nosotros es atacada por los piropos de Víctor, se da vuelta y se defiende con un insulto. Víctor le contesta: “Andá, tetona”. </span><span>Llego a mi límite. Me levanto en silencio, aunque con velocidad; quiero hacer notar mi furia y sacudo mi toalla con fuerza. Walter me mira y pregunta qué me pasa. No le contesto. Víctor, clavándome su peor mirada, vuelve a preguntar: “¿Algún problema?” Nada importante, le contesto con sequedad.</span><span> </span></span></p>
<p></span><span>Walter está preocupado por Víctor, me cuenta que antes de salir de vacaciones estuvo una semana sin ir a trabajar, encerrado en su departamento. Atendía el teléfono pero no le abría la puerta a nadie. Ni siquiera a él que es como un hermano. Ellos se quieren mucho, son muy unidos y se necesitan más que yo a ellos. Me angustia la preocupación de Walter, es un tipo callado y de una tristeza permanente. Nunca se juega con opiniones y generalmente es imposible deducir qué es lo que está pensando. Sus sentimientos, sus deseos o sus sueños. Es por eso mi angustia por Walter. Jamás se había mostrado interesado por lo que le pudiera pasar a alguno de nosotros.</span><span>En la semana de encierro de Víctor yo estaba borrado, terminando con Griselda. Ella se volvía a Alemania, porque se había hartado de Argentina y su mediocridad, según sus palabras. Estaba segura de que yo dejaría toda mi vida para seguirla, y se dio de cabeza contra la pared. Jamás la hubiese seguido. Ante mi negativa comenzó a buscar excusas para lastimarme, y es ahí donde desplegó todo su odio y su maldad. Se le ocurrieron los insultos y las frases más hirientes y humillantes. Se metió con todo lo que me importaba<span>  </span>y quería. Pero no quedó solo en palabras. Sus confesiones fueron más dolorosas. Me contó de supuestas fiestas con varios hombres, ya que no se sentía satisfecha conmigo; agregó una segunda parte muy oscura a la historia del día del recital, después de los insultos en la puerta de mi casa. Por supuesto que no le creía nada de lo que me contaba, y más se enfurecía. En un punto de la discusión, enloqueció y me abofeteó varias veces. No se imaginan las ganas de matarla que tenía, la furia en mis ojos debe haber sido penetrante. Griselda lo advirtió y disfrutaba con eso. Una mano se me escapó de control y fue a parar directo su cuello. Apreté poco a poco hasta borrar su sonrisa irónica, luego, a los pocos segundos, una mueca de espanto se dibujó en su cara. </span><span> </span><span><span>Otro amanecer en la playa nos une con Walter en un momento máximo de tranquilidad. Sin Víctor. Acabamos de salir del aire viciado del barcito y suponemos que un poco de oxígeno a orillas del mar no vendría nada mal. Prefiero quedarme hasta que aguantemos fuera de la casa. La tensión con Víctor es cada vez mayor; no sé qué nos está pasando, la convivencia se nos hace cada día más difícil. </span><span>Decidimos volver a la casa e imaginamos que Víctor nos espera con algún desayuno, eso lo pensamos debido a su iniciativa para preparar los exprimidos de naranja de hace unos días. Walter para en una panadería a comprar unas facturas y yo sigo caminando. Cuando llego a la casa lo encuentro a Víctor sentado en la mesa de la cocina con la cabeza gacha y cubriéndose la cara con las manos. Le pregunto qué le pasa y me mira con los ojos inyectados en sangre. Un sudor frío me recorre la espalda. “Qué tenés en ese bolso”, me grita. “Dejame de romper las pelotas, metete en tu vida, borracho de mierda”, le contesto. Sin darme tiempo a defenderme, Víctor me salta encima con todo el peso de su cuerpo, y caemos al piso trenzados con la furia de dos perros callejeros. Trato de zafarme de sus brazos y le emboco una trompada en la boca que le hace sangrar los labios. Inmediatamente, me devuelve el golpe con un rodillazo en el estómago que me deja sin aire. Ahora todo es más violento y degradante. Nos arañamos la cara con rabia y nuestros ojos se cruzan en deseos terribles de maldad, uno con el otro. Quisiera despedazarlo y darle la cabeza contra el cordón de la vereda. Nos lastimamos mucho. <span> </span>Los dos tenemos la cara llena de sangre mezclada con suciedad del piso. Víctor tiene sectores sin pelo en su cabeza; yo tengo un corte en la rodilla derecha debido a una patada. Nuestras bocas parecen teñidas de rojo.