el vacío que nos sostiene

ES la vida después de la muerte,

la belleza después del desengaño.

No hay caminos pedregosos en su piel,

se deslizan los besos dejando un rastro húmedo

cuyas orillas verdecen.

Cansado de roer huesos de muerto,

bebo bajo la luna su carne viva

para seguir viviendo.

Fundido a su cuerpo

siento todavía latidos de vida

en las profundidades de la realidad.

 

 

 

 

 

EL VACÍO QUE NOS SOSTIENE

 

Olía a casa antigua, a moho, a salitre. En el baño compartido se oyó tirar de la cadena.

La vieja estiró el cuello para contemplar la fotografía colgada en la cabecera de su cama. Una joven vestida de luto, bellísima, con la expresión un poco triste, miraba lánguidamente a través de un velo de rejilla que resaltaba todavía más su belleza.

“No tuve infancia, ni juventud, un mal matrimonio y ahora esta vejez, Dios mío, ¿por qué nacería yo?” Se preguntó la vieja entre exhaustos sollozos, hablando, como solía, consigo misma.

En el patio cantaba un pajarillo y los familiares paseaban a los ancianos por el sol, lentamente, como si ayudaran a andar a mutilados de guerra. La guerra de la vida, de los años, de los trabajos y los días.

Una niña con una diadema blanca hizo una pompa de jabón con un arito de plástico que extrajo de un frasco rosa. La pompa fue creciendo irisada, esférica, liviana, perfecta, y cuando llegó al cenit de la belleza y la perfección, explotó de repente y desapareció en el aire, como si la belleza y la perfección fueran a la postre una evocación de la nada en medio del vacío que nos sostiene.

Una auxiliar entró en la habitación. Tenía cara de monja mala, de monja con la libido y el alma resecas.

- Toma la pastilla, Matea, bonita, corazón de melón- Dijo sin embargo con cordial dulzura.

La vieja, con mano trémula, se echó la pastilla a la boca y cogió el vaso de agua de la mesita de noche.

- ¿Te abro la ventana, guapetona?-

- Sí, por favor Pilar, pero cierra la puerta del baño para que no haya corriente-

Cuando la auxiliar salió, la vieja se sacó la pastilla de debajo de la lengua y con una presteza insospechada la escondió bajo el fieltro de un joyerito donde guardaba su ya inútil bisutería. En cuanto reuniera algunas pastillas más lo haría, ya pronto, como mucho otra semana, antes de acabe este mes, de una u otra forma tenía que salir de aquella cárcel, ¡libre! por fin, y que el viento lo barriera todo.

La seguridad de que su dolor ya sería breve, le insuflaba fuerzas para soportarlo, incluso le despertaba una balsámica curiosidad de sabio, de espectador distante.

En la puerta de la habitación sonaron unos nudillos, suaves y raudos. Los reconoció. Era su sobrina. Domingo, día de visita.

 

 

 

 

 

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