viejo verde

 

 

VIEJO verde, viejo verde,

¿de qué tienes tanto miedo?

¿De la soledad, de la muerte, de la vida?

Te han abandonado los fantasmas del amor.

Aquella carne concreta, hermosa, caliente,

ha vuelto a evaporarse por las grietas de tu cobardía.

Has perdido la última guerra,

y vuelves a tu miseria

con el orgullo lleno de cicatrices

que no te han enseñado nada.

Nunca supiste conservar el amor,

con tu lógica demente

o lo regabas hasta ahogarlo o dejabas que se secara.

Te muerde la lujuria como un perro rabioso,

mientras das vueltas en la cama

sin decidirte a despertar, sin atreverte a dormirte.

¡Hay que ver, viejo verde, cuánto te hizo sufrir siempre

el miedo a sufrir!

 

 

abismo

 

  

¿Qué sientes al caer por ese abismo?

Tu sangre se convierte en vapor, ruborizando tus labios,

haciendo arder tu piel de nieve, licuando tu carne

que se vierte densamente por las laderas de tu sexo rendido.

Las palabras de amor están aquí prohibidas,

esto es una cópula animal, que labra tu desnudez divina,

que siembra tu juventud frutal de sucias caricias,

de hirientes mordiscos, de placenteros castigos

y extremos paroxismos.

Pero en el fondo es mi lujuria la cautiva de tu hermosura.

Siempre el constelado universo de tu cuerpo,

siempre tu olor, siempre tu gesto, siempre tus ojos,

siempre un nuevo milagro de la vida.

 

mariposas en el estómago

 

MARIPOSAS EN EL ESTÓMAGO

El ciego entró al bar.

-         ¡Ehh buenos días, rubia, guapa!-

Dando golpecitos con su bastón (que él llamaba gps) en las patas de las mesas y arrastrando los pies, avanzó hasta la barra.

-         ¡Buenos días, señor ciego!- Le respondió con voz reverberante y hombruna una camarera morena y muy fea, con la cara congestionada, como si le hubieran dado vuelta y vuelta en una sartén, y con una calva en la coronilla.

-         ¡Rocío, guapa!- gritó el ciego sacando su ristra de cupones de una especie de morral que llevaba colgado al hombro.

Por el ventanuco de la cocina asomó la cabeza, entre el humo de las frituras, una muchacha muy gorda, cejijunta, con los ojos saltones y con los dientes muy separados.

-         Hola ciego, ¿qué número salió ayer?-

-         Ehhh, hola Rocío, guapísima, empieza en seis y acaba en nueve, ven a tocarme para que te traiga suerte hoy-

La muchacha abrió la puerta de la cocina y se acercó al ciego, oliendo a boquerones fritos y lentejas estofadas.

El ciego estaba enamorado de Rocío. No podía ni quería disimularlo. Las camareras bromeaban con eso.

-         ¡Cómo se nota que eres ciego, con lo fea que es Rocío!-

Pero para el ciego Rocío era una princesa. Con sus manos de Maritornes tocó las manos del ciego y éste aprovechó para hacer manitas.

-         Ehhh ¿quieres ser mi novia, Rocío, guapa?-

-         Por qué no, si me tocan cien mil euros hasta me voy contigo y to, fíjate lo que te digo, ciego.-

-         Pues esta noche te vengo a buscar con mi limusina, Rocío-

-         No, esta noche no, esta noche he quedao con Bekan-

-         Pero que mala eres Rocío-

-         Uhhh, no lo sabes tú bien, he sacao to lo malo de mi madre y to lo malo de mi padre, cuando alguien me tira los tejos le digo, ¡qué pasa!, así, plantándome, en plan duro, y se va cortao, ¡qué pasa ciego!-

-         je, je, je, qué mala eres Rocío- -         Ven, acércate a la estufilla que hace un frío que pela, pijo-

El ciego, con las manos desolladas de su amada entre las suyas, sentía mariposas en el estómago, mariposas que le hacían cosquillas, cosquillas que le daban risa, una risilla floja que no podía controlar.

