CENIZAS
Y LAS TINIEBLAS OCUPARON TODOS LOS CAMINOS
TORRES DE CENIZA
¿QUIÉN SOY YO?
- ¡¡¡Señorita, ¿qui qui quién soy yo? – gritaba la vieja, inquieta en su silla de ruedas, un infierno en su mente, el pelo de estropajo que se apartaba con ridícula coquetería con los sarmientos de su mano izquierda, orejas canceradas, restos arqueológicos de belleza muerta- ¿qui qui quién soy yo, señorita? ¿qui quién soy yo? ¡¡¡señorita, señorita, quién soy yo, pero quién soy yo?-
Por la carretera pasaban los coches. Un caluroso mediodía de Julio. El asfalto hervía, el sol tremulaba sobre la chapa incandescente de los camiones que, al subir la cuesta, vomitaban nubes de humo negro a un cielo descolorido.
- Pero ¿quién soy yo, señorita? ¿qui quién soy yo?, ¡¡¡señorita, señorita, qui qui qui quién soy yo?-
Más allá del río, en el barranco al otro lado de las urbanizaciones ilegales, sentada en su desconchado sillón de escay, cubierta con un grueso manto atigrado, bajo el sol de justicia, la puta toxicómana parecía una reina arruinada, una reina de esperpento, se decía que en otro tiempo había sido una artista famosa, que la fama la destruyó, ahora su vida transcurría entre su trono de plástico y el puente bajo el que, entre verdes moscones y mierdas resecas, hacía sus felaciones a jubilados y taxistas.
- ¡¡¡Señorita, señorita, pero qui quién soy yo???!!!-
El calor confería una pátina de tristeza a todas las cosas, como si ya no hubiera un mañana. Los árboles cubiertos de polvo, los cauces agrietados, secos, los campos yermos, angustiosamente sedientos.
- ¡De de déjeme, no me toque, asqueroso, follacabras!, ¿pero qui quién soy yo señorita?-
Una hormiga, que había sido aplastada por la suela de una gorda auxiliar con gafas de aumento, se arrastraba por el pasillo con dos patas y medio cuerpo, una lucha cruel, heroica, inútil, por la supervivencia. En la televisión una niña con tirabuzones besaba la mano a un cura.
- ¡¡¡qui qui quién soy yo??- Sollozaba la vieja, desesperada, perdida en la bruma del olvido- ¿no soy nadie?
COMO cualquier otro cuerpo celeste,
la vida también se desplaza.
Quedan sombras donde antes hubo presencias,
tumbas donde antes hubo esperanzas.
Sin darnos cuenta, grano a grano se desliza la vida
como una vela que el mar se traga.
Todos los caminos se alejan,
se juntan todos los mañanas.
La vida es un papel en el fuego
que arde, se quema, y se apaga.
ARDES, quemas, abrasas.
Calientas, incendias, estallas.
Eres fuego con forma de mujer.
Prendes, hierves, inflamas.
Tus besos al rojo vivo,
líquidos, lentos, intensos,
como densas lenguas de lava.
ESCALANDO UN CORAZÓN
Saboreé tu corazón con mi lengua.
Jamás había escalado antes nada tan profundo.
No sé si era cuerpo o alma esa suave encarnación que palpitaba
y se abría estremeciéndose ante mis besos,
sensible, mojada y cálida como una herida,
dulce y asustada como una niña, tirando de mí,
llevándome adentro, hasta lo más íntimo y virgen de tu sexo.
Hay tanta belleza en tu luz como en tu oscuridad,
y prodigas milagros de amor con esa exuberante juventud
que endurece tu carne y ablanda tu mirada.
TANTAS veces intenté diseccionar tu corazón,
enjaular tus sentimientos, embridar tu libertad…
Tú me miras desde lo alto de tu belleza
y me haces sentir oscuro y rastrero,
siempre en pos de un gesto tuyo,
lamiendo el rastro de tu olor,
atónito y lujurioso por tu blancura de paloma,
hambriento de tu carne, sediento de tu alma,
devoto de tu desnudez.
Cualquiera vería que soy yo el esclavo
de esos fantasmas que pueblan mi soledad
y que en vano trato de encerrar en un puño,
porque están hechos de aire, suspiros e incertidumbre.
La verdad es que tú eres joven y yo soy viejo,
y cada beso de tu boca me vence, me perdona, me ofende,
y que la vida es un río que arrastra hasta las piedras más pesadas,
y los actos del amor, tatuajes en la piel
que acabarán por no significar ya nada.
