tarde de domingo

 

 

 

 

 

TARDE DE DOMINGO 

-¡Hasta luego campeón!- Lo despidió el camarero en tono jocoso, con un cierto matiz de burla. El camarero tenía una cara abotargada muy roja y unas gafas de aumento con los cristales muy sucios, parecía imposible que pudiera ver algo a través de ellos.Subió la calle Tutor y se detuvo en la esquina de Princesa. ¿A dónde ahora? Lo conocían en todos los bares del barrio. En el Tera, en el Bombardino, en el Quinto Toro, en Casa Manolo, en el Novechento…Manolo Díaz López, treinta y siete años, divorciado (su mujer lo dejó por el gurú de una secta), sin hijos, técnico informático, amante de los finos fríos, los pescaítos y el baloncesto, seguidor del Real Madrid.En otro tiempo, cuando estaba con Mamen antes de que lo abandonara por el gurú, tenía muchos amigos: Manolo Rojas, Paco el dentista, Falagán la gorda, Feli la taquillera, Zoila y el subnormal de su hermano, Carlos el actor homosexual, Ana la del sombrero y Pepo el canario…Tomaban el aperitivo en Los Palcos y discutían de trabajo, política y baloncesto.-          Los del Estudiantes no sabéis mas que insultar- Le recriminaba al hermano de Zoila, que se hacía pasar por miembro de la Demencia sólo por llevar la contraria- ¡Pedro, otra ronda aquí, y nos pones unos pescaítos de esos!-Pero aquellos tiempos pasaron, como pasa todo en la vida. Zoila se casó con un italiano calavera y su hermano regresó al pueblo, Ana y Pepo se mudaron al Escorial, a Falagán se le murió una hija, Paco contrajo esclerosis múltiple, Manolo se fue a Rusia, y Mamen lo abandonó por el gurú.Un buen día volvió del trabajo al domicilio conyugal en Martín de los Heros 84, segundo B, frente a la iglesia de Cristo Rey, desde cuya azotea se había suicidado hacía poco tiempo un cura con sotana, y ella ya no estaba allí. Sintió de repente que el techo y las paredes lo aplastaban, y que el frío del invierno, aunque era verano, se colaba por las junturas de las ventanas. Se quedó inmóvil en medio del salón, sin nada que hacer, oyendo el tictac del reloj y oliendo el cocido que la vieja Matilde preparaba en el piso de arriba.A partir de ese día nada fue ya igual. Costaba hacer nuevos amigos en los bares.  Al final, iba solo a tomar el aperitivo, y como ya no hablaba con nadie (con lo que a él le había gustado siempre hablar), empezó a beber más de la cuenta. Le dolía la cabeza, sentía como si un enjambre de abejas zumbara en su cerebro. El sol se ponía tras el  Parque del Oeste. Cruzó la calle y bajó hacia Plaza España. Solo. Entró en el Vips y se puso a ojear los libros de oferta. Eran títulos pasados de moda: El Ocho, el Médico, el Chamán, los Pilares de la Tierra…Vio a la Duquesa de Alba comprando una revista de decoración.Pensó en ir al cine, pero le daba vergüenza ponerse solo en la cola, entre parejas de enamorados y pandillas de adolescentes. Ir al cine solo es el colmo de la soledad.Salió a la Plaza de los Cubos. Se detuvo frente al Mac Donall sin saber a donde ir. Odiaba las tardes de domingo. Se sentía como un zombi con la caja torácica hueca. Decidió tomar la penúltima en el Mendizábal, donde antaño iba con Mamen a ver por la tele el partido de baloncesto.Bajó la calle Ventura Rodríguez hasta la esquina del Museo Cerralbo. De repente se fijó en sus zapatos, un paso, otro paso, otro paso…Los zapatos habían sido inventados con el propósito de caminar hacia alguna meta, a él, sin embargo, los suyos le recordaban a los de un muerto, nuevos, impolutos y absurdos. Se olió la ropa. Olía a soledad rancia. Al pasar frente a un concesionario de coches se vio reflejado en el escaparate. Andaba encorvado, como si no pudiera con su propio peso.  En un acto reflejo miró su reloj, las siete y veintiocho, ya casi y media. 

 

 

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