despojos

 

 

La vi a lo lejos,

subía la calle con esos andares juveniles y seductores que tanto me gustaban,

como un remolino de polen que arrastra el viento.

Han pasado muchos años

y aquellos sueños altos y frondosos como árboles,

se fueron marchitando como pétalos entre las páginas de un libro.

Ya lo habrás olvidado,

me dijiste “nunca te olvidaré”,

con esos ojos que eran dos lunas crecientes.

Dejé que se alejara,

no fuera a ser que volviera la cabeza

y viera el despojo en que me he convertido.

Entre al bar dando tumbos, solo, viejo, vencido, como todos los días,

mientras ella se alejaba como un luminoso cometa,

que tal vez ya nunca jamás volverá a aparecer

en el ocaso de mi vida.

deuda de sangre

 

 

DEUDA DE SANGRE

 

Se despertó empapado en sudor. Encendió la luz y miró el despertador. Las dos y media de la mañana. Le temblaba todo el cuerpo, la cabeza le ardía. Se quedó sentado en la cama contemplando con ojos alucinados un punto invisible de la pared. Permaneció así mucho tiempo, tal vez una hora, oyendo su propia respiración jadeante, los latidos desbocados de su corazón, sintiendo las gotas de sudor deslizándose por su pecho. Era un ahorcado que intentaba tocar el suelo con la punta de los pies, y cuanto más lo intentaba más le  ahogaba la soga. Con un movimiento brusco giró la cabeza y se encontró de bruces ante su propia imagen en el espejo. No se reconocía, tenía una expresión demente, los labios arqueados hacia abajo en un gesto de angustia, parecía un emoticón triste y frustrado. Saboreaba en la boca el calcio del serrín de los dientes triturados que no cesaban de rechinar. Los pelos bermejos de la coronilla estaban revueltos, de punta, grotescamente despeinados. Bajo los ojos le caían dos bolsas hinchadas de un color bilioso. Los ojos torcidos, muy abiertos, insomnes, hundidos en los extremos por el peso de  párpados melancólicos. Las pupilas dilatadas, nadando en el mar esférico del  globo ocular, surcado por una caótica telaraña de venas cárdenas. Un ojo más grande que otro, el pequeño rojo, hinchado y lloroso, cubierto por una nube gris. Parecía un monstruo, un monstruo esperpéntico.

Las cuatro y diez de la madrugada. Por la calle pasó el camión de la basura. Recordó cuando su hija era pequeña y se despertaba al oír el camión de la basura. Asomaba su cabecita por encima de los barrotes de la cuna y señalaba con su dedito hacia la ventana. ¿Cuántos siglos habían pasado desde entonces? Basura. Se sentía ahogado bajo una montaña de basura. ¿Cómo una ciudad tan bella como Aranjuez podía albergar tanta basura? El Tajo olía a mierda a su paso por Aranjuez. Los jardines del Príncipe se erigían sobre podredumbre y cieno. El Palacio Real olía a mierda y orines. A veces, en la calle, tenía la tentación de pararse delante de un grupo de turistas y avisarles con grandes aspavientos:

“Estáis fotografiando sólo la superficie, ¿sabéis lo que es en el fondo este real sitio?: una alcantarilla, id a los juzgados, a la comisaría, al ayuntamiento, al club de golf, encontrareis tanta mierda que a su lado estos grandes monumentos os parecerán insignificantes”.

Empezaba a amanecer, con ese olor tan característico de la niebla que se levanta desde la húmeda y fértil vegetación de las vegas bañadas por el Tajo. No parecía Aranjuez el escenario de  una tragedia, sino un lugar para enamorarse, para dibujar un corazón con dos iniciales en la corteza de un árbol centenario, o en la madera de un cenador rococó, mientras los cisnes se deslizan, con un cómplice murmullo, por las quietas aguas del río, a los pies de las estatuas desnudas. Pero casi nada es lo que parece.

Un buen día abres los ojos y descubres que tu vida se cimienta en una gran mentira. Todo se derrumba de repente en medio de un gran cataclismo. Los seres que te rodean se quitan la máscara para mostrar sus entrañas monstruosas, los sueños se convierten en pesadillas, y sientes cómo te reencarnas en un guiñapo, en un ser infrahumano, mitad perro mitad cucaracha. Te precipitas en caída libre y no encuentras nada ni  nadie a quien agarrarte. ¿Tiene fondo el dolor?, te preguntas con un intenso sabor a plomo y azufre en la boca.

¿Cómo había ocurrido? Nunca le había gustado aquel personaje que le recordaba a un endemoniado de Dostoyevski. Desde el principio se mostró demasiado atento, demasiado solícito, demasiado detallista y encantador. ¿Por qué? ¿Para qué? Un lobo con piel de cordero. Un perfecto tartufo.

-         Lo que te pasa es que le tienes envidia, él tiene muchas más cosas que tú- le había reprochado su exmujer, con su habitual y melosa crueldad, un buen día mientras jugaban al golf.

Fue a través de su exmujer como aquella bestia se fue acercando a su hija. Mientras él pasaba las tardes viajando sin parar, vendiendo papel por las copisterías, su exmujer jugaba al golf con aquel galante buscavidas. Era médico, apreciado por todos los poderes fácticos de la ciudad. Amigo de jueces, políticos y policías, con los que participaba en capeas, cacerías, timbas y fiestas privadas de dudosa moralidad.

Pero a él nunca lo engañó aquel Rasputín. Encontraba algo sombrío en su cara, un trasfondo violento, una boca cínica y una mirada calculadora de frialdad acerada.

-         Eres un paranoico machista,- lo acusaba su exmujer, en medio de alguna de sus cada vez más frecuentes discusiones-  Joaquín es un buen hombre-

Pero, paralelamente, el carácter de su hija Encarnita empezó a cambiar. Cambios bruscos de humor, llantos sin causa aparente y un mudo ensimismamiento que a veces le duraba semanas enteras. Su exmujer decía que eran estados normales de la adolescencia, aunque él sospechaba que se trataba de algo más grave. 

