devenir

 

ERES vida.

Me ciegas de vida,

me infectas de vida,

me matas de vida.

Todo en ti late, alumbra, arde.

Sin lógica, sin mesura, sin cordura.

Se abren todas las ventanas

y reverdecen todos los árboles.

Hierves de voluptuosidad,

como un tallo que revienta de savia,

que sabe a lluvia,

que huele a sol y a esperanza.

Eres vida, luz, plenitud,

hielo que quema

y fuego que abrasa.

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                            DEVENIR

No sin cierta dificultad se sentó en un banco de la plaza. Puso las manos sobre las rodillas. El sol de febrero le daba en la cara. Se sentía desvanecido, exánime, vencido. Tantos trabajos y días… Su vida había sido una larga sucesión de luchas y errores, como todas las vidas. En más de una ocasión había estado al borde del abismo. Como aquella tarde de domingo hacía ya muchos años: Un calor asfixiante, deprimente. La televisión reflejaba un mundo ponzoñoso, obtuso y estéril. Sobre la pared un retrato familiar con el cristal roto. Vivía solo, en un décimo piso, sobre un callejón sin salida. Estaba sentado en calzoncillos en el sofá desconchado, su cara aparecía reflejada en un espejo polvoriento, sudorosa, tenía una verruga debajo del ojo izquierdo, los ojos insomnes, le dolían las cejas. La mesa estaba llena de botellas vacías y restos de comida, el cenicero rebosante de colillas. De repente, obedeciendo a un impulso endógeno, se levantó bruscamente y cogiendo carrerilla se dispuso a saltar por encima de la  barandilla de la terraza. Finalmente no tuvo valor. Siempre le había faltado valor, para vivir, para morir, para amar…Cuando boxeaba, antes de cada combate tenía que mear muchas veces, eran  meadas de miedo.

Ahora ya todo había pasado, incluso el miedo. Poco a poco se fue adormeciendo, al borde de la inconciencia, de la nada. Estaba atándose un zapato cuando su boca exhaló el último suspiro. Los pájaros callaron, olía a muerte, era un momento solemne. En el tejado de la iglesia dos cigüeñas tomaban el sol. Los planetas, en el espacio exterior, continuaban su devenir inescrutable. Las campanas de la torre dieron las doce del mediodía.

-         ¡Adiós Rocío!- Saludó un jardinero con gafas de aumento y la cabeza muy grande a una chica muy gorda que andaba con dificultad, resoplando.

Al atardecer, una vecina, que se pasaba el día asomada a la ventana, avisó a la policía municipal. Le parecía muy extraño que aquel hombre permaneciera durante tantas horas en aquella  postura tan peculiar.

Vino una ambulancia. Certificaron la muerte. No había rastros de violencia, al menos exteriormente. Al cabo de unas horas llegó el juez, que anduvo alrededor del cadáver cojeando y con las manos a la espalda, como si bailara una cumbia. En la cartera encontraron un carné deteriorado: Francisco Alegre Parrada, nacido en 1959, natural de Broto, provincia de Huesca, hijo de Serván y Justa. Averiguaron que aquel mismo lunes había salido de la cárcel de Badajoz en libertad condicional. No tenía domicilio fijo ni oficio conocido.  

Los niños se arremolinaron alrededor del muerto. Ya era de noche. Pasó una mujer joven con una falda de vuelo que bailaba al andar con un rumor de primavera. Los operarios de la funeraria  metieron el cadáver en una bolsa de plástico, cerraron la cremallera y se lo llevaron a alguna otra parte.

 

 

 

 

 

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