la última noche
LA ÚLTIMA NOCHE
Seguía siendo hermosa, quizás más hermosa que nunca, pero ya no brillaban sus ojos cuando se iba desnudando. Su cuerpo seguía siendo un fanal en la noche, pero un fanal de luz fría, de luz que deslumbraba sin alumbrar. Estaba cansada, cansada de aquella inercia de lujuria que no la conducía a ninguna parte, cansada de dar amor y no recibir a cambio el romanticismo que empapaba sus sueños. Su largo cabello negro sobre su blanca piel y la limpia mirada de sus ojos, seguían enloqueciéndome, pero ya no reía como antes, aquella risa que de repente hacía brotar pequeñas flores por los pliegues de la sábana. Se dejaba hacer, acariciar, cambiar de postura, las posturas más obscenas, aunque ahora el placer para ella era un esfuerzo áspero, como escalar una montaña en cuya cumbre soplaba un viento helado y solitario. Es cierto que si se ponía a hacer el amor, seguía embriagando mis sentidos, porque era muy guapa, muy joven, llena de voluptuosidad y sorpresas, un cuerpo de mujer perfecto, unas caderas rotundas y unos pechos duros y altos a los que me aferraba como un náufrago.
Se tumbó en la cama de espaldas y me puse a acariciarla mientras sus pensamientos volaban por un cielo ignoto para mí. Las paredes rezumaban una pátina de tristeza. Se movía con esa lentitud felina, con esa ondulación íntima y marina que me devolvía la fe en la vida.
La puse encima de mí y comenzó a mover su maravilloso culo al ritmo denso de la música de Sade, sacudiendo su cabello como una lengua de fuego sobre su espalda de nieve virgen. Se balanceaba lentamente, insinuante, provocativa, emputecida, mientras yo, poseído, apretaba y azotaba sus preciosas y grandes nalgas. Para ella se trataba de un juego, para mí era la única forma de vida.
Salimos de la cama y nos pusimos a bailar agarrados, desnudos, calientes. Ella parecía nacer de la música, aquella preciosa carita de ángel, era música sensual y voluptuosa, música de notas blancas y redondas. Sus seductores movimientos de caderas, su lentitud insinuante, una escultura divina, una escultura viva, hecha carne para mí. Su cintura, sus caderas, su piel por donde se deslizaban mis manos sin encontrar aristas, ni dudas, ni sombras. Le acaricié el sexo y ella se estremeció, no sé si fingía, pero qué importaba, era siempre una belleza perfecta e incólume. Sin dejar de bailar, comenzó a masturbarse con su níveo dedo corazón. Yo no podía más, le di la vuelta y la abracé por detrás queriendo fundirla conmigo, estar siempre dentro de su juventud, de su sexualidad divina y vivificante.
Volvimos a la cama. Todo aquel milagro de niña-mujer se me entregaba en ofrenda una vez más después de cientos de veces, aunque siempre parecía la primera vez, el mismo pálpito angustioso y alienante. Toda aquella exacerbada redondez, aquella henchida sensualidad, aquella virginal y oronda sumisión de hembra. La puse encima de mí y la penetré con violencia, ella se movía sin dejar de bailar, una penetración profunda buscando sus entrañas, su alma, el centro íntimo de su corazón.
Nos besamos. Sus besos eran cálidos, frescos y profundos como una vulva. Le di otra vez la vuelta, y levantándole la grupa y agarrándola por los pies, esos preciosos pies de ninfa, la forniqué feroz, sádica y desesperadamente.
Ella intuía mejor que yo que el amor es un pájaro asustadizo que cuando levanta el vuelo no vuelve a posarse en nuestras vidas rastreras. Pero seguía representando su papel de puta, de puta inocente y enamorada, La cama crujía bajo el huracán de la cópula. Me derramé derrumbándome sobre ella, sus labios estaban muy rojos, carnosos, entreabiertos, sus mejillas sonrosadas, dulcemente heridas, sus ojos húmedos, con la mirada indefensa, abierta y asustada, como le ocurría siempre que alcanzaba un orgasmo.
Por fin sonrió, aquel ángel, aunque ya no era aquella sonrisa que iluminaba la noche oscura de mi alma.
Nos abrazamos, y, como siempre, hablamos de nuestras pequeñas cosas comunes, desnudos, empapados en sudor, oliendo a su juventud, a su luz y a mi sombra, venciendo ese olor que más que olor es un sabor que huele como la savia que revienta los verdes tallos.
Y llegó la hora de separarnos. Comenzamos a vestirnos, sin saber entonces que estas paredes, las flores violetas del cuadro de la cabecera, los muebles serios e inertes, ya nunca volverían a ver a aquella muchacha hermosa y blanca como el primer amor. En adelante, sin ella, todo sería niebla y peligro de muerte. Porque todo se acaba en la vida, asumámoslo, también esta larga historia de amor y lujuria.
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