Una tarde, jamás lo olvidaría, mientras cerraba una venta en una papelería de Griñón, sonó el móvil:

-         ¿Javier Fernández?-

-         Sí-

-         ¿Es usted Javier Fernández?-

-         Si, Sí, dígame-

-         Lo llamo del hospital de Getafe, no se asuste, se trata de su hija, ha sufrido un pequeño accidente y la hemos ingresado, pero ya está mejor-

Todo su mundo se derrumbó bruscamente: Su hija, Encarnita, se había cortado las venas.

Cuando salió de la uvi fue ingresada en la planta de psiquiatría,  junto a una vieja demente, con el rostro renegrido y simiesco, que no paraba de ayear y agitarse.

Los informes de los psiquiatras y la dolorosa confesión de la niña, no bastaron para encerrar a aquel monstruo depredador, que desde hacía tiempo había ido tejiendo en torno a su hija una férrea tela de araña de la que sólo pudo escapar intentando quitarse la vida. Primero la había seducido con esa generosidad amable y cadenciosa que calcula a largo plazo, estrangulando poco a poco su inmadura personalidad.

-         ¿Te acuerdas de aquella cazadora rosa que no quisiste comprarme en el Xanadú?, pues me la ha regalado el amigo de mi madre- Le echó en cara un buen día su hija con un mohín despectivo, mientras comían en el chino, estando separado ya de su exmujer.

Después el monstruo se fue quitando su máscara y llegaron los chantajes emocionales, los acosos y la violencia física, y todo en un oscuro y asfixiante secreto.

Cuando la niña reventó por fin, comenzó para él un vía crucis de rabiosa frustración a través de todos los estamentos oficiales. Puso denuncia tras denuncia en la comisaría y en los juzgados, denuncias que eran archivadas por una mano negra, la misma mano que le palmeaba la espalda hipócritamente para darle ánimos. Buscó un caro abogado, perteneciente a una ong feminista, que le cobró desorbitadas cantidades de dinero por repetirle en cada nueva cita:

-         La denuncia ya está puesta, no podemos hacer más, ahora hay que esperar a que se admita a trámite y se inicien las diligencias previas del procedimiento-

Y mientras tanto aquel monstruo seguía con su triunfante vida social, jugando al golf con políticos y jueces, participando en fiestas y cacerías, saludando por la calle con ese  acrisolado don de gentes que le caracterizaba. 

Saltó de la cama sin poder desterrar de su mente tan negros pensamientos. Con paso inseguro debido a los ansiolíticos y a la vigilia, atravesó la habitación en calzoncillos. No le quedaba otra salida. La decisión está tomada. En la vida no hay nada bueno, la vida es una guerra sangrienta y despiadada, un fraude absoluto. Un escenario de cartón piedra con geranios pintados en los balcones y estrellas de papel de aluminio colgando del techo. Una broma pueblerina y macabra. Una rebaño patético de personajes ridículos vagando por ahí con malas intenciones. Una ridícula tragedia. Un pozo negro lleno de ratas chirriantes. Una selva donde se libra una lucha cruel y sanguinaria por una supervivencia mezquina, miserable y sin sentido.

Abrió el cajón de la cómoda y cogió el revolver que había comprado por internet el último verano. Abrió el tambor para comprobar que estaba cargado. Las seis balas niqueladas de carga hueca brillaban bajo la luz fluorescente.  

Sus manos habían dejado de temblar, aunque sentía un agudo dolor en el costado izquierdo, y un nudo agridulce aproximándose a la garganta. A partir de ahora sería un ser sin voluntad en manos del destino, como un héroe de tragedia griega.

De repente, cuando se disponía a abrir la puerta de la calle, se dio cuenta de que todavía estaba en calzoncillos con el revolver en la mano. Volvió al dormitorio y se vistió, sin prisas, como un torero que sabe que esa tarde va a morir en el ruedo.

Salió a la calle. La luz de la mañana lo cegó como a un animal nocturno. Sentía que aquel ya no era su mundo, no le reconfortaba el verde esmeralda de los jardines ni la cadencia del agua en el coso hojarascado de las fuentes. Por dentro estaba hecho de piedras, de piedras duras e incandescentes, el dolor se había solidificado, endurecido con un rigor mortis, y el alma había abandonado el cuerpo. Ya nada importaba, aparte de la deuda de sangre que iba a cobrarse. Habían desaparecido las dudas y las esperanzas, y por lo tanto el dolor. Era una de aquellas estatuas que veían pasar el tiempo, impasibles en sus pedestales, con la boca muda y los ojos ciegos. Su odio se había hecho piedra, piedra disparada por una honda de muerte.

Como un sonámbulo, llegó a las puertas del ambulatorio. Entró como entra la muerte a la habitación de un agonizante, como una presencia solemne y oscura que lo llena todo. En el mostrador, la recepcionista, una vieja con gafas de aumento y los dientes mellados, lo miró con sus grandes ojos de cristal y los ajados labios entreabiertos.

Con paso lento se dirigió hacia aquella puerta blanca. Pero de repente, al ir a abrirla, las piernas empezaron a temblarle con un último vivor. ¿Es que había aún esperanza? ¿No tendría que renunciar para siempre a aquel sol, a aquel esplendor de vida que brotaba por todas partes con la primavera? La primavera en Aranjuez es una eclosión violenta de savia. Pero para qué seguir engañándose, hacía tiempo que estaba muerto, y ahora había llegado el momento de descansar en paz en la fosa.

El monstruo lo miró sorprendido desde la mesa de su despacho, con cierto rictus burlón en su rostro de hiena sarnosa.

A partir de entonces, todo sucedió vertiginosamente, como en una pesadilla de la que no se puede despertar. Como si una fuerza sobrehumana accionara su voluntad, apretó el gatillo y un trueno ensordecedor reverberó en la habitación. La bala entró por un ojo y salió por la nuca, quedando trozos de sesos esparcidos caprichosamente por la pared blanca, como un collage abstracto. Aunque su víctima ya estaba muerta, volvió a disparar dos veces más. Un disparo le arrancó un trozo de labio, el otro le rozó una oreja.

