la puta

 

 

LA PUTA 

El paleto cogió su bebida garrafota y se fue a dar una vuelta por el local. Era de baja estatura, un poco patizambo, tenía un rostro abotargado, rojo y lleno de surcos, como un trozo de tierra de labranza, la mirada pícara y embrutecida, las manos negras, secas, insensibles. Olía a cuadra.Se acercó a la puta más hermosa del club, que estaba apoyada en el marco de la puerta de los servicios, junto a un cartel que anunciaba el espectáculo de tres enanos sodomizando a tres hermosas mujeres. La puta era una escultura renacentista que había cobrado vida. Carnal, prieta, voluptuosa, de movimientos sensuales, muy joven, una cara dulce y receptiva que delataba un alma suave, el pelo largo, brillante, la cintura estrecha, y todo lo demás carne superlativa. El paleto quiso tocarla para comprobar que era real. Puso su negra mano en la carne blanca de la bella muchacha. -          Eres la chica más guapa de aquí--          Gracias- Sonrió la puta con un campanilleo infantil.Y era verdad. A veces, como un milagro, aparece una mujer así entre mil. Hay que tener paciencia y esperarla, como un experto cazador espera en su puesto a su presa.Ya no se le escapaba.En la pasarela que había encima de la barra, una china  que se parecía vagamente a Isabel Preisly, con la cara aplastada y el pelo hasta el culo, se contoneaba, cubierta de tules blancos, entre la niebla artificial que parecía brotar de la cabeza de un camarero muy pálido que recordaba al de la película El Resplandor. La china estaba más bien gorda para ser una china, tal vez fuera mongola, y su striptis tenía inefables reminiscencias con un baile de la muerte.-          Estoy soltera y sin compromiso- Le decía una puta un poco barrigona a un individuo encorvado y con el pelo blanco, que todavía no se había quitado el abrigo. El paleto y la puta más hermosa se fueron de la mano a follar. Él para ella representaba cincuenta euros y media hora de trabajo. Ella para él representaba el olvido de sus miserias.Fuera, por la carretera nacional, los camiones subían la Cuesta de la Reina, derrapando ligeramente en el asfalto helado. La puta renacentista, con sus manos de diosa mitológica, cogió en recepción su tike y la llave de la habitación número quince.El paleto sonreía con sus ojillos plebeyos. 

 

 

la hora

 

 

LA HORA 

Siempre supe que acabaría aquí sentado, al borde del acantilado,oyendo rugir bajo mis pies el mar oscuro,y a mi espalda lejanas luces que parpadean, se encienden, se apagan,ateridas por el viento helado.Siempre supe que acabaría aquí sentado,balanceando el cuerpo, sin nadie a mi lado,las manos vacías, los hombros cargados,lejos ya de todo, vencido, olvidado,solo, arrepentido, desengañado,esperando en silencio esa hora sagradapoco antes del último amanecer. 

 

vida

 

  

Has madurado como la fruta que supera su verdor y su acidezpara alcanzar el más dulce sabor y la textura más suave.Si ayer de niña eras bella, hoy de mujer eres absolutamente hermosa.Tus ojos brillan con doliente y excitante sensualidad,y la pulpa de tu carne rezuma como la tierra roja, húmeda y fértil.En adelante tendré que aprender a estar a la altura de tu caudalosa sexualidad,a navegar por tus densos y ardientes fluidos.Recurriré a toda la lujuria de que es capaz mi imaginación de viejo pornógrafo,a todo el amor de que es capaz mi corazón cansado.Has dejado de ser niña y te has hecho mujer de repente entre mis brazos,pero sigues y seguirás siendo vida. 

 

mansos de espíritu

 

 

MANSOS DE ESPÍRITUNo tiene cociente de genio, ni don para las artes,ni magia en las palabras, ni espíritu aventurero.Lo más extraordinario que hizo en su vidafue un domingo arreglar el desagüe de la lavadora.En las guerras es siempre el daño colateral.No pasará a la historia ni como héroe ni como villano.Tras una modesta existenciatendrá un modesto entierro, y apenas nada más.Pero, con dudas o sin dudas de fe, madruga todos los días para ir al trabajo,y jamás maltrató a una mujer ni escandalizó a un niño.Gracias a él, a los que son como él,el mundo sigue girando sin volverse loco del todo.

despertar

 

 

 

 