-         je, je, je, qué cosas tienes Rocío, je, je je-

El ciego tenía los ojos saltones y hueros, como dos cáscaras de huevo. La risa le congestionaba el rostro. Parecía que iba a vomitar de un momento a otro.

La tele hablaba de la muerte de un chico a las puertas de una discoteca.

Entró un vejete canijo con una gorra de la NBA en la cabeza. Se acercó al extremo de la barra donde estaban Rocío y el ciego.

     -   ¿Ha venido el electricista?-

Miró para un lado y para otro, y sin esperar respuesta se marchó.

Rocío puso una mueca de asombro.

El ciego seguía riendo.

-         Je, je, je, je…ehhh…je, je je je…- 

 

 

virtual

 

 

 

 

                                                       DON JUAN VIRTUAL

 

Soledad Berríos Silva era una muchacha chilena de veintinueve años, guapa, más bien gordita, agradable, y con una sonrisa sempiterna en su rostro aniñado y en sus ojos chispeantes.

Tras un desengaño amoroso que la condujo a una terrible depresión que estuvo a punto de sepultarla en vida, conoció chateando a un chico español que era un encanto, educado, dulce, delicado, y aunque debía ser un poco calvo porque cubría siempre su cabeza con una gorra de la NBA, no estaba mal del todo. Se llamaba Josito.

“Lo siento, por favor, eres muy bonita, preciosa, te amo…”  Este era el lenguaje con el que habitualmente se dirigía a ella el caballero español, con voz tierna de amante solícito.

Él le escribió un libro de poemas titulado “Poemas para mi novia”, del que publicó tres ejemplares, uno para la protagonista, otro para su abuela, y otro para él mismo, que para eso era el autor. “Eres los ojos verdes que siendo ciego encontré debajo de mi almohada…” Se trataba, evidentemente de una licencia poética, porque Soledad tenía los ojos marrones.  Ella, en señal de agradecimiento, una noche le bailó por la web, sin levantarse de la silla, con movimientos sensuales, besando con sus carnosos labios la pantalla, iluminando el mundo con su sonrisa, y hasta le llegó a enseñar el principio de una teta gorda, dura y blanca, que casi provocó que el pobre polucionara con la impresión. Sin que ella se diera cuenta, él la estuvo gravando con su móvil, mientras ella bailaba, para tener un recuerdo indeleble de su amada. 

“Quiero hablar con tu madre, chiqui” le pidió él abruptamente una noche (Por la diferencia horaria, Josito se levantaba todas las noches a las cuatro de la madrugada para poder conversar con su novia virtual).

“¿Con mi madre???” Contestó ella sorprendida

“Sí, con tu madre, cari, por favor, que se ponga si está por ahí…”

 Después de una larga e intensa conversación con la madre, ésta se levantó de repente y se fue llorando a la cocina.

Entonces la hermana mayor se asomó por la pantalla.

“¿Qué le has dicho a mi madre, Josito, que está llorando???”-

“ Lo siento, yo sólo le pregunté que si no la ofendería si le pedía la mano de su hija, que amo a Soledad con todo mi corazón y que, si no existe inconveniente, querría casarme con ella, amarla y respetarla toda mi vida y convertirla en la madre de mis futuros hijos”

También la hermana mayor se fue llorando de emoción. ¡Cómo hablan estos españoles! Y al rato vino la hermana mediana a pedirle explicaciones al galante caballero:

“¿Qué les has dicho a mi madre y a mi hermana que están llorando sin parar en la cocina?”

“Lo siento, chiqui, lo siento mucho, yo sólo les dije que quiero pedir la mano de Soledad, hacerla feliz y ser feliz a su lado, unir nuestros destinos para toda la vida, y amarla y respetarla, a pesar de los avatares del tiempo y los contratiempos del azar”

Ni que decir tiene que también la hermana mediana se fue llorando, y al rato vino  Soledad, intrigada y un poco ofendida, que todo hay que decirlo.

“¿Pero qué les dijiste a mis hermanas y a mi madre, huevón, que están todas llorando abrazadas, que parece esta casa un funeral, acaso les dijiste que tienes cáncer, o lo que es peor, que estás casado?”

