vida fantasma
VIDA FANTASMA
Se asomó por la ventana pegando la frente al cristal. El interior de la casa estaba oscuro. Volvió sobre sus pasos y se plantó de nuevo ante la puerta principal. Venciendo una endógena timidez que le hizo ruborizarse, llamó otra vez al timbre. Sonó con estridencia. Era la cuarta vez que llamaba, después de la tercera se había prometido a sí mismo que ya no llamaría más. Pero llamó. Y en el fondo sabía que volvería a llamar una quinta vez. Era de noche y hacía frío. Un ligero viento del norte arrastraba las hojas muertas. Fidel Villanueva. Cuarenta y nueve años. Profesor de literatura en el colegio La Salle. Soltero y sin compromiso. Vivía solo desde que su madre murió. En su juventud había tenido una novia, Rosa, una chica guapa y morena de ojos grandes, boca carnosa y pelo largo y brillante. Pero de repente lo dejó por un farmacéutico, cuando ya habían acordado incluso la fecha de la boda. Aquel acontecimiento cambió radicalmente su vida. Se volvió taciturno y melancólico, perdió de golpe la autoestima, empezó a apestar a soledad.Desde entonces, dos o tres enamoramientos más bien platónicos y nada más. Demasiado tímido para irse de putas, su única distracción era el fútbol. Sus únicos amigos la familia que vivía en aquella casa. Eran los padres de un alumno suyo, se habían conocido el año anterior en la fiesta de fin de curso, enseguida se dio cuenta de que se trataba de personas abiertas y agradables. Ella, pequeña y vivaz, llevaba la voz cantante, él era un trozo de pan risueño y grandullón. También les gustaba el fútbol, y eran, como él, del Real Madrid. Un sábado lo invitaron a ver el partido por la tele y se sintió tan a gusto en aquella casa, con aquella familia, con su cerveza y su cigarrillo exclamando ¡uyyy! cuando el balón pasaba rozando el poste, que casi lloró de emoción. Así que siguió yendo a visitarlos todos los sábados que televisaban un partido. El de hoy era muy importante, la selección española se jugaba la clasificación para el campeonato de Europa contra la selección de Dinamarca. Ya estaría a punto de empezar. Pero no le abrían. Qué raro. No podía entenderlo. Le habían dicho que se quedarían en casa viendo el partido, pero en el interior las luces estaban apagadas como si no hubiese nadie.Bordeó la verja y atisbó por la puerta de la cocina. Le pareció ver una sombra escabulléndose al fondo del pasillo. Volvió de nuevo a la puerta principal. Sabía que era absurdo seguir insistiendo. O no estaban o no le querían abrir. Sin embargo no pudo evitar llamar otra vez. El timbre era un rugido metálico e impertinente que reverberaba de forma inhumana, como la voz de mando de un sargento.Se sintió ridículo allí plantado ante una puerta cerrada. Intuía que no le querían abrir. Se sintió como un niño huérfano y desamparado. Le daba vergüenza de que lo vieran mendigando calor humano a las puertas de aquella casa fantasma. Sintió que su propia vida era una vida fantasma.Dándose finalmente por vencido, se marchó lentamente, encorvado, decepcionado y triste, la piel de la cara le tiraba en una mueca de payaso llorón. Tuvo la sensación de que arrastraba una estela de soledad, como un perro que arrastra una larga cola. En el cielo temblaban las estrellas, multitud de luces, separadas por abismos de oscuridad.
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