te desnudas de todo

 

 

 

                                                EN CARNE VIVA                                               

 

 

                                            

 

 

Me das tanto a cambio de tan poco.

Parece que cuando te desnudas

te desnudas de todo.

Ardes y alumbras en la noche oscura del alma,

te abres, te entregas, te rasgas,

esclava de tu amor y de mi lujuria.

Resucitas mi sangre

con una sola mirada de tus dulces ojos.

 

en carne viva

 

 

 

 

LA NIÑA

 

Se niega a crecer.

Es demasiado grande ese mundo que hay ahí fuera.

Salta libre de página en página

por las increíbles historias de los libros

como una salvaje Marcela.

El santuario bonito de su habitación,

su tele, sus cosas, su mama, la lluvia  protectora,

su imaginación que vuela.

Asustada y sola por la calle,

ante las decisiones del amor

se cambia de acera.

Escondida tras su risa fácil, de repente un mohín,

es la niña, la pequeña,

sensible y vulnerable como la piel de un caracol,

como un bosque en llamas

voluptuosa y bella.

Hace pompas de chicle canturreando en su silla,

ojos movibles, piernas y manos inquietas.

Aunque los demás sigamos envejeciendo,

las edades de la mujer

se detuvieron en ella.

 

 

 

                                                EN CARNE VIVA                                               

 

 

                                                A los mil fotogramas de su belleza

 

 

 

UN NUEVO CORAZÓN

                      

I

 

Cada día, cada noche, es más hermosa.

Mientras el mundo envejece de odio,

se oxida, se apaga, palidece,

ella arde de amor y voluptuosidad.

Su cuerpo es una verdad rotunda

y a la vez suave, como un corazón nuevo

latiendo en el pecho:

la luz de sus ojos rendidos,

la lluvia sedosa de sus cabellos,

y esa lujuria sin límites

a que invita su carne redonda y abierta,

la dulce herida de sus labios,

sus entrañas rosadas y vivificantes.

Penetrar su tierna juventud

es un milagro que redime.

Desprende su piel un halo de luna llena

y calor de vida su sexo encendido.

Restaña su belleza profanada

por mis sucios placeres prohibidos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

II

 

Suben desde tu epicentro oleadas de deseo

que divinizan tu carita infantil

con gestos de dolor y abandono.

Henchida tu carne viva de belleza y juventud,

tus largos cabellos ardiendo sobre la almohada,

las aureolas rosadas de tus pechos perfectos,

tus manos leves,

tus muslos abiertos,

los profundos suspiros y pálpitos de tu sangre entregada,

y esa blancura de cera incólume

derritiéndose sobre las sábanas húmedas y revueltas.

Eres absolutamente hermosa,

no hay otra forma de decirlo,

levitas sobre la suciedad del mundo

con tus rojos labios entreabiertos,

tu dulce olor a pubertad,

tu precioso resplandor de virgen,

y tu voluptuoso cuerpo

henchido de savia que hierve, que vivifica, que florece.

Eres vida que se extiende como el polen por los campos,

cuando estallan en tu corazón

tus íntimos y densos orgasmos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

III

 

Tu carne herida, atravesada por el puñal de mi lujuria.

Empozados, emponzoñados de obscenidad,

todo en ti es hermoso.

Restañan tus nalgas bajo azotes de maldad.

Mancillada por lamidos perrunos,

por excrementos de palabras,

por vigor violento y sátiro,

eres más hermosa todavía,

como la luna que resplandece

entre jirones de nubes.

Cabalgamos por inéditas posturas

haciendo realidad los pecados más vergonzosos.

Sucia y mundana sobre el lecho,

eres una flor arrancada de cuajo

por mano alevosa y maligna.

 

 

 

 

 

 

 

 

CLXIX

 

Ensucio de pornografía tu belleza virgen

y vivo cuando te veo morir en cada orgasmo.

Siento alrededor un frío de ultratumba

mientras tu cuerpo en carne viva abrasa entre mis manos.

Nunca he sabido cómo decirlo,

a veces tienes cosas que parecen un milagro.

 

 

 

 

 

 

EPÍLOGO

Hay en el aire un inefable olor a esperanza, como tu cara cuando la ilumina voluptuosamente tu risa, como si tras la culpa llegara la redención, como si una brisa fértil limpiara de la atmósfera las densas vaharadas de enfermedad y  muerte, como si existiera al fin una salida a tantos años de penumbra, como si de repente dentro del pecho latiera un nuevo corazón. No sé cómo decirlo, bajo el dolor, alimentándose de él, va creciendo un substrato de fuerza, de humor, de voluntad de vida, que, de momento, nos permite mantenernos en equilibrio sobre las arenas movedizas de la desgracia y el ridículo.

