deuda de sangre
DEUDA DE SANGRE
Se despertó empapado en sudor. Encendió la luz y miró el despertador. Las dos y media de la mañana. Le temblaba todo el cuerpo, la cabeza le ardía. Se quedó sentado en la cama contemplando con ojos alucinados un punto invisible de la pared. Permaneció así mucho tiempo, tal vez una hora, oyendo su propia respiración jadeante, los latidos desbocados de su corazón, sintiendo las gotas de sudor deslizándose por su pecho. Era un ahorcado que intentaba tocar el suelo con la punta de los pies, y cuanto más lo intentaba más le ahogaba la soga. Con un movimiento brusco giró la cabeza y se encontró de bruces ante su propia imagen en el espejo. No se reconocía, tenía una expresión demente, los labios arqueados hacia abajo en un gesto de angustia, parecía un emoticón triste y frustrado. Saboreaba en la boca el calcio del serrín de los dientes triturados que no cesaban de rechinar. Los pelos bermejos de la coronilla estaban revueltos, de punta, grotescamente despeinados. Bajo los ojos le caían dos bolsas hinchadas de un color bilioso. Los ojos torcidos, muy abiertos, insomnes, hundidos en los extremos por el peso de párpados melancólicos. Las pupilas dilatadas, nadando en el mar esférico del globo ocular, surcado por una caótica telaraña de venas cárdenas. Un ojo más grande que otro, el pequeño rojo, hinchado y lloroso, cubierto por una nube gris. Parecía un monstruo, un monstruo esperpéntico.
Las cuatro y diez de la madrugada. Por la calle pasó el camión de la basura. Recordó cuando su hija era pequeña y se despertaba al oír el camión de la basura. Asomaba su cabecita por encima de los barrotes de la cuna y señalaba con su dedito hacia la ventana. ¿Cuántos siglos habían pasado desde entonces? Basura. Se sentía ahogado bajo una montaña de basura. ¿Cómo una ciudad tan bella como Aranjuez podía albergar tanta basura? El Tajo olía a mierda a su paso por Aranjuez. Los jardines del Príncipe se erigían sobre podredumbre y cieno. El Palacio Real olía a mierda y orines. A veces, en la calle, tenía la tentación de pararse delante de un grupo de turistas y avisarles con grandes aspavientos:
“Estáis fotografiando sólo la superficie, ¿sabéis lo que es en el fondo este real sitio?: una alcantarilla, id a los juzgados, a la comisaría, al ayuntamiento, al club de golf, encontrareis tanta mierda que a su lado estos grandes monumentos os parecerán insignificantes”.
Empezaba a amanecer, con ese olor tan característico de la niebla que se levanta desde la húmeda y fértil vegetación de las vegas bañadas por el Tajo. No parecía Aranjuez el escenario de una tragedia, sino un lugar para enamorarse, para dibujar un corazón con dos iniciales en la corteza de un árbol centenario, o en la madera de un cenador rococó, mientras los cisnes se deslizan, con un cómplice murmullo, por las quietas aguas del río, a los pies de las estatuas desnudas. Pero casi nada es lo que parece.
Un buen día abres los ojos y descubres que tu vida se cimienta en una gran mentira. Todo se derrumba de repente en medio de un gran cataclismo. Los seres que te rodean se quitan la máscara para mostrar sus entrañas monstruosas, los sueños se convierten en pesadillas, y sientes cómo te reencarnas en un guiñapo, en un ser infrahumano, mitad perro mitad cucaracha. Te precipitas en caída libre y no encuentras nada ni nadie a quien agarrarte. ¿Tiene fondo el dolor?, te preguntas con un intenso sabor a plomo y azufre en la boca.
¿Cómo había ocurrido? Nunca le había gustado aquel personaje que le recordaba a un endemoniado de Dostoyevski. Desde el principio se mostró demasiado atento, demasiado solícito, demasiado detallista y encantador. ¿Por qué? ¿Para qué? Un lobo con piel de cordero. Un perfecto tartufo.
- Lo que te pasa es que le tienes envidia, él tiene muchas más cosas que tú- le había reprochado su exmujer, con su habitual y melosa crueldad, un buen día mientras jugaban al golf.
Fue a través de su exmujer como aquella bestia se fue acercando a su hija. Mientras él pasaba las tardes viajando sin parar, vendiendo papel por las copisterías, su exmujer jugaba al golf con aquel galante buscavidas. Era médico, apreciado por todos los poderes fácticos de la ciudad. Amigo de jueces, políticos y policías, con los que participaba en capeas, cacerías, timbas y fiestas privadas de dudosa moralidad.
