galindo
GALINDO
Alguien le había regalado un chucho pequeño y vulgar, hijo de muchos padres, sin gracia, sin raza, sin pedigrí, un don nadie. Tenía el pelo largo, áspero, sucio y revuelto, cara de despistado, no ladraba, se quedaba mirando a las personas con ojos anodinos, se meaba en las farolas. Ella le había hecho un kiki con una goma rosa que venía en una caja de zapatos. Parecía un híbrido raro- arrastrando telarañas por el lomo grasiento y con su presumido kiki en la cabeza-, como un mecánico travestido.
Se iban a pasear al parque. Ella con sus andares patizambos, su bigote incipiente, y esa expresión doliente que confería a su rostro la lenta y oxidada maquinaria de su cerebro. Él con su kiki bamboleándose en lo alto de la coronilla.
Cuando iba a sevillanas o al taller de literatura, lo ataba en la puerta con el mugriento cordel de esparto que le servía de correa. Mientras ella bailaba encorvando el cuerpo, con sus pies planos y sus torpes zancadas, como un esperpento humorístico, el chucho se sentaba tranquilamente a escuchar la música que venía de dentro, o a mirar a la gente que pasaba por la calle.
Un borracho famélico, calvo y desdentado, con un mono mugriento que en otro tiempo había sido azul, se le quedó mirando y le dijo lapidariamente con voz gangosa:
- Eres un perrito muy lindo y te llamas Galindo, como el pintor ese que hacía autorretratos-
El perro torció la cabeza. El borracho siguió su camino, hacia otro bar.
En el taller de literatura, una mujeruca gorda y calva, con un solo pecho, gafas de aumento y voz meliflua, hacía la apología de una novela intemporal en la que el protagonista, un buen día, decidía dar una vuelta al mundo a ver qué pasaba por ahí, enrolándose en un barco pirata, y al cabo de muchos años, sin saber cómo, aparecía de nuevo en su casa por la puerta trasera.
Una menopáusica ama de casa, con ojos felinos y artificial acento andaluz, se arrancó con una especie de redacción que contaba sus miserias conyugales:
- Estaba sentada tranquilamente en mi silla de anea y él vino y me dijo ven que te voy a dar un repaso, y yo le digo de eso nada monada, menéatela tú solito, chapucero, ¡arangután!-
Aunque apenas sabía leer, tenía inquietudes literarias. Le había dado por los libros como a quien le da por otra cosa, por coleccionar sellos por ejemplo. Si anunciaban en radiolé la última novedad, aunque se tratara de la atribulada vida de una garrapata en el lomo de una rata sarnosa, allí estaba ella, tirando de su chucho polvoriento, de camino a la librería. Tenía más de mil libros en las repletas estanterías, igual hubiera dado que estuvieran huecos por dentro.
- Me hace compañía, - le decía a la vieja de la tienda donde compraba el pan, enseñándole orgullosa su perrito zarrapastroso con su kiki rosa - así tengo con quien salir de paseo-
El perro aceptaba su destino, a ver que otra cosa podía hacer el hombre, había nacido perdedor, y con su trotecito corto seguía a su ama en pos de sus quimeras.
Se sentaban juntos a ver la tele, donde aparecían rostros fotogénicos de expresión decidida, gente triunfadora y despejada, con ropas claras y movimientos precisos y uniformes. Después, cuando se acababa la tele, parecía que se acababa la vida, en última instancia la vida vale poco más o menos lo que la muerte, como diría un nihilista. Entonces ella, con desesperación de náufrago, cogía un libro donde diluir los posos de su soledad, que tuviera las letras muy grandes y cuantas menos mejor, e intentaba leer en voz alta:
- Así que…sin el menor, el menor, se seentimiento, sentimiento, de in in, impaciencia, pasó a o a o cuparsse a de… las tareas co cooorrientes de la de la ¿qué pone aquí?, jona joonada, eso jornada…-
El perro la escuchaba como quien oye el sermón de un cura, en silencio y con la mente en blanco. Circulaba poca inteligencia por aquella casa.
De repente ella se le quedó mirando fijamente. Lo tenía ya tres meses y se acababa de dar cuenta de que todavía no le había puesto nombre. Le entró un tic nervioso en sus labios leporinos y sudorosos. Él no dijo nada, siguió haciéndose el tonto. En un acto reflejo guiñó un ojo a su ama, pero se guardó para sus adentros, como un secreto tesoro, que ya le habían puesto Galindo. Bueno, al menos tenía un nombre, ya era algo, era suyo, su propio nombre. Meneó el rabito sintiéndose importante, hasta emitió una especie de pequeño ladrido (que parecía más bien la tos de un tísico) por primera vez en mucho tiempo.
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