otro cero a la izquierda
OTRO CERO A LA IZQUIERDA
El perro se puso a mear en una farola. Era un perro viejo, medio ciego, pequeño, asustadizo, poca cosa, con cara de despistado. Conservaba algunos rizos de su juventud, pero las perras ya no se fijaban en él, ni siquiera lo olisqueaban cuando pasaban a su lado, y si él tenía el atrevimiento de olfatearles el culo, entonces ellas le enseñaban los dientes escandalizadas y ofendidas.
Argamengol, mientras esperaba que el perro orinara y olisqueara su propio pis, se puso a mirar una obra, tras cuya valla dos operarios sudamericanos, con pañuelos en la cabeza protegiéndose del sol, perforaban el suelo con picos compresores.
Argamengol tenía la misma mirada anodina que su perro. Era otro cero a la izquierda. Albañil jubilado, en la casa estorbaba en todas partes, así que lo mandaban a pasear al perro varias veces al día. A él ya casi no le importaba nada, ni el perro, ni la histérica de su mujer, ni la déspota de su hija inválida. Sus ojos parecían cobrar vida únicamente cuando retransmitían un partido de fútbol, sobre todo si jugaba España, aunque tampoco se sentía muy español que digamos. ¿Qué era entonces? ¿Quién era? Una infancia de guerra, una juventud de hambre e interminable posguerra, ¿y al final qué? De tarde en tarde, cuando accidentalmente un destello de pensamiento circunvalaba su modesto cerebro, se preguntaba por qué seguía vivo, a veces, incluso, no estaba seguro de si estaba vivo.
Argamengol Gómez Pedito, hijo de Dionisio y María Piedad, maestro albañil jubilado, enfermo del riñón, viejo, más bien pobre, asustadizo, apocado, sin nada que hacer. De joven había sido hasta guapo, las mujeres lo miraban cuando desfilaba tocando el requinto en la banda de música, en las fotos parecía un torero, pero con el tiempo había ido perdiendo los rizos de su juventud y ahora se cubría la calva con una gorra de Jonh Deree. Nada más.
El perro tiró de él y siguieron su camino hacia ninguna parte. Dos personajes sin autor, sin heroísmo, sin interés, dos aburridos personajes secundarios de esa callada tragedia que es el sinsentido de la vida.
- ¡Si vas a la boda acuérdate de traerme el puro!- gritó desde una terraza un espécimen que parecía un orangután con bermudas y camisa de cuadros llena de lamparones, a una muchacha muy pálida con cara de oso hormiguero.
- ¡Vale!
El sol abrasaba el asfalto. El reloj de la torre dio las dos de la tarde. En lo alto, el nido de las cigüeñas permanecía vacío.
Publica un comentario
Tienes que estar conectado para publicar un comentario.