EL BOLSO

Me asomo por la ventana de la casa y entrecierro mis ojos. Hay mucho viento y la arena lastima un poco, mis ojos lagrimean y se secan al instante con la brisa de la costa. Hace un par de semanas que me deshice de Griselda y ahora todo parece ser felicidad. Hay una canción que dice: “…para ser feliz, necesito que desaparezcas…”, su letra tan dura y directa me identifica y me abre el pecho de la euforia. Se me acerca Walter con un vaso de ginebra en la mano y ese olor a alcohol que lo caracteriza, y pienso: “Qué fenómeno este pibe, como chupa.” Los dos, asomados en la ventana de la casa que alquilamos, miramos a un costado de la calle y tratamos de visualizar el mar. Charlamos sobre cosas que nos hacen reír, mujeres, borracheras, brutalidades. Estoy un poco monotemático y le menciono lo de Griselda, que a veces la extraño, que cómo se movía en la cama, que por qué me habrá engañado. Terminamos a las carcajadas, como es nuestra costumbre, y sé que Walter también se siente eufórico. Es que las vacaciones nos hacen seres felices; rodeados de música blues, mujeres, buena comida, y bastante alcohol. En realidad, el alcohol me acompaña de cerca, bebo poco en comparación con mis amigos, pero bueno, a veces finjo embriaguez para divertirme. Seré un simulador. Víctor se está preparando para visitar el barcito de la playa; cenamos hace un par de horas. Me pregunta desde la habitación, mientras se seca, qué llevo en ese bolsito que traje y que nunca abro. “A Griselda, la llevo a Griselda”, le respondo. A Griselda me la presentaron unos primos que vivían en Alemania y decidieron volverse a
la Argentina. Griselda había nacido en Europa pero sus padres eran argentinos y estaban también volviendo al país junto con mis familiares.  Qué buena que estaba, era explosiva y simpática, desinhibida y simple. Me volvía loco ese acento germano mezclado con expresiones latinas que usaba para hablar. Griselda llamaba la atención en todas partes, y le gustaba hacerlo. Recuerdo una vez que me pidió que la llevara a un recital en un estadio, llegaba a Buenos Aires una banda de rock que le encantaba. Saqu
é entradas para el campo y nos metimos en la multitud. La noche estaba húmeda y calurosa y Griselda tenía puesto solo una remera con la cara del cantante, sin corpiño, y unos pantalones de jean ajustados al cuerpo. La verdad que estaba increíble. Hacia la mitad del show se largó una lluvia torrencial; empapados y eufóricos seguimos saltando y cantando bajo el agua. A Griselda no se le ocurrió mejor idea que sacarse la remera y quedar con los pechos al viento. Una ráfaga de manotazos se le vino encima y no pudo evitar caerse al piso. Mi enojo fue tan grande que me mandé a mudar y la dejé sola entre la jauría de roqueros que se la querían devorar. A las tres de la mañana la tenía en la ventana de mi dormitorio insultándome como una desaforada y jurándome que había disfrutado de que la hubieran manoseado tanto. Griselda me hacía la vida imposible pero estaba loco por ella, me gustaba cómo me perseguía pretendiendo que me adhiriera a su vida en forma incondicional. Creo que pensaba que era mi obligación estar siempre a su lado, hasta para ir a comprar el pan, o hacer algún trámite en la embajada para pedir certificaciones de sus estudios. Entonces, si me desprendía de su ala un instante, armaba un escándalo en cualquier lugar. Soporté gritos en la calle, delante de mucha gente, en bares o negocios. Se enceguecía de furia y me humillaba con palabras hirientes. Demasiado hirientes. Podría pasarme horas hablando de Griselda, podría contar decenas de situaciones que  cualquier hombre con un poco de dignidad no soportaría ni un segundo. Sin embargo, conviví veintisiete meses con ella.   
