¿Con quién creéis que estáis hablando?
¿CON QUIÉN CREEIS QUE ESTAIS HABLANDO?
Sentía las piernas quebradas. Se había quedado sin aire, y la sangre que manaba de sus cejas no le dejaba ver los golpes que llovían sobre él como coces de mula. Trataba de mantenerse en pie a duras penas, sin descomponer la figura de boxeador, la guardia levantada, el mentón escondido, pero su izquierda parecía de trapo, lenta y previsible. No había nada que hacer: estaba perdiendo el combate. Su enemigo era más joven y fuerte, de esa nueva escuela que apuesta por la ortodoxia y la estrategia, y le atacaba sin piedad. Se refugió en las cuerdas, esperando el sonido de la campana. Los segundos se sucedían con lentitud de pesadilla, con paso de marcha fúnebre. Oía el rugido del público y el chirriar de las botas deslizándose por la lona. De un momento a otro esperaba recibir el golpe definitivo, casi lo deseaba, ese relámpago que estalla en el interior de la cabeza y que hace que por fin todo se acabe. Pero él había sido un campeón y tenía que seguir luchando, aunque sólo fuera por orgullo, ¿por qué otra cosa iba a luchar si no?Su vida era un perfecto desastre, un mendigo harapiento extraviado en la niebla.“¡Qué mala suerte ha tenido mi chico en la vida!” Se lamentaba su madre en su silla de ruedas, en el porche del geriátrico de Cáritas.Recordó los buenos tiempos, cuando los días se deslizaban suavemente como terciopelo, cuando ganó el campeonato de Europa y se compró el deportivo. La televisión lo entrevistaba, la gente le pedía autógrafos por la calle, en su barrio de Leganés era el héroe, el modelo al que todos los muchachos querían parecerse. Y mujeres, mujeres a todas horas, cientos de mujeres como moscas sobre la miel, jóvenes, hermosas. Había ocasiones en que se despertaba y no sabía el nombre de la chica que dormía desnuda a su lado. Le gustaba el olor de aquellos cuerpos frescos y cálidos, olor a sexo, ternura y entrega, aquellas pieles tersas y luminosas, aquellos ojos llenos de amor, aquellos labios rojos y carnosos, aquellos rasgos aniñados de muñecas voluptuosas, aquella carne de lujuria y olvido. Pero un día las cosas cambiaron, casi de repente. Primero nació su hijo, Alfonsito, con síndrome de dauw. Y luego una noche, en la carretera del Escorial, en un arrebato de locura, su mujer, Pili, se tiró del coche en marcha. Sufrió graves quemaduras y estuvo a punto de morir. Él entendió que quería huir de él. Y así fue. Al final lo abandonó por un instalador de moquetas sordomudo. Después, en Alemania, perdió el título de campeón por culpa de una injusta decisión arbitral. Al subir al autobús, de vuelta al hotel, el árbitro creyó que iba a pegarle y se refugió debajo de un asiento. Ya no recuperaría nunca el título. Tenía cuarenta y dos años y había acabado peleando en veladas de pueblo, en plazas de toros y carpas improvisadas. Cejas abiertas, nariz entumecida, costillas doloridas, por una miseria de bolsa. Tenía un euro con veintisiete céntimos en su libreta de ahorros. Si le hubiesen pagado un euro por cada golpe recibido en su larga y dura carrera de boxeador, ahora sería millonario. Poco a poco todos lo fueron olvidando, como a un héroe pasado de moda.Incluso había perdido sus rizos y se estaba quedando calvo. - ¡Yo soy Alfonso Martínez, con quién os creéis que estáis hablando!- Gritó fuera de sí aquel día que fue a pedir trabajo a la Federación y le ofrecieron el puesto de conserje. Los de seguridad tuvieron que echarlo a la calle. Más tarde volvió, harto de aquel sofocante barracón donde le dejaban dormir en la Ciudad de los Muchachos, y se puso la gorra y el uniforme para abrir y cerrar la puerta a las visitas.- ¡Coño, campeón!- Lo saludaba sorprendido algún viejo boxeador que acudía a la Federación con alguna instancia. Más tarde encontró trabajo de matón, en un puticlub de un polígono industrial de la carretera de Toledo, donde se pasaba las noches expulsando borrachos y trayendo bocadillos de tortilla con pimientos para las putas.Por la calle ya nadie lo reconocía. Su deportivo era ahora un trasto viejo que se calaba en los semáforos, y desde hacía tiempo ninguna mujer dormía a su lado por las noches.¡Un euro con veintisiete céntimos! Y encima era esclavo del inconfesable vicio de la ludopatía. ¡Qué vida más puta! Pensó lanzando al aire un enervado directo de izquierda que hizo reír a la embrutecida muchedumbre. Tal vez fuera mejor rendirse de una vez por todas, se planteó mientras balanceaba torpemente el cuerpo a izquierda y derecha, sin poder entender las indicaciones que le gritaban desde su rincón. Todo le estaba saliendo mal.
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