lo que pasó en la cueva del cíclope

 

LO QUE PASÓ EN LA CUEVA DEL CÍCLOPE

 

La muchacha se colocó a horcajadas sobre el sátiro, dándole el culo. Él se puso a azotarla, unas veces con suavidad y otras con fuerza, de forma caprichosa, mientras la penetraba profundamente. La muchacha, con cada azote, se sentía empujada un poco más hacia el orgasmo. Gemía dolorida mientras sus voluptuosas nalgas restañaban y se iban poniendo de un excitante rosicler. Volvió la cara hacia el sátiro. Era preciosa, perfecta, desprendía un halo irreal, una resplandeciente blancura de virgen. Sacudió su largo pelo que le cayó sobre la espalda como una ardiente lengua de belleza y lujuria. El sátiro, con una mano la agarró por sus grandes tetas y con la otra avivó el ritmo y la fuerza de sus azotes, mientras ella, que se masturbaba con su delicado dedo corazón, gemía de dolor y de gozo. El orificio del ano, como un epicentro de placer bestial, se dilataba inundado por el blanco flujo que destilaban los labios libados, La muchacha se fue enervando, gimiendo íntimamente, hasta que estalló un enajenante orgasmo que la hizo abrirse, desgarrarse, derretirse, desmayarse, mientras el sátiro la insultaba con palabras obscenas.

Besó con lascivia aquella boca carnosa de aliento cálido y denso que olía a juventud.

Tácitamente se habían compenetrado en aquella violenta relación sadomasoquista, que recordaba al sexo de los animales o de los dioses. La pasión, la tragedia y la locura abriéndose paso a través del tedio, de la enfermedad y de la muerte.

El sátiro se sentía herido por toda aquella belleza virginal, le hacía trepar por las paredes, enmarañaba el hilo de su discurso, ponía palos en la rueda de su razón, gritaba en medio de sus silencios, poblaba de fantasías imposibles de extrema y obsesiva pornografía su soledad. El amor, al lado de aquella lujuria infinita y belicosa, era un pálido y descarnado fantasma decadente. Ella era tan guapa, tan ingenua, tan carnal…Le hubiera gustado devorarla, beber su sangre, morder su carne, tragar sus heces, dar su maravilloso cuerpo a los animales del monte. A veces la obligaba a mear en su boca, mientras ella se reía entre el juego y el miedo.

La contempló con éxtasis. La muchacha, con sus grandes ojos llenos de entrega,  sonreía con su inocencia de niña, mientras se abrochaba el liguero que se le había soltado con el fragor de la cópula.

Así deben amar los dioses, pensó el sátiro, tal vez sólo el suicidio, o ver a un hijo dar sus primeros pasos, sean experiencias tan alucinantes, nada más, nada.

La tumbó de nuevo y le lamió la dulce herida del sexo, antes de volver a fornicarla. La muchacha gimió cerrando los ojos y se agarró a los barrotes de la cama.

 

 

   

 

a sangre y fuego

 

 

Escribo en tu carne a sangre y fuego la palabra lujuria,

mientras gimes abandonada al borde del precipicio.

Toda mi vida he peregrinado

hasta hacer realidad este milagro, sádico, bestial, explícito.

Te he oído decir sí con tu dulzura de virgen,

mientras restañaba tu voluptuosidad

y me iba emborrachando de tu sangre joven y vivificante.

Me conviertes a la vida,

y el blanco de tu amor ilumina el negro de mis instintos.

Toda la belleza reclinada a mis pies.

Nunca nadie tuvo tanto.

¿Qué otro milagro, hermosa criatura, guardas para mí todavía?

 

 

beber tu carne

 

 

Quedémonos otro rato en este fotograma de la vida,

donde tu sangre hierve, tu belleza ondea,

tu piel resplandece y tu juventud respira.

Dejemos por un instante la cruz al borde del camino,

y dame de beber una vez más de tu carne,

porque no sólo de alma vive el hombre.

confieso

 

 

 

CONFIESO que he vivido cerca de quinientas veces.

