ELLA cantaba en voz baja una íntima canción de Sade
mientras nos vestimos dándonos la espalda,
de repente en órbitas distantes.
Todavía respiraba la savia de su carne,
y estallaban fogonazos de lujuria
cuando mi mano sobrevolaba la atmósfera de su piel.
Enterramos como perros el hueso compartido del placer
y ella regresó a su mundo de sueños,
con toda su belleza, con todo su fuego, con todo su futuro.
Yo, después de pagarle,
volví a vagar por el espacio vacío
como un trozo de materia oscura y desarraigada,
guiado por la solitaria estrella
del camión de la basura que por la calle pasaba.
UNA LIGERA MEJORÍA
Un hermoso atardecer de julio, Clemente Culebras circulaba plácidamente con su dos caballos por la carretera de Coruña del Conde a Clunia (de Coruña del Conde era natural el primer hombre que intentó volar, antes, incluso, se dice, que el propio Ïcaro), cuando de repente un ciervo de ojos saltones que le recordaron a los de su suegra y enormes cuernos como los de su mujer, saltó desde la cuneta y fue a empotrarse contra el parabrisas como si intentara suicidarse. Clemente perdió el control del coche y fue dando vueltas de campana hasta despeñarse por un barranco donde crecía el tomillo, la jara y el romero.
El ciervo quedó en medio de la carretera con las patas presas del baile de san vito, y Clemente atrapado entre hierros retorcidos, con la cara ensangrentada por el impacto de la metralla de cristal del parabrisas. Mientras el ciervo agonizaba agitando las patas, Clemente perdió el conocimiento.
Como si intuyera una desgracia de aquel calibre, Clemente, cuando estaba sano y semoviente, solía repetir hasta el aburrimiento a sus amigos y familiares:
- Si alguna vez me quedo inválido como el Stephen Hawking ese, no quiero seguir viviendo, vivir como un vegetal es una tortura cruel e inhumana-
Y hasta lo dejó mandado por escrito, eximiendo de cualquier responsabilidad a quien lo ayudase a morir.
Pues bien, no se quedó inválido como el gran Stephen Hawking, sino mucho peor, sumido en una total parálisis del cuerpo, similar a la del protagonista de la angustiosa película Johnny cogió su fusil. Conectado a una máquina psicodélica llena de cables demenciales, que realizaba por él todas las funciones vitales, sólo podía mover los ojos para comunicarse con los demás.
Su viuda, la llamaremos así en adelante, henchida de compasión cristiana y santa fidelidad, decidió llevar a cabo la voluntad de su marido, justo el día en que nuestro héroe cumplía cincuenta años, a pesar de la oposición de las hijas y de la abuela, que también permanecía postrada en una silla de ruedas, viviendo sólo metafóricamente, como vive un barco dentro de una botella.
Con lágrimas en los ojos, un tal Nicanor Minguilla, que era asesor fiscal y el mejor amigo de la familia, se disponía a apagar el botón rojo de la maquina, cuando de repente vio que su amigo Clemente empezaba a mover los ojos desorbitadamente.
Estalló un gran revuelo en medio del dolor.
- ¡Un momento, un momento!- gritó el asesor fiscal, pidiendo silencio con la mano levantada, tratando de poner un poco de orden en medio de aquel tumulto de enfrentados sentimientos a flor de piel.
- ¡Clemente, si quieres que sigamos con esto y dejar de vivir mueve los ojos hacia el lado izquierdo,- exclamó el asesor fiscal, dirigiéndose al convaleciente como si fuera sordo- y si quieres seguir viviendo mueve los ojos hacia el lado derecho!-
La pregunta se la repitió cuatro veces y en todas las ocasiones el reo movía los ojos con desesperación hacia el lado derecho.
- A lo mejor es que desde su posición el lado derecho significa el izquierdo y el izquierdo el derecho- Argumentó la viuda, que ya se había comprado la ropa de luto, con femenina agudeza mental.
El muerto inminente, al escuchar aquello, empezó a mover los ojos frenéticamente en círculo, como la portentosa Marujita Díaz.
- ¡Pues a ver si te aclaras, hombre, antes decías que te querías morir!- Le espetó la viuda sin poder contenerse ya más, destilando veneno por los ojos. Las hijas, por el contrario, se abrazaron con la abuela rebosando alegría.
En definitiva, el caso es que Clemente Culebras continuó viviendo, pobre, mísera, indignamente (como solía decir la viuda frustrada con regodeo) y todo lo que se quiera, pero viviendo al fin y al cabo. Es más, alzándole un poco la almohada podía hasta ver la televisión.
Un buen día, incluso, cuando le tocó el turno a una guapa enfermera de mejillas ardientes y cuerpo de ensueño, al ir a cambiarle el pañal notó con asombro una ligera mejoría en el empecinado vividor.
-¡Uy!- Exclamó la enfermera, poniéndose la mano en la boca (tenía las uñas pintadas de color cereza), mientras Clemente, no sé si por algún efecto óptico de los rayos de sol que entraban por la celosía, parecía sonreír con su rostro hierático.