carne viva
LA FLOR EN EL OJO DE LA CALAVERA
Este relato erótico, o pornográfico si se quiere, es una recreación de algunas escenas de la película “El imperio de los sentidos”, una apuesta por la vida en un mundo de muerte.
Contemplando cómo se desnudaba la joven, el hombre comenzó a masturbarse.
Una vez desnuda, la joven intentó ponerse un leve tul transparente, pero tenía las tetas demasiado gordas y no podía abrochárselo. El hombre se acercó a ella, la abrazó por detrás y le amasó las tetas mordiéndole un pezón, que se puso erecto, rodeado por una dilatada aureola de tierno rosicler.
Era una muchacha muy blanca, lechosa, radiante, voluptuosa, una hermosura renacentista.
La puso a cuatro patas y le dio unos lujuriosos azotes en aquel culo que era como un universo independiente e idílico. Le acarició las nalgas, lubricó con saliva el orificio del ano e introdujo la lengua hasta el fondo.
La joven se derrumbó poseída. Entonces el hombre la tomó por detrás, pasándole la verga por los riñones. La abrió más de piernas y le introdujo un dedo en el ano, ese oscuro epicentro del placer.
La joven estaba abandonada, rendida, con la boca abierta y la cabeza sobre la almohada, el largo pelo alrededor, sus preciosos ojos embriagados. El hombre le chupó el dedo corazón y ella se lo introdujo en la vagina, acariciándose el clítoris con movimientos precisos y circulares.
El hombre volvió a azotarle las nalgas, la levantó por la grupa y la penetró por detrás con un movimiento seco y brusco.
La agarró por las tetas y la fornicó al ritmo con que ella se acariciaba el clítoris, azotándola de vez en cuando con extraviada y demente pasión.
Con un movimiento sensual, la joven echó para atrás su largo pelo, y entonces el hombre, excitándose aún más, aceleró el ritmo violentamente, la carne contra la carne produciendo un chasquido caliginoso. La besó en el cuello y se lo mordió amorosamente. Ella ardía, se abrazaba a la almohada con un gesto de dolor en su carita preciosa, los labios rojos e hinchados, dispuestos para la felación, y sus grandes ojos desmayados y llorosos.
El hombre le alzó el picardías dejando el culo totalmente descubierto, como un sol que se escapa de negras nubes.
La cambió de postura. Ella se puso encima, sentada a horcajadas dándole la espalda, y él le agarró las tetas mientras la penetraba de nuevo. Ella compuso un gesto entre la sorpresa y el dolor.
A continuación le dio la vuelta, y agarrándola firmemente del culo, abriéndole el ano exacerbadamente, comenzó la verdadera copulación.
La joven gemía abandonada, y su pequeño ano se abría y se cerraba al ritmo de la fornicación.
Era asombroso ver cómo entraba y salía aquella gran verga de aquel sexo tierno y enrojecido, como una herida de placer prohibido.
De vez en cuando reverberaba algún azote que hacía estremecerse la carne túrgida de las nalgas de la muchacha.
Volvió a cambiarla de postura. La puso abajo, y arrastrándola por los pies, la llevó hasta el borde de la cama. Se masturbó con la corva de la pantorrilla y con los pequeños pies de la niña. Le chupó los labios, que se abrieron como los pétalos de una flor, y le mordió el clítoris. Ella no podía más y de repente se encontró chupando el pene del hombre con un movimiento lento, húmedo y profundo de sus labios cálidos y carnosos.
Hasta que el hombre volvió a penetrarla con rabia libidinosa. La joven tenía las piernas en alto y muy abiertas, de suerte que los testículos del hombre golpeaban el pequeño orificio del ano de la chica. Esto era una de las cosas que más placer producía a la joven, que se corrió súbitamente con un ardiente estremecimiento, abriéndose exageradamente de piernas y derritiéndose de amor y entrega.
Pero el hombre no le dio tregua y siguió cabalgándola en pos del segundo orgasmo. Este llegó enseguida, y la joven se abrazó al hombre con gran sentimiento, con desesperación de náufrago.
La cama crujía a punto de partirse, y el tríptico religioso que colgaba sobre la cabecera, tremulaba con el fragor de la lucha.
La joven se aferró con las piernas a la cintura de su amante, y así cabalgaron juntos, con una misma ansia, hacia un nuevo orgasmo.
Los cuerpos se mezclaban como oro fundido, y el sexo, desinhibido al fin, volaba a mayor velocidad que la luz.
El hombre volvió a ponerla encima. La joven estaba rendida, agotada, y se dejaba hacer. El pelo se derramaba por su espalda como una suave lengua de seda.
El hombre le acarició la espalda con las uñas, como un león jugando con su presa. La joven, con sus pequeñas manos, se agarró a la cabecera de la cama.
Finalmente el hombre no quiso contenerse más, y cuando ella dejó de convulsionarse y gemir, rodando por la vertiginosa pendiente del tercer orgasmo, él, con un rugido animal, se vertió, inundando, profanando, unciendo, toda aquella belleza y juventud. ajenos ambos a la guerra que, tras la ventana, devastaba el mundo exterior.
Se miraron a los ojos. El hombre sintió que aquella mirada sensual de su joven amante, era como una flor asomando por el ojo de una calavera.
Habían hecho el amor cientos de veces, y cada nueva vez era un nuevo milagro, una nueva victoria del amor sobre la muerte. De la vida.
SU MUNDO
La niña jugaba con la tierra en el patio del colegio. Estaba sola, los demás niños hacían grupos, pequeños clanes de simios. A ella, sin decírselo, no la querían en ningún clan. El cielo estaba negro, y el viento doblegaba las copas de los árboles. La niña, con sus pequeñas manos, hacía pequeños montones que luego deshacía para volver a levantarlos. Permanecía ajena a su alrededor, un poco aburrida, aceptando su soledad.
Sonó la sirena y con gran griterío los niños volvieron a las aulas. La niña se levantó torpemente y regresó a su clase. No le gustaba el colegio, se sentía extraña entre los demás niños, asustada, intimidada. Deseaba que llegara la hora en que su abuelo viniera a recogerla y la llevaba a los columpios. Siempre había sido una niña rara, solitaria. Nadie la quería como amiga, la encontraban demasiado pesada, demasiado fiel, demasiado pavisosa. En su casa era otra cosa, ella era la reina, estaba en su mundo.
Por el parque pasó un mendigo con andares vacilantes. Era como la niña, pero sin su mundo. Aunque ya era marzo, hacía un frío cruel.
CARNE VIVA
Dame hasta la última gota de vida que cabe en tus grandes ojos,
en tu cuerpo henchido, en tu largo pelo, en tus manos desmayadas,
en tu sexo abierto, en tus labios carnosos.
Fuera de tu perenne hermosura todo es muerte,
ceguera, fracaso y culpa,
un yermo infinito sin nada verde.
Sólo tu carne alumbra, arde, vivifica y crece.
Dentro de ti todo late, fluye, bulle y germina.
Tu belleza entregada rociando de amor mis sábanas,
es la vida que empieza cuando acaba la vida.
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