Son muchas vidas, creo yo, contra una sola muerte.

Es el mundo sin tu carne un ruido demente de huesos,

decrépitos fantasmas deambulando sin rumbo,

percusión de ataúdes, cadáveres descompuestos

y jirones de miseria.

Sólo tu belleza y juventud hacen latir mi corazón.

Es tu amor una flor sobre mi tumba.

y tu cuerpo la voz que me susurra

levántate y anda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡HOLA PADRE DE RAQUEL!

 

-…sí, sí, con unos amigos, que sí, que sí, vale, te paso-

El chico cogió el móvil. Era un muchacho de unos veinte años, más bien bajo, aunque andaba estirado, camisa rosa, el pelo engominado con la raya en el lado derecho, la cara, de calavera, recordaba un poco a la de un gorrino, nariz chata y geta prominente.

-         ¡Hola padre de Raquel!- vaciló por teléfono. Su amigo, alto, delgado y bizco, le rió la gracia.- Sebas, de Sebastián, sí, sí, na, pues por aquí por el centro comercial dando una vuelta, vale, nada, tranqui, padre de Raquel, que está en buenas manos-

El bizco volvió a reír. Raquel, que como cojeaba un poco andaba algo retrasada, también sonrió. Se sentía emocionada. Por fin había encontrado amigos, y quién sabe si algo más. El más bajito era muy simpático, y llevaba una colonia que olía muy bien.

Apoyado en una columna junto a las escaleras mecánicas, un marroquí con una cicatriz bajo un ojo observó al grupo con mirada torva. En la cartelera de los cines, una muchacha muy guapa desprendía luz con su sonrisa.

Raquel sintió que todo estaba en su sitio, que por un momento había desaparecido la miseria de su vida, que la vida merecía la pena vivirse un sábado por la tarde.

-         ¡Adiós padre de Raquel!, un placer, te paso a tu hija-

 El bizco volvió a reír.

 

 

a mí no me digas nada

 

A MÍ NO ME DIGAS NADA

 

 

 

- …como te lo estoy contando a ti ahora, yo lo único que le dije fue, mira, Sonso, yo no voy a bailar porque no tengo ganas, no me apetece bailar sevillanas, a mí me parece bien que tú bailes sevillanas pero yo no bailo y no bailo, a mí no me digas nada, me dice ella y se pone a llorar y me cuelga el teléfono, y al rato me llama la madre y me dice qué le has dicho a Sonso, Encarnita, digo pues nada, que yo no quería bailar, se lo dije así como te lo estoy contando a ti ahora, sin discutir ni nada, y ella me dice pues algo le has tenido que decir a mi hija cuando está llorando, lo que le tengas que decir me lo dices a mí, que a ella no tienes porqué decirle nada, y pun me cuelga el teléfono, oye, yo no estoy para disgustos, mira, me subió el azúcar y me dio un ataque de ansiedad, ¡estate quieto Galindo, no le muerdas las zapatillas!, me tuve que ir a urgencias y me dijo la doctora que no me disgustara, que los disgustos son muy malos, me dijo, ¿otra vez aquí Encarnación?, mira no te disgustes porque los disgustos son muy malos, de los disgustos viene todo lo demás, estuve sin dormir toda la noche, y tengo una cosa aquí que no se me quita que no puedo ni llorar, me duele la cabeza y no tengo ganas de nada, no sé si serán los nervios o el tiempo, ¿eh?, nada, qué le voy a decir, no le dije nada, lo que te acabo de contar a ti, le dije, Sonso, hija, yo es que no tengo muchas ganas de bailar sevillanas, así que no voy a bailar este año, baila tú si quieres pero yo no tengo ganas, y me dice a mí no me digas nada, y me colgó el teléfono, y al rato me llama su madre y me dice qué le has dicho a Sonso, Encarnita, digo nada, que le voy a decir, que yo no quería bailar porque no tengo ganas y no me apetecía, pero yo contándoselo así como te lo estoy diciendo a ti ahora, sin discutir ni nada, y va y me dice pues algo le habrás dicho a mi hija que está aquí llorando, lo que tengas que decirle me lo dices a mí, a ella no tienes porqué decirle nada porque sufre, y me colgó el teléfono, nada más, eso fue lo que pasó, oye, que me subió el azúcar y me dio un ataque de ansiedad, tuve que ir a urgencias por la noche y la doctora, no doña Carmen sino la otra, me dijo, ¿otra vez aquí Encarnación?, no te lleves más disgustos porque los disgustos son muy malos, estuve sin dormir toda la noche, digo a ver si me llama, pero no llama, y yo si la llamé cuando ella estuvo mal, que su madre me dijo has llamado dieciséis veces, Encarnita, digo dieciséis, dice sí, que las llamadas quedan reflejadas en el teléfono y no hace falta que llames tanto, pero ella verás como no me llama, porque yo también sufro sabes, y tengo una cosa aquí que no puedo ni respirar, oye, porque yo no tengo madre ya pero me está mirando desde  allí arriba, desde el cielo,  y sabe que yo no le dije nada, sólo le dije, mira Sonso, hija, a mi es que no me apetece mucho bailar, así que no me voy a vestir de sevillana, y dice a mí no me digas nada, porque ella tiene el síndrome de dauw, pero yo también tengo mi retraso, aunque a mí no se me nota, y no tengo madre que me defienda, no me va a defender el perro con lo pequeño que es, porque yo sólo le dije, mira Sonso, bonita, estoy cansada y