Se dio la vuelta y abandonó la consulta, sintiendo que volvía a respirar.

Se sentó a orillas del río. El agua fluía con serena mansedumbre. Era hermoso aquel paraje, ¿por qué en la vida no podía ser todo así de hermoso?  Uno debería buscar un remanso y permanecer toda su vida aferrado a los momentos de paz y belleza. ¿De dónde nacía esa inquietud constante en el ser humano, que acababa empujándolo por lo general hacia la angustia y la tragedia?

Sin darse cuenta se hizo de noche. No había comido nada en todo el día, presentía que ya nunca necesitaría comer. Se llenó los pulmones de aire. Había consumado su venganza y se sentía cansado y soñoliento tras aquel extenuante esfuerzo interior. Lo estarían buscando por la ciudad y sus alrededores, esos mismos inútiles policías que tantas trabas le habían puesto en su lucha por que se hiciera  justicia. ¿Por qué le había tenido que tocar a él? “¡Nadie ensucia mi sangre impunemente!” Le había gritado a su exmujer, rechinando los dientes, cuando ella le exigía, con cierta consideración hacia el agresor de su hija, que lo olvidara todo.

Tuve sed y no me disteis de beber. Todavía tenía el revolver en la mano. Un astra del 38 pesado y reluciente, su único amigo. Se puso el cañón en la boca, era duro y frío, como el mármol de una tumba. Podía disparar y acabar con todo de una puta vez, saltar esa línea dura e invisible que separa el absurdo de la nada. Pensó en su hija, era un pájaro herido que tal vez ya nunca volvería a volar. El agua del río desprendía plateados destellos bajo la luna. Sintió una enervante angustia, como la que debió sentir Jesús poco antes de que lo prendieran. Bajó el cañón. Descubrió que desde hacía tiempo tenía un tic en un ojo. Una rata de agua atravesó la corriente. 

De repente tuvo un pensamiento absurdo: huir a Marruecos y empezar una nueva vida… Decidió hacerlo. ¿Qué más podía perder? Tal vez lo consiguiera, al menos lo intentaría. Se lo debía a sí mismo.

 

 

consagración

 

 

LA REINA PARIA

 

¿No es esta la reina de aquel rey de carnaval

que marchaba siempre el primero en los desfiles?

Su manto de dolorosa parece una mortaja,

y las joyas de la corona hace tiempo que las empeñó

para pagar las deudas de la casa.

Vieja, pobre, desterrada,

ve pasar los días como una oscura corriente de lágrimas secas.

Come, duerme, caga,

esperando que la muerte la redima de esta dura cárcel de soledad.

Ya no existen aquellos caballeros andantes

que rescataban cautivas princesas,

aquí los corazones permanecen cerrados como piedras de sepulcro.

En las largas noches en vela,

reza a un dios que tampoco es de este mundo.

Doble ración de puré el día de la madre,

y alguna visita furtiva que deja el coche en marcha en el umbral de la puerta.

¿Es esta la recompensa por tantos años de servicio?

Más le hubiera valido ser puta, o monja,

o perro, o mierda, o nada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Te alejas, llevándote mis momentos más vivos.

No pensaba yo que pudiera pesar tanto esa cruz de tu hastío.

Deberías saber muy bien que siempre fueron nobles mis motivos.

Pero en fin, qué más da un final que otro,

las cosas son como son y supongo que este es mi sitio,

un calvario de pequeños sucesos que siempre salen mal:

la puerta que no encaja, el grifo que gotea, el jarrón que se hace añicos.

Lleva ya la mala suerte demasiados años conmigo.

No sé si podré acostumbrarme a que mis sábanas no huelan a ti,

a extender las manos y abrazar vacío

donde antes ardía tu belleza y florecía tu ternura.

Dime, donde entierro ahora tantos recuerdos,

donde les encuentro tantos olvidos,

cómo escapo de esta maraña de pasado

que como una tenia hambrienta se ha enroscado a mi corazón.

Son ya demasiadas lanzadas en el costado,

demasiadas espinas en las sienes,

demasiadas caídas en el camino.

Puede que sea verdad eso de que el Universo se va enfriando

a medida que se aleja de sí mismo,

porque yo sin ti no me reconozco

y me estoy muriendo de frío.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Recuerdo aquel loco encerrado en un corral de mi pueblo.

Calles embarradas, colores grises, pardos, negros.

Las fachadas, incluso recién encaladas, siempre mustias:

los siete pecados capitales habitaban dentro.

Mujerucas arrugadas murmurando tras los visillos,

donde bailaban ojos enfermos de histeria, de consunción y de envidia.

Rostros cetrinos, labios rezadores y contraídos,

sangre emponzoñada y vengativa.

La terrible cordura de un ilustre idiota presidiendo la plaza,

donde al caer la tarde arribaba el coche de línea 

y despertaba el farol dormido.

Orines en los umbrales, perros flacos en las esquinas.

Y aquel loco al que los niños tirábamos piedras

porque era distinto, porque había perdido, porque nos daba miedo,

como nos daba miedo la verdad, la vida o los besos.

Ha pasado el tiempo y todavía me persigue

aquel olor a posguerra y a saumerio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DEMONIO ESCATOLÓGICOS

Estos demonios escatológicos están hechos de un material muy duro. Son malos enemigos, mansos, innobles, nunca les ves venir. El odio y el resentimiento son lava incandescente que a lo largo de los años ha ido forjando sus corazones con dureza de titanio. Si intentas degollarlos tu espada saltará partida en dos. Dan vueltas a tu alrededor como sabuesos distraídos, contemplando florecillas  y haciendo coro con los alegres pajarillos, cuando su único propósito es morderte, arrancarte trozos de carne a rabiosos bocados, escupirte, defecarte encima.

Los encontrarás a tu lado en las celebraciones familiares, como horripilantes buitres hambrientos, como hienas de risa histérica aguardando que su presa caiga.