Acabo de ver una estrella fugaz: formulo el mismo deseo de siempre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

pobreza

 

 

 

POBREZA

 

Una habitación claustrofóbica como un sarcófago,

como la celda de un asceta,

como no sé qué cuadro de van gogh.

Las cosas parecen estar a ras de suelo,

el rodapié levantado,

podridos los tapajuntas de las puertas.

Una araña se asoma por un oscuro agujero

desde el retrete compartido.

Las paredes están pintadas de un verde bilioso

que recuerda al moho de las estatuas.

En un rincón, sobre un bajo y estrecho camastro de madera,

se acurruca una vieja con los pelos desgreñados

y el cuerpo descoyuntado y consumido.

Busca refugio en la penumbra de sus penas.

Ya nunca nadie vendrá a rescatarla.

Sabiendo que no hay un mañana,

escucha el rugir de los coches que pasan por la carretera.

Nada más.

Es la pobreza como la mugre que se pega a los platos

abandonados en el fregadero,

como un insecto rastrero en el duro fondo de un cuenco vacío,

de las oportunidades perdidas.

Qué pequeña parece la belleza

desde este lado clarividente y sombrío de la realidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EPÍLOGO

Hay en el aire un inefable olor a esperanza, como si tras la culpa llegara la redención, como si una brisa fértil limpiara de la atmósfera las densas vaharadas de enfermedad y  muerte, como si existiera al fin una salida a tantos años de penumbra. No sé cómo decirlo, bajo el dolor, alimentándose de él, va creciendo un substrato de fuerza, de humor, de voluntad de vida, que, de momento, nos permite mantenernos en equilibrio sobre las arenas movedizas de la desgracia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

besa, ama…

 

 

 

 

 

 

Despliega las velas de tu lujuria

y llévame lejos de todo.

Donde no nos alcance la muerte,

ni la vejez, ni la decadencia de los recuerdos.

Mira que tu belleza es arena en la orilla del mar,

que el tiempo es un cáncer

que se esconde tras tu rotunda juventud.

Besa, ama, fornica,

mientras veamos esa luna en el cielo,

y sean dos fuegos tus ojos

en mis frías noches de invierno,

mientras la fiebre enrojezca tus labios,

y brote y estalle y florezca de vida tu cuerpo.

 

 

 

 

 

 

 

“Por amor de Dios, qué hora es” Preguntó la momia de Paracas a la vigilante de sala del museo…

 

 

 

 

 

 

te acuna el silencio

 

Dicen que te marchas de este valle de lágrimas,

que aquí ya no tienes nada que hacer,

que tu tiempo pasó y este ya no es tu sitio.

Ahora quieres estar a solas,

prepararte para ese viaje sin retorno,

mientras la noche evoca los momentos más solemnes

y el viento ulula tras la ventana.

En la otra orilla tus seres queridos te aguardan.

Tampoco es que dejes mucho aquí,

siempre fuiste pobre,

aunque te aterra pensar que tus sentidos dejarán de guiarte

a través de este absurdo milagro, pero milagro al fin y al cabo,

que es la vida.

¿Qué habrá allí lejos? Te preguntas apretando la mano

de la desconocida que se ha quedado a velarte.

Tu respiración se va volviendo más honda y lenta.

Te acuna el silencio.

Quizás el camino que te dispones a tomar

no es otro que el de regreso.

 

galindo

 

GALINDO

 

Alguien le había regalado un chucho pequeño y vulgar, hijo de muchos padres, sin gracia, sin raza, sin pedigrí, un don nadie. Tenía el pelo largo, áspero, sucio y revuelto, cara de despistado, no ladraba, se quedaba mirando a las personas con ojos anodinos, se meaba en las farolas. Ella le había hecho un kiki con una goma rosa que venía en una caja de zapatos. Parecía un híbrido raro- arrastrando telarañas por el lomo grasiento y con su presumido kiki en la cabeza-, como un mecánico travestido.

Se iban a pasear al parque. Ella con sus andares patizambos, su bigote incipiente, y esa expresión doliente que confería a su rostro la lenta y oxidada maquinaria de su cerebro. Él con su kiki bamboleándose en lo alto de la coronilla.

Cuando iba a sevillanas o al taller de literatura, lo ataba en la puerta con el mugriento cordel de esparto que le servía de correa. Mientras ella bailaba encorvando el cuerpo, con sus pies planos y sus torpes zancadas, como un esperpento humorístico, el chucho  se sentaba tranquilamente a escuchar la música que venía de dentro, o a mirar a la gente que pasaba por la calle.

Un borracho famélico, calvo y desdentado, con un mono mugriento que en otro tiempo había sido azul, se le quedó mirando y le dijo lapidariamente con voz gangosa:

-         Eres un perrito muy lindo y te llamas Galindo, como el pintor ese que hacía autorretratos-

El perro torció la cabeza. El borracho siguió su camino, hacia otro bar.