yo no tengo ganas de bailar, Sonso, baila tú si quieres pero a mí no me apetece, y ella va y me dice a mí no me digas nada, por qué me dices a mí eso, y se pone a llorar y me cuelga el teléfono, y luego me llama su madre y me dice qué le has dicho a Sonso que está llorando, digo, na, qué le voy a decir, pues que no me apetecía bailar y que bailara ella si quería, oye, se lo dije así como te lo estoy diciendo a ti, tranquila, sin discutir, y dice pues algo le habrás dicho y pun me cuelga el teléfono, y no creas que me llama Sonso, cuando subo miro a ver si ha llamao y no hay ninguna llamada, y yo no puedo disgustarme, que tuve que ir a urgencias, pero no creas que me voy a rebajar, que me llame ella si quiere, yo no he hecho nada y no tengo porqué rebajarme, es que tiene muy mal genio la niña, hay que ver cómo se pone con la madre cuando se enfada por cualquier cosa que le dice, yo no tengo madre, que si la tuviera…¡Galindo estate quieto!, yo no he hecho nada, qué quieres que te diga, ya verás cómo no me llama para mi cumpleaños, si no me llama ahora que estoy mala no me va a llamar para mi cumpleaños que es el día veintiuno, la semana que viene ya, si quieres subes a tomarte un café, de nada, yo no le he hecho ni dicho nada, yo sólo le dije, Sonso, hija, yo no quiero bailar sevillanas porque estoy cansada y no me apetece bailar pero tú baila si quieres y dice a mí no me digas nada, porqué me dices eso a mí, y se pone a llorar y me cuelga, y luego su madre me llama y me dice qué le has dicho a Sonso que está llorando, eso no lo hace una amiga, y yo le digo pues si no le he dicho nada, qué le voy a decir, yo sólo le he dicho que a mí no me apetece bailar sevillanas este año, ahora que si ella quiere bailar que baile, pero así, como te lo estoy diciendo a ti ahora, sin discutir ni nada, y entonces va y me dice pues algo le has tenido que decir que está aquí llorando sin parar, y pun, me cuelga, vas a perder una amiga, me ha dicho mi amiga Juli, digo, pero si yo no he hecho nada, yo sólo le dije que no me apetecía bailar sevillanas porque no me apetece y elle me dice a mí no me digas nada y se pone a llorar y me cuelga, y luego me llama su madre y me dice qué le has dicho a mi hija que está llorando, digo nada, qué le voy a decir, que no me apetecía bailar sevillanas y que no me iba a vestir este año, ahora, que si ella se quiere vestir que se vista, yo no digo nada, pues algo le habrás dicho para que se ponga así, me dice, y pun, me cuelga, oye, me subió el azúcar, sabes, me tuve que ir a urgencias y la doctora me dijo ¿otra vez aquí Encarnación, a ver qué te pasa ahora?, digo nada, qué me va a pasar, que le he dicho a mi amiga Sonso que no me apetecía ponerme el traje de sevillanas y me ha dicho a mí no me digas nada y se ha puesto a llorar y menudo disgusto tengo yo ahora que no puedo ni respirar, dice los disgustos son muy malos, Encarnación, y es verdad, mira mi hermano que le dio un ictus y está ahí en medio de la calle en una silla de ruedas, riendo siempre porque se ha quedado tonto, y todo por un disgusto con su mujer, así que yo no quiero disgustarme, que me llame ella si quiere, yo tengo la conciencia tranquila, yo sólo le dije, Sonso, hija, a mí no me apetece bailar, ahora que si tú quieres, yo no tengo ganas y no me voy a vestir de sevillana para ir al baile de sevillanas este año, pero, ahora, que vístete tú si quieres y me dice a mí no me digas nada y se pone a llorar y me cuelga, así como te lo estoy contando, y luego me