despertar

 

 

 

 

DESPERTAR 

Abrió los ojos. Las gotas de lluvia trazaban rastros sinuosos en el cristal de la ventana. Era un día para quedarse en casa leyendo un libro junto a la chimenea. ¿Para eso servían los libros? Las hojas muertas se amontonaban en los umbrales y los coches circulaban con las luces encendidas.Sintió de repente aquella opresión en el cuello. Un momento…Era real, no se trataba de una pesadilla. Estaba conectado a aquella máquina psicodélica compuesta por un laberinto de válvulas y sucios tubos  por donde circulaba su sangre.Su cuerpo estaba arruinado, sus riñones no drenaban, su páncreas no funcionaba, su hígado estaba hecho polvo, medio podrido, le quedaban sólo cuatro dientes, dos en medio de arriba y dos en medio de abajo, cuando abría la boca parecía un conejo, y para colmo se le había desprendido la retina del ojo sano. Claro, tantos años de mala vida, de putas, juergas y borracheras, le pasaban factura ahora. Su madre se lo repetía una y otra vez. “Cuídate, Mariano, hijo, que sólo tenemos un cuerpo y una vida”. Pero a él le irritaba infinitamente aquel tono compasivo de su madre, y tal vez por eso nunca hizo caso de la diabetes, ni de la úlcera, ni de sus problemas para orinar, ni de nada ni de nadie. Así que se lo merecía.Los médicos lo habían convertido en una especie de androide de ciencia ficción, mitad hombre y mitad máquina. Su vida dependía de aquel loco entramado de cables y tuberías huecas y herrumbrosas. Si se iba la luz, pensó de repente con sudores fríos, estaba perdido, su sangre dejaría de circular y se coagularía, se oxidaría ante sus ojos en el cauce cenagoso de aquellos tubos concatenados. Sintió un escalofrío. Aunque, pensándolo bien, era mejor morirse, pegarse un tiro, a vivir una existencia miserable dependiendo el resto de sus días de aquellos hierros extravagantes y ruidosos.Se puso a recordar su vida: Mariano Díaz, legionario, emigrante en Alemania, putero, boxeador, camionero, una vez hasta salió en la tele encuestado sobre el bigote más sexy de España. Famoso en todos los clubes de carretera desde Algeciras hasta Santiago de Compostela. Separado (o divorciado, no podía precisarlo ahora), tres hijas que, hacía ya mucho tiempo, le había arrebatado la víbora de su exmujer con toda la crueldad y cobardía de que puede ser capaz un ser humano.Desde que perdió a su mujer y a sus hijas se mantenía de putas. Volvió a tener alguna que otra relación, es cierto, hasta comprobar que todas las mujeres son iguales, interesadas, calculadoras y vengativas. Las putas eran las mejores, las más baratas, mentían menos y te daban más por menos dinero. Merche, Carolina, Rosana, Laura…y cinco mil putas más. Se lo había pasado bien, eso había que reconocerlo, y ahora, a sus cuarenta y dos años, le tocaba pagar las letras vencidas. No había vuelta atrás, estaba condenado sin  posibilidad de redención. Se había quedado solo y recluido, conectado a una máquina monstruosa. Solo en el infierno. ¿Dónde se había metido toda la gente que conocía y que le daba palmaditas de admiración y solidaridad en la espalda? Al principio venían sus hermanos y algún amigo a visitarlo, pero la gente, por instinto de conservación, acaba cansándose del sufrimiento ajeno. Y su madre estaba demasiado vieja y enferma para cuidarlo. También ella necesitaba cuidados, por eso estaba ingresada en un asilo de la beneficencia.Entró una auxiliar con el desayuno. Una insípida galleta maría hecha papilla, ¡qué asco! Si tuviera aquí la pistola me pegaría un tiro ahora mismo. Al fin y al cabo, todos hemos de morir algún día de una forma u otra, ¡qué importa cómo muera o viva uno!No estaba mal aquella auxiliar. Tenía unos ojos que iluminaban la mugrienta habitación.Al enfermo de la cama de al lado se lo habían llevado el día anterior muy temprano para operarlo, desde entonces no había vuelto, seguramente se murió en el quirófano, mejor, el cabrón no paraba de roncar por las noches. ¿Dónde estarían ahora sus hijas? Qué vida más miserable, esto ya no es vida ni es nada. ¿Cuánto tiempo hacía que no reía? De forma imperceptible, a medida que su salud degeneraba fue perdiendo también el sentido del humor. Y él que quería ser payaso. Menuda payasada es la vida.   Sintió terror. No había sido una pesadilla. Aquello era real, la única realidad del mundo, una realidad testaruda e irrevocable, estaba condenado a aquella máquina demente, en adelante sería su única compañía. ¡A tomar por culo todo, joder, a tomar por culo el miedo, la tristeza, el arrepentimiento…!Decidió desconectarse cuando llegara la noche. 

 

 

 

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