pero ¿por qué?
SED DE FUEGO
Y cuando menos lo espero
caes sobre mí como un rayo,
como una lluvia de fuego,
como una lengua de lava,
prendiéndome fuego, incendiándome,
abrasándome en llamas,
despedazándome en mil pedazos,
encendiéndome, cegándome, confundiéndome,
excitándome, envenenándome,
ahogándome, quemándome vivo,
devolviéndome a la vida
tu ardiente y fresca belleza,
tu tierna voluptuosidad de hembra clara,
matándome de lujuria, de sed de tu carne viva,
de fiebre de tu cuerpo henchido,
de hambre demente de tu sangre joven,
de deseo rabioso de tu sexo hirviente,
poblando mi insomnio de ansias devastadoras,
de fantasmas transgresores,
de violencia salvaje, de pasión desesperada.
Es tu hermosura inocente
una tortura a hierro candente
que jamás se acaba!
PERO ¿POR QUÉ?
Mientras se limpiaba en el bordillo una mierda que había pisado, con el corazón encogido esperaba la respuesta como quien espera la sentencia de un juez.
- No Dani- Le respondió ella subiéndose al coche. Al sentarse en el asiento de terciopelo, el vestido corto se le subió hasta los muslos, aquellos muslos jóvenes y voluptuosos que él había disfrutado hasta la saciedad cada noche durante cinco años- ¡bueno, hasta la saciedad nunca!- y que ahora por el contrario se habían convertido para él en una fruta prohibida del árbol de la vida.
- Pero ¿por qué, cari?-
Paola no contestó, y aquel silencio lo hirió como una navaja afilada, lo hirió más que cualquier insulto, más que cualquier palabra de odio.
Ella seguía siendo tan niña, tan ingenua, tan hermosa, una presa fácil para buitres y perros viejos. Seguramente ya habría sido seducida en la residencia por algún compañero de trabajo farsante y embaucador, o por su propio jefe, con ese aspecto de anciano venerable, aunque le sacara más de cuarenta años. Cierto es que Paola, a pesar de ser preciosa con esa carita de virgen inocente y ese cuerpo de rotunda sensualidad, siempre había sido una muchacha tímida y pudorosa, incluso en la cama al principio, hasta que sin querer dejaba de serlo y entonces…
- Dime algo, cari…anda, dame otra oportunidad-
Aquellas últimas palabras de claudicación sonaron un poco ridículas, como las de un galán atildado al que, mientras se está declarando a su amada, se le escapa un pedo.
¡Qué hermosa era! Su deseo por ella era más fuerte que el hambre, que la sed y la fatiga, más convincente que la razón, más virulento que el amor, más doloroso que el dolor, más obsesivo que el instinto de conservación. Paola ocupaba su pensamiento, densa, voluptuosa, llenándolo todo, como una encarnación sacramental de la lujuria.
- En agosto me van a dar otra vez trabajo en Mercamadrid, te lo juro, cari, me lo dijo ayer Goyo- Añadió introduciendo un poco la cabeza por la ventanilla.
Paola, con sus labios rojos y carnosos, compuso una mueca de asco irreprimible. Aunque hacía ya más de un años que Dani había perdido su trabajo de pescadero, seguía oliendo vagamente a pescado podrido, un tufo insoportable y pertinaz, como el que vomita una fábrica de comida para perros. Y además era tan feo…Bueno, eso no le importaba mucho, la verdad sea dicha, en realidad le gustaban los feos, poseían un aire de desamparo y marginalidad que la excitaban mucho, le gustaban los feos, los negros, los albinos, los ancianos, los deformes, los enanos, incluso los calvos y obesos. Aunque puesta a elegir, por supuesto, se quedaba con Brad Pitt, que todo hay que decirlo.
- No, Dani, no es eso, ya no, se acabó, no insistas más-
Dani comprendía tarde que cuando una mujer dice que no es no, un no de acero, de hormigón armado, un no sin fisuras, sin titubeos, firme como una sentencia que no admite recurso, un no que mira hacia delante, que no vuelve jamás la vista atrás, un no lleno de futuro y heroísmo.