Estos demonios se esconden siempre tras la cruz, son un cáncer que nunca da la cara. Si quieren herirte buscan tu punto más vulnerable para extender su horrible metástasis. Con sonrisa beatífica y demente, esperan a que te alejes para llevarse en sus fauces podridas a tus tiernos cachorros.   

Son feos, con esa fealdad sombría y sulfurosa que confieren las malas intenciones, son crueles, con esa crueldad infinita de los débiles, con un sadismo que se asombra y se regodea en su propio refinamiento.

Te envidian con una envidia asesina si te ven en lo alto, y te desprecian burlonamente si te ven caído, les importan tan poco tus despojos, que cuando te mueras son capaces de llevar tu ataúd a hombros y, con una fina sonrisa de satisfacción en los labios, rezar en tu entierro por la salvación de tu alma. Sin embargo enloquecen cuando se sienten heridos, chillan y se retuercen como ratas ensartadas, recurren a todas las muecas, a todas las máscaras de que son capaces los demonios ruines, para escapar del fuerte brazo que les hace presa de frente por el cuello. Como las brujas de Macbech, conspiran con otros demonios de su misma bajeza, alrededor de un caldero donde hierve el veneno de los mediocres resentidos.

Inspiran un profundo desprecio, pero también un gran temor, porque bajo esa actitud tartufa de corderos pascuales, destilan veneno a todas horas, no duermen, no descansan, no dan tregua, siglos de mala sangre han ido desembocando en sus venas para perdición de la humanidad.

Son tan constantes en el mal, que tarde o temprano siempre vencen, saben esperar sentados en sus sillas, conteniéndose la mierda en las tripas, son profesionales de la paciencia y de la venganza, con esa mueca de víctimas en el martirio, martirizados sólo por su propia bilis. Son omniestúpidos, pero también omnipotentes, porque su propia estupidez los alimenta hasta hacerlos invencibles. Inquisidores, inflexibles, hipócritas inconscientes, enarbolan sanguinarias espadas que parecen cruces, y llenos de unción rezan ante ellas para que sus enemigos sean castigados y mueran en una gran catástrofe o en un múltiple accidente de tráfico.

Contra ellos todavía no se ha descubierto ningún antídoto. Como con el cáncer, hay que aprender a aceptarlos, tomando ciertas medidas de seguridad, cambiarte de acera si los ves venir, pero sin perderlos nunca de vista, y no caer en las constantes tentaciones con que te emboscarán en el desierto de la vida.

Al final, gracias a Dios, después de una vejez escatológica que a veces dura cien años, de devastar cosechas y abatir espíritus elevados, se mueren también inexorablemente   aunque les pese, (yo ya he visto morir a dos),  y así la Santa Muerte viene a ponerlos en su sitio, en el único sitio donde no hacen daño, donde no se les oye ni se les huele, bajo tres metros de tierra y de olvido. Amen.  

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es mi cruz de madera de ébano,

hundida en la tierra,

inclinada a ras de suelo.

Los clavos profundos,

el pie astillado de arrastrarla en silencio.

Con una sombra pobre y breve,

y dos largos brazos

que apenas caben en mi pecho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONSAGRACIÓN

 

Y sale a la calle bajo el `palio de un cielo sin nubes.

La tarde radiante,

el sol hace brillar la hierba

que brotó tras las últimas lluvias.

En el trastero del pasado

se amontonan las cosas viejas,

los pensamientos sombríos,

los instrumentos desafinados,

los cadáveres de los héroes pasados de moda.

Una vida nueva y saludable está irrumpiendo

sobre las hojas descompuestas.

Con su primer bolso al hombro,

sus limpios ojos pintados,

y apenas el dinero justo para el viaje de ida y vuelta,

se dispone a tomar posesión de la vida.

Es un momento importante, supremo,

parece como si el Universo, por un instante,

estuviera en equilibrio.

Lo saben los pájaros, que no paran de cantar

cuando ella baja por la calle.

 

 

 

consagración

 

 

LA REINA PARIA

 

¿No es esta la reina de aquel rey de carnaval

que marchaba siempre el primero en los desfiles?

Su manto de dolorosa parece una mortaja,

y las joyas de la corona hace tiempo que las empeñó

para pagar las deudas de la casa.

Vieja, pobre, desterrada,

ve pasar los días como una oscura corriente de lágrimas secas.

Come, duerme, caga,

esperando que la muerte la redima de esta dura cárcel de soledad.

Ya no existen aquellos caballeros andantes

que rescataban cautivas princesas,

aquí los corazones permanecen cerrados como piedras de sepulcro.

En las largas noches en vela,

reza a un dios que tampoco es de este mundo.

Doble ración de puré el día de la madre,

y alguna visita furtiva que deja el coche en marcha en el umbral de la puerta.

¿Es esta la recompensa por tantos años de servicio?

Más le hubiera valido ser puta, o monja,

o perro, o mierda, o nada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Te alejas, llevándote mis momentos más vivos.

No pensaba yo que pudiera pesar tanto esa cruz de tu hastío.

Deberías saber muy bien que siempre fueron nobles mis motivos.

Pero en fin, qué más da un final que otro,

las cosas son como son y supongo que este es mi sitio,

un calvario de pequeños sucesos que siempre salen mal:

la puerta que no encaja, el grifo que gotea, el jarrón que se hace añicos.

Lleva ya la mala suerte demasiados años conmigo.

No sé si podré acostumbrarme a que mis sábanas no huelan a ti,

a extender las manos y abrazar vacío

donde antes ardía tu belleza y florecía tu ternura.

Dime, donde entierro ahora tantos recuerdos,

donde les encuentro tantos olvidos,

cómo escapo de esta maraña de pasado

que como una tenia hambrienta se ha enroscado a mi corazón.

Son ya demasiadas lanzadas en el costado,

demasiadas espinas en las sienes,

demasiadas caídas en el camino.

Puede que sea verdad eso de que el Universo se va enfriando

a medida que se aleja de sí mismo,

porque yo sin ti no me reconozco

y me estoy muriendo de frío.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Recuerdo aquel loco encerrado en un corral de mi pueblo.