Walter y Víctor me esperan en la puerta de la casita, me gritan que me apure, que va a empezar la joda en el bar de la playa. Nos subimos al viejo Ford Falcon que maneja Víctor desde que terminamos la secundaria. Ese auto me trae muchos recuerdos, buenos y no tan buenos. Es como si fuera la prolongación de Víctor. Cuando pienso en él, se me aparece el Falcon, y cuando subo al Falcon, Víctor está en mi cabeza. No el que se sienta al volante para llevarnos de joda, sino el Víctor de siempre, el loco, el que se toma todo el alcohol, el desinhibido, y a veces, el violento. Es extraña la ambivalencia que tengo con mi amigo; realmente no lo soporto, no acepto ninguna de sus ideas, pienso que tiene un cerebro muy pequeño y consumido. Cuando se emborracha me dan ganas de pegarle trompadas, cuando se acerca a alguna chica con la manera que él tiene de hacerlo, deseo interponerme para que no logre ni siquiera algo de simpatía. Me cuesta aceptarlo, sin embargo lo quiero, y lo llamo para organizar salidas junto con Walter, y trato de ayudarlo cuando se pone mal. Porque se desborda cuando toma; se desespera, llora, me abraza, y si no logro manejar la situación, no me queda otra que aguantar su violencia; aunque nunca la agresión se vuelve en mi contra.  El Ford no arranca, no sabemos qué le pasa, es probable que se nos haya olvidado cargarle nafta. El medidor de combustible no funciona hace años, y tenemos que andar calculando cuantos kilómetros hicimos para darnos cuenta si hay que agregarle o no. Nos bajamos del auto y me acuerdo de que no cerré con llave la puerta de la casita; por las dudas vuelvo a entrar y reviso mis cosas. Me pregunto desde cuándo soy tan obsesivo. Miro por encima del armario de mi habitación y el bolsito sigue allí, en el mismo lugar donde lo apoyé desde que llegamos a esta casa.  Mis amigos empiezan a caminar por la calle de arena hacia la playa. Son apenas dos cuadras, mientras tanto, le pongo llave a la cerradura. Respiro profundo, me endulza el aire fresco de la noche; noche que ya está mutando a madrugada. Se percibe en el barrio, de chalecitos pequeños y muy familiares. Todas las ventanas están cerradas y casi no se oye el ruido de la gente. Pienso que dentro de pocas horas la mutación retrocederá y las ventanitas se abrirán con la salida del sol. El silencio que tanto me relaja desaparecerá de mi cabeza. Y con los murmullos vecinales, a lo mejor, regresarán mis recuerdos, algunos en forma un poco extraña, como fantasmas. Me vienen ganas de escribir algo o de tocar la guitarra. Es como un ataque de creatividad que tiene que explotar por algún lado; lamento estar caminando en este pueblo playero, de madrugada, por la calle, y lamento no tener ni un lápiz para escribir mis ocurrencias. Estamos llegando, mejor dicho, estoy llegando al bar de la playa; Walter me hace señas con la mano para que apure el paso, cuando llego a él me cuenta que está lleno de mujeres tomando cerveza y que la banda está por empezar a tocar. Entramos y nos sentamos en una mesa bastante bien ubicada, por el medio, cerca del escenario. El lugar está muy bueno, hay muchos adornos colgados en las paredes: salvavidas, anclas, pedazos rotos de madera de barcos y algunas fotos de los habitantes del lugar. Varias botellas de cerveza hacen que se nos duerman los labios, o por lo menos es lo que a mí me pasa. Me freno con la bebida y trato de disfrutar la noche; estoy en el punto justo entre la borrachera total y la alegría de despojarme de las inhibiciones comunes. Un punto exacto, sutil, donde observo a Walter caer cada vez más, bajo los efectos del alcohol. Se aletarga, habla pausado, se apaga su euforia. Víctor es diferente, se envalentona y se excita exageradamente; arremete con la moza de minifalda pensando que se enamorará perdidamente de ella. Qué cosa con las mozas de los bares, representan la fantasía de todos los borrachos. Son las únicas mujeres que tienen a mano, aunque no se dejen tocar. 