ES tan fácil perder,
pasar del todo a la nada,
del amor a la soledad,
de la vida a la muerte…
Parece que todos los caminos
fueron trazados para perderse,
que el libre albedrío
se nos concedió para poder errar,
que todos los pasos
aprendieron a andar para caerse.
Una sola vez me equivoqué
y perdí el paraíso de tu belleza.
Desde entonces, tal vez por coherencia,
me he equivocado ya siempre.
LUJURIA. Siempre ardiendo.
De día, de noche, creciendo, devorándome, doliendo.
Chorros de fuego, oleadas de fuego, terremotos de fuego.
Sed de sus besos, de su carne, de su cuerpo.
Fiebre que arde, que hierve, que quema, que ciega, que abrasa.
Yagas abiertas, avivadas con la sal de su mirada.
OTRO CERO A LA IZQUIERDA
El perro se puso a mear en una farola. Era un perro viejo, medio ciego, pequeño, asustadizo, poca cosa, con cara de despistado. Conservaba algunos rizos de su juventud, pero las perras ya no se fijaban en él, ni siquiera lo olisqueaban cuando pasaban a su lado, y si él tenía el atrevimiento de olfatearles el culo, entonces ellas le enseñaban los dientes escandalizadas y ofendidas.
Cirilo, mientras esperaba que el perro orinara y olisqueara su propio pis, se puso a mirar una obra, tras cuya valla dos operarios sudamericanos, con pañuelos en la cabeza protegiéndose del sol, perforaban el suelo con picos compresores.
Cirilo tenía la misma mirada anodina que su perro. Era otro cero a la izquierda. Albañil jubilado, en la casa estorbaba en todas partes, así que lo mandaban a pasear al perro varias veces al día. A él ya casi no le importaba nada, ni el perro, ni la histérica de su mujer, ni la déspota de su hija inválida. Sus ojos parecían cobrar vida únicamente cuando retransmitían un partido de fútbol, sobre todo si jugaba España, aunque tampoco se sentía muy español que digamos. ¿Qué era entonces? ¿Quién era? Una infancia de guerra, una juventud de hambre e interminable posguerra, ¿y al final qué? De tarde en tarde, cuando accidentalmente un destello de pensamiento circunvalaba su modesto cerebro, se preguntaba por qué seguía vivo, a veces, incluso, no estaba seguro de si estaba vivo.
Cirilo Gómez Pedito, hijo de Dionisio y María Piedad, maestro albañil jubilado, enfermo del riñón, viejo, más bien pobre, asustadizo, apocado, sin nada que hacer. De joven había sido hasta guapo, las mujeres lo miraban cuando desfilaba tocando el requinto en la banda de música, en las fotos parecía un torero, pero con el tiempo había ido perdiendo los rizos de su juventud y ahora se cubría la calva con una gorra de Jonh Deree. Nada más.
El perro tiró de él y siguieron su camino hacia ninguna parte. Dos personajes sin autor, sin heroísmo, sin interés, dos aburridos personajes secundarios de esa callada tragedia que es el sinsentido de la vida.
- ¡Si vas a la boda acuérdate de traerme el puro!- gritó desde una terraza un espécimen que parecía un orangután con bermudas y camisa de cuadros llena de lamparones, a una muchacha muy pálida con cara de oso hormiguero.
- ¡Vale!
El sol abrasaba el asfalto. El reloj de la torre dio las dos de la tarde. En lo alto, el nido de las cigüeñas permanecía vacío.
SÓLO yo sé que bajo esa pose de virgen románica
palpitan volcanes de fuego y belleza,
que la tierra hierve bajo tus pies delicados,
que tus venas son ríos de lava y pasión,
que cualquier semilla que te roza germina,
que el viento se levanta enloquecido a tu alrededor,
que tu cuerpo es una selva que vivifica los desiertos,
que se unen los continentes y se abren los océanos
con los latidos de tu corazón,
que tus besos son profundas heridas de sangre salada,
que tu sexo cambia el destino del mundo,
y tus ojos provocan catástrofes de amor.
DIÓGENES
Apoyado en el contenedor de basura había un cuadro sin cristal y con el marco roto, que representaba unos girasoles sobre fondo azul. Era un cuadro muy bonito, con mucho colorido, enseguida lo atrajo como la luz a una polilla. Se bajó del coche y lo recogió.
