las gafas de rayos x
28 Mayo 2009
LAS GAFAS DE RAYOS X
Salvador Ronquillo fue siempre un muchacho raro. Mientras los demás muchachos pensaban en el fútbol o en ligar con las chicas en la discoteca, él permanecía encerrado en su cuarto, en otra dimensión, a salvo en su mundo, perfeccionando sus inventos. Un día se presentó en el colegio con un extraño artilugio cubriéndole la mano derecha, una especie de garra de metal que se activaba mediante un interruptor conectado a una batería que llevaba atada al pecho, imitando la garra de algún superhéroe de los cómics que leía. Todos se rieron de él, pero no le importó mucho, estaba acostumbrado. Inventó también unos zancos psicodélicos con unos botes de tomate, una máquina de pinball con gomas y pinzas de la ropa, una bicicleta autopropulsada con el motor de una lavadora, extraños instrumentos musicales, una línea telefónica con unos envases de yogures, etc, etc. Para algunos era un genio, para la mayoría, por el contrario, se trataba simplemente de un imbécil.
Pero nadie podía sospechar la trascendencia del último invento que se traía entre manos. Un invento a la altura de la bicicleta, del internet o de la viagra.
Dominado por su obsesión, trabajaba día y noche sin descanso. Su madre llegó a sospechar que se había vuelto loco. Pasaba todo el tiempo encerrado, sin comer, sin dormir, pálido, febril, desencajado. ¡Hasta que por fin lo consiguió!: Había inventado unas gafas de rayos x para ver a las chicas desnudas a través de la ropa.
Temblando de emoción y de ansiedad, salió a la terraza para probar su invento. Se fijó en la dependienta de la tienda de ropa de niños que había en la esquina, una muchacha morena y voluptuosa, de rasgos infantiles, ojos grandes, nariz pequeña y labios carnosos, de piel blanca y pelo largo, que le gustaba desde hacía tiempo. Estaba cambiando el escaparate, a gatas, intentando alcanzar un vestido rojo para sustituirlo por otro de color verde. Salvador se puso sus gafas de ver desnuda y la cazó de lleno en aquella postura felina y seductora, con la grupa ondulada, aquellas formas rotundas, henchidas, tremendas, la sombreada herida del sexo adivinándose entre las nalgas ofrecidas, los pechos duros y grandes cuyos pezones rosas y erectos rozaban una cabeza de maniquí, el pelo derramándose por la espalda. Tuvo que masturbarse cinco veces seguidas para poder soportar aquella visión lujuriosa, imposible, espasmódica, divina.
A partir de entonces, todos los días se echaba a la calle con su bicicleta y sus gafas indiscretas en busca de mujeres guapas a las que desnudar con la mirada. Con aquellas gafas estrafalarias de grandes cristales ahumados y redondos, parecía una especie de mosca humana sobre ruedas. Todo el mundo se reía de él, aunque era él quien en realidad tenía motivos para reírse de todo el mundo.
- ¡Qué miras, payaso!,- lo increpaba un grupo de chicas que hacían el botellón en el parque- ¡de qué coño te ríes, subnormal!-
Pero en esta vida todo acaba por saberse. Primero fueron sospechas, rumores, hasta que por fin alguien, no se sabe cómo ni como no, adivinó lo que se traía entre manos el loco de Salva.
Los demás chicos empezaron a pedirle prestadas las gafas, incluso le ofrecían dinero, los que siempre lo habían tratado con crueldad o con desprecio empezaron a hacerse amigos de él, todo en vano, Salva no se desprendía de sus gafas ni para dormir.
Sólo miraba a las guapas, cuando se topaba con alguna fea, desviaba la mirada hacia otro lado.
- ¡Me ha mirado, ay mi madre, me ha visto desnuda!-
- No, no te preocupes, Rocío, yo creo que me ha mirado a mí-
Cuando, al caer la tarde, los grupos de adolescentes tomaban el bulevar, en medio del bienestar vivificante que traía la brisa de la primavera, de repente alguien daba la voz de alarma:
-¡Que viene, que viene el mirón!-
Las chicas empezaban a gritar y, tapándose con las manos sus partes erógenas, corrían despavoridas hacia los portales, como si huyeran de la vaquilla en los encierros de las fiestas. Entonces aparecía Salvador como una centella, bajando la calle con su bicicleta a toda velocidad, para aprovechar el factor sorpresa, girando la cabeza a un lado y a otro en busca de alguna víctima rezagada.
Una vieja que no podía correr se puso a insultarle:
- ¡Sinvergüenza, asqueroso, zángano!-
Tal vez indignada porque había pasado a su lado sin fijarse en ella.
Mientras en el parque las parejas se besaban junto al estanque, bajo los sauces, besos húmedos, concretos, reales, Salva regresaba a su casa con la retina llena de tetas, culos, coños, muslos, cuerpos esculturales y maravillosos, carne joven y fresca, excitante, subyugante, platónica. El sol se ponía tras las tapias del cementerio, y Salvador pedaleaba subiendo las cuestas, sintiéndose, sin saber porqué, un poco triste, un poco solo, un poco irreal con toda aquella aventura. Tal vez la mayoría de la gente tuviera en el fondo razón con respecto a él.
EL MATÓN