DESPERTAR 

Abrió los ojos. Las gotas de lluvia trazaban rastros sinuosos en el cristal de la ventana. Era un día para quedarse en casa leyendo un libro junto a la chimenea. ¿Para eso servían los libros? Las hojas muertas se amontonaban en los umbrales y los coches circulaban con las luces encendidas.Sintió de repente aquella opresión en el cuello. Un momento…Era real, no se trataba de una pesadilla. Estaba conectado a aquella máquina psicodélica compuesta por un laberinto de válvulas y sucios tubos  por donde circulaba su sangre.Su cuerpo estaba arruinado, sus riñones no drenaban, su páncreas no funcionaba, su hígado estaba hecho polvo, medio podrido, le quedaban sólo cuatro dientes, dos en medio de arriba y dos en medio de abajo, cuando abría la boca parecía un conejo, y para colmo se le había desprendido la retina del ojo sano. Claro, tantos años de mala vida, de putas, juergas y borracheras, le pasaban factura ahora. Su madre se lo repetía una y otra vez. “Cuídate, Mariano, hijo, que sólo tenemos un cuerpo y una vida”. Pero a él le irritaba infinitamente aquel tono compasivo de su madre, y tal vez por eso nunca hizo caso de la diabetes, ni de la úlcera, ni de sus problemas para orinar, ni de nada ni de nadie. Así que se lo merecía.Los médicos lo habían convertido en una especie de androide de ciencia ficción, mitad hombre y mitad máquina. Su vida dependía de aquel loco entramado de cables y tuberías huecas y herrumbrosas. Si se iba la luz, pensó de repente con sudores fríos, estaba perdido, su sangre dejaría de circular y se coagularía, se oxidaría ante sus ojos en el cauce cenagoso de aquellos tubos concatenados. Sintió un escalofrío. Aunque, pensándolo bien, era mejor morirse, pegarse un tiro, a vivir una existencia miserable dependiendo el resto de sus días de aquellos hierros extravagantes y ruidosos.Se puso a recordar su vida: Mariano Díaz, legionario, emigrante en Alemania, putero, boxeador, camionero, una vez hasta salió en la tele encuestado sobre el bigote más sexy de España. Famoso en todos los clubes de carretera desde Algeciras hasta Santiago de Compostela. Separado (o divorciado, no podía precisarlo ahora), tres hijas que, hacía ya mucho tiempo, le había arrebatado la víbora de su exmujer con toda la crueldad y cobardía de que puede ser capaz un ser humano.Desde que perdió a su mujer y a sus hijas se mantenía de putas. Volvió a tener alguna que otra relación, es cierto, hasta comprobar que todas las mujeres son iguales, interesadas, calculadoras y vengativas. Las putas eran las mejores, las más baratas, mentían menos y te daban más por menos dinero. Merche, Carolina, Rosana, Laura…y cinco mil putas más. Se lo había pasado bien, eso había que reconocerlo, y ahora, a sus cuarenta y dos años, le tocaba pagar las letras vencidas. No había vuelta atrás, estaba condenado sin  posibilidad de redención. Se había quedado solo y recluido, conectado a una máquina monstruosa. Solo en el infierno. ¿Dónde se había metido toda la gente que conocía y que le daba palmaditas de admiración y solidaridad en la espalda? Al principio venían sus hermanos y algún amigo a visitarlo, pero la gente, por instinto de conservación, acaba cansándose del sufrimiento ajeno. Y su madre estaba demasiado vieja y enferma para cuidarlo. También ella necesitaba cuidados, por eso estaba ingresada en un asilo de la beneficencia.Entró una auxiliar con el desayuno. Una insípida galleta maría hecha papilla, ¡qué asco! Si tuviera aquí la pistola me pegaría un tiro ahora mismo. Al fin y al cabo, todos hemos de morir algún día de una forma u otra, ¡qué importa cómo muera o viva uno!No estaba mal aquella auxiliar. Tenía unos ojos que iluminaban la mugrienta habitación.Al enfermo de la cama de al lado se lo habían llevado el día anterior muy temprano para operarlo, desde entonces no había vuelto, seguramente se murió en el quirófano, mejor, el cabrón no paraba de roncar por las noches. ¿Dónde estarían ahora sus hijas? Qué vida más miserable, esto ya no es vida ni es nada. ¿Cuánto tiempo hacía que no reía? De forma imperceptible, a medida que su salud degeneraba fue perdiendo también el sentido del humor. Y él que quería ser payaso. Menuda payasada es la vida.   Sintió terror. No había sido una pesadilla. Aquello era real, la única realidad del mundo, una realidad testaruda e irrevocable, estaba condenado a aquella máquina demente, en adelante sería su única compañía. ¡A tomar por culo todo, joder, a tomar por culo el miedo, la tristeza, el arrepentimiento…!Decidió desconectarse cuando llegara la noche. 