Víctor comienza a fastidiarme con su comportamiento, y a la vez no puedo evitar reírme de sus animaladas. Trata de tocarle el traste a una de las mozas y se cae de la mesa al estirar su brazo. Queda sentado en el suelo, encima de un charco de cerveza, que él mismo había volcado hace un instante. La moza lo mira de reojo y masculla algún insulto con sus labios rojos. Víctor se ríe a carcajadas creyéndose el más gracioso de todos. Creo que percibe mi malestar, siempre lo ha percibido. Dentro de su cabeza inundada de alcohol debe haber una lamparita que se enciende ante mis indirectas y diplomáticas críticas. Aunque hoy lo veo distinto que cuando salimos durante el resto del año, fuera del período de vacaciones. Víctor vomita como siempre, se encabrona con un tipo de la mesa de al lado, manosea a la moza y le grita a la banda de blues que está tocando desde que llegamos al lugar. Se me acerca de vez en cuando como para decirme algo al oído, luego se arrepiente a mitad de camino. Le pregunto qué le pasa y me contesta: “Nada, te quiero, loco”. Sonríe y no sé por qué lo noto distinto. Amaneciendo, con el primer rayo de luz, embocamos la llave de la casita en la cerradura. Con Walter acostamos a Víctor en la primera cama que encontramos. Ya con la cabeza transpirada y apoyada en la almohada, me agarra fuerte de un brazo y me dice: “Vení, acercate. El bolsito, qué llevás en el bolsito”.  Me despierto sobresaltado con el sol del mediodía, por suerte; las pesadillas que tengo desde hace algunos días no me gustan para nada. Soñé con víboras, fue terrible. Las sentía en las piernas, como dentro de los pantalones. Entonces, desesperado, intentaba  bajármelos, y me daba cuenta de que no los tenía, que solo eran las víboras. Intentaba correr, como corre una persona que escapa de un incendio encendida en llamas, y caía al piso, enroscado en ellas. Walter dice que le hablo dormido, que lo llamo y le pido ayuda. Víctor se asusta y se tapa la cabeza hasta que dejo de balbucear en sueños. Nos levantamos con la resaca habitual y nos ponemos en campaña para ir de compras al mercadito de la avenida. Juntamos algo de dinero entre los tres mientras planificamos un asado para la noche. Víctor se pone a exprimir unas naranjas bien jugosas que compramos el día anterior en una feria; lo observo sin que se dé cuenta. Lo descubro meticuloso, calculador. Busca el corte preciso en la mitad de las naranjas, les quita las semillas suavemente, las huele para verificar que no estén pasadas. Luego prepara tres vasos colocando dos cubos de hielo en cada uno, y pasa el jugo por un colador de alambre de alambre para quitarles los restos de pulpa. No lo puedo creer, ¿quién es este Víctor? Me desconcierta y no logro descifrarlo. Siento algo de zozobra en sus pequeños cambios, encuentro actitudes persecutorias en su mirada que me molestan. Sobre todo su curiosidad, eso es, su curiosidad me saca de quicio.  No sé por qué no nos hablamos desde que nos levantamos. Víctor me sirve el jugo de naranjas,  y luego  no cruzamos palabra en todo el día. Estamos en la playa desde la hora del almuerzo. Muchísimo calor, fastidioso y pegajoso. Me la pasé hablando con Walter sobre la banda de anoche y soñando con armar una propia, tendríamos que encontrar un pianista y un bajista para completar el grupo. Víctor toca la batería, Walter canta y la guitarra corre por mi cuenta. Pero Víctor no me habla. Nuevamente aquel sentimiento de enojo hacia todo lo que dice o hace me invade por completo. Juro que no lo soporto, su voz, cuando se come las eses, o cuando grita en público haciéndose el gracioso. Una chica en bikini que pasa cerca de nosotros es atacada por los piropos de Víctor, se da vuelta y se defiende con un insulto. Víctor le contesta: “Andá, tetona”. Llego a mi límite. Me levanto en silencio, aunque con velocidad; quiero hacer notar mi furia y sacudo mi toalla con fuerza. Walter me mira y pregunta qué me pasa. No le contesto. Víctor, clavándome su peor mirada, vuelve a preguntar: “¿Algún problema?” Nada importante, le contesto con sequedad. 

