lo que pasó en la cueva del cíclope

 

LO QUE PASÓ EN LA CUEVA DEL CÍCLOPE

 

La muchacha se colocó a horcajadas sobre el sátiro, dándole el culo. Él se puso a azotarla, unas veces con suavidad y otras con fuerza, de forma caprichosa, mientras la penetraba profundamente. La muchacha, con cada azote, se sentía empujada un poco más hacia el orgasmo. Gemía dolorida mientras sus voluptuosas nalgas restañaban y se iban poniendo de un excitante rosicler. Volvió la cara hacia el sátiro. Era preciosa, perfecta, desprendía un halo irreal, una resplandeciente blancura de virgen. Sacudió su largo pelo que le cayó sobre la espalda como una ardiente lengua de belleza y lujuria. El sátiro, con una mano la agarró por sus grandes tetas y con la otra avivó el ritmo y la fuerza de sus azotes, mientras ella, que se masturbaba con su delicado dedo corazón, gemía de dolor y de gozo. El orificio del ano, como un epicentro de placer bestial, se dilataba inundado por el blanco flujo que destilaban los labios libados, La muchacha se fue enervando, gimiendo íntimamente, hasta que estalló un enajenante orgasmo que la hizo abrirse, desgarrarse, derretirse, desmayarse, mientras el sátiro la insultaba con palabras obscenas.

Besó con lascivia aquella boca carnosa de aliento cálido y denso que olía a juventud.

Tácitamente se habían compenetrado en aquella violenta relación sadomasoquista, que recordaba al sexo de los animales o de los dioses. La pasión, la tragedia y la locura abriéndose paso a través del tedio, de la enfermedad y de la muerte.

El sátiro se sentía herido por toda aquella belleza virginal, le hacía trepar por las paredes, enmarañaba el hilo de su discurso, ponía palos en la rueda de su razón, gritaba en medio de sus silencios, poblaba de fantasías imposibles de extrema y obsesiva pornografía su soledad. El amor, al lado de aquella lujuria infinita y belicosa, era un pálido y descarnado fantasma decadente. Ella era tan guapa, tan ingenua, tan carnal…Le hubiera gustado devorarla, beber su sangre, morder su carne, tragar sus heces, dar su maravilloso cuerpo a los animales del monte. A veces la obligaba a mear en su boca, mientras ella se reía entre el juego y el miedo.

La contempló con éxtasis. La muchacha, con sus grandes ojos llenos de entrega,  sonreía con su inocencia de niña, mientras se abrochaba el liguero que se le había soltado con el fragor de la cópula.

Así deben amar los dioses, pensó el sátiro, tal vez sólo el suicidio, o ver a un hijo dar sus primeros pasos, sean experiencias tan alucinantes, nada más, nada.

La tumbó de nuevo y le lamió la dulce herida del sexo, antes de volver a fornicarla. La muchacha gimió cerrando los ojos y se agarró a los barrotes de la cama.

 

 

   

 

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