Antes, al principio, miraba siempre alrededor, cohibido por si alguien lo estaba observando, pero con el tiempo había perdido el pudor a rebuscar en la basura.
Se sintió feliz con su cuadro nuevo. Era su trofeo. Hasta se puso a silbar y todo. ¿Dónde lo pondría? En su casa ya no quedaba ningún hueco libre. Con su manía de acopiar cosas la había convertido en un almacén carnavalesco de cachivaches inservibles. Cajas y cajas apiladas en las paredes, cuyo contenido ya había olvidado.
Electrodomésticos averiados, ruedas desinfladas, botellas vacías, juguetes rotos, ferralla, relojes parados, revistas pornográficas, latas vacías de conserva, papeles mugrientos, cartones, libros viejos, un trozo de saxofón, sillas desvencijadas, perchas descoyuntadas, unas radiografías de un tuberculoso, figuras de escayola decapitadas, trastos oxidados, una momia reseca que había robado en el museo Antropológico, una señal de tráfico, una vespa desguazada, y hasta un gato que debía estar ya muerto en algún rincón oculto de aquella babel demente…
Apenas le quedaba el hueco de la cama, aunque tenía que dormir encogido porque un ventilador con una sola aspa ocupaba el fondo del colchón sin sábanas.
Era domingo. Hacía un calor sofocante, el aire era espeso, de arena caliente. Por las rendijas de la persiana mellada entraban los rayos del sol.
Se tumbó en calzoncillos, mirando al techo cubierto de telarañas.
Desde que su mujer lo abandonó por un arquitecto aligerado vivía solo. Sus hijos tampoco querían verlo, se avergonzaban de él.
La verdad es que no había conseguido nada en la vida. Sus sueños se habían ido derrumbando como altas torres de ceniza.
Había vuelto a buscar mujer por internet: carpintero ebanista, maduro, deportista, sincero, cariñoso, extrovertido…
Pero cuando milagrosamente conseguía una cita, acababa siempre en fracaso, “¡bueno, nos llamamos”!, tal vez por sus dientes mellados, por su barriga cervecera, por su timidez, por su ansiedad o por su desesperación. Las mujeres huelen el fracaso igual que los animales el miedo.
Ya no exigía mucho, sólo una compañera que compartiera su miedo, su pobreza y su soledad, le daba igual la edad, las características físicas, la raza o la nacionalidad.
Una vez estuvo a punto de arrejuntarse con una recepcionista muy gorda, tan gorda que apenas cabía por las puertas, pero al final aquella relación tampoco cuajó, ella le dejó un mensaje en el contestador, llorando con gangosidad y ronquidos de borracha, en el que le decía que se veía reflejada en él como en un espejo de dolor, que no podía soportar más esa laxitud de perdedor, esa incapacidad de reacción ante el siguiente momento de la vida, esa vocecilla enervada, esa mirada deprimida de boxeador vencido, de perro apaleado.
En fin, estaban las putas, pero no tenía dinero para pagarse una.
Se rascó la cabeza. En el silencio sólo se escuchaba el ruido de sus uñas hurgando en su cuero cabelludo.
Su madre, que en paz descanse, también era así, acoquinada, débil, insegura, pusilánime, inerme y desconcertada ante la dureza de la vida, como un gusano que ha desenterrado la lluvia. Cuando le dio el ictus se quedó sentada en una silla de ruedas, como un vegetal sin voluntad, hasta que murió.
Su padre era distinto, había sido banderillero, Platanito Villarroel, un crápula, él apenas lo conoció, se fue a América hacía ya muchos años, lo más seguro es que ahora estuviera muerto.
Por la calle pasó el camión de la chatarra:
-¡ Chaaatarrerooo, chaaatarrerooo- pregonaba con voz monótona y sonámbula- se recoge el hierro viejo, los muebles viejos, los trastos viejos!-
Domingo. Sentía miedo. Miedo a la soledad, a la pobreza, a la realidad de su vida.
Para aliviarse un poco decidió salir al atardecer a rebuscar tesoros en la basura, (el domingo era el día que más repletos y hermosos aparecían los contenedores), antes de que los basureros se le adelantaran por la mano.
Todavía era pronto.
Sintió ese angustioso nudo en el estómago, pero miró su cuadro nuevo y se encontró un poco más seguro, como si, por un instante, un ángel de la guarda desplegara sus alas protectoras sobre su miseria.
YA la aurora de rosáceos cabellos iluminaba el horizonte, cuando Héctor, abandonando el lecho que la bella Andrómaca caldeaba con su desnudez, se puso la fría armadura para su cita con la muerte.
