LA REINA PARIA
¿No es esta la reina de aquel rey de carnaval
que marchaba siempre el primero en los desfiles?
Su manto de dolorosa parece una mortaja,
y las joyas de la corona hace tiempo que las empeñó
para pagar las deudas de la casa.
Vieja, pobre, desterrada,
ve pasar los días como una oscura corriente de lágrimas secas.
Come, duerme, caga,
esperando que la muerte la redima de esta dura cárcel de soledad.
Ya no existen aquellos caballeros andantes
que rescataban cautivas princesas,
aquí los corazones permanecen cerrados como piedras de sepulcro.
En las largas noches en vela,
reza a un dios que tampoco es de este mundo.
Doble ración de puré el día de la madre,
y alguna visita furtiva que deja el coche en marcha en el umbral de la puerta.
¿Es esta la recompensa por tantos años de servicio?
Más le hubiera valido ser puta, o monja,
o perro, o mierda, o nada.
Te alejas, llevándote mis momentos más vivos.
No pensaba yo que pudiera pesar tanto esa cruz de tu hastío.
Deberías saber muy bien que siempre fueron nobles mis motivos.
Pero en fin, qué más da un final que otro,
las cosas son como son y supongo que este es mi sitio,
un calvario de pequeños sucesos que siempre salen mal:
la puerta que no encaja, el grifo que gotea, el jarrón que se hace añicos.
Lleva ya la mala suerte demasiados años conmigo.
No sé si podré acostumbrarme a que mis sábanas no huelan a ti,
a extender las manos y abrazar vacío
donde antes ardía tu belleza y florecía tu ternura.
Dime, donde entierro ahora tantos recuerdos,
donde les encuentro tantos olvidos,
cómo escapo de esta maraña de pasado
que como una tenia hambrienta se ha enroscado a mi corazón.
Son ya demasiadas lanzadas en el costado,
demasiadas espinas en las sienes,
demasiadas caídas en el camino.
Puede que sea verdad eso de que el Universo se va enfriando
a medida que se aleja de sí mismo,
porque yo sin ti no me reconozco
y me estoy muriendo de frío.
Recuerdo aquel loco encerrado en un corral de mi pueblo.
Calles embarradas, colores grises, pardos, negros.
Las fachadas, incluso recién encaladas, siempre mustias:
los siete pecados capitales habitaban dentro.
Mujerucas arrugadas murmurando tras los visillos,
donde bailaban ojos enfermos de histeria, de consunción y de envidia.
Rostros cetrinos, labios rezadores y contraídos,
sangre emponzoñada y vengativa.
La terrible cordura de un ilustre idiota presidiendo la plaza,
donde al caer la tarde arribaba el coche de línea
y despertaba el farol dormido.
Orines en los umbrales, perros flacos en las esquinas.
Y aquel loco al que los niños tirábamos piedras
porque era distinto, porque había perdido, porque nos daba miedo,
como nos daba miedo la verdad, la vida o los besos.
Ha pasado el tiempo y todavía me persigue
aquel olor a posguerra y a saumerio.
DEMONIO ESCATOLÓGICOS
Estos demonios escatológicos están hechos de un material muy duro. Son malos enemigos, mansos, innobles, nunca les ves venir. El odio y el resentimiento son lava incandescente que a lo largo de los años ha ido forjando sus corazones con dureza de titanio. Si intentas degollarlos tu espada saltará partida en dos. Dan vueltas a tu alrededor como sabuesos distraídos, contemplando florecillas y haciendo coro con los alegres pajarillos, cuando su único propósito es morderte, arrancarte trozos de carne a rabiosos bocados, escupirte, defecarte encima.
Los encontrarás a tu lado en las celebraciones familiares, como horripilantes buitres hambrientos, como hienas de risa histérica aguardando que su presa caiga.
Estos demonios se esconden siempre tras la cruz, son un cáncer que nunca da la cara. Si quieren herirte buscan tu punto más vulnerable para extender su horrible metástasis. Con sonrisa beatífica y demente, esperan a que te alejes para llevarse en sus fauces podridas a tus tiernos cachorros.
Son feos, con esa fealdad sombría y sulfurosa que confieren las malas intenciones, son crueles, con esa crueldad infinita de los débiles, con un sadismo que se asombra y se regodea en su propio refinamiento.
Te envidian con una envidia asesina si te ven en lo alto, y te desprecian burlonamente si te ven caído, les importan tan poco tus despojos, que cuando te mueras son capaces de llevar tu ataúd a hombros y, con una fina sonrisa de satisfacción en los labios, rezar en tu entierro por la salvación de tu alma. Sin embargo enloquecen cuando se sienten heridos, chillan y se retuercen como ratas ensartadas, recurren a todas las muecas, a todas las máscaras de que son capaces los demonios ruines, para escapar del fuerte brazo que les hace presa de frente por el cuello. Como las brujas de Macbech, conspiran con otros demonios de su misma bajeza, alrededor de un caldero donde hierve el veneno de los mediocres resentidos.
Inspiran un profundo desprecio, pero también un gran temor, porque bajo esa actitud tartufa de corderos pascuales, destilan veneno a todas horas, no duermen, no descansan, no dan tregua, siglos de mala sangre han ido desembocando en sus venas para perdición de la humanidad.
Son tan constantes en el mal, que tarde o temprano siempre vencen, saben esperar sentados en sus sillas, conteniéndose la mierda en las tripas, son profesionales de la paciencia y de la venganza, con esa mueca de víctimas en el martirio, martirizados sólo por su propia bilis. Son omniestúpidos, pero también omnipotentes, porque su propia estupidez los alimenta hasta hacerlos invencibles. Inquisidores, inflexibles, hipócritas inconscientes, enarbolan sanguinarias espadas que parecen cruces, y llenos de unción rezan ante ellas para que sus enemigos sean castigados y mueran en una gran catástrofe o en un múltiple accidente de tráfico.
Contra ellos todavía no se ha descubierto ningún antídoto. Como con el cáncer, hay que aprender a aceptarlos, tomando ciertas medidas de seguridad, cambiarte de acera si los ves venir, pero sin perderlos nunca de vista, y no caer en las constantes tentaciones con que te emboscarán en el desierto de la vida.
Al final, gracias a Dios, después de una vejez escatológica que a veces dura cien años, de devastar cosechas y abatir espíritus elevados, se mueren también inexorablemente aunque les pese, (yo ya he visto morir a dos), y así la Santa Muerte viene a ponerlos en su sitio, en el único sitio donde no hacen daño, donde no se les oye ni se les huele, bajo tres metros de tierra y de olvido. Amen.
Es mi cruz de madera de ébano,
hundida en la tierra,
inclinada a ras de suelo.
Los clavos profundos,
el pie astillado de arrastrarla en silencio.
Con una sombra pobre y breve,
y dos largos brazos
que apenas caben en mi pecho.
CONSAGRACIÓN
Y sale a la calle bajo el `palio de un cielo sin nubes.
La tarde radiante,
el sol hace brillar la hierba
que brotó tras las últimas lluvias.
En el trastero del pasado
se amontonan las cosas viejas,
los pensamientos sombríos,
los instrumentos desafinados,
los cadáveres de los héroes pasados de moda.
Una vida nueva y saludable está irrumpiendo
sobre las hojas descompuestas.
Con su primer bolso al hombro,
sus limpios ojos pintados,
y apenas el dinero justo para el viaje de ida y vuelta,
se dispone a tomar posesión de la vida.
Es un momento importante, supremo,
parece como si el Universo, por un instante,
estuviera en equilibrio.
Lo saben los pájaros, que no paran de cantar
cuando ella baja por la calle.