pobreza

 

 

 

POBREZA

 

Una habitación claustrofóbica como un sarcófago,

como la celda de un asceta,

como no sé qué cuadro de van gogh.

Las cosas parecen estar a ras de suelo,

el rodapié levantado,

podridos los tapajuntas de las puertas.

Una araña se asoma por un oscuro agujero

desde el retrete compartido.

Las paredes están pintadas de un verde bilioso

que recuerda al moho de las estatuas.

En un rincón, sobre un bajo y estrecho camastro de madera,

se acurruca una vieja con los pelos desgreñados

y el cuerpo descoyuntado y consumido.

Busca refugio en la penumbra de sus penas.

Ya nunca nadie vendrá a rescatarla.

Sabiendo que no hay un mañana,

escucha el rugir de los coches que pasan por la carretera.

Nada más.

Es la pobreza como la mugre que se pega a los platos

abandonados en el fregadero,

como un insecto rastrero en el duro fondo de un cuenco vacío,

de las oportunidades perdidas.

Qué pequeña parece la belleza

desde este lado clarividente y sombrío de la realidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EPÍLOGO

Hay en el aire un inefable olor a esperanza, como si tras la culpa llegara la redención, como si una brisa fértil limpiara de la atmósfera las densas vaharadas de enfermedad y  muerte, como si existiera al fin una salida a tantos años de penumbra. No sé cómo decirlo, bajo el dolor, alimentándose de él, va creciendo un substrato de fuerza, de humor, de voluntad de vida, que, de momento, nos permite mantenernos en equilibrio sobre las arenas movedizas de la desgracia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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