toda la nada

 

TODA
LA NADA

Todas las cosas se alejan.

Había un tiempo en que estirando un poco la mano

Se podía tocar la luna con las yemas de los dedos,

Cada abrazo abrazaba a ciegas el vivo calor de tu cuerpo,

Y todo estaba cerca, a mano, dentro.

Pero se metió por medio la distancia

Hinchándose entre nosotros como el vientre de un muerto.

Hoy se alejan tanto las cosas

Que intento evocarte y apenas te veo.

Todo resulta tan frío, tan oscuro, tan lejos…

El espacio infinito entre un paso y otro paso,

Cada escalón una montaña, cada baldosa un océano,

Un mundo cada grano, el vacío cada palabra,

Y toda la nada cada beso.

 

los cuchillos cerca

 

DESCOLGUÈ tu foto de la pared,

Y tuve la sensación de que caía el telón sobre esta tragicomedia.

Todavía se adivinaban sombras moviéndose entre bastidores,

Sombras que tenían tu luz, tus formas y tu belleza.

Me seguías llamando desde la otra orilla

Pero soy ya viejo para seguir saltando sobre aguas turbulentas.

Parecía que toda mi casa se quedaba vacía, desnuda sin tu desnudez,

Desierta como un desierto de cosas muertas.

Y yo sentado en medio de aquella inmensa soledad

Que reverberaba como un estómago vacío dentro de mi cabeza.

Nunca hubiera imaginado que de verdad llegaría ese día:

Tú estabas tan lejos y los cuchillos tan cerca…

Miraba sin ver a mi alrededor y me sentía atrapado

Entre una multitud de ausencias.

 

 

 

la diva

LA DIVA

Tú eras la reina ¿te acuerdas?

Todos los chicos del barrio te seguían de noche como gatos por los tejados.

Siempre pendientes de ti, a los pies de tu graciosa altivez

aguardaban los corazones la absolución de tus labios.

Aún recuerdo, aunque me parece mentira,

aquellos ojos grandes de dulce mirada encendida.

Pero ¿en qué te ha convertido la vida?

Vieja gloria, belleza marchita, cardo borriquero, abotargada, estreñida,

carcomida, hinchada como una garrapata.

Sonríes tapándote la boca para ocultar tus dientes cariados

y parpadeas seductora con tu rijosa mirada.

Borracha perezosa, diva con halitosis, cenicienta jorobada,

Blancanieves de uñas negras, fea durmiente con legañas.

Con un hilo de voz ceceante hablas y ya nadie te escucha,

como si sólo fueras un eco inaudible del muerto pasado.

Con tus galas pasadas de moda y tu blusa con lamparones,

te cuelas en las fiestas donde nadie te ha invitado.

Muerte de tacones rotos, hiena desdentada, cadáver a media luz,

calva flor de carne cuello, panca en descomposición, ictus rastrero,

aerofàgica princesa, cauce abandonado y seco, tristes noches sin luna…

¿Qué sentido tiene la belleza

si al final sólo la muerte perdura?

 

 

la balsa de Ulises

 

LA BALSA DE ULISES

¿Creías que siempre te iba a estar protegiendo un dios?

¡Qué poco conoces a los dioses!

Ya no quedan dioses inmortales en tu bando,

ni gloria en tus aventuras,

ni rapsodas ciegos que canten a los orgullosos héroes de antaño.

Sólo un mar negro y desconocido delante de tus ojos.

Veo que palideces de miedo, caricatura de héroe,

que oyes llover y te sientes solo.

No te queda otro camino que el del ocaso

enfrentándote a las olas cotidianas

con tu vieja balsa sin remos, sin velas y sin bandera.

En mala hora dejaste tu pequeña patria

en pos de aquellas grandes batallas

que sólo sucedieron en tu imaginación.

Jamás vi escrito tu nombre en los libros de Historia

ni se mencionan tus hazañas en las novelas de amor.

Por las noches te muerden como perros los ecos del pasado

y tiemblas de frío cada mañana

cuando vuelve a salir el sol.

 

 

 

 

la balsa de Ulises

 

 

LA BALSA DE ULISES

¿Creías que siempre te iba estar protegiendo un dios?