En el taller de literatura, una mujeruca gorda y calva, con un solo pecho, gafas de aumento y voz meliflua, hacía la apología de una novela intemporal en la que el protagonista, un buen día, decidía dar una vuelta al mundo a ver qué pasaba por ahí,  enrolándose en un barco pirata, y al cabo de muchos años, sin saber cómo, aparecía de nuevo en su casa por la puerta trasera.  

Una menopáusica ama de casa, con ojos felinos y artificial acento andaluz, se arrancó con una especie de redacción que contaba sus miserias conyugales:

-         Estaba sentada tranquilamente en mi silla de anea y él vino y me dijo ven que te voy a dar un repaso, y yo le digo de eso nada monada, menéatela tú solito, chapucero, ¡arangután!-

Aunque apenas sabía leer, tenía inquietudes literarias. Le había dado por los libros como a quien le da por otra cosa, por coleccionar sellos por ejemplo. Si anunciaban en radiolé la última novedad, aunque se tratara de la atribulada vida de una garrapata en el lomo de una rata sarnosa, allí estaba ella, tirando de su chucho polvoriento, de camino a la librería. Tenía más de mil libros en las repletas estanterías, igual hubiera dado que estuvieran huecos por dentro.

-         Me hace compañía, - le decía a la vieja de la tienda donde compraba el pan, enseñándole orgullosa su perrito zarrapastroso con su kiki rosa - así tengo con quien salir de paseo-  

El perro aceptaba su destino, a ver que otra cosa podía hacer el hombre, había nacido perdedor, y con su trotecito corto seguía a su ama en pos de sus quimeras.

Se sentaban juntos a ver la tele, donde aparecían rostros fotogénicos de expresión decidida, gente triunfadora y despejada, con ropas claras y movimientos precisos y uniformes. Después, cuando se acababa la tele, parecía que se acababa la vida, en última instancia la vida vale poco más o menos lo que la muerte, como diría un nihilista. Entonces ella, con desesperación de náufrago, cogía un libro donde diluir los posos de su soledad, que tuviera las letras muy grandes y cuantas menos mejor, e intentaba leer en voz alta:

-         Así que…sin el menor, el menor, se seentimiento, sentimiento, de in in, impaciencia, pasó a o a o cuparsse a de… las tareas co cooorrientes de la de la ¿qué pone aquí?, jona joonada, eso jornada…-

El perro la escuchaba como quien oye el sermón de un cura, en silencio y con la mente en blanco. Circulaba poca inteligencia por aquella casa.

De repente ella se le quedó mirando fijamente. Lo tenía ya tres meses y se acababa de dar cuenta de que todavía no le había puesto nombre. Le entró un tic nervioso en sus labios leporinos y sudorosos. Él no dijo nada, siguió haciéndose el tonto. En un acto reflejo guiñó un ojo a su ama, pero se guardó para sus adentros, como un secreto tesoro, que ya le habían puesto Galindo. Bueno, al menos tenía un nombre, ya era algo, era suyo, su propio nombre. Meneó el rabito sintiéndose importante, hasta emitió una especie de pequeño ladrido (que parecía más bien la tos de un tísico) por primera vez en mucho tiempo.

 

 

borracho de ti

 

Borracho de ti mi sed se calma.

Borracho de ti brota la hierba sobre las tumbas.

Borracho de ti se recomponen las partes rotas.

Borracho de ti la lluvia arrecia.

Borracho de ti el sol se derrama por las calles.

Borracho de ti se levantan las mareas.

Borracho de ti meditan las estatuas en los parques.

Borracho de ti me siento vivo.

Borracho de ti rejuvenezco.

Borracho de ti tiene sentido el sinsentido.

Borracho de ti estoy sereno.

Sepultado

 

 

Era esa hora en que todo languidece

y una penumbra casi ciega cubre todos los objetos.

Tú resplandecías en el umbral de la puerta,

como si estuvieras llena de sol por dentro.

Liviana y delicada como un pájaro

que al extender hacia él la mano levanta el vuelo.

Todos estos años extendiendo hacia ti mi mano…

Me sentí muy viejo.

Parecía que la oscuridad me iba sepultando,

mientras tú, en el umbral, seguías resplandeciendo.

 

 

 

 

 

fin de jornada

 

FIN DE JORNADA

 

La noche está cayendo.

Sobre las copas de los árboles en flor

el horizonte sangra a lo lejos.

Hay veces que no sé si estoy vivo.

Cantan los grillos y ladran los perros.

Dentro de poco la oscuridad lo devorará todo

con su fúnebre aliento.

Siento tu ausencia y un brutal cansancio

pegado a los huesos.

Hay veces que no sé si estoy muerto.