Los dioses lo habían dispuesto así: mordería el polvo tras fiero combate con el invencible Aquiles, dejando Troya a merced de sus enemigos.
Andrómaca abrió sus hermosos ojos, su pecho henchido subía y bajaba al ritmo de su respiración.
Héctor sintió la tentación de huir, de alejarse, de esconderse de la fatalidad, y maldijo su condición de héroe estigmatizado por los dioses.
Le esperaba la muerte, con sus cercenantes garras, con su afilado dolor, con su inexorable olvido. Y aún quedaban tantas cosas pendientes…Sus hijos todavía eran pequeños y estaban indefensos ante la dureza de la vida, y el joven cuerpo de su esposa seguía ardiendo, reclamando amor y caricias.
Mientras los caballos, relinchando, eran uncidos al carro de guerra, Héctor sintió una angustia amarga, como el jugo de un fruto envenenado.
Era la hora, la fría y solitaria hora del último amanecer.
Con pulso firme empuñó su espada, y apretando los dientes retó al cielo, mientras en lo alto, los dioses, crueles y caprichosos como niños gigantes, reían dueños del destino.
ES una belleza fértil. Una mujer radiante, hermosísima, ardiente.
La vida se extiende a su alrededor como un mar sin orillas.
De esas caderas rotundas nacerán hijos sanos
que se amamantarán con la leche de esas tetas blancas y henchidas.
Todo en ella es sensual, voluptuoso, milagroso:
su mirada virginal, sus labios carnosos, su forma de sacudirse el pelo,
su voz densa como la miel, el destello de su risa, su blancura que me ciega.
Es omnipotente, invencible, torrencial, e incluso cuando estoy dentro de ella
me hace sentir pequeño, derrotado, y un poco ridículo.
Es un árbol lleno de hojas y de frutas,
y a su lado yo un matorral seco, negro y torcido.
El aire que mueve al andar, me envuelve y me entierra vivo.
Envidio su sombra, su savia, su olor, su esplendor, y, loco de lujuria,
rebusco por el suelo las flores de placer que su juventud prodiga.
Nunca fue mía, ahora lo sé, por más que juegue al amor conmigo,
como una niña que le tira una pelota a su perro para verlo saltar y caerse.
La veo ahí, en medio de la habitación, tan guapa, tan deseable, tan cercana,
y sin embargo siento el infinito de Parménides entre mi mano y su alma.
En fin, tal vez se trate sólo de que me está abandonando la vida.
CENIZAS
Ya nada es lo mismo, tú misma lo has dicho.
Las cenizas empiezan a cubrirlo todo.
Sentados en el parque en un banco de ceniza,
un cielo ceniciento oculta el atardecer,
grises gotas de ceniza nos mojan
cuando, de repente, se pone a llover.
Respiro cenizas cuando estoy a tu lado.
Tu ropa huele a cenizas, y si te beso, tus labios
son de fina ceniza que se quiebra al tocarlos.
De ceniza es tu mirada, tu pelo, tu piel, tus palabras,
tus silencios y el tacto de tus manos.
Negras cuencas las ventanas de las casas
y muertas torres de ceniza los árboles calcinados.
Caminos de ceniza hacia el futuro,
montañas de cenizas enterrando el pasado.
Y el presente esa certeza de que la vida está muriendo,
y el fuego de tu amor se está apagando.
ESTÁS llena de vida.
Cada movimiento de tu cuerpo
es una nueva victoria de la vida.
Hablas vida, miras vida, ríes vida, lloras vida,
meas vida, besas vida.
Fuera de ti todo es incierto, frío, yerto.
Dentro de ti todo es vida,
florecen las hojas muertas, sanan las heridas,
corren los ríos y arden las cenizas.
Tienes tanta vida, tanta juventud, tanta fiebre de vida,
que estás enferma de vida.
TÚ sigues ardiendo, fluyendo, creciendo,
en el cenit de la belleza y el deseo.
Me aferro a tu carne viva con mis manos de ceniza,
con mis huesos descarnados,
con mi calavera roída,
intentando recuperar aquellas noches
en que nada se interponía,
en que tú lo iluminabas todo,
en que habría dado por ti la vida.
No conté entonces con este momento.
Nunca pensé que al abrazarte
pudieras estar tan lejos.
