la puta

 

 

LA PUTA 

El paleto cogió su bebida garrafota y se fue a dar una vuelta por el local. Era de baja estatura, un poco patizambo, tenía un rostro abotargado, rojo y lleno de surcos, como un trozo de tierra de labranza, la mirada pícara y embrutecida, las manos negras, secas, insensibles. Olía a cuadra.Se acercó a la puta más hermosa del club, que estaba apoyada en el marco de la puerta de los servicios, junto a un cartel que anunciaba el espectáculo de tres enanos sodomizando a tres hermosas mujeres. La puta era una escultura renacentista que había cobrado vida. Carnal, prieta, voluptuosa, de movimientos sensuales, muy joven, una cara dulce y receptiva que delataba un alma suave, el pelo largo, brillante, la cintura estrecha, y todo lo demás carne superlativa. El paleto quiso tocarla para comprobar que era real. Puso su negra mano en la carne blanca de la bella muchacha. -          Eres la chica más guapa de aquí--          Gracias- Sonrió la puta con un campanilleo infantil.Y era verdad. A veces, como un milagro, aparece una mujer así entre mil. Hay que tener paciencia y esperarla, como un experto cazador espera en su puesto a su presa.Ya no se le escapaba.En la pasarela que había encima de la barra, una china  que se parecía vagamente a Isabel Preisly, con la cara aplastada y el pelo hasta el culo, se contoneaba, cubierta de tules blancos, entre la niebla artificial que parecía brotar de la cabeza de un camarero muy pálido que recordaba al de la película El Resplandor. La china estaba más bien gorda para ser una china, tal vez fuera mongola, y su striptis tenía inefables reminiscencias con un baile de la muerte.-          Estoy soltera y sin compromiso- Le decía una puta un poco barrigona a un individuo encorvado y con el pelo blanco, que todavía no se había quitado el abrigo. El paleto y la puta más hermosa se fueron de la mano a follar. Él para ella representaba cincuenta euros y media hora de trabajo. Ella para él representaba el olvido de sus miserias.Fuera, por la carretera nacional, los camiones subían la Cuesta de la Reina, derrapando ligeramente en el asfalto helado. La puta renacentista, con sus manos de diosa mitológica, cogió en recepción su tike y la llave de la habitación número quince.El paleto sonreía con sus ojillos plebeyos. 

 

 

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