 

 

 

la adopción


la buena muerte

 

LA BUENA MUERTE

 

 

 

 

 

 

Siempre que intenté lo imposible fracasé.

 

 

 

DESTRUCCIÒN

 

-¡Abre la puta puerta, me cago en dios y en la virgen puta!-

Detrás de la puerta se oía llorar a una mujer joven y a una niña pequeña.El hombre llevaba la camisa abierta y llena de lamparones, unas bermudas a rayas y unas zapatillas con las punteras rotas por donde asomaban los dedos gordos con las uñas negras. Tenía una prominente barriga, contrastando con unas piernas muy delgadas. Dio una patada a la puerta y la mujer y la niña lloraron con más fuerza. La puerta no se abría. Entonces el hombre, en el paroxismo de la violencia, miró a su alrededor. Se encontraba fuera de sí, sentía un amargor de hierro en la boca, le escocían los ojos, como si hubiera estado llorando, aunque los tenía secos de lágrimas. La voz le salía de la médula quebrada y honda, contaminada de desesperación. Le dolía la cabeza y el estómago. Quería hacer daño a su mujer, mancharla de dolor y amargura. Entonces, de repente, descubrió aquel cuadro sobre la máquina de coser. Lo había pintado ella. Representaba las ruinas del castillo de la Adrada.El hombre, con doloroso fatalismo, arrancó el cuadro de la pared y cogió un destornillador que estaba encima de una mesa.-¡Abre, te cuento hasta tres, me cago en la puta virgen!-Sabía que no abriría. Sabía que todo acabaría mal, peor, como siempre. Gritos, lágrimas, odio, sentimientos rotos irremediablemente. Era el pan nuestro de cada día. No quedaba nada de aquel antiguo amor, fuerte, transigente y permisivo, que era capaz de encontrar un lado divertido en las circunstancias más adversas. ¿Qué había pasado desde entonces? ¿Por qué todo tiene que morir? ¿Por qué hervía dentro de él tanta mierda, tanto odio, tanto miedo, tanta desesperación?Como si una fuerza maligna guiara su mano, con rabia demente clavó una y otra vez el destornillador en el lienzo. Todo estaba perdido. Quería desahogarse de tantos años de desgracias, de pobreza, de fracaso y de mala suerte. Quería vomitar su odio, su frustración, su sino trágico y ridículo al mismo tiempo. Le rechinaban los dientes, y los ojos estaban a punto de salirse de las órbitas.Arrojó el malherido lienzo al suelo, y respirando agitadamente se tumbó en el sofá y se puso a ver la tele. Retransmitían un partido de fútbol. Jugaba la selección española, iba perdiendo.Al cabo de un tiempo la calma pareció imponerse. Y con la calma llegaron los remordimientos. Pequeñas avispas zumbonas que le aguijoneaban rabiosamente, llenándole el corazón de salpullidos.Quería lo imposible, que todo volviera a ser como antes, que el jarrón roto en mil pedazos se recompusiera, que la sangre derramada en las heridas volviera a las venas, que su mujer y su hija rieran alegres, confiadas, virginales, que el cuadro siguiera intacto en la pared. Quería encontrar el camino de regreso a aquellos primeros años felices. Pero, al volver la vista atrás, descubría que todo se había cubierto inexplicablemente de abrojos y cenizas.Fue a la terraza y volvió con un rollo de precinto transparente para intentar remendar el cuadro. Probó incluso con cinta americana. Pero resultaba imposible volver a tensar la superficie del lienzo, era como un himen irreparablemente roto.Se sintió hundido, estúpido, rabioso contra sí mismo, torpe y arrepentido, había destruido aquella obra de arte, había destruido a una mujer bella y buena, y día tras día estaba destruyendo a una niña preciosa que iba creciendo rodeada de violencia y amargura. ¿Por qué esa adicción incurable a destruir?-          Ve a un médico- Le había aconsejado en cierta ocasión, y no sin cierto temor, un compañero de trabajo.Pero tenía la certeza de que su problema no era cosa de médicos, sino de un destino negro, maligno y cruel. Le pasaba desde niño, siempre la elección equivocada, el boleto sin premio, la teja que le cae encima al pasar, golpes y golpes de mala suerte como frenéticos directos al rostro que le iban minando hasta hacerle sangrar.Sabía que acabaría solo y fracasado, y nada en el mundo, ni en todo el orden inescrutable del Universo, podía cambiar esa firme sentencia.Pensó en ella, su mujer, su compañera, tan joven, tan guapa, con aquellas grandes nalgas de carne suave y receptiva, con aquella excitante carita de niña, con aquellos pechos firmes y blancos, con aquellos ojos grandes y  enamorados.Pensó en su niña, con su carita respingona, con su abrigo azul, su boina roja y su sempiterna sonrisa.Todo perdido en el naufragio de la vida. Todo a la mierda.El lateral izquierdo se adentraba por su banda, cuando se abrió la puerta y la mujer y la niña entraron en silencio al salón.Pero al descubrir el cuadro tumbado sobre el sofá, como un herido de guerra con aquel ridículo esparadrapo sobre las derruidas almenas, la mujer soltó un grito de espanto, y de nuevo comenzaron los sollozos, los gritos, los insultos, los odios y el sentimiento trágico de la vida.El hombre se sintió caer por un profundo y oscuro precipicio. Cogió de nuevo el destornillador, y gritando como un poseído, volvió a apuñalar al pobre lienzo, incluso lo desgarró a dentelladas. Tenía la sensación de que estaba ardiendo en el infierno.La mujer y la niña sollozaban abrazadas. El hombre, con ojos malignos, miró de soslayo a la tele donde también el locutor estaba gritando: el delantero centro se había plantado solo ante el portero rival…Falló. ¡A tomar por culo todo! 