Calles embarradas, colores grises, pardos, negros.

Las fachadas, incluso recién encaladas, siempre mustias:

los siete pecados capitales habitaban dentro.

Mujerucas arrugadas murmurando tras los visillos,

donde bailaban ojos enfermos de histeria, de consunción y de envidia.

Rostros cetrinos, labios rezadores y contraídos,

sangre emponzoñada y vengativa.

La terrible cordura de un ilustre idiota presidiendo la plaza,

donde al caer la tarde arribaba el coche de línea 

y despertaba el farol dormido.

Orines en los umbrales, perros flacos en las esquinas.

Y aquel loco al que los niños tirábamos piedras

porque era distinto, porque había perdido, porque nos daba miedo,

como nos daba miedo la verdad, la vida o los besos.

Ha pasado el tiempo y todavía me persigue

aquel olor a posguerra y a saumerio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DEMONIO ESCATOLÓGICOS

Estos demonios escatológicos están hechos de un material muy duro. Son malos enemigos, mansos, innobles, nunca les ves venir. El odio y el resentimiento son lava incandescente que a lo largo de los años ha ido forjando sus corazones con dureza de titanio. Si intentas degollarlos tu espada saltará partida en dos. Dan vueltas a tu alrededor como sabuesos distraídos, contemplando florecillas  y haciendo coro con los alegres pajarillos, cuando su único propósito es morderte, arrancarte trozos de carne a rabiosos bocados, escupirte, defecarte encima.

Los encontrarás a tu lado en las celebraciones familiares, como horripilantes buitres hambrientos, como hienas de risa histérica aguardando que su presa caiga.

Estos demonios se esconden siempre tras la cruz, son un cáncer que nunca da la cara. Si quieren herirte buscan tu punto más vulnerable para extender su horrible metástasis. Con sonrisa beatífica y demente, esperan a que te alejes para llevarse en sus fauces podridas a tus tiernos cachorros.   

Son feos, con esa fealdad sombría y sulfurosa que confieren las malas intenciones, son crueles, con esa crueldad infinita de los débiles, con un sadismo que se asombra y se regodea en su propio refinamiento.

Te envidian con una envidia asesina si te ven en lo alto, y te desprecian burlonamente si te ven caído, les importan tan poco tus despojos, que cuando te mueras son capaces de llevar tu ataúd a hombros y, con una fina sonrisa de satisfacción en los labios, rezar en tu entierro por la salvación de tu alma. Sin embargo enloquecen cuando se sienten heridos, chillan y se retuercen como ratas ensartadas, recurren a todas las muecas, a todas las máscaras de que son capaces los demonios ruines, para escapar del fuerte brazo que les hace presa de frente por el cuello. Como las brujas de Macbech, conspiran con otros demonios de su misma bajeza, alrededor de un caldero donde hierve el veneno de los mediocres resentidos.

Inspiran un profundo desprecio, pero también un gran temor, porque bajo esa actitud tartufa de corderos pascuales, destilan veneno a todas horas, no duermen, no descansan, no dan tregua, siglos de mala sangre han ido desembocando en sus venas para perdición de la humanidad.

Son tan constantes en el mal, que tarde o temprano siempre vencen, saben esperar sentados en sus sillas, conteniéndose la mierda en las tripas, son profesionales de la paciencia y de la venganza, con esa mueca de víctimas en el martirio, martirizados sólo por su propia bilis. Son omniestúpidos, pero también omnipotentes, porque su propia estupidez los alimenta hasta hacerlos invencibles. Inquisidores, inflexibles, hipócritas inconscientes, enarbolan sanguinarias espadas que parecen cruces, y llenos de unción rezan ante ellas para que sus enemigos sean castigados y mueran en una gran catástrofe o en un múltiple accidente de tráfico.

Contra ellos todavía no se ha descubierto ningún antídoto. Como con el cáncer, hay que aprender a aceptarlos, tomando ciertas medidas de seguridad, cambiarte de acera si los ves venir, pero sin perderlos nunca de vista, y no caer en las constantes tentaciones con que te emboscarán en el desierto de la vida.

Al final, gracias a Dios, después de una vejez escatológica que a veces dura cien años, de devastar cosechas y abatir espíritus elevados, se mueren también inexorablemente   aunque les pese, (yo ya he visto morir a dos),  y así la Santa Muerte viene a ponerlos en su sitio, en el único sitio donde no hacen daño, donde no se les oye ni se les huele, bajo tres metros de tierra y de olvido. Amen.  

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es mi cruz de madera de ébano,

hundida en la tierra,

inclinada a ras de suelo.

Los clavos profundos,

el pie astillado de arrastrarla en silencio.

Con una sombra pobre y breve,

y dos largos brazos

que apenas caben en mi pecho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONSAGRACIÓN

 

Y sale a la calle bajo el `palio de un cielo sin nubes.

La tarde radiante,

el sol hace brillar la hierba

que brotó tras las últimas lluvias.

En el trastero del pasado

se amontonan las cosas viejas,

los pensamientos sombríos,

los instrumentos desafinados,

los cadáveres de los héroes pasados de moda.

Una vida nueva y saludable está irrumpiendo

sobre las hojas descompuestas.

Con su primer bolso al hombro,

sus limpios ojos pintados,

y apenas el dinero justo para el viaje de ida y vuelta,

se dispone a tomar posesión de la vida.

Es un momento importante, supremo,

parece como si el Universo, por un instante,

estuviera en equilibrio.

Lo saben los pájaros, que no paran de cantar

cuando ella baja por la calle.

 

 

 

la reina paria

 

 

 

LA REINA PARIA

 

¿No es esta la reina de aquel rey de carnaval

que marchaba siempre el primero en los desfiles?

Su manto de dolorosa parece una mortaja,

y las joyas de la corona hace tiempo que las empeñó

para pagar las deudas de la casa.

Vieja, pobre, desterrada,

ve pasar los días como una oscura corriente de lágrimas secas.

Come, duerme, caga,

esperando que la muerte la redima de esta dura cárcel de soledad.

