LA FLOR EN EL OJO DE LA CALAVERA
LA FLOR EN EL OJO DE LA CALAVERA
AMOR BENEVOLENTE
En el cementerio de Guadamur, en la provincia de Toledo, hay una austera tumba olvidada que nadie va a visitar, donde descansan los huesos de un suicida.
El día de los santos, todas las tumbas se llenan de flores menos esa.
Yo conocí al muerto, su amarga aventura por la vida.
Lo recuerdo en un bar de Parla, hablando con orgullo de su hija a un camarero de rostro abotargado, voz de lija y unos ojos como botones de mortaja.
Tenía una herida en la frente, se la había hecho, arrojándole una botella, esa misma hija de la que hablaba con tanto orgullo.
La verdad es que ni sus hijos ni su mujer lo querían, vaya usté a saber porqué, tal vez les estorbaba como un cargo de conciencia.
Lo empujaron al abismo de la muerte, lo enterraron casi con vergüenza, en una tumba sin ningún epitafio, y enseguida lo olvidaron para seguir medrando en la vida.
Recuerdo que cuando el camarero abotargado se reía burlonamente, él dio un golpe en la barra y proclamó ante los vagos y borrachos que escuchábamos la conversación con sonrisa estólida:
- ¡Mi hija es más guapa que la reina de las fiestas!-
Era un buen hombre, incluso un hombre valiente, me atrevería a decir ahora. Era del Atleti y estaba acostumbrado a perder.
Lo recuerdo también apoyado en una vaya publicitaria, golpeando la chapa con todas sus fuerzas para animar a su hijo que corría en una peña ciclista:
- ¡Vamos valiente, vamos chiqui, vamos pumuki!-
Su mujer estaba enferma. Enferma de odio, de rencor, de voluntad de muerte. Tenía ojos de tartufo y su rostro estaba permanentemente contraído en una horripilante mueca de asco y desprecio. Desde cachorros, había adiestrado a sus hijos contra su padre. Les enseñó a atacarle, a ladrarle, a morderle, a humillarlo.
Él, herido por dentro y por fuera, con un torbellino en la cabeza, cuando no podía más se iba de casa al bar de la esquina, y bebía vino blanco hasta altas horas de la noche, y reía por no llorar, y daba saltos quemado por las llamas del infierno, hablando con el camarero de fútbol y de política, tratando de calmar ese dolor en carne viva que llevaba por dentro como una cruz.
Finalmente lo desterraron del clan, lo convirtieron en un monigote, deprimido y solo, lo confinaron en una parda casa de campo, rodeado del ladrido de los perros y de la inmensidad del cielo estrellado.
Mientras tanto, su mujer y sus hijos brindaban en aquelarre como las brujas de Machbet, borrachos de victoria y venganza consumada.
Él, pese a todo, conservaba una foto de sus hijos en la repisa de la chimenea. Y como no era un héroe, muchas veces tuvo la tentación (también las tuvo Jesús siendo un dios) de arrojarlos al fuego y mandar a todos a la mierda.
Al final acabó ahorcándose, ¿por debilidad?, ¿por cobardía? Siempre creí que sí, pero ahora no estoy tan seguro. Era un hombre pequeño luchando con los puños cerrados contra un gigante de cinco cabezas.
Recuerdo que un día antes de matarse, todavía le decía, henchido de orgullo, al camarero abotargado:
- Mi Eugenio está estudiando derecho, la pequeña, la pequeña, esa sí que se parece a mí-
¿Cómo decirlo? Siempre quiso a sus hijos, y, más allá de todo eso que compone la vida humana y que acaba confundiéndose en el ataúd, esa fue su gran victoria sobre el odio y el fariseísmo que lo mató.
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