PALOMAS ROJAS
Como siempre. Lee su antiguo librito y con el último eructo de leche tibia, se acuesta en su colchón de resortes. Cada año que pasa le resulta más cómodo. Y lo adora. Reza algún Padre Nuestro para no perder la costumbre. Antes de dormir investiga en su fichero personal, la maraña de recuerdos, paradójicamente ordenados. Pasaron muchos años desde que abandonó sus funciones. Piensa qué tiempos los de antes; y se dice a si mismo, que dicha puta frase hecha, no le llena los pulmones de aire; ni el alma de alegría. Se duerme y escucha el sonido de los motores. Huele a gasoil quemado de viejos jeep. Una estruendosa bocina lo despierta. Levanta la cabeza y se asoma por la ventana que da a la calle. Los ve. Los observa. Los estudia. Se pregunta si son los mismos de siempre. Habrán vuelto quizá.
Recuerda que la noche anterior, su noticioso favorito no mencionó nada de que estaban de regreso. Piensa que sus ochenta y cuatro años le están jugando sucio. Se relaja, nuevamente desvelado. Toma su librito y relee. Relee lo que ya devoró una y mil veces. Desde tanto tiempo. Se pregunta de quién habrá sido tanta lucha. Si alguien, alguna vez le reconocerá tanto sacrificio. Toma una página al azar. Y le cae donde más le gusta. ¿Será un mensaje divino? ¿Una señal? El viejo dormita un rato; en su madrugada atroz. No logra la profundidad que necesita para el descanso. Por lo menos eso es lo que intuye. Igualmente lo asalta la misma pesadilla. Sus palomas rojas, como ensangrentadas, que se le vienen encima y lo persiguen hasta el umbral del despertar. El mismo despertar de todas las madrugadas. Sudoroso, tembloroso, helado. Entonces se levanta, hace pis, y corre hacia la heladera a tomarse unos tragos del licor que le traen todos los meses sus antiguos camaradas, en aquellos años, subordinados. Le prometieron visitarlo siempre. Les hizo jurar que no lo dejarían solo, que volverían para recordar los buenos tiempos y las mismas hazañas. Ahora solo le tocan el timbre, le dejan su botella de scotch y se suben al auto. Adiós Coronel, le prometo que en unos días volvemos y charlamos un rato. No vuelven, solo cumplen viejas órdenes. Otra vez los motores. El gasoil, los jeep, los gritos. Mira por la ventana y decide ir a saludarlos. Cuando llega a la puerta de calle, ya no están. Se esfuman. Últimamente la cabeza le duele mas seguido que antes. Hay días en que parece que le va a estallar. Decide recostarse y no pensar. Sacarse la bronca que le produce el abandono, por lo menos hasta que salga el sol. La luz no asoma. El perro del vecino sigue ladrando como si fueran las doce de la noche. Vuelve a levantarse y no puede creer lo lento del paso del tiempo. Observa el reloj y marca las ocho de la mañana. Aunque sigue siendo de noche. El pánico lo invade otra vez, como con la pesadilla de las palomas. No logra entender como se puede estar conciente de ser un viejo choto y no evitar las supuestas alucinaciones seniles. Deduce que al cerebro hay que dejarlo hacer y olvidarse que se lo tiene.
Prepara un vaso con algo de soda y lo completa con su scotch hasta el tope. Sale al patio trasero y descubre un cielo nocturno enteramente despejado. Vuelve a preguntarse si serán las ocho de la mañana. Entonces algo le golpea la cabeza y logra marearlo. Sobre sus pies cae muerta y en estado de putrefacción una paloma roja, como ensangrentada. En un ataque de furia se descuelga con decenas de puteadas. Insulta al cielo estrellado, a la luna que no se va, a las pesadillas y a los del jeep que no bajan a saludarlo. Envuelve sus manos con una bolsa de basura, toma la paloma y se la arroja al vecino del perro que no para de ladrar. Como si fueran las doce de la noche. Las agujas de su reloj siguen girando. Avanzan y ya marcan las cinco de la tarde. Vuelve a mirar por la ventana que da al patio. La luna más brillante y enorme que nunca. Una noche que se comió el día. Cada hora que pasa el pánico crece y lo transforma. Muta hacia alguna especie de monstruo que lo invade y rompe todas sus barreras naturales de defensa. Se mira en el espejo y se descubre. Anciano. Arrugado. Una película blanca cubre sus ojos. Algunas manchas en la cara le desvían la mirada de si mismo. La misma noche interminable lo obliga a tirarse en su amado colchón nuevamente. Intenta el descanso.
