Fragmentos Cap. 1

Priorato de Sant’Angelo. Roma

Aquella noche despertó de un profundo sueño sudando y sobrecogido.

No habían pasado más de dos horas desde que se había dormido y, aún

así, se sentía absolutamente descansado. Recordaba las últimas imágenes

de la ensoñación, en las que se veía a sí mismo escribiendo con tinta

dorada en un gran libro; en el recinto de una amplia y bien iluminada

biblioteca. Se encontraba en el centro de una nave inmensa. Por la

grandeza de su arquitectura, parecía ser una catedral. Rodeado de

enormes anaqueles ricamente adornados, podía apreciarse al fondo,

sobresaliendo de un fantástico retablo, un crucifijo de más de cinco metros

de altura que desprendía un brillo iridiscente, generando en el baptisterio

una atmósfera sobrenatural.

Aunque parecía consciente del significado de las palabras escritas en lo

que podía ser un libro sagrado, no conseguía recordarlas. Se levantó y se

enjuagó la cara con agua de una pila que se encontraba junto al escritorio.

La huella de aquellas imágenes del sueño, con una luz tan intensa e irreal,

no se borraba de sus pensamientos. ¿Qué podían simbolizar?

No oía ningún ruido fuera de la habitación, lo que significaba que los

monjes seguían aún durmiendo. Le extrañó. Antes de las cinco de la

madrugada solía haber movimiento por los pasillos del monasterio; pues,

aunque los monjes eran muy silenciosos, no podían evitar que llegaran

hasta él los sonidos de sus pisadas, cuando pasaban hacia la capilla para la

oración de maitines.

Decidió tomar su breviario. Se arrodilló en el reclinatorio y comenzó

sus oraciones. Mientras leía, la habitación fue llenándose de luz. Pero no

era la luz del amanecer, como pensó en un principio; pues la única

pequeña ventana que había en las paredes del aposento dejaba entrever la

oscuridad exterior de una noche aún cerrada.

A diferencia de otras experiencias anteriores, en esta ocasión, no sintió

desconcierto alguno. Simplemente sabía lo que tenía que hacer. << ¡OhSeñor! Os imploro que me liberéis de este tormento>> – exclamó. Se dirigió

al escritorio, cortó en oblicuo la punta de una pluma, la mojó en tinta,

tomó un pliego y comenzó a escribir.

Al principio sólo eran nombres sueltos. Palabras sin ningún sentido.

Luego, las palabras, los nombres, iban ordenándose, encajando, en una

especie de métrica hasta convertirse en estrofas. Parecía, al leerlas, que

cobraban sentido para, al momento siguiente, diluirse sin poder llegar a

alcanzar su significado profundo. Algo en su subconsciente le decía que

aquellos versos que escribía tenían algún tipo de valía, aunque no le estaba

dado comprenderlo. No era él el destinatario de aquellos mensajes.

Alguien, sin duda, sabría como interpretarlo. No era un mensaje escrito

para su comprensión. Estaba más allá de su alcance, pero apreciaba, sin

saber cómo, que existía alguien destinado a reconocerlo. Y él, Malachy

O’Morgair, en el momento adecuado sabría a quién debería entregarlo.

No, no estaba perdiendo la razón. Veía los nombres, los lemas

dibujados con luz dorada. ¡Porque eran eso… lemas escritos en el aire! Lo

único que él debía hacer era transcribirlos al papel. Mientras escribía se

llenaba de una profunda tranquilidad, de la paz que siente quien hace algo

que no depende de su responsabilidad, de su voluntad; que sólo cumple

con la obligación dictada. Él, era exclusivamente el mensajero, el vehículo.

Tan sólo tenía que transcribir las palabras que se dibujaban en el aire, en su

mente. Se había convertido en el escribano de Dios.

Al terminar, el texto componía una larga lista de palabras formando

parejas en latín clásico. Había contado hasta ciento diez.

Escribió el antepenúltimo lema: “De labore solis”

Posterior a éste, el penúltimo lema y número ciento once: “Gloriae

Olivae”.

Ciento doce. Escribió. Esta vez no era una pareja de palabras, sino un

texto completo que parecía dotar de significado y sentido a todo lo escrito

anteriormente:

En la última persecución a la Santa Iglesia Romana ocupará la silla el último

Papa, Petrus Romanus, Pedro el Romano, que habrá de apacentar a sus ovejas

padeciendo muchas tribulaciones, pasadas las cuales la Ciudad de las Sietes

Colinas será destruida y juez tremendo vendrá a juzgar a su pueblo”.