Pero a él nunca lo engañó aquel Rasputín. Encontraba algo sombrío en su cara, un trasfondo violento, una boca cínica y una mirada calculadora de frialdad acerada.
- Eres un paranoico machista,- lo acusaba su exmujer, en medio de alguna de sus cada vez más frecuentes discusiones- Joaquín es un buen hombre-
Pero, paralelamente, el carácter de su hija Encarnita empezó a cambiar. Cambios bruscos de humor, llantos sin causa aparente y un mudo ensimismamiento que a veces le duraba semanas enteras. Su exmujer decía que eran estados normales de la adolescencia, aunque él sospechaba que se trataba de algo más grave.
Una tarde, jamás lo olvidaría, mientras cerraba una venta en una papelería de Griñón, sonó el móvil:
- ¿Javier Fernández?-
- Sí-
- ¿Es usted Javier Fernández?-
- Si, Sí, dígame-
- Lo llamo del hospital de Getafe, no se asuste, se trata de su hija, ha sufrido un pequeño accidente y la hemos ingresado, pero ya está mejor-
Todo su mundo se derrumbó bruscamente: Su hija, Encarnita, se había cortado las venas.
Cuando salió de la uvi fue ingresada en la planta de psiquiatría, junto a una vieja demente, con el rostro renegrido y simiesco, que no paraba de ayear y agitarse.
Los informes de los psiquiatras y la dolorosa confesión de la niña, no bastaron para encerrar a aquel monstruo depredador, que desde hacía tiempo había ido tejiendo en torno a su hija una férrea tela de araña de la que sólo pudo escapar intentando quitarse la vida. Primero la había seducido con esa generosidad amable y cadenciosa que calcula a largo plazo, estrangulando poco a poco su inmadura personalidad.
- ¿Te acuerdas de aquella cazadora rosa que no quisiste comprarme en el Xanadú?, pues me la ha regalado el amigo de mi madre- Le echó en cara un buen día su hija con un mohín despectivo, mientras comían en el chino, estando separado ya de su exmujer.
Después el monstruo se fue quitando su máscara y llegaron los chantajes emocionales, los acosos y la violencia física, y todo en un oscuro y asfixiante secreto.
Cuando la niña reventó por fin, comenzó para él un vía crucis de rabiosa frustración a través de todos los estamentos oficiales. Puso denuncia tras denuncia en la comisaría y en los juzgados, denuncias que eran archivadas por una mano negra, la misma mano que le palmeaba la espalda hipócritamente para darle ánimos. Buscó un caro abogado, perteneciente a una ong feminista, que le cobró desorbitadas cantidades de dinero por repetirle en cada nueva cita:
- La denuncia ya está puesta, no podemos hacer más, ahora hay que esperar a que se admita a trámite y se inicien las diligencias previas del procedimiento-
Y mientras tanto aquel monstruo seguía con su triunfante vida social, jugando al golf con políticos y jueces, participando en fiestas y cacerías, saludando por la calle con ese acrisolado don de gentes que le caracterizaba.
Saltó de la cama sin poder desterrar de su mente tan negros pensamientos. Con paso inseguro debido a los ansiolíticos y a la vigilia, atravesó la habitación en calzoncillos. No le quedaba otra salida. La decisión está tomada. En la vida no hay nada bueno, la vida es una guerra sangrienta y despiadada, un fraude absoluto. Un escenario de cartón piedra con geranios pintados en los balcones y estrellas de papel de aluminio colgando del techo. Una broma pueblerina y macabra. Una rebaño patético de personajes ridículos vagando por ahí con malas intenciones. Una ridícula tragedia. Un pozo negro lleno de ratas chirriantes. Una selva donde se libra una lucha cruel y sanguinaria por una supervivencia mezquina, miserable y sin sentido.
Abrió el cajón de la cómoda y cogió el revolver que había comprado por internet el último verano. Abrió el tambor para comprobar que estaba cargado. Las seis balas niqueladas de carga hueca brillaban bajo la luz fluorescente.
Sus manos habían dejado de temblar, aunque sentía un agudo dolor en el costado izquierdo, y un nudo agridulce aproximándose a la garganta. A partir de ahora sería un ser sin voluntad en manos del destino, como un héroe de tragedia griega.
De repente, cuando se disponía a abrir la puerta de la calle, se dio cuenta de que todavía estaba en calzoncillos con el revolver en la mano. Volvió al dormitorio y se vistió, sin prisas, como un torero que sabe que esa tarde va a morir en el ruedo.