llama la madre y me dice Encarnita, qué le has dicho a mi Sonso que está llorando, lo que tengas que decirle dímelo a mí, y me colgó el teléfono, digo si me cuelga cómo le voy a decir lo que le dije, porque yo tengo la conciencia tranquila, yo sólo le dije, mira Sonso, hija, estoy cansada y no tengo ganas de bailar sevillanas este año, porque hace muy poco que murió mi madre y no estoy para bailes ni disfraces y dice a mí no me digas nada y se pone a llorar y me cuelga, y luego me llama su madre y me dice qué le has dicho a Sonso que no para de llorar, dice lo que tengas que decir me lo dices a mí, pun, y me colgó, a mí me dio una subida de azúcar que tuve que ir a urgencias por la noche y lloviendo como estaba, y la doctora, no doña Carmen sino la otra, me dijo ¿qué te pasa ahora Encarnación?, digo nada, que he llamado a mi amiga y le he dicho que no me apetecía vestirme para bailar este año y me ha dicho a mí no me digas nada y se ha puesto a llorar y luego su madre me llama y me dice ¿qué le has dicho a Sonso que está aquí llorando? digo nada que no me apetecía vestirme para bailar sevillanas y se ha puesto a llorar, dice pues algo le has tenido que decir cuando está así, y pun, me colgó, así que tengo un disgusto que se me ha puesto una cosa aquí que no puedo ni respirar, y la doctora me dijo los disgustos no son buenos, Encarnación, son muy malos, tú no te preocupes por nada que los problemas se resuelven solos, digo si yo no me preocupo, si no me quiere llamar más que no me llame, yo sólo le dije mira Sonso, no  me apetece bailar, no me voy a poner el traje de sevillanas, vístete tú si quieres y dice a mí no me digas nada y se pone a llorar y luego me llama su madre y me dice qué le has dicho a Sonso que está aquí llorando digo nada qué le voy a decir, no le ha dicho nada, qué le voy a decir, pero así como te lo estoy diciendo a ti ahora, lo único que le he dicho es que no me apetecía vestirme para sevillanas y ella me ha dicho a mí no me digas nada, pues algo le has tenido que decir, pun, y me cuelga, mira me subió el azúcar y tuve que ir a urgencias que casi me tienen que ingresar en el hospital , así que si no me llama ahora que estoy mal menos me va a llamar para mi cumpleaños, ¿eh?, uy que no, menuda es la niña, que no me va a llamar, y mi amiga Juli me dijo pues no tenías que haber hecho eso porque vas a perder una amiga, digo pues qué he hecho yo, a quien he matado, yo sólo le he dicho mira Sonso, estoy pachucha y no quiero bailar este año y dice a mí no me digas nada, digo bueno hija, pues nada, y se pone a llorar, y luego me llamó su madre y me dice qué le has dicho a Sonso que está aquí sentada en una silla toda la mañana llorando, digo nada, yo no le he dicho nada, qué le voy a decir, que no me apetece vestirme para ir al baile este año, qué he hecho yo, pues ago le habrás dicho que está llorando, dice en esta casa te queríamos y te hemos tratado bien pero tú te has portado muy mal, y pun, me colgó, ella sí me ha hecho a mí que me dio un disgusto que tuve que ir a urgencias por la noche, y lloviendo, y toda la noche sin dormir, y no me llama, y no me llama, y la doctora me dijo los disgustos son muy malos Encarnación, todas las cosas malas vienen de los disgustos, digo pero si yo no he hecho nada, y tengo la conciencia tranquila, si no me llama que no me llame, siempre que subo miro el teléfono por si me ha llamado pero no, no hay llamadas, pues yo tampoco la pienso llamar a ella, mi amiga Juli dice haces muy