Ya no existen aquellos caballeros andantes

que rescataban cautivas princesas,

aquí los corazones permanecen cerrados como piedras de sepulcro.

En las largas noches en vela,

reza a un dios que tampoco es de este mundo.

Doble ración de puré el día de la madre,

y alguna visita furtiva que deja el coche en marcha en el umbral de la puerta.

¿Es esta la recompensa por tantos años de servicio?

Más le hubiera valido ser puta, o monja,

o perro, o mierda, o nada.

 

 

carne viva

 

LA FLOR EN EL OJO DE LA CALAVERA

 

 

Este relato erótico, o pornográfico si se quiere, es una recreación de algunas escenas de la película “El imperio de los sentidos”, una apuesta por la vida en un mundo de muerte.

 

 

 

 

 

 

 

Contemplando cómo se desnudaba la joven, el hombre comenzó a masturbarse.

Una vez desnuda, la joven intentó ponerse un leve tul transparente, pero tenía las tetas demasiado gordas y no podía abrochárselo. El hombre se acercó a ella, la abrazó por detrás y le amasó las tetas mordiéndole un pezón, que se puso erecto, rodeado por una dilatada aureola de tierno rosicler.

Era una muchacha muy blanca, lechosa, radiante, voluptuosa, una hermosura renacentista.

La puso a cuatro patas y le dio unos lujuriosos azotes en aquel culo que era como un universo independiente e idílico. Le acarició las nalgas, lubricó con saliva el orificio del ano e introdujo la lengua hasta el fondo.

La joven se derrumbó poseída. Entonces el hombre la tomó por detrás, pasándole la verga por los riñones. La abrió más de piernas y le introdujo un dedo en el ano, ese oscuro epicentro del  placer.

La joven estaba abandonada, rendida, con la boca abierta y la cabeza sobre la almohada, el largo pelo alrededor, sus preciosos ojos embriagados. El hombre le chupó el dedo corazón y ella se lo introdujo en la vagina, acariciándose el clítoris con movimientos precisos y circulares.

El hombre volvió a azotarle las nalgas, la levantó por la grupa y la penetró por detrás con un movimiento seco y brusco.

La agarró por las tetas y la fornicó al ritmo con que ella se acariciaba el clítoris, azotándola de vez en cuando con extraviada y demente pasión.

Con un movimiento sensual, la joven echó para atrás su largo pelo, y entonces el hombre, excitándose aún más, aceleró el ritmo violentamente, la carne contra la carne produciendo un chasquido caliginoso. La besó en el cuello y se lo mordió amorosamente. Ella ardía, se abrazaba a la almohada con un gesto de dolor en su carita preciosa, los labios rojos e hinchados, dispuestos para la felación, y sus grandes ojos desmayados y llorosos.

El hombre le alzó el picardías dejando el culo totalmente descubierto, como un sol que se escapa de negras nubes.

La cambió de postura. Ella se puso encima, sentada a horcajadas dándole la espalda, y él le agarró las tetas mientras la penetraba de nuevo. Ella compuso un gesto entre la sorpresa y el dolor.

A continuación le dio la vuelta, y agarrándola firmemente del culo, abriéndole el ano exacerbadamente, comenzó la verdadera copulación.

La joven gemía abandonada, y su pequeño ano se abría y se cerraba al ritmo de la fornicación.

Era asombroso ver cómo entraba y salía aquella gran verga de aquel sexo tierno y enrojecido, como una herida de placer prohibido.

De vez en cuando reverberaba algún azote que hacía estremecerse la carne túrgida de las nalgas de la muchacha.

Volvió a cambiarla de postura. La puso abajo, y arrastrándola por los pies, la llevó hasta el borde de la cama. Se masturbó con la corva de la pantorrilla y con los pequeños pies de la niña. Le chupó los labios, que se abrieron como los pétalos de una flor, y le mordió el clítoris. Ella no podía más y de repente se encontró chupando el pene del hombre con un movimiento lento, húmedo y profundo de sus labios cálidos y carnosos.

Hasta que el hombre volvió a penetrarla con rabia libidinosa. La joven tenía las piernas en alto y muy abiertas, de suerte que los testículos del hombre golpeaban el pequeño orificio del ano de la chica. Esto era una de las cosas que más placer producía a la joven, que se corrió súbitamente con un ardiente estremecimiento, abriéndose exageradamente de piernas y derritiéndose de amor y entrega.  

Pero el hombre no le dio tregua y siguió cabalgándola en pos del segundo orgasmo. Este llegó enseguida, y la joven se abrazó al hombre con gran sentimiento, con desesperación de náufrago.

La cama crujía a punto de partirse, y el tríptico religioso que colgaba sobre la cabecera, tremulaba con el fragor de la lucha.

La joven se aferró con las piernas a la cintura de su amante, y así cabalgaron juntos, con una misma ansia, hacia un nuevo orgasmo.

Los cuerpos se mezclaban como oro fundido, y el sexo, desinhibido al fin, volaba a mayor velocidad que la luz.

El hombre volvió a ponerla encima. La joven estaba rendida, agotada, y se dejaba hacer. El pelo se derramaba por su espalda como una suave lengua de seda.

El hombre le acarició la espalda con las uñas, como un león jugando con su presa. La joven, con sus pequeñas manos, se agarró a la cabecera de la cama.

Finalmente el hombre no quiso contenerse más, y cuando ella dejó de convulsionarse y gemir, rodando por la vertiginosa pendiente del tercer orgasmo, él, con un rugido animal, se vertió, inundando, profanando, unciendo, toda aquella belleza y juventud. ajenos ambos a la guerra que, tras la ventana, devastaba el mundo exterior.

Se miraron a los ojos. El hombre sintió que aquella mirada sensual de su joven amante, era como una flor asomando por el ojo de una calavera.