¡Qué poco conoces a los dioses!

Ya no quedan dioses inmortales en tu bando,

ni gloria en tus aventuras,

ni rapsodas ciegos que canten a los orgullosos héroes de antaño.

Sólo un mar negro y desconocido delante de tus ojos.

Veo que palideces de miedo, caricatura de héroe,

que oyes llover y te sientes solo.

No te queda otro camino que el del ocaso

enfrentándote a las olas cotidianas

con tu vieja balsa sin remos, sin velas y sin bandera.

En mala hora dejaste tu pequeña patria

en pos de aquellas grandes batallas

que sólo sucedieron en tu imaginación.

Jamás vi escrito tu nombre en los libros de Historia

ni se mencionan tus hazañas en las novelas de amor.

Por las noches te muerden como perros los ecos del pasado

y tiemblas de frío cada mañana

cuando vuelve a salir el sol.

 

 

 

 

la balsa de Ulises

 

 

LA BALSA DE ULISES

¿Creías que siempre te iba estar protegiendo un dios?

¡Qué poco conoces a los dioses!

Ya no quedan dioses inmortales en tu bando,

ni gloria en tus aventuras,

ni rapsodas ciegos que canten a los orgullosos héroes de antaño.

Sólo un mar negro y desconocido delante de tus ojos.

Veo que palideces de miedo, caricatura de héroe,

que oyes llover y te sientes solo.

No te queda otro camino que el del ocaso

enfrentándote a las olas cotidianas

con tu vieja balsa sin remos, sin velas y sin bandera.

En mala hora dejaste tu pequeña patria

en pos de aquellas grandes batallas

que sólo sucedieron en tu imaginación.

Jamás vi estrito tu nombre en los libros de Historia

ni se mencionan tus hazañas en las novelas de amor.

Por las noches te muerden como perros los ecos del pasado

y tiemblas de frío cada mañana

cuando vuelve a salir el sol.

 

 

 

 

 

la balsa de Ulises

 

 

LA BALSA DE ULISES

¿Creías que siempre te iba estar protegiendo un dios?

¡Qué poco conoces a los dioses!

Ya no quedan dioses inmortales en tu bando,

ni gloria en tus aventuras,

ni rapsodas ciegos que canten a los orgullosos héroes de antaño.

Sólo un mar negro y desconocido delante de tus ojos.

Veo que palideces de miedo, caricatura de héroe,

que oyes llover y te sientes solo.

No te queda otro camino que el del ocaso

enfrentándote a las olas cotidianas

con tu vieja balsa sin remos, sin velas y sin bandera.

En mala hora dejaste tu pequeña patria

en pos de aquellas grandes batallas

que sólo sucedieron en tu imaginación.

Jamás vi estrito tu nombre en los libros de Historia

ni se mencionan tus hazañas en las novelas de amor.

Por las noches te muerden como perros los ecos del pasado

y tiemblas de frío cada mañana

cuando vuelve a salir el sol.

 

 

 

 

 

vino y miel

NO es sólo la lujuria que en mí provoca

cuando me inmola suavemente su rotunda desnudez.

Son otras cosas más pequeñas y más grandes:

El calor de sus mejillas, la luz imposible de su risa,

la ternura de su mirada, y ese aroma frutal,

ese aura limpia que desprende de vida,

de colores, de hojas y soles y brisas y lluvias perennes.

Trago el polvo de los caminos en su ausencia

y no encuentro agua que calme mi sed

como el vino que fermenta en su sexo

espesándolo con miel y hierbabuena.

Ese vino que bebo con avaricia en el cuenco de sus labios

hasta emborracharme de belleza y olvido.

 

 

devenir

 

 

 

DEVENIR

La niña dormía plácidamente en los brazos de su abuelo, ajena a los peligros del mundo, a los trabajos y los días, a los golpes en croché del destino. Las escaleras mecánicas del centro comercial subían vertiginosamente hacia un falso cielo de escayola fluorescente. El abuelo miraba a su nieta como si fuera un cerezo floreciendo en el valle del Jerte. ¡Ojala estuvieras siempre así, me alegro de tener ojos sólo para verte así!, pero la vida, pensó, se la arrancaría de los brazos como un viento huracanado, ensuciando su inocencia primigenia con el polvo de los caminos, caminos sinuosos, caminos errados, caminos tortuosos, caminos a ninguna parte.