mal, Encarnita, porque vas a perder una amiga, digo pero si yo no he hecho nada, yo solo le dije que no me apetecía andar vistiéndome para el baile de sevillanas, ahora, que si ella quería bailar que bailara, y ella me dijo a mí no me digas nada y se puso a llorar, es que esa niña menuda es, a mí me tiene envidia aunque dice su madre que la envidia se la tengo yo porque ella tiene un retraso entero y yo sólo medio, aunque no se me nota, pero lo tengo, ¿eh?, sí, sí que lo tengo, pero no se me nota, los disgustos es que son muy malos, y por qué me voy a disgustar yo si no he hecho nada, yo sólo la llamé y le dije mira, Sonso, hija, yo creo que no voy a bailar en el baile este año, no me apetece vestirme de sevillana, así que no voy a bailar, estoy cansada y me duele un pie, y dice a mí no me digas nada, pero así, enfadada, y se pone a llorar, y al rato me llama la madre y me dice qué le has dicho a Sonso que está aquí llorando como una magdalena, digo qué le voy a decir yo, nada, que no me apetecía bailar y no me iba a vestir para el baile de sevillanas, y dice pues algo le habrás dicho cuando está así, digo nada, qué le voy a decir, que no tengo ganas de vestirme de sevillana este año,  pero así sin enfadarme, como te lo estoy diciendo a ti ahora, y entonces va y me cuelga, ¡deja las zapatillas Galindo!, me dio una subida de azúcar que yo no debería disgustarme porque la doctora bien que me dijo los disgustos son lo peor, Encarnación, y es verdad, mira mi hermano, con lo listo que era que se ha quedado tonto y lo tiene la mujer paquí y pallá en una silla de ruedas, y si ella entra al bar lo deja en la puerta como a un perro, al sol o bajo la lluvia, y lo pone en medio de la calle a ver si lo atropella un coche, y él no habla pero se ríe y se ríe porque está tonto, pero yo me disgusto enseguida, y no tengo porqué llevarme estos disgustos, porque estoy sola con mi perro y ella tiene a su madre, y yo no le he hecho nada, de verdad, yo sólo le dije Sonso, mira, hija, yo creo que no me apetece bailar y no voy a vestirme de sevillana y dice a mí no me digas nada y va y se pone a llorar, y luego la madre me dice Sonso, qué le has dicho a Encarnita, digo a Sonso, que está aquí en la cocina sentada en una silla comiendo plátanos y sin parar de llorar, digo, yo, pues qué le voy a decir yo, nada, que no me apetece vestirme y bailar este año sevillanas y ella me ha dicho a mí no me digas nada y ya está, donde está el crimen, no ha pasado nada más que parece que he matado a alguien, dice pues algo le habrás tenido que decir para que se ponga así, digo, yo, nada, yo no le he dicho nada, yo lo único que le he dicho es mira Sonso, hija, no tengo muchas ganas de vestirme este año, yo no voy a bailar, ahora, que si tú quieres bailar baila, y dice a mí no me digas nada, y se pone a llorar, pues algo le habrás dicho que no para de llorar, y va y me colgó, ¡vamos Galindo!, voy a llevar al perro a vacunarlo, luego te cuento más despacio lo que pasó, ahora que yo no la pienso llamar, porque el disgusto me lo he llevado yo, que casi me tienen que ingresar en el hospital, porque me subió el azúcar, y yo lo único que le dije fue mira Sonso, hija, no me apetece vestirme y bailar este año, y dice a mí qué me dices, a mí no me digas nada, y entonces se puso a llorar, y luego la vi por la calle y no me habló, así que yo tampoco le hablé a ella, ¡vamos Galindo!, que llegamos tarde, yo solo le dije…¿eh?, pues eso, y ella me dijo a mí no me digas nada, y se puso a llorar.

