confieso
CONFIESO que he vivido cerca de quinientas veces.
Son muchas vidas, creo yo, contra una sola muerte.
Es el mundo sin tu carne un ruido demente de huesos,
decrépitos fantasmas deambulando sin rumbo,
percusión de ataúdes, cadáveres descompuestos
y jirones de miseria.
Sólo tu belleza y juventud hacen latir mi corazón.
Es tu amor una flor sobre mi tumba.
y tu cuerpo la voz que me susurra
levántate y anda.
¡HOLA PADRE DE RAQUEL!
-…sí, sí, con unos amigos, que sí, que sí, vale, te paso-
El chico cogió el móvil. Era un muchacho de unos veinte años, más bien bajo, aunque andaba estirado, camisa rosa, el pelo engominado con la raya en el lado derecho, la cara, de calavera, recordaba un poco a la de un gorrino, nariz chata y geta prominente.
- ¡Hola padre de Raquel!- vaciló por teléfono. Su amigo, alto, delgado y bizco, le rió la gracia.- Sebas, de Sebastián, sí, sí, na, pues por aquí por el centro comercial dando una vuelta, vale, nada, tranqui, padre de Raquel, que está en buenas manos-
El bizco volvió a reír. Raquel, que como cojeaba un poco andaba algo retrasada, también sonrió. Se sentía emocionada. Por fin había encontrado amigos, y quién sabe si algo más. El más bajito era muy simpático, y llevaba una colonia que olía muy bien.
Apoyado en una columna junto a las escaleras mecánicas, un marroquí con una cicatriz bajo un ojo observó al grupo con mirada torva. En la cartelera de los cines, una muchacha muy guapa desprendía luz con su sonrisa.
Raquel sintió que todo estaba en su sitio, que por un momento había desaparecido la miseria de su vida, que la vida merecía la pena vivirse un sábado por la tarde.
- ¡Adiós padre de Raquel!, un placer, te paso a tu hija-
El bizco volvió a reír.
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