Walter está preocupado por Víctor, me cuenta que antes de salir de vacaciones estuvo una semana sin ir a trabajar, encerrado en su departamento. Atendía el teléfono pero no le abría la puerta a nadie. Ni siquiera a él que es como un hermano. Ellos se quieren mucho, son muy unidos y se necesitan más que yo a ellos. Me angustia la preocupación de Walter, es un tipo callado y de una tristeza permanente. Nunca se juega con opiniones y generalmente es imposible deducir qué es lo que está pensando. Sus sentimientos, sus deseos o sus sueños. Es por eso mi angustia por Walter. Jamás se había mostrado interesado por lo que le pudiera pasar a alguno de nosotros.En la semana de encierro de Víctor yo estaba borrado, terminando con Griselda. Ella se volvía a Alemania, porque se había hartado de Argentina y su mediocridad, según sus palabras. Estaba segura de que yo dejaría toda mi vida para seguirla, y se dio de cabeza contra la pared. Jamás la hubiese seguido. Ante mi negativa comenzó a buscar excusas para lastimarme, y es ahí donde desplegó todo su odio y su maldad. Se le ocurrieron los insultos y las frases más hirientes y humillantes. Se metió con todo lo que me importaba  y quería. Pero no quedó solo en palabras. Sus confesiones fueron más dolorosas. Me contó de supuestas fiestas con varios hombres, ya que no se sentía satisfecha conmigo; agregó una segunda parte muy oscura a la historia del día del recital, después de los insultos en la puerta de mi casa. Por supuesto que no le creía nada de lo que me contaba, y más se enfurecía. En un punto de la discusión, enloqueció y me abofeteó varias veces. No se imaginan las ganas de matarla que tenía, la furia en mis ojos debe haber sido penetrante. Griselda lo advirtió y disfrutaba con eso. Una mano se me escapó de control y fue a parar directo su cuello. Apreté poco a poco hasta borrar su sonrisa irónica, luego, a los pocos segundos, una mueca de espanto se dibujó en su cara.  Otro amanecer en la playa nos une con Walter en un momento máximo de tranquilidad. Sin Víctor. Acabamos de salir del aire viciado del barcito y suponemos que un poco de oxígeno a orillas del mar no vendría nada mal. Prefiero quedarme hasta que aguantemos fuera de la casa. La tensión con Víctor es cada vez mayor; no sé qué nos está pasando, la convivencia se nos hace cada día más difícil. Decidimos volver a la casa e imaginamos que Víctor nos espera con algún desayuno, eso lo pensamos debido a su iniciativa para preparar los exprimidos de naranja de hace unos días. Walter para en una panadería a comprar unas facturas y yo sigo caminando. Cuando llego a la casa lo encuentro a Víctor sentado en la mesa de la cocina con la cabeza gacha y cubriéndose la cara con las manos. Le pregunto qué le pasa y me mira con los ojos inyectados en sangre. Un sudor frío me recorre la espalda. “Qué tenés en ese bolso”, me grita. “Dejame de romper las pelotas, metete en tu vida, borracho de mierda”, le contesto. Sin darme tiempo a defenderme, Víctor me salta encima con todo el peso de su cuerpo, y caemos al piso trenzados con la furia de dos perros callejeros. Trato de zafarme de sus brazos y le emboco una trompada en la boca que le hace sangrar los labios. Inmediatamente, me devuelve el golpe con un rodillazo en el estómago que me deja sin aire. Ahora todo es más violento y degradante. Nos arañamos la cara con rabia y nuestros ojos se cruzan en deseos terribles de maldad, uno con el otro. Quisiera despedazarlo y darle la cabeza contra el cordón de la vereda. Nos lastimamos mucho.  