 

 

 

NO

 

 

 LLEGA EL CALOR

 

A José Feliciano Pertiguillas, tras veinte años y un día de matrimonio, lo abandonó su mujer por un instalador de moquetas, alegre, extrovertido, ávido lector de Mortadelo y Filemón, y un poco obsesionado con el orden y la limpieza.

En un acuerdo justo, ella se había quedado con la casa y los niños y él con las deudas. Como además estaba en paro, se fue a vivir a casa de su madre, encima de un bar donde, en cuanto el calor barruntaba por el horizonte, montaban una terraza que se llenaba de gente bulliciosa y saludable, amante del calor, el contacto humano y las conversaciones a voz en grito.

José Feliciano, empujando la silla de ruedas, sacaba a su madre a la terraza para que pudiera contemplar aquel pulular multicolor, aquel murmullo feliz y altisonante de la gente que tenía el suficiente dinero para pasar el trance del atardecer a la noche entre refrescos, cervezas y raciones, mientras los niños jugaban en la plaza, y en la tele los futbolistas corrían detrás del balón.

-         ¡Vaya calor que hace hoy ¿eh?!-

-         ¡Ya ves, el tiempo está loco, pues en Murcia y que está lloviendo!, ¡Jose, tráenos cuando puedas otros dos tubos y otro zumo de tomate!-

-         ¡¿Otro zumo de tomate, tío?!-

-         ¡Ya ves, he perdido cuatro kilos desde que dejé la cerveza, je, je, je, y el turno de noche que te quita el hambre!-

-         ¡Pues yo creo que es peor el turno de tarde, se te va el día sin darte ni cuanta!,

-         ¡Qué bien se está aquí! ¡Alba, Alba, joder, no toques las cosas del suelo, caca!-

De repente los vio llegar, la verdad es que hacían buena pareja, todo hay que decirlo. Venían mondando pipas, el paso lento y un aura de luz alrededor de las cabezas, como los santos de los libros antiguos. Venían hablando de algo, ella con voz histérica y gesticulando mucho con las manos, tal vez de la metafísica de Aristóteles, quién sabe.

Ella llevaba una minifalda cortísima, sabía que aún tenía las piernas bonitas, había que reconocer que no estaba mal para tratarse de una mujer mayor que rondaba los cincuenta años, las rodillas huesudas y torcidas hacia dentro, es cierto, y los pies avanzando como los de un buzo que acaba de salir del agua, pero en conjunto estaba bien. Si le tapabas la cara, que tenía más manchas y arrugas que los harapos de un mendigo, podía pasar incluso por una muchacha de treinta y cinco o cuarenta cinco como mucho. El garbo, la verdad sea dicha, le venía de familia.

Él lucía una impoluta camisa rosa y un llavero con el símbolo de BMW asomando por el bolsillo del pantalón. Parecía que iba a una discoteca de los años setenta.

Se sentaron muy juntos debajo de la terraza. En ningún momento miraron hacia arriba. ¿Para qué? El pasado estaba muerto, ya no existía.

