DON JUAN VIRTUAL
Soledad Berríos Silva era una muchacha chilena de veintinueve años, guapa, más bien gordita, agradable, y con una sonrisa sempiterna en su rostro aniñado y en sus ojos chispeantes.
Tras un desengaño amoroso que la condujo a una terrible depresión que estuvo a punto de sepultarla en vida, conoció chateando a un chico español que era un encanto, educado, dulce, delicado, y aunque debía ser un poco calvo porque cubría siempre su cabeza con una gorra de la NBA, no estaba mal del todo. Se llamaba Josito.
“Lo siento, por favor, eres muy bonita, preciosa, te amo…” Este era el lenguaje con el que habitualmente se dirigía a ella el caballero español, con voz tierna de amante solícito.
Él le escribió un libro de poemas titulado “Poemas para mi novia”, del que publicó tres ejemplares, uno para la protagonista, otro para su abuela, y otro para él mismo, que para eso era el autor. “Eres los ojos verdes que siendo ciego encontré debajo de mi almohada…” Se trataba, evidentemente de una licencia poética, porque Soledad tenía los ojos marrones. Ella, en señal de agradecimiento, una noche le bailó por la web, sin levantarse de la silla, con movimientos sensuales, besando con sus carnosos labios la pantalla, iluminando el mundo con su sonrisa, y hasta le llegó a enseñar el principio de una teta gorda, dura y blanca, que casi provocó que el pobre polucionara con la impresión. Sin que ella se diera cuenta, él la estuvo gravando con su móvil, mientras ella bailaba, para tener un recuerdo indeleble de su amada.
“Quiero hablar con tu madre, chiqui” le pidió él abruptamente una noche (Por la diferencia horaria, Josito se levantaba todas las noches a las cuatro de la madrugada para poder conversar con su novia virtual).
“¿Con mi madre???” Contestó ella sorprendida
“Sí, con tu madre, cari, por favor, que se ponga si está por ahí…”
Después de una larga e intensa conversación con la madre, ésta se levantó de repente y se fue llorando a la cocina.
Entonces la hermana mayor se asomó por la pantalla.
“¿Qué le has dicho a mi madre, Josito, que está llorando???”-
“ Lo siento, yo sólo le pregunté que si no la ofendería si le pedía la mano de su hija, que amo a Soledad con todo mi corazón y que, si no existe inconveniente, querría casarme con ella, amarla y respetarla toda mi vida y convertirla en la madre de mis futuros hijos”
También la hermana mayor se fue llorando de emoción. ¡Cómo hablan estos españoles! Y al rato vino la hermana mediana a pedirle explicaciones al galante caballero:
“¿Qué les has dicho a mi madre y a mi hermana que están llorando sin parar en la cocina?”
“Lo siento, chiqui, lo siento mucho, yo sólo les dije que quiero pedir la mano de Soledad, hacerla feliz y ser feliz a su lado, unir nuestros destinos para toda la vida, y amarla y respetarla, a pesar de los avatares del tiempo y los contratiempos del azar”
Ni que decir tiene que también la hermana mediana se fue llorando, y al rato vino Soledad, intrigada y un poco ofendida, que todo hay que decirlo.
“¿Pero qué les dijiste a mis hermanas y a mi madre, huevón, que están todas llorando abrazadas, que parece esta casa un funeral, acaso les dijiste que tienes cáncer, o lo que es peor, que estás casado?”
“¿Yo?, nada, cariño, lo único que les he dicho es que quiero pedir tu mano, ¿te quieres casar conmigo, cari, y venirte a vivir a España?, (en la pantalla Josito tenía un aspecto un poco psicodélico, arrodillado, con la mano en el corazón, la gorra de la NBA en la cabeza, y unos extravagantes auriculares en las orejas) tengo un piso sin estrenar en Ocaña que necesita la mano de una mujer barat…digo bonita y buena como tú…¿qué te pasa? ¿lloras?, lo siento, lo siento…”
En fin, el caso es que la muchacha, sin pensárselo dos veces, dejó su trabajo de vendedora de seguros, y con los ahorros de toda su vida cogió un avión, y a la semana siguiente a la petición de mano estaba en Barajas, con su maleta en la mano, en pos de su don Juan virtual.
Le pareció raro que no estuviera esperándola en el aeropuerto, tal y como le había prometido. Bueno, su trabajo de ingeniero informático se lo habría impedido. Así que, como tampoco le cogía el móvil y tenía la dirección, tomó un taxi y viajó hasta el pueblo de Toledo donde Josito vivía.
