NO
LLEGA EL CALOR
A José Feliciano Pertiguillas, tras veinte años y un día de matrimonio, lo abandonó su mujer por un instalador de moquetas, alegre, extrovertido, ávido lector de Mortadelo y Filemón, y un poco obsesionado con el orden y la limpieza.
En un acuerdo justo, ella se había quedado con la casa y los niños y él con las deudas. Como además estaba en paro, se fue a vivir a casa de su madre, encima de un bar donde, en cuanto el calor barruntaba por el horizonte, montaban una terraza que se llenaba de gente bulliciosa y saludable, amante del calor, el contacto humano y las conversaciones a voz en grito.
José Feliciano, empujando la silla de ruedas, sacaba a su madre a la terraza para que pudiera contemplar aquel pulular multicolor, aquel murmullo feliz y altisonante de la gente que tenía el suficiente dinero para pasar el trance del atardecer a la noche entre refrescos, cervezas y raciones, mientras los niños jugaban en la plaza, y en la tele los futbolistas corrían detrás del balón.
- ¡Vaya calor que hace hoy ¿eh?!-
- ¡Ya ves, el tiempo está loco, pues en Murcia y que está lloviendo!, ¡Jose, tráenos cuando puedas otros dos tubos y otro zumo de tomate!-
- ¡¿Otro zumo de tomate, tío?!-
- ¡Ya ves, he perdido cuatro kilos desde que dejé la cerveza, je, je, je, y el turno de noche que te quita el hambre!-
- ¡Pues yo creo que es peor el turno de tarde, se te va el día sin darte ni cuanta!,
- ¡Qué bien se está aquí! ¡Alba, Alba, joder, no toques las cosas del suelo, caca!-
De repente los vio llegar, la verdad es que hacían buena pareja, todo hay que decirlo. Venían mondando pipas, el paso lento y un aura de luz alrededor de las cabezas, como los santos de los libros antiguos. Venían hablando de algo, ella con voz histérica y gesticulando mucho con las manos, tal vez de la metafísica de Aristóteles, quién sabe.
Ella llevaba una minifalda cortísima, sabía que aún tenía las piernas bonitas, había que reconocer que no estaba mal para tratarse de una mujer mayor que rondaba los cincuenta años, las rodillas huesudas y torcidas hacia dentro, es cierto, y los pies avanzando como los de un buzo que acaba de salir del agua, pero en conjunto estaba bien. Si le tapabas la cara, que tenía más manchas y arrugas que los harapos de un mendigo, podía pasar incluso por una muchacha de treinta y cinco o cuarenta cinco como mucho. El garbo, la verdad sea dicha, le venía de familia.
Él lucía una impoluta camisa rosa y un llavero con el símbolo de BMW asomando por el bolsillo del pantalón. Parecía que iba a una discoteca de los años setenta.
Se sentaron muy juntos debajo de la terraza. En ningún momento miraron hacia arriba. ¿Para qué? El pasado estaba muerto, ya no existía.
La madre compuso una mueca entre triste y bobalicona, al descubrir a su nuera con su nuevo marido. José Feliciano palideció un poco.
El obseso de la limpieza y el orden limpió con una servilleta de papel una mota que había sobre la mesa, y llamó al camarero levantando la mano y sonriendo con su cara de rata. Mientras lo hacía, la mujer se olió disimuladamente un sobaco. Sabía que él podía soportarlo todo menos los malos olores, en el coche, por ejemplo, llevaba colgado un muñeco en actitud de evacuar y con una señal de prohibido pegada en el culo del que salía una viñeta con un pedo, algo verdaderamente elegante, vamos. La última noche, sin ir más lejos, un poco entre risas y bromas después de hacer el amor, él había osado decirle:
- Efectivamente, hueles un poquitín a tachún, cariño, je, ji, ji-
Ella sonrió como una serpiente detrás de un cristal.
El camarero trajo una cerveza y un wisky con cocacola. Ella pidió también unas patatas fritas. Se pusieron a hablar desinhibidamente, morreándose de vez en cuando, mientras la noche poco a poco se iba cerrando alrededor.
José Feliciano sentía por dentro un asco inconfesable e invencible, pero aguantó el tipo como buenamente pudo, ¿qué otra cosa podía hacer?, la vida lo había atrapado como a un ratón en un cepo.
- Vámonos ya dentro, Jose- Suplicó la madre finalmente, con media boca y voz lastimera. La verdad es que la pobre ese día se sentía mal, el hijo, después de comer, se había echado la siesta, olvidando a la madre en la terraza bajo el sol canicular.
José Feliciano se incorporó como si tuviera piedras sobre los cuadriceps y empujó la silla de su madre hacia el interior de la casa.
Pensó en sus hijos. Aunque ya apenas los veía, no podía evitar seguir queriéndolos, al fin y al cabo, al menos biológicamente seguían siendo suyos. ¿O no?
Tal vez se fuera de putas esa noche, si conseguía sacarle el dinero de la pensión a su pobre vieja.
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