La madre compuso una mueca entre triste y bobalicona, al descubrir a su nuera con su nuevo marido. José Feliciano palideció un poco.

El obseso de la limpieza y el orden limpió con una servilleta de papel una mota que había sobre la mesa, y llamó al camarero levantando la mano y sonriendo con su cara de rata. Mientras lo hacía, la mujer se olió disimuladamente un sobaco. Sabía que él podía soportarlo todo menos los malos olores, en el coche, por ejemplo, llevaba colgado un muñeco en actitud de evacuar y con una señal de prohibido pegada en el culo del que salía una viñeta con un pedo, algo verdaderamente elegante, vamos. La última noche, sin ir más lejos, un poco entre risas y bromas después de hacer el amor, él había osado decirle:

-         Efectivamente, hueles un poquitín  a tachún, cariño, je, ji, ji-

Ella sonrió como una serpiente detrás de un cristal.

El camarero trajo una cerveza y un wisky con cocacola. Ella pidió también unas patatas fritas. Se pusieron a hablar desinhibidamente, morreándose de vez en cuando, mientras la noche poco a poco se iba cerrando alrededor.

José Feliciano sentía por dentro un asco inconfesable e invencible, pero aguantó el tipo como buenamente pudo, ¿qué otra cosa podía hacer?, la vida lo había atrapado como a un ratón en un cepo.

-         Vámonos ya dentro, Jose- Suplicó la madre finalmente, con media boca y voz lastimera. La verdad es que la pobre ese día se sentía mal, el hijo, después de comer, se había echado la siesta, olvidando a la madre en la terraza bajo el sol canicular.

José Feliciano se incorporó como si tuviera piedras sobre los cuadriceps y empujó la silla de su madre hacia el interior de la casa.

Pensó en sus hijos. Aunque ya apenas los veía, no podía evitar seguir queriéndolos, al fin y al cabo, al menos biológicamente seguían siendo suyos. ¿O no?

Tal vez se fuera de putas esa noche, si conseguía sacarle el dinero de la pensión a su pobre vieja.

 

 

 

 

 

la pólvora

 

 

 

                                   LA PÓLVORA

 

El polvorista subió la cuesta polvorienta hasta lo alto del cerro donde había instalado los castillos, los cañones y las cuerdas de traca.

Abajo se agrupaba la gente vociferando, riendo, inquieta y expectante.

Era una noche calurosa, abierta, en el cielo las estrellas parpadeaban de vez en cuando.

El polvorista prendió la mecha de un mortero. Una explosión rotunda, seca y lúgubre, anunció el comienzo del espectáculo. Una pequeña victoria sobre el olvido y la muerte.

Se abrieron irisadas rosas pirotécnicas y las carretillas sibilantes giraron en lo alto de los postes como relojes locos devorándose a sí mismos. La muchedumbre rugía ante cada nuevo y ruidoso milagro multicolor.

El aire olía a pólvora y a la mierda de un colector próximo.

Los perros, aterrorizados, se escondían en el fondo de sus casetas.

Tras una larga eclosión de luz y color, ordenadamente caótica, tres sucesivos zambombazos, que hicieron que la tierra retumbara, señalaron el final de la pólvora.

La gente, tras un impás, aulló y aplaudió festiva y satisfecha. La gente siempre se comportaba igual, era endógenamente gente. 

El polvorista, enfundado en su incómodo traje innífugo, bajó la cuesta polvorienta.

A lo lejos, bajo los tejados del pueblo, crepitaba la lujuria, el amor y la tristeza.

El polvorista abrió la puerta de la furgoneta, y de una bolsa de plástico del mercadona, sacó un bocadillo de sardinas en aceite, envuelto en papel de aluminio. Aún le quedaba mucho trabajo, tenía que desmontarlo todo.

En el salpicadero sonreían dos niñas, una vieja con la mirada ausente, y una joven mujer muy guapa de expresión doliente.