Habían hecho el amor cientos de veces, y cada nueva vez era un nuevo milagro, una nueva victoria del amor sobre la muerte. De la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                    SU MUNDO

 

La niña jugaba con la tierra en el patio del colegio. Estaba sola, los demás niños hacían grupos, pequeños clanes de simios. A ella, sin decírselo, no la querían en ningún clan. El cielo estaba negro, y el viento doblegaba las copas de los árboles. La niña, con sus pequeñas manos,  hacía pequeños montones que luego deshacía para volver a levantarlos. Permanecía ajena a su alrededor, un poco aburrida, aceptando su soledad.

Sonó la sirena y con gran griterío los niños volvieron a las aulas. La niña se levantó torpemente y regresó a su clase. No le gustaba el colegio, se sentía extraña entre los demás niños, asustada, intimidada. Deseaba que llegara la hora en que su abuelo viniera a recogerla y la llevaba a los columpios. Siempre había sido una niña rara, solitaria. Nadie la quería como amiga, la encontraban demasiado pesada, demasiado fiel, demasiado pavisosa. En su casa era otra cosa, ella era la reina, estaba en su mundo.

Por el parque pasó un mendigo con andares vacilantes. Era como la niña, pero sin su mundo. Aunque ya era marzo, hacía un frío cruel.

 

 

 

 

  

 

 

 

 

CARNE VIVA

 

Dame hasta la última gota de vida que cabe en tus grandes ojos,

en tu cuerpo henchido, en tu largo pelo, en tus manos desmayadas,

en tu sexo abierto, en tus labios carnosos.

Fuera de tu perenne hermosura todo es muerte,

ceguera, fracaso y culpa,

un yermo infinito sin nada verde.

Sólo tu carne alumbra, arde, vivifica y crece.

Dentro de ti todo late, fluye, bulle y germina.

Tu belleza entregada rociando de amor mis sábanas,

es la vida que empieza cuando acaba la vida.

 

 

 

 

muchas vidas contra una sola muerte

 

En tu cuerpo no hay sombras, ni culpa, ni muerte.

Rezuma plenitud, belleza y lujuria.

En tu carne desnuda todo florece.

Contiene mares bravíos, cielos henchidos, abiertos continentes.

En tu cuerpo nada se agosta, nada se pudre, nada perece.

Cuando se abre tu cuerpo amanece.

El corazón regenera su sangre, se aclara la niebla, el tiempo se detiene.

En tu cuerpo no hay miserias, ni fealdades, ni traiciones.

Es agua fresca en el desierto,

es una llama que arde en la nieve.

En tu cuerpo no hay derrotas, ni condenas, ni rencores.

Es un milagro que asombra, que alumbra, que deslumbra, que sorprende.

Es muchas vidas contra una sola muerte.

Es tierra mojada, preñada y fértil.

Cuando estoy en tu cuerpo renazco,

estalla la vida y las dudas desaparecen.

 

 

 

 

LA FLOR EN EL OJO DE LA CALAVERA

LA FLOR EN EL OJO DE LA CALAVERA

 

 

 

 

AMOR BENEVOLENTE

 

En el cementerio de Guadamur, en la provincia de Toledo, hay una austera tumba olvidada que nadie va a visitar, donde descansan los huesos de un suicida.

El día de los santos, todas las tumbas se llenan de flores menos esa.

Yo conocí al muerto, su amarga aventura por la vida.

Lo recuerdo en un bar de Parla, hablando con orgullo de su hija a un camarero de rostro abotargado, voz de lija y unos ojos como botones de mortaja.

Tenía una herida en la frente, se la había hecho, arrojándole una botella, esa misma hija de la que hablaba con tanto orgullo.

La verdad es que ni sus hijos ni su mujer lo querían, vaya usté a saber porqué, tal vez les estorbaba como un cargo de conciencia.

Lo empujaron al abismo de la muerte, lo enterraron casi con vergüenza, en una tumba sin ningún epitafio, y enseguida lo olvidaron para seguir medrando en la vida.

Recuerdo que cuando el camarero abotargado se reía burlonamente, él dio un golpe en la barra y proclamó ante los vagos y borrachos que escuchábamos la conversación con sonrisa estólida:

-         ¡Mi hija es más guapa que la reina de las fiestas!-

Era un buen hombre, incluso un hombre valiente, me atrevería a decir ahora. Era del Atleti y estaba acostumbrado a perder.

Lo recuerdo también apoyado en una vaya publicitaria, golpeando la chapa con todas sus fuerzas para animar a su hijo que corría en una peña ciclista:

-         ¡Vamos valiente, vamos chiqui, vamos pumuki!-

Su mujer estaba enferma. Enferma de odio, de rencor, de voluntad de muerte. Tenía ojos de tartufo y su rostro estaba permanentemente contraído en una horripilante mueca de asco y desprecio. Desde cachorros, había adiestrado a sus hijos contra su padre.  Les enseñó a atacarle, a ladrarle, a morderle, a humillarlo.

Él, herido por dentro y por fuera, con un torbellino en la cabeza, cuando no podía más se iba de casa al bar de la esquina, y bebía vino blanco hasta altas horas de la noche, y reía por no llorar, y daba saltos quemado por las llamas del infierno, hablando con el camarero de fútbol y de política, tratando de calmar ese dolor en carne viva que llevaba por dentro como una cruz.

Finalmente lo desterraron del clan, lo convirtieron en un monigote, deprimido y solo, lo confinaron en una parda casa de campo, rodeado del ladrido de los perros y de la inmensidad del cielo estrellado.

Mientras tanto, su mujer y sus hijos brindaban en aquelarre como las brujas de Machbet, borrachos de victoria y venganza consumada.

Él, pese a todo, conservaba una foto de sus hijos en la repisa de la chimenea. Y como no era un héroe, muchas veces tuvo la tentación (también las tuvo Jesús siendo un dios) de arrojarlos al fuego y mandar a todos a la mierda.

Al final acabó ahorcándose, ¿por debilidad?, ¿por cobardía? Siempre creí que sí, pero ahora no estoy tan seguro. Era un hombre pequeño luchando con los puños cerrados contra un gigante de cinco cabezas.