“¿Yo?, nada, cariño, lo único que les he dicho es que quiero pedir tu mano, ¿te quieres casar conmigo, cari, y venirte a vivir a España?, (en la pantalla Josito tenía un aspecto un poco psicodélico, arrodillado, con la mano en el corazón, la gorra de la NBA en la cabeza, y unos extravagantes auriculares en las orejas) tengo un piso sin estrenar en Ocaña que necesita la mano de una mujer barat…digo bonita y buena como tú…¿qué te pasa? ¿lloras?, lo siento, lo siento…”

En fin, el caso es que la muchacha, sin pensárselo dos veces, dejó su trabajo de vendedora de seguros, y con los ahorros de toda su vida cogió un avión, y a la semana siguiente a la petición de mano estaba en Barajas, con su maleta en la mano, en pos de su don Juan virtual.

Le pareció raro que no estuviera esperándola en el aeropuerto, tal y como le había prometido. Bueno, su trabajo de ingeniero informático se lo habría impedido. Así que, como tampoco le cogía el móvil y tenía la dirección, tomó un taxi y viajó hasta el  pueblo de Toledo donde Josito vivía.

Llegó a anochecido. Era un pueblo triste, lúgubre, pero Soledad no se sintió decepcionada. Ella ya tenía la idea preconcebida de que España era un país viejo y sombrío. Subió la calle en busca de la casa de su novio, con su maleta en la mano, sorteando los charcos, aunque sin poder evitar llenarse de barro las manoletinas nuevas.

Llamó a la puerta, y al cabo de un emocionante impás, le abrió una vieja desgreñada que tenía una nube en un ojo.

“¿Josito?, si, si, vive aquí, yo soy su madre, y ¿qué quiere usted de mi hjo?- contestó la madre, observando a la extraña de arriba abajo con mirada torva-…¿mi Josito novia? ¡anda ya!, mi Josito está en su mundo, es deficiente mental, qué piso en Ocaña ni qué piso en Ocaña, ¡váyase usté a reírse de otro, lo sa jodío mayo!”

Antes de que la vieja le cerrara la puerta en las narices, Soledad pudo ver a Josito en una esquina del salón, jugando a los indios sentado en el suelo, con una sonrisa estólida en sus labios babeantes.

Bajó la calle sintiéndose una estatua de sal. Pisando los charcos, enervada, vencida, con su maleta en la mano, llegó a la plaza del pueblo y se apoyó en la marquesina de la parada del autobús. Hacía frío, pero ella sólo sentía un vapor de sangre en la cabeza. Desde la puerta del bar, los endrinos paletos la observaban como pájaros de mal agüero, como sombras siniestras en la pared de una caverna.

Sintió un escalofrío. ¿Qué sería ahora de ella? ¡Ojalá no hubiera salido nunca de su realidad virtual!

Con el rimel corrido por las lágrimas, parecía una muñeca sucia con la que ya nadie quiere jugar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UNA LUZ EN LA OSCURIDAD

 

Desnúdate. Que tu cuerpo arda de luz, de pudor, de deseo.

Mírame con esos ojos llenos de savia,

bésame con esos pétalos abiertos de tu boca.

Rebosas vida, sobredosis de belleza y vida.

Y cuanto más te ensucio más hermosa eres.

Una llama en la oscuridad,

que arde, que alumbra, que asombra, y que crece.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RASCA Y GANA

 

Fue al centro comercial a comprarse unas zapatillas de paño para pasar el invierno, y en la zapatería le dieron un cupón para participar en el sorteo de un viaje de un día a París.

Cuando le comunicaron por teléfono que le había tocado el viaje, pensó que se trataba de una broma. ¿A mí? Se preguntó escéptico. Tenía sesenta y ocho años y nunca jamás le había tocado nada en la vida. Una vez, en el bar de Emilio, tuvo en sus manos un décimo con el gordo de navidad, pero finalmente no lo compró. Estaba claro que la suerte nunca se había fijado en él.

