voluntad de vida

 

VOLUNTAD DE VIDA 

El último repecho. Ya se divisaban, entre la niebla, las fantasmagóricas siluetas de los leones de piedra en la cumbre del puerto.Elías Cirigüela, sesenta y nueve años, cerrajero jubilado, tenor en el coro parroquial, ciego de un ojo, pero en plena forma física. Todos los años, el día de Reyes, lloviera o nevara, coronaba en bicicleta el Puerto de los Leones.Cada año era más duro que el anterior. Y es que la edad no perdona. Pero en los momentos más aciagos es cuando hay que sacar fuerzas de flaqueza. La clave està en no pensar, en no hacer caso del dolor, y seguir, seguir por inercia más que por alcanzar una meta, una pedalada detrás de otra, y otra más, la bicicleta dando tumbos, las piernas de corcho, los pulmones resecos como la mojama, adelante, otro poco más, siempre adelante. ¿Por qué lo hacía? Ese es el tipo de preguntas que uno no debe hacerse nunca si quiere continuar adelante. ¿Por qué quiere seguir viviendo un esclavo o un condenado a cadena perpetua? Por pura y simple voluntad de vida.Un buen día, hacía ya muchos años, demasiados, la víspera de Reyes, su amigo Emilio López, el Chichas, le propuso subir juntos en bicicleta el Puerto de los Leones. Y aquella temeraria proeza se convirtió en costumbre. Cuando Emilio murió de cáncer, él continuó solo la escalada, año tras año, pasara lo que pasara en su vida. Y en su vida habían pasado más cosas malas que buenas. En realidad casi todas malas. Su primera mujer murió de cáncer de pulmón. Poco después su hija pequeña fue arrollada por un tren en Entrevías, cuando se dirigía en bicicleta a ver al rey, que visitaba la barriada. Habían pasado muchos años pero todavía parecía que la estaba viendo, con su pelo lacio y esa sonrisa tan parecida a la suya. Y es que los hijos duelen mucho. Después el cáncer apareció otra vez en escena, traicionero y despiadado como un personaje de Shakespeare, para llevarse a Amablito, su hijo mayor. Ya sólo le quedaba Javi, el mediano, el deficiente. Tras unos años muy duros, más duros que cualquier puerto de categoría especial, conoció a Candi, viuda como él y sin hijos. A su lado volvió a vivir, a ilusionarse por las cosas. Se lo había aconsejado su amigo Emilio mientras pedaleaban un domingo por la carretera de Toledo:-          Tú no eres para estar solo, necesitas la compañía de una mujer-Se le vinieron a la mente los años de soledad. Mientras los demás se proveían profusa y alegremente en los supermercados para la cena de Nochebuena, él salía del trabajo sin ganas de fiesta y se iba a casa a cuidar de Javi.Con Candi todo eso cambió. Los tres volvieron a ser una familia.Pero, por algún ancestral e inescrutable estigma, el destino se empecinaba una y otra vez en destrozarle la vida.Cuando aquel domingo Emilio le telefoneó para salir en bicicleta, le parecía estar sumido de nuevo en una pesadilla brutal y truculenta. -          Oye Emilio, Candi está aquí, tirada en el suelo, creo que está muerta- Pobre Candi, con sus ojos lánguidos, sus pecas y su dulce sonrisa.-          ¡Aparejorejo!- Balbució Javi, sentado sobre sus propios vómitos, junto al cadáver.Vamos, ya queda poco. No me irá a entrar la pájara ahora que estoy llegando. Otra pedalada. Otra. Cada vez los pedales más duros. Es como picar en una cantera, como taladrar granito. El corazón en la boca, el pecho dolorido, aplastado, las piernas enervadas. Pero hay que seguir, aunque la vida ya no traiga cosas buenas, seguir a pesar del dolor y el agotamiento, seguir por pura y simple voluntad de vida. 

 

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