helada
HELADA
No recuerdo su nombre. La encontré acurrucada en mi portal, aterida de frío. Dejé que esa noche durmiera en mi casa. Tendría de trece a quince años, perdida, confundida, vulnerable. A la mañana siguiente se marchó, prometiéndome que volvería para enseñarme su gato. Nunca volvió. Se la tragaron las calles voraces de la ciudad. ¿Qué habrá sido de ella? Es poco probable que encontrara un lugar cálido y seguro en el mundo, un futuro con esperanzas. Lo más seguro es que acabara en las garras de algún chulo sin escrúpulos, del alcohol, de la heroína, en la cárcel, en el manicomio, o asesinada en una cuneta.En la televisión, mientras tanto, filántropos de barriga satisfecha, hablaban, con cadencia de falsete, de salvar el mundo, de erradicar el hambre, el sufrimiento y la miseria. Pero la vida es demasiado complicada en su simplicidad, demasiado innoble y traicionera, es mucho más tortuosa que un problema de conciencia. ¿Dónde estaban sus padres, sus amigos, sus maestros? Sólo era una niña y ya andaba por ahí como un perro abandonado, a pesar de las ongs, de los curas, de los políticos, del Estado protector. Aquella chica era un fracaso más de la condición humana. Todos tenían la culpa, menos ella. Todas las puertas cerradas, todos los abismos abiertos. Inútiles todos los consejos. ¿En qué momento de su corta vida cayó aquel ángel? Quizás fue cayendo poco a poco, como un pájaro con las alas llenas de barro. Ojalá acabara encontrando, como un fanal entre la niebla, el sagrado instinto de supervivencia.
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