Logra dormir casi cuatro horas. Una estruendosa frenada lo despabila y se incorpora ilusionado. Gasoil en el aire y algunos gritos. Llega hasta la ventana y los ve. Corre hasta la puerta de calle. La había dejado abierta; sale y ya no están. Otra vez desaparecen. Malditos cobardes, piensa. No se atreven a verle la cara a un viejo camarada. Le temen a la vejez. O a la muerte. Ya ni se cuestiona la oscuridad. Considera que su reloj, ya marca las nueve, y que las cosas están donde deben. Toma su librito y repasa viejas frases. Se promete mañana salir a caminar. Seguramente un largo paseo le devolverá los pies al piso y lo alejará de tanta confusión. Se mofa de si mismo y dice en voz alta: “los viejos se tendrían que morir de jóvenes”. Hecha una carcajada y una lágrima. Casi al mismo tiempo. La desesperación regresa y no la combate. Resignado la acepta y su cuerpo comienza a temblar.Como puede se acerca a la puerta del patio y busca desesperado un poco de aire fresco. Imagina que le pasará el temblor. Pero no, no le pasa. Apoya el trasero en la escalera que lo lleva a la terraza. El cemento frío lo eyecta y se incorpora. Decide subir los escalones que hacía meses que no trepaba. Llega a la terraza y tropieza con algo que no puede distinguir. Ya imagina que debe de ser una de esas palomas de mierda. Como en una película de terror, demasiado obvio. Lo que nunca hubiera pensado es que se encontraría con tantas. Contó treinta y seis. Todas rojas. Se sigue preguntando si será sangre, pues no se anima a tocarlas. Si llegara a serlo estaría seca, supone. Se siente raro, siempre le llamó la atención el color de la sangre. Agradable y profundo. No lo ve de esta manera ahora. Horas y horas de oscuridad. Le calan el alma, lo humillan, lo demuelen. Se defecan en su inteligencia. Las palomas terminaron en una bolsa de consorcio de las que usaba para esconder sus cadáveres hace años. La madrugada permanente no deja de ser eso: algo permanente. Ya está convencido de que nunca más verá la luz del sol. Los motores de los jeep suenan sin descanso en la puerta de su casa. Los gritos, las frenadas y los portazos. Un constante aleteo de aves, que supone palomas, se entremezcla con los demás sonidos del ambiente. ¿Es que nadie los escucha? ¿Es que nadie los ve? Sale a la calle, no hay más que desolación y oscuridad. ¿Dónde están esos tagarnas de mierda? Se queda sentado esperando en el cordón de la vereda. El aleteo es cada vez más asqueroso y penetrante. Hasta se puede oler. Lo que queda de cielo ante sus ojos se torna cada vez más rojo. Intenta descifrar el contorno de la luna y no lo logra. Sonríe, sí, sonríe con sorna. Como lo hacía antes, cuando se creía inmortal. Dueño de la vida. De la propia y de la de los otros. Esos otros que lo miraban con los ojos inyectados en ese color maravilloso que da el terror mezclado con la sangre. La masa roja está cada vez más cerca. Y viene desde el cielo, vaya paradoja. Alguna vez creyó que ascendería desde el infierno, si es que existe. Se acuesta, sobre el cemento frío; esta vez no se eyecta. Decide no cerrar los ojos y putea. No se resigna al odio, no se entrega al perdón. No pierde sus convicciones. Ahora ni una lágrima, se dice a si mismo, ni una pizca de miedo. ¡Que vengan, mierdas! Palomas, miles. Sangre en todo su cuerpo. Poco a poco su ser se convierte en la nada y desaparece. Se va sonriendo. Ama el color rojo. Seis de la mañana. El sol asoma en el este.
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