Ante la perspectiva de viajar por primera vez en avión, le costó conciliar el sueño. Posiblemente sería esta una de las últimas satisfacciones de su vida. Tampoco es que hubiera tenido muchas, la verdad sea dicha. En el abalorio de desgracias que componían su existencia, las satisfacciones se podían contar con los dedos de una mano: aquel día en que su hija, antes de que fuera captada por la secta,  fue coronada reina de las fiestas, y dos o tres pequeñas alegrías más, como victorias imperceptibles, como pequeñas flores en un páramo. Por lo demás: la quiebra de su negocio inmobiliario, el ictus, la pobreza, la soledad, la tristeza, y esa pléyade de sentimientos amargos que componían su dieta diaria. Y por si faltaba algo, ahora el cáncer de próstata.

¿Pero para qué seguir enumerando desgracias?, ahora estoy aquí, viendo París, lejos de las cosas malas. Pensó contemplando el Sena sumido en una leve niebla, entre la que se abrían paso los barcos, dejando en el agua una estela plateada, que se iba desvaneciendo como la ilusión en el corazón humano. 

Recordó una película en la que un soldado le daba un cigarrillo a otro soldado moribundo y lo arropaba con una manta. Un gesto inútil pero reconfortante.

Se fueron encendiendo las luces de la ciudad. ¡Qué bonito era París!

Una gaviota voló, graznando, sobre su cabeza, y se alejó hacia el ocaso bajo un cielo ceniciento.

 

 

 

agonía

 

 

 

SIEMPRE enfermo de ti,

siempre infectado de ti,

siempre ardiendo por ti.

Te metes en mi sangre, en mi linfa, en mis sesos, en mi médula,

siento por mis venas tu helada corriente

que de repente empieza a hervir.

Siempre dentro de mí, siempre dentro de ti.

Sobredosis de lujuria me produce el aire

que desplazas al moverte.

Sobredosis de vida cuando de placer te desvaneces.

Siempre hambriento de ti.

Siempre en busca de ti.

Siempre preso de ti.

Y herido, y sediento, y absurdo, y loco por ti.

 

 

 

 

 

 

 

 

LA AGONÍA DE LA MOSCA

 

-         ¡Sí, sí, en misa, ya te lo he dicho!, ¿está Rubén con vosotras? ¿Cómo?-

Al otro lado del teléfono se oía una especie de música estridente y reprimidas risitas.

-         Bueno, me paso, que aquí hace mucho frío, que no, que no voy, ¿eh?, porque no, pues porque no, Noe, pues porque no quiero que se rían más de mí, ya te lo he dicho muchas veces, Noe, adiós, besitos, muaa-

Se oían campanas. La noche estaba cayendo. Una tenue neblina se levantaba desde el río. La mortecina luz de las farolas apenas iluminaba las estrechas callejuelas.

La muchacha abrió la pesada puerta de madera, cuyos goznes chirriaron lúgubremente. Dentro ardían los cirios y olía a antigüedad. Un cura calvo, con ademanes afeminados, se dirigía a los escasos feligreses desde un altar barrocamente ornamentado:

-         ¿Y por qué tenemos que amar a los pobres, queridos hermanos?, porque Jesús también era pobre…- 

La muchacha fue a sentarse entre sus padres. Como era muy grande y muy gorda apenas cabía en el hueco que le hicieron. El padre tuvo que hacer equilibrios para no caerse por un extremo del banco. Puso un mohín de desagrado pero no dijo nada. La muchacha siguió oyendo misa, torpe, erguida, estática, parecía un elefante en una silla de anea. Su sombra gigantesca tremulaba grotescamente en la pared de la capilla de Santa Leocadia.

En el suelo, cerca de la puerta, agonizaba una mosca. Boca arriba, agitaba las delgadas patas emitiendo un zumbido desesperado. Era una larga agonía, demasiado larga para una vida tan breve y pobre. Pero así es la vida de una mosca.

El cura se dio la vuelta y con el dedo índice se subió la montura de las gafas, mientras disimuladamente miró su reloj: el Real Madrid jugaba a las ocho.

Era sábado. Noche de difuntos. Se oían campanas por toda la ciudad.

La muchacha pensó en Rubén, y sintió un vahído de tristeza.