Llegó a anochecido. Era un pueblo triste, lúgubre, pero Soledad no se sintió decepcionada. Ella ya tenía la idea preconcebida de que España era un país viejo y sombrío. Subió la calle en busca de la casa de su novio, con su maleta en la mano, sorteando los charcos, aunque sin poder evitar llenarse de barro las manoletinas nuevas.
Llamó a la puerta, y al cabo de un emocionante impás, le abrió una vieja desgreñada que tenía una nube en un ojo.
“¿Josito?, si, si, vive aquí, yo soy su madre, y ¿qué quiere usted de mi hjo?- contestó la madre, observando a la extraña de arriba abajo con mirada torva-…¿mi Josito novia? ¡anda ya!, mi Josito está en su mundo, es deficiente mental, qué piso en Ocaña ni qué piso en Ocaña, ¡váyase usté a reírse de otro, lo sa jodío mayo!”
Antes de que la vieja le cerrara la puerta en las narices, Soledad pudo ver a Josito en una esquina del salón, jugando a los indios sentado en el suelo, con una sonrisa estólida en sus labios babeantes.
Bajó la calle sintiéndose una estatua de sal. Pisando los charcos, enervada, vencida, con su maleta en la mano, llegó a la plaza del pueblo y se apoyó en la marquesina de la parada del autobús. Hacía frío, pero ella sólo sentía un vapor de sangre en la cabeza. Desde la puerta del bar, los endrinos paletos la observaban como pájaros de mal agüero, como sombras siniestras en la pared de una caverna.
Sintió un escalofrío. ¿Qué sería ahora de ella? ¡Ojalá no hubiera salido nunca de su realidad virtual!
Con el rimel corrido por las lágrimas, parecía una muñeca sucia con la que ya nadie quiere jugar.
UNA LUZ EN LA OSCURIDAD
Desnúdate. Que tu cuerpo arda de luz, de pudor, de deseo.
Mírame con esos ojos llenos de savia,
bésame con esos pétalos abiertos de tu boca.
Rebosas vida, sobredosis de belleza y vida.
Y cuanto más te ensucio más hermosa eres.
Una llama en la oscuridad,
que arde, que alumbra, que asombra, y que crece.
RASCA Y GANA
Fue al centro comercial a comprarse unas zapatillas de paño para pasar el invierno, y en la zapatería le dieron un cupón para participar en el sorteo de un viaje de un día a París.
Cuando le comunicaron por teléfono que le había tocado el viaje, pensó que se trataba de una broma. ¿A mí? Se preguntó escéptico. Tenía sesenta y ocho años y nunca jamás le había tocado nada en la vida. Una vez, en el bar de Emilio, tuvo en sus manos un décimo con el gordo de navidad, pero finalmente no lo compró. Estaba claro que la suerte nunca se había fijado en él.
Ante la perspectiva de viajar por primera vez en avión, le costó conciliar el sueño. Posiblemente sería esta una de las últimas satisfacciones de su vida. Tampoco es que hubiera tenido muchas, la verdad sea dicha. En el abalorio de desgracias que componían su existencia, las satisfacciones se podían contar con los dedos de una mano: aquel día en que su hija, antes de que fuera captada por la secta, fue coronada reina de las fiestas, y dos o tres pequeñas alegrías más, como victorias imperceptibles, como pequeñas flores en un páramo. Por lo demás: la quiebra de su negocio inmobiliario, el ictus, la pobreza, la soledad, la tristeza, y esa pléyade de sentimientos amargos que componían su dieta diaria. Y por si faltaba algo, ahora el cáncer de próstata.
¿Pero para qué seguir enumerando desgracias?, ahora estoy aquí, viendo París, lejos de las cosas malas. Pensó contemplando el Sena sumido en una leve niebla, entre la que se abrían paso los barcos, dejando en el agua una estela plateada, que se iba desvaneciendo como la ilusión en el corazón humano.
Recordó una película en la que un soldado le daba un cigarrillo a otro soldado moribundo y lo arropaba con una manta. Un gesto inútil pero reconfortante.
Se fueron encendiendo las luces de la ciudad. ¡Qué bonito era París!
Una gaviota voló, graznando, sobre su cabeza, y se alejó hacia el ocaso bajo un cielo ceniciento.