Dani pensó con infinita angustia que ella estaba hecha de luz y él de barro, ella era la vida y él voluntad de muerte, ella lo era todo y él no era nada, ella era preciosa y él absolutamente feo, ella era joven y él ya casi viejo, ella tenía el poder de la belleza, de la simpatía, de la fuerza seductora de la feminidad, mientras a él se le había acabado todo, hasta el paro. Sintió que su vida era una calle provinciana sumida en la niebla, deshabitada, bajo la penumbra de las farolas, con las campanas de las monjas llamando a misa.
Paola lo miró con tristeza, como se mira a un perro que ha sido atropellado por un coche. Dani tenía cara de alpargata, cara de caricatura, en el barrio lo conocían por el feo, y no es que sus colegas del bar, gordos, embrutecidos, cetrinos, fueran muy guapos que digamos.
- No te vayas, cari, me muero si te vas-
Ella empezaba a cansarse de tanta súplica babosa, se sentía decepcionada, había esperado de él más orgullo, violencia incluso, pero aquella mueca de payaso triste y aquel hilo de voz chillona y trémula de plañidera mercenaria, le producía asco, el asco animal que siente la hembra por el macho incapacitado.
No se lo dijo así para no herirlo.
- No puedo más, Dani, te di muchas oportunidades (te di, no había vuelta atrás, si hubiese dicho te he dado aún podría quedar algún resquicio de esperanza, pero aquella forma de utilizar los verbos en pretérito perfecto, resultaba inexorable) – todo lo hacía yo, siempre yo, como si tú no tuvieras cojones para enfrentarte a la vida, ya estaba cansada-
- ¿Y qué culpa tengo yo de no encontrar trabajo, de tener siempre tan mala suerte, de que todo me salga mal, yo no tengo un jefe que me quiera como a ti el tuyo, él sí que tiene cojones ¿verdá? –
- No empieces, Dani, mi vida a ti ya no te pertenece –
Dani de repente se sintió muy cansado, cansado de conjurar fantasmas, cansado del miedo, de los celos, de luchar día tras día, hora tras hora, segundo tras segundo para conquistar un centímetro de tierra enemiga y perderla toda en un instante, la vida requiere una constante atención, dormir con un ojo abierto como las liebres para no perder el trabajo, para que otro no te robe la mujer, para ganar el pan y el amor.
Desde la terraza de un piso se oyó a un pájaro exótico cuyo canto parecía el timbre de un teléfono.
- Dani, no te tortures, - lo animó con compasiva crueldad- sigue adelante con tu vida, ¡ah!, y por cierto, nunca me gustó que me llamases cari-
Y aceleró torciendo la esquina, con ese mismo coche pequeño de color turquesa con su bollo en el lateral izquierdo, por ese mismo camino, por ese mismo trozo de calzada que tomaba cada mañana para irse a trabajar, sólo que esta vez (todo resultaba irreal como una pesadilla), no regresaría ya nunca.
Toda aquella belleza, toda aquella dulzura, todo aquel erotismo, ese olor a pasión y a ternura, un poco a niña pequeña, ese tono de voz argentino y sensual, esa presencia cálida y fresca que llenaba todos los rincones de la soledad, esos ojos grandes y radiantes, ese pelo largo y bruñido, esos labios rojos, esa carne ardiente, esas manos pequeñas, esa piel tan blanca, esas caderas anchas, esos pechos firmes que tremolaban como banderas de amor, ese cuerpo prieto, esa manera ingenua y a la vez felina de reclamar sexo, ese abandono total, entre tierno y demente, ese milagro de su carne con cuya savia perenne en adelante bendeciría a otro…
¡ Dios, era insoportable! Sintió una sed de fuego abrasándole la garganta. Dio unos pasos hacia atrás como un autómata y volvió a pisar la misma mierda que se había limpiado antes en el bordillo.
Una vecina patizamba, con el pelo abultado de un lado y aplastado de otro, salió de un portal a pasear a un perrito insignificante que se meaba en cada farola.
- Buenos días, Dani- Lo saludó con voz un poco gangosa.
Dani no contestó. No podía hablar, no podía moverse, como si hubiera entrado en trance cataléptico. ¿Saldría alguna vez de aquel infierno dantesco?
Se oyeron los cierres, subiéndose, de la papelería. El sol lamía con una lengua de luz suave la fachada de los edificios.
- ¿Pero por qué?- Balbuceó finalmente dirigiéndose a la nada.
Comprendió de repente que la muerte es perder lo que más se quiere. Y que quien se cree en posesión de otra persona, vive en realidad poseído por ella.
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