En las televisiones de los bares había fútbol. Sobre un verde esmeralda, figuras que parecían escapadas de un futbolín, corrían hacia arriba y hacia abajo detrás del balón.

La niña movió los labios como si estuviera mamando de la teta de su madre. Olía a leche, a belleza, a ternura, a verdad, tenía dos rosas en las mejillas, las manitas blancas parecían de nieve, una muñeca de nieve pura hecha por las cálidas manos del amor. El abuelo sonrió con una sonrisa que parecía un surco sobre la tierra áspera y sedienta.

La gente entraba y salía de las tiendas, caminaban de la mano, discutían, se besaban, se buscaban desesperadamente. Un hombre con un ojo más grande que otro  miraba con disimulo el escaparate de una corsetería. Tras el muro de cristal el sol se iba apagando como se apaga la vida en los ojos de un moribundo.

El abuelo besó en la frente a su nieta, suavemente, con cuidado de no despertarla. A pesar del devenir, pensó, que acaba agostando, malogrando todas las cosas, desde un tomate hasta una  piedra  pasando por una venus, hay momentos en la vida que se justifican por sí mismos, instantes que parecen contener la eternidad.

Un grupo de amigas, riendo y moviéndose como si se estuvieran meando, miraban las carteleras en el vestíbulo de los cines, donde olía a palomitas, a ambientador de lavanda y a fantasía en pantalla gigante. Una de ellas se quitó las gafas para limpiar los cristales con una pequeña gamuza que sacó del bolso. Su belleza juvenil quedó desnuda, sonrosada y latente como un corazón.

 

 

desde un tomate hasta una piedra

 

 

 

DEVENIR

La niña dormía plácidamente en los brazos de su abuelo, ajena a los peligros del mundo, a los trabajos y los días, a los golpes en croché del destino. Las escaleras mecánicas del centro comercial subían vertiginosamente hacia un falso cielo de escayola fluorescente. El abuelo miraba a su nieta como si fuera un cerezo floreciendo en el valle del Jerte. ¡Ojala estuviera siempre así!, pero la vida, pensó, se la arrancaría de los brazos como un viento huracanado, ensuciando su inocencia primigenia con el polvo de los caminos, caminos sinuosos, caminos errados, caminos tortuosos, caminos a ninguna parte.

En las televisiones de los bares había fútbol. Sobre un verde esmeralda, figuras que parecían escapadas de un futbolín, corrían hacia arriba y hacia abajo detrás del balón.

La niña movió los labios como si estuviera mamando de la teta de su madre. Olía a leche, a belleza, a ternura, a verdad, tenía dos rosas en las mejillas, las manitas blancas parecían de nieve, una muñeca de nieve pura hecha por las cálidas manos del amor. El abuelo sonrió con una sonrisa que parecía un surco sobre la tierra áspera y sedienta.

La gente entraba y salía de las tiendas, caminaban de la mano, discutían, se besaban, se buscaban desesperadamente. Un hombre con un ojo más grande que otro  miraba con disimulo el escaparate de una corsetería. Tras el muro de cristal el sol se iba apagando como se apaga la vida en los ojos de un moribundo.

El abuelo besó en la frente a su nieta, suavemente, con cuidado de no despertarla. A pesar del devenir, pensó, que acaba agostando, malogrando todas las cosas, desde un tomate hasta una  piedra  pasando por una venus, hay momentos en la vida que se justifican por sí mismos, instantes que parecen contener la eternidad.

Un grupo de amigas, riendo y moviéndose como si se estuvieran meando, miraban las carteleras en el vestíbulo de los cines, donde olía a palomitas, a ambientador de lavanda y a fantasía en pantalla gigante. Una de ellas se quitó las gafas para limpiar los cristales con una pequeña gamuza que sacó del bolso. Su belleza juvenil quedó desnuda, sonrosada y latente como un corazón.