Salió a la calle. La luz de la mañana lo cegó como a un animal nocturno. Sentía que aquel ya no era su mundo, no le reconfortaba el verde esmeralda de los jardines ni la cadencia del agua en el coso hojarascado de las fuentes. Por dentro estaba hecho de piedras, de piedras duras e incandescentes, el dolor se había solidificado, endurecido con un rigor mortis, y el alma había abandonado el cuerpo. Ya nada importaba, aparte de la deuda de sangre que iba a cobrarse. Habían desaparecido las dudas y las esperanzas, y por lo tanto el dolor. Era una de aquellas estatuas que veían pasar el tiempo, impasibles en sus pedestales, con la boca muda y los ojos ciegos. Su odio se había hecho piedra, piedra disparada por una honda de muerte.
Como un sonámbulo, llegó a las puertas del ambulatorio. Entró como entra la muerte a la habitación de un agonizante, como una presencia solemne y oscura que lo llena todo. En el mostrador, la recepcionista, una vieja con gafas de aumento y los dientes mellados, lo miró con sus grandes ojos de cristal y los ajados labios entreabiertos.
Con paso lento se dirigió hacia aquella puerta blanca. Pero de repente, al ir a abrirla, las piernas empezaron a temblarle con un último vivor. ¿Es que había aún esperanza? ¿No tendría que renunciar para siempre a aquel sol, a aquel esplendor de vida que brotaba por todas partes con la primavera? La primavera en Aranjuez es una eclosión violenta de savia. Pero para qué seguir engañándose, hacía tiempo que estaba muerto, y ahora había llegado el momento de descansar en paz en la fosa.
El monstruo lo miró sorprendido desde la mesa de su despacho, con cierto rictus burlón en su rostro de hiena sarnosa.
A partir de entonces, todo sucedió vertiginosamente, como en una pesadilla de la que no se puede despertar. Como si una fuerza sobrehumana accionara su voluntad, apretó el gatillo y un trueno ensordecedor reverberó en la habitación. La bala entró por un ojo y salió por la nuca, quedando trozos de sesos esparcidos caprichosamente por la pared blanca, como un collage abstracto. Aunque su víctima ya estaba muerta, volvió a disparar dos veces más. Un disparo le arrancó un trozo de labio, el otro le rozó una oreja.
Se dio la vuelta y abandonó la consulta, sintiendo que volvía a respirar.
Se sentó a orillas del río. El agua fluía con serena mansedumbre. Era hermoso aquel paraje, ¿por qué en la vida no podía ser todo así de hermoso? Uno debería buscar un remanso y permanecer toda su vida aferrado a los momentos de paz y belleza. ¿De dónde nacía esa inquietud constante en el ser humano, que acababa empujándolo por lo general hacia la angustia y la tragedia?
Sin darse cuenta se hizo de noche. No había comido nada en todo el día, presentía que ya nunca necesitaría comer. Se llenó los pulmones de aire. Había consumado su venganza y se sentía cansado y soñoliento tras aquel extenuante esfuerzo interior. Lo estarían buscando por la ciudad y sus alrededores, esos mismos inútiles policías que tantas trabas le habían puesto en su lucha por que se hiciera justicia. ¿Por qué le había tenido que tocar a él? “¡Nadie ensucia mi sangre impunemente!” Le había gritado a su exmujer, rechinando los dientes, cuando ella le exigía, con cierta consideración hacia el agresor de su hija, que lo olvidara todo.
Tuve sed y no me disteis de beber. Todavía tenía el revolver en la mano. Un astra del 38 pesado y reluciente, su único amigo. Se puso el cañón en la boca, era duro y frío, como el mármol de una tumba. Podía disparar y acabar con todo de una puta vez, saltar esa línea dura e invisible que separa el absurdo de la nada. Pensó en su hija, era un pájaro herido que tal vez ya nunca volvería a volar. El agua del río desprendía plateados destellos bajo la luna. Sintió una enervante angustia, como la que debió sentir Jesús poco antes de que lo prendieran. Bajó el cañón. Descubrió que desde hacía tiempo tenía un tic en un ojo. Una rata de agua atravesó la corriente.
De repente tuvo un pensamiento absurdo: huir a Marruecos y empezar una nueva vida… Decidió hacerlo. ¿Qué más podía perder? Tal vez lo consiguiera, al menos lo intentaría. Se lo debía a sí mismo.
Publica un comentario
Tienes que estar conectado para publicar un comentario.