Recuerdo que un día antes de matarse, todavía le decía, henchido de orgullo, al camarero abotargado:

-         Mi Eugenio está estudiando derecho, la pequeña, la pequeña, esa sí que se parece a mí-

¿Cómo decirlo? Siempre quiso a sus hijos, y, más allá de todo eso que compone la  vida humana y que acaba confundiéndose en el ataúd, esa fue su gran victoria sobre el odio y el fariseísmo que lo mató.

 

 

 

 

¿Con quién creéis que estáis hablando?

 

¿CON QUIÉN CREEIS QUE ESTAIS HABLANDO? 

Sentía las piernas quebradas. Se había quedado sin aire, y la sangre que manaba de sus cejas no le dejaba ver los golpes que llovían sobre él como coces de mula. Trataba de mantenerse en pie a duras penas, sin descomponer la figura de boxeador, la guardia levantada, el mentón escondido, pero su izquierda parecía de trapo, lenta y previsible. No había nada que hacer: estaba perdiendo el combate. Su enemigo era más joven y fuerte, de esa nueva escuela que apuesta por la ortodoxia y la estrategia, y le atacaba sin piedad. Se refugió en las cuerdas, esperando el sonido de la campana. Los segundos se sucedían con lentitud de pesadilla, con paso de marcha fúnebre. Oía el rugido del público y el chirriar de las botas deslizándose por la lona. De un momento a otro esperaba recibir el golpe definitivo, casi lo deseaba, ese relámpago que estalla en el interior de la cabeza y que hace que por fin todo se acabe. Pero él había sido un campeón y tenía que seguir luchando, aunque sólo fuera por orgullo, ¿por qué otra cosa iba a luchar si no?Su vida era un perfecto desastre, un mendigo harapiento extraviado en la niebla.“¡Qué mala suerte ha tenido mi chico en la vida!” Se lamentaba su madre en su silla de ruedas, en el porche del geriátrico de Cáritas.Recordó los buenos tiempos, cuando los días se deslizaban suavemente como terciopelo, cuando ganó el campeonato de Europa y se compró el deportivo. La televisión lo entrevistaba, la gente le pedía autógrafos por la calle, en su barrio de Leganés era el héroe, el modelo al que todos los muchachos querían parecerse. Y mujeres, mujeres a todas horas, cientos de mujeres como moscas sobre la miel, jóvenes, hermosas. Había ocasiones en que se despertaba y no sabía el nombre de la chica que dormía desnuda a su lado. Le gustaba el olor de aquellos cuerpos frescos y cálidos, olor a sexo, ternura y entrega, aquellas pieles tersas y luminosas, aquellos ojos llenos de amor, aquellos labios rojos y  carnosos, aquellos rasgos aniñados de muñecas voluptuosas, aquella carne de lujuria y olvido. Pero un día las cosas cambiaron, casi de repente. Primero nació su hijo, Alfonsito, con síndrome de dauw. Y luego una noche, en la carretera del Escorial, en un arrebato de locura, su mujer, Pili, se tiró del coche en marcha. Sufrió graves quemaduras y estuvo a punto de morir. Él entendió que quería huir de él.  Y así fue. Al final lo abandonó por un instalador de moquetas sordomudo. Después, en Alemania, perdió el título de campeón por culpa de una injusta decisión arbitral. Al subir al autobús, de vuelta al hotel, el árbitro creyó que iba a pegarle y se refugió debajo de un asiento. Ya no recuperaría nunca el título.   Tenía cuarenta y dos años y había acabado peleando en veladas de pueblo, en plazas de toros y carpas improvisadas. Cejas abiertas, nariz entumecida, costillas doloridas, por una miseria de bolsa. Tenía un euro con veintisiete céntimos en su libreta de ahorros. Si le hubiesen pagado un euro por cada golpe recibido en su larga y dura carrera de boxeador, ahora sería millonario. Poco a poco todos lo fueron olvidando, como a un héroe pasado de moda.Incluso había perdido sus rizos y se estaba quedando calvo. -          ¡Yo soy Alfonso Martínez, con quién os creéis que estáis hablando!- Gritó fuera de sí aquel día que fue a pedir trabajo a la Federación y le ofrecieron el puesto de conserje. Los de seguridad tuvieron que echarlo a la calle. Más tarde volvió, harto de aquel sofocante barracón donde le dejaban dormir en la Ciudad de los Muchachos, y se puso la gorra y el uniforme para abrir y cerrar la puerta a las visitas.-          ¡Coño, campeón!- Lo saludaba sorprendido algún viejo boxeador que acudía a la Federación con alguna instancia. Más tarde encontró trabajo de matón, en un puticlub de un polígono industrial de la carretera de Toledo, donde se pasaba las noches expulsando borrachos y trayendo bocadillos de tortilla con pimientos para las putas.Por la calle ya nadie lo reconocía. Su deportivo era ahora un trasto viejo que se calaba en los semáforos, y desde hacía tiempo ninguna mujer dormía a su lado por las noches.¡Un euro con veintisiete céntimos! Y encima era esclavo del inconfesable vicio de la  ludopatía. ¡Qué vida más puta! Pensó lanzando al aire un enervado directo de izquierda que hizo reír a la embrutecida muchedumbre. Tal vez fuera mejor rendirse de una vez por todas, se planteó mientras balanceaba torpemente el cuerpo a izquierda y derecha, sin poder entender las indicaciones que le gritaban desde su rincón. Todo le estaba saliendo mal.  

 

la puerta cerrada

 

 

Demasiado tarde llamaste a la puerta del amor.Con siete candados ya había sido cerrada.Sientes que tu piel arde, te quema,como si te hubieran arrojado de un coche en marcha.Oigo tus dulces nudillos tras la puerta,y siento ganas de derribarla a golpes, a mordiscos y a patadas.Pero mi corazón está debajo de un zapato,es una vela que en un atardecer de aguacero se apaga.Fueron tantas caídas con una cruz tan pesada…Poco a poco tus ojos se fueron apagando,y en la fuente de tus labios se fue secando el agua.Te alejas por un largo camino de tristeza,mientras yo me voy fosilizando, tras esta puerta cerrada.