EL ENTIERRO
Tenía un aspecto anacrónico con su traje pasado de moda, su tupé y sus gafas ahumadas de aumento. Achaparrado, ancho de hombros, el rostro cetrino, con una expresión entre triste y aburrida. De los cinco hermanos puestos en fila para recibir el pésame, él era el más bajo y feo. Parecía también el más viejo, aunque no lo era, pero la vida lo había tratado peor que a los demás. Con catorce años se fue de camarero a Madrid, a la Plaza de la Cebada. Frecuentaba las discotecas de chachas, Consulado, Titánic, La Boite del Pintor…Allí conoció a Conchi, le hizo un hijo y se casó con ella. Después vinieron dos hijas más. Se trasladaron a vivir a Móstoles. Todo parecía ir más o menos bien hasta que pusieron el internet en casa. Mientras él trabajaba en la cafetería de la Estación Sur de Autobuses, ella se dedicaba a chatear con desconocidos. Conoció a un portugués y un buen día, de repente, se marchó con el portugués llevándose a los niños… Qué caras más raras, pensó observando a los que se acercaban para dar el pésame, mira ese, tiene la cara hinchada y absolutamente negra, parece un gran hematoma. A su lado estaba el panadero, muy blanco, casi traslúcido, céreo como un cadáver. Todos los presentes tenían un aspecto enfermizo. Sin duda se iban a morir pronto. Menos aquella muchacha tan guapa que parece resplandecer entre la turba de moribundos.Lo que daría por poder fumarme un cigarrillo. Varias veces tuvo la tentación de sacar la cajetilla, pero no parecía correcto en un lugar sagrado como el cementerio y ante el féretro de su propia madre. Es curioso, ¿era su madre quien estaba ahí dentro?En cuanto bajaran el ataúd a la fosa, se iría detrás de la lápida del maestro de música y se pondría a fumar como un desesperado. Aunque era invierno hacía un sol espléndido, vivificante, en contraste con todas aquellas cruces lúgubres y silenciosas que contenían una amarga verdad.Sólo deseaba fumar. Su vida no tenía ningún futuro, abandonado por su mujer y sus hijos a los que hacía ya casi tres años que no veía, con un trabajo eventual como representante de chocolates Valor, un sueldo de mierda que apenas le daba para comer y pagarse la pensión, y encima odiaba el chocolate, sólo el olor le producía salpullidos. Y ahora su madre ahí muerta, a sus pies, sin poder hacer ya nada por él. Se vio reflejado en el cristal de una hornacina. Tuvo el ridículo pensamiento de que se parecía a la Niña de la Puebla. Sintió el impulso de reír. Le sonaban las tripas, claro, tantas comidas malas y a deshoras, y el exceso de alcohol y tabaco. Pero mejor no ir al médico, lo que le faltaba, él ya sabía que tenía el hígado hecho polvo.¿Por qué seguía vivo? Ya no tenía ninguna ilusión. Todos esos que descansan por fin en sus tumbas son más afortunados que yo. La vida siempre le había golpeado cruelmente, sin tregua y sin piedad, sin sentido, sin amor, sin dinero, sin salud. Definitivamente no tenía suerte. Siempre había sido un borrón en el cuaderno, una cuenta mal hecha en la pizarra, incluso entre sus quintos él era el sexto. En una lápida cercana una viuda lloraba a su difunto marido, ¿quién le lloraría a él? Nadie.De todos los presentes ¿cuál sería el próximo en morir?, ¿cuándo, cómo?, ¿dentro de un día, de un mes, de un año? No entendía nada. La vida le sonaba a estafa.De repente sonó el móvil. Se alejó para contestar: -¿Si?- -¿Don Nicanor Cirigüela?–¿Sí?– ¿Es usted Nicanor Cirigüela?– Sí, sí, dígame –- Le llamo de Crédito Exprés, tiene usted dos cuotas sin pagar– Ya, pe pero es que ahora…-No lo dejaban en paz ni en el entierro de su madre.Cuando regresó junto a sus hermanos ya habían bajado el ataúd a la fosa.¿Ya está? ¿Podré fumar ahora? Sintió calor, aprisionado en aquel ridículo traje de rayas que le había prestado uno de sus hermanos. ¿Podré fumar ya? Metió la mano en el bolsillo y acarició la cajetilla de tabaco.Sólo quería fumar. Fumar y esperar a que la vida le diera el próximo palo. Fumar con la esperanza de que, por lo menos durante los cinco minutos que duraba un cigarro, lo dejarían tranquilo.