como un perro

COMO UN PERRO

- Ahora acariciaros entre vosotras- Susurró con voz rasposa, tumbado en la cama en posición decúbito supina.

Había pasado mucho tiempo desde aquella foto de familia numerosa , con la madre con cara aniñada de sonrisa un poco amarga y ambigua, sosteniendo en brazos a la pequeña con su kiki en el pelo y su sonrisa de muñeca de porcelana china, los dos chicos, entre inocentes y traviesos, en la edad de cambiar los dientes, mirada de soslayo y remolino en el cogote, y él, protegiendo a todos con su corpulencia, un poco al fondo del cuadro, como que está y no está, recordando vagamente en el gesto a un toro a punto de embestir.

Pero las cosas con el tiempo fueron degenerando hasta extremos insospechados. Su mujer, por motivos tal vez justificados, coincidiendo con que él se había quedado otra vez en paro, decidió sustituirlo por otro. Un buen día nuestro héroe descubrió en el mueble-bar una botella de wisky que no era suya, y en la mesita de noche, junto al cenicero, un paquete de tabaco que no era de su marca. Señales inequívocas, como meadas territoriales, de que querían expulsarlo del clan. Al final le quedaron sólo dos caminos: matar a su mujer o repudiarla. En un último destello de inteligencia, eligió la segunda opción. Se fue a vivir con su madre, aunque era inefablemente duro ver en la puerta de su antigua casa, casa que por otro lado él seguía pagando, el coche del nuevo macho cabrío con el que ahora vivían sus hijos; le preocupaba sobre todo la pequeña, que ya iba a hacer la primera comunión y estaba creciendo muy guapa e ingenua. Pero así es la vida, complicada, sorprendente, decepcionante, terrorífica como una pesadilla que se hace realidad al despertar. Y encima él era de esa clase de personas que por costumbre fracasan en todo lo que emprenden, un corredor que nunca llega a la meta, un jugador que siempre pierde.

“Es que con Javi he descubierto el sexo” Comentó una vez su exmujer en la peluquería, refiriéndose a su nuevo amante. Fue una sentencia irrevocable, lapidaria, de esas que marcan el resto de una vida. “Pero eso no significa que no siga queriendo a Clemente, uhhh, por aquí me das unas mechas, Carmen.” Y es que a la pobre, que todo hay que decirlo, después de casi diez años de insano matrimonio, ya le resultaba insoportable ver encima de ella, durante el acto sexual, aquella cara cuadrada de bruto, con una oreja mucho más grande que la otra moviéndose como la de un podenco a cada sacudida, y sobre todo aquella maldita verruga debajo del ojo izquierdo, a la que era imposible no dirigir la mirada, experimentando una nauseabunda sensación de asco. Si por lo menos no hubiese existido aquella verruga asquerosa…

Clemente Modesto Siervo, alias el maño, cincuenta años, pintor de brocha gorda, parado de larga duración, putero, alcohólico, obeso mórbido, iracundo e insociable.

Aquel día, como había cobrado el paro, decidió darse un homenaje, como vulgarmente se dice. Así que, tras tomar en el bar de la esquina un par de copas de coñac para insuflarse valor y dos pastillas de esas azules para recuperar el vigor perdido con el cansancio de la edad y las penas,  se dirigió con decisión a una casa de putas que solía frecuentar, anunciada en el portal con un botoncito rojo junto a un cartelito que ponía Lorena, en un edificio cochambroso justo detrás del antiguo hospital de locos de Bétera.

Eligió para hacer un dúplex a dos muchachitas morenas de piel muy blanca y cuerpos voluptuosos. Una era alta, de grandes pechos, ojos vivos algo rasgados y melena rizada. La otra era más bien bajita, algo gordita, de culo grande, ojos inocentes y pechos firmes, perfectos, de sonrisa también perfecta.

Sumisas, complacientes, estaban satisfaciendo todas sus fantasías, que iban desde el fetichismo al voyerismo, pasando por el lesbianismo y la disciplina inglesa, mientras en la calle llovía sobre las sucias fachadas de los edificios, sobre los cierres metálicos de los comercios quebrados y sobre los toldos desgarrados de las terrazas, y las madres jóvenes, bajo un multicolor entoldado de paraguas, iban a recoger a los niños al colegio.

Todo era placentero y vivificante, como una orgía en el infierno, hasta que de repente, cerca ya del cenit, mientras montaba a la gordita y besaba en el cuello a la de las tetas grandes, el corazón le reventó. Murió súbitamente haciendo el amor, por fin algo de suerte al final de su desgraciada vida.

Las putas cambiaron su dulce expresión de muñeca hinchable por una mueca de fastidio y preocupación. Parecían más viejas, más feas, más reales, como demonios desenmascarados.

- ¡Se ha muerto, el cabrón, maldito hijo de puta, yo me largo de aquí, que le den por el culo al hijo puta este!- Exclamó una de ellas con filantrópica compasión femenina.

 La otra puta ya estaba gritando pidiendo socorro con la puerta abierta. Llegó la madame, una sudamericana muy negra y flemática, seca por dentro y por fuera como un teutón, con ojos pequeños y malévolos, acompañada por el resto de chicas semidesnudas, que rodearon al cadáver como una manada de hienas inquietas.

- ¡Chucha, tenemos que deshacernos de este mamón!- Decidió la madame tras un breve cónclave con sus pupilas.

Cerraron la habitación y esperaron a que llegara la noche. En la penumbra, el muerto, tumbado en la cama sobre las sábanas revueltas, desnudo como un orangután, como un orondo cristo yacente, rodeado de mugre y marginalidad, con trozos de papel higiénico por el suelo junto al bidé, y una miscelánea de olores, de sudor, de sexo, de lejía y de muerte, parecía esperar confiado la resurrección.

Ya de madrugada, las putas volvieron a entrar, y en medio de un sigilo clandestino, lo vistieron y lo sacaron casi a rastras de la casa, entre todas, jadeantes, una tirando de un brazo, otra de una pierna, otra sin poder contener la risa nerviosa. Lo bajaron en el ascensor y lo sacaron a la calle dejándolo tirado en la acera, bajo un luminoso fundido que anunciaba una panadería, junto a una vieja vespa desguazada encadenada a un árbol seco. Acto seguido huyeron corriendo como ratas sorprendidas por la luz. En verdad que resultaba un cuadro curioso y a la vez macabro ver a aquella manada de putas dispersándose bajo la lluvia, como una bandada de grajos, amparadas en las sombras de la noche, chirriando como las brujas de Matchbec, con el rimen corrido y los tacones reverberando en la soledad de la madrugada. 

La lluvia producía un sonido triste sobre el asfalto y fue empapando el cuerpo mórbido del muerto, abandonado como un perro de la calle que ha sido atropellado por el camión de la basura.

Como durante toda su vida, también de muerto lo seguía acompañando el silencio y la oscuridad. Pero ahora ya no parecía importarle mucho.

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