Los dos tenemos la cara llena de sangre mezclada con suciedad del piso. Víctor tiene sectores sin pelo en su cabeza; yo tengo un corte en la rodilla derecha debido a una patada. Nuestras bocas parecen teñidas de rojo.Llega Walter y nos encuentra tan agotados que no le cuesta nada separarnos y poner fin a lo jamás pensado. ¿No te gusta la expresión “lo menos pensado?” Pocas palabras quedan por decir, y nadie abre la boca. Todo se desmorona y no sé por qué. Tantos años juntos, en las buenas y en las malas. Ahora Víctor inicia la confesión. La semana que estuvo encerrado y desaparecido tiene una explicación. Me cuenta que luego de mi pelea con Griselda, ella lo había ido a buscar para proponerle un poco de diversión. “Siempre te tuve ganas”, le dijo ella. Víctor le hablaba de nuestra amistad y Griselda lo engatusaba vaya a saber con qué historia de despedida. Le explicó que esa noche viajaría a Alemania y que nadie sabría nada más de ella. “Entré como un caballo”, me dice con voz quebrada. Mi cara se derrumba, entre los golpes que tengo por la pelea y lo que me estoy desayunando. En realidad, nada me asombra; Griselda hizo algo que cabe perfectamente  dentro de su cabeza enferma. Víctor con su debilidad, tampoco me sorprende, y además, ya no me importa si se encamó con ella o con una horda de Alemanas vírgenes. Lo que no puedo comprender es cómo a Víctor se le ocurrió pensar que en ese bolsito está el cadáver de Griselda. Empiezo a sentir lástima por él, por su dolor. No me animo a preguntarle si se enamoró de ella, no vale la pena. Sí me cuenta que fue al aeropuerto a despedirla y que no la encontró, entonces supuso que tendría mal el horario de salida del vuelo. Igualmente no la volvió a ver. Para sacarlo de la angustia voy a buscar el bolso y lo coloco delante de sus narices. “Abrilo”, le pido. Me mira con aquellos ojos que tanto me persiguieron estos días. Lentamente toma el cierre y lo corre hasta el final. Para apurar el trámite, doy vuelta el bolso sobre la mesa y lo vacío. Decenas de fotos de Griselda, cartas de amor, tarjetas de aniversario y otras pelotudeces que de nada sirven si uno quiere olvidar. “Lo traje para tirarlo desde el muelle”, le explico. Víctor llora y escupe su angustia pidiéndome que lo perdone.  Subo al ómnibus, pues adelanto mi regreso. Nos queda una semana más de alquiler pero decido dejar atrás todo esto y volver a casa. Walter y Víctor eligen seguir de vacaciones. Anoche, luego de todo lo que pasó, lo oí hablar con Griselda en sueños. Creía que en sueños, pero cuando me acerqué a despertarlo no estaba dormido. Fue la primera vez en todos estos años que le tuve miedo. Volvió a sonreírme de esa manera, en la noche, solo con la luz de una luna enorme que se metía por la ventana.  Durante dos meses no supe nada de mis amigos. Algún llamado telefónico a Walter, nada más. El verano está pegando fuerte en la ciudad. El calor se torna insoportable y no acompaña para nada nuestra existencia. Suena el timbre, es raro a estas horas de la mañana. Me levanto de la computadora que acabo de encender para escribir algunas ideas. Nuevamente el timbre, me asomo por la ventana y lo veo a Víctor. Le pregunto qué hace a las siete de la mañana parado en la puerta de mi casa. Veo que le hizo chapa y pintura al Falcon, quedó como nuevo. Grita, como siempre lo hace cuando está contento por algo: “La encontré, loco,  te la traje de vuelta. Salí rápido que me tengo que ir a laburar”. Bajo las escaleras de mi casa y cuando abro la puerta de calle, ni Víctor ni el Falcon están allí. Camino en pijama y tropiezo con algo. Un bolso cerrado, hinchado como para reventar.