la pólvora
LA PÓLVORA
El polvorista subió la cuesta polvorienta hasta lo alto del cerro donde había instalado los castillos, los cañones y las cuerdas de traca.
Abajo se agrupaba la gente vociferando, riendo, inquieta y expectante.
Era una noche calurosa, abierta, en el cielo las estrellas parpadeaban de vez en cuando.
El polvorista prendió la mecha de un mortero. Una explosión rotunda, seca y lúgubre, anunció el comienzo del espectáculo. Una pequeña victoria sobre el olvido y la muerte.
Se abrieron irisadas rosas pirotécnicas y las carretillas sibilantes giraron en lo alto de los postes como relojes locos devorándose a sí mismos. La muchedumbre rugía ante cada nuevo y ruidoso milagro multicolor.
El aire olía a pólvora y a la mierda de un colector próximo.
Los perros, aterrorizados, se escondían en el fondo de sus casetas.
Tras una larga eclosión de luz y color, ordenadamente caótica, tres sucesivos zambombazos, que hicieron que la tierra retumbara, señalaron el final de la pólvora.
La gente, tras un impás, aulló y aplaudió festiva y satisfecha. La gente siempre se comportaba igual, era endógenamente gente.
El polvorista, enfundado en su incómodo traje innífugo, bajó la cuesta polvorienta.
A lo lejos, bajo los tejados del pueblo, crepitaba la lujuria, el amor y la tristeza.
El polvorista abrió la puerta de la furgoneta, y de una bolsa de plástico del mercadona, sacó un bocadillo de sardinas en aceite, envuelto en papel de aluminio. Aún le quedaba mucho trabajo, tenía que desmontarlo todo.
En el salpicadero sonreían dos niñas, una vieja con la mirada ausente, y una joven mujer muy guapa de expresión doliente.
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