</span><span>Llega Walter y nos encuentra tan agotados que no le cuesta nada separarnos y poner fin a lo jamás pensado. ¿No te gusta la expresión “lo menos pensado?” Pocas palabras quedan por decir, y nadie abre la boca. Todo se desmorona y no sé por qué. Tantos años juntos, en las buenas y en las malas. Ahora Víctor inicia la confesión. </span><span>La semana que estuvo encerrado y desaparecido tiene una explicación. Me cuenta que luego de mi pelea con Griselda, ella lo había ido a buscar para proponerle un poco de diversión. “Siempre te tuve ganas”, le dijo ella. Víctor le hablaba de nuestra amistad y Griselda lo engatusaba vaya a saber con qué historia de despedida. Le explicó que esa noche viajaría a Alemania y que nadie sabría nada más de ella. “Entré como un caballo”, me dice con voz quebrada. Mi cara se derrumba, entre los golpes que tengo por la pelea y lo que me estoy desayunando. En realidad, nada me asombra; Griselda hizo algo que cabe perfectamente<span>  </span>dentro de su cabeza enferma. Víctor con su debilidad, tampoco me sorprende, y además, ya no me importa si se encamó con ella o con una horda de Alemanas vírgenes. Lo que no puedo comprender es cómo a Víctor se le ocurrió pensar que en ese bolsito está el cadáver de Griselda. Empiezo a sentir lástima por él, por su dolor. No me animo a preguntarle si se enamoró de ella, no vale la pena. Sí me cuenta que fue al aeropuerto a despedirla y que no la encontró, entonces supuso que tendría mal el horario de salida del vuelo. Igualmente no la volvió a ver. </span><span>Para sacarlo de la angustia voy a buscar el bolso y lo coloco delante de sus narices. “Abrilo”, le pido. Me mira con aquellos ojos que tanto me persiguieron estos días. Lentamente toma el cierre y lo corre hasta el final. Para apurar el trámite, doy vuelta el bolso sobre la mesa y lo vacío. Decenas de fotos de Griselda, cartas de amor, tarjetas de aniversario y otras pelotudeces que de nada sirven si uno quiere olvidar. “Lo traje para tirarlo desde el muelle”, le explico. Víctor llora y escupe su angustia pidiéndome que lo perdone. </span><span> </span></span><span><span>Subo al ómnibus, pues adelanto mi regreso. Nos queda una semana más de alquiler pero decido dejar atrás todo esto y volver a casa. Walter y Víctor eligen seguir de vacaciones. Anoche, luego de todo lo que pasó, lo oí hablar con Griselda en sueños. Creía que en sueños, pero cuando me acerqué a despertarlo no estaba dormido. Fue la primera vez en todos estos años que le tuve miedo. Volvió a sonreírme de esa manera, en la noche, solo con la luz de una luna enorme que se metía por la ventana. </span><span> </span><span><span>Durante dos meses no supe nada de mis amigos. Algún llamado telefónico a Walter, nada más. El verano está pegando fuerte en la ciudad. El calor se torna insoportable y no acompaña para nada nuestra existencia. Suena el timbre, es raro a estas horas de la mañana. Me levanto de la computadora que acabo de encender para escribir algunas ideas. Nuevamente el timbre, me asomo por la ventana y lo veo a Víctor. Le pregunto qué hace a las siete de la mañana parado en la puerta de mi casa. Veo que le hizo chapa y pintura al Falcon, quedó como nuevo. Grita, como siempre lo hace cuando está contento por algo: “La encontré, loco, <span> </span>te la traje de vuelta. Salí rápido que me tengo que ir a laburar”. Bajo las escaleras de mi casa y cuando abro la puerta de calle, ni Víctor ni el Falcon están allí. Camino en pijama y tropiezo con algo. Un bolso cerrado, hinchado como para reventar.</span></span></p>
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		<pubDate>Mon, 08 Jan 2007 22:51:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>fernandoheller</dc:creator>
		
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