LA GUILLOTINA
Dejó el maletín en el recibidor y subió las escaleras. Se oían los pájaros del jardín y el monótono traqueteo de la máquina de coser.
Abrió la puerta de la habitación. La mujer no levantó la vista de la máquina, cosía en penumbra.
- ¿Compraste las cosas para la cena de Nochebuena?-
- NO, cómpralas tú si quieres- Respondió ella con voz acerada, tras un expresivo impás.
Él se quedó mirándola con tristeza. Seguía siendo hermosa. Morena, la piel muy blanca, el busto prominente.
Al cabo de unos minutos se dio la vuelta en silencio y bajó las escaleras.
Había estado fuera una semana, en Barcelona, por negocios. Su mujer no lo despidió al marcharse y ahora, al volver, ni siquiera lo había mirado. Era consciente de que lo odiaba, odiaba sus ojos saltones, su barriga prominente, sus jadeos al respirar.
Él también la odiaba a ella, odiaba sus cambios de humor y ese aire altivo de diva ofendida. Aunque ella, como mujer, sabía odiar más y mejor.
Antes de aquel once de agosto todo era distinto. Se amaban, se comunicaban, eran cómplices en la vida cotidiana. Con sus cuatro hijos formaban una familia muy unida, de clase media-alta, con un elevado sentido de la moral y la tradición.
Pero aquella noche de sábado el teléfono chirrió en la oscuridad como la hoja de una guillotina cayendo sobre el cuello de un ajusticiado.
Una vez, de joven, cuando trabajaba en la fábrica de papel, una guillotina cercenó la cabeza de un empleado. Durante unos segundos, el cuerpo decapitado fue dando tumbos chocándose contra las máquinas y las columnas, mientras la cabeza, con palidez cadavérica, lo miraba con ojos alucinados, desde el suelo cubierto de virutas de papel. ¿Qué pasaría por aquella cabeza durante aquellos terribles segundos?
Aquella noche el auricular le quemó al ponérselo en la oreja.
Fue él quien tuvo que identificar los cadáveres. La mano nívea de la pequeña sobresalía entre el amasijo de hierros retorcidos del coche siniestrado. Era una imagen inefable, injusta, de una crueldad infinita,
Le asaltó una escena de su infancia: el entierro de una niña de siete años vestida de primera comunión, cómo la tierra se fue mezclando obscenamente con aquel rostro virginal, mientras los padres lloraban inconsolables.
Tras la tragedia les quedó sólo una hija que padecía esquizofrenia y que se marchó de casa con un banderillero.
Su mujer lo culpaba sin ninguna razón, había concentrado sobre él todo su odio, todo su dolor, un odio ciego y animal que movía montañas. Él también la odiaba, aunque de una forma más imperfecta.
De repente, mientras se cambiaba de ropa, tuvo un arrebato de ira. Sin acabar de vestirse subió de nuevo las escaleras y abrió de golpe la puerta de la habitación.
Se abalanzó sobre ella como una descomunal masa de odio, jadeando, babeando, con los ojos desorbitados.
-¡Desde hoy se acabó la costura en esta casa!-
Cogió la máquina de coser y la arrojó por la ventana sobre el alcorce del garaje.
La mujer lo miró impasible, incluso parecía sonreír, salió lentamente de la habitación y se metió en el dormitorio. A él le temblaban las manos, estaba congestionado por la rabia, respirando estertoreamente.
Al cabo de un rato la mujer se plantó de nuevo en el umbral con un collar de perlas en la mano.
- Me voy de casa, Enrique- anunció con cierto tono de ternura.
- ¡Pues vete, pero deja las joyas!-
- Las joyas son mías Enrique-
- ¡Las joyas son de esta casa!-
- Voy a llamar a la policía-
- ¡Pues llama a quien quieras pero no te llevas las joyas!-
Ella regresó al dormitorio y descolgó el teléfono.
Él se apoyó en la repisa de la chimenea, sobre la que había una fotografía de Franco. Se quedó mirando la foto, Franco estaba un poco de perfil, los mofletes hinchados, la expresión neutra, luciendo un bigotito entrecano.
Desde el dormitorio la mujer hablaba con voz pausada. Oyéndola, se sintió como aquella cabeza sin cuerpo, en el fondo se había sentido así desde aquella terrible noche de agosto y se seguiría sintiendo así hasta que muriera solo y vencido.
Tenía la sensación de que la vida era una sustancia inasible y volátil. ¿Para qué seguía vivo? Nunca antes se había hecho esa pregunta. Era un caballero.