 

 

 

 

 

¡Cuántas veces intenté pegar los vidrios rotos,suturar el lienzo rasgado, deshacer lo hecho, raspar el borrón, arrancar el puñal clavado en la herida.Borrar las palabras que hicieron daño,secar las lágrimas de las mejillas.Escalar el precipicio por donde que caí,devolver a las venas la sangre vertida,recomponer el jarrón roto en mil pedazos, rescatar el papel de sus cenizas!Pero siempre que intenté lo imposible fracasé.Nunca pude ganar las causas perdidas. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA DISTANCIA MÁS LARGA ENTRE DOS PUNTOS 

Cada vez hay más pasado entre nosotros.Como un trastero lleno de recuerdos cubiertos de polvo,como una distancia cada día más larga entre un punto y otro.Cuando nos miramos no presentimos que se acerca la vida,en el corazón ya no nos caben más heridasy cerramos los ojos por miedo a ver el futuro.Nunca resultan las cosas como uno había soñado.Y este amor de cristal delicado no aguanta ya más caídas.Ahora todo me sale mal cuando estoy contigo,se me caen las cosas de las manosy de mi boca se escapan sin quererlas palabras que más te hieren.Dime tú primero adiós porque yo no puedo despegarme solodel triste resplandor de tu mirada.Puse, para siempre, mi vida en tus manos,sin contar con que el tiempo es un depredador despiadadoque todo lo mata.Y es que no es fácil subsistir tantos añosde un montón de perdonesy de una vana esperanza. 

 

 

 

 

 

 

VINAGRE EN LAS HERIDASGritos sin voz, frutos podridos, uñas de muerto,palabras en la arena.Cuencas sin ojos, manos sin dedos, placeres abortados, pasos sin huellas.Casas sin techo, chistes sin gracia, perros con rabia,caminos sin meta.Guerras perdidas, nidos de ratas, actos fallidos,trabajos sin recompensa.Pozos sin fondo, sangre sin venas, heridas gangrenadas,almas descompuestas.Jirones de mortaja, cadáveres, saumerios, osarios, ataúdes bajo tierra.Y un enjambre de mentiras venenosasbajo un cielo de estrellas muertas. 

 

 

 

 

 

EL PERRO 

Eugenio, hijo de Dionisio, nació en Villanueva de Alcardete, en ese largo, oscuro y triste periodo de posguerra. Ya desde niño apuntaba maneras estrafalarias, hasta que al llegar a la adolescencia, sus paisanos le otorgaron, por méritos propios, el título de tonto del pueblo.Dicen que estando un tiempo débil de fuerzas, cogió un báculo que ya llevó siempre, y también un zurrón, donde guardaba las cosas inútiles que encontraba en la basura.Cuando murieron sus padres se halló en la más absoluta miseria, perdió la casa por las deudas familiares, y se fue a vivir a una tinaja abandonada en las afueras del pueblo.En verano, en medio del calor canicular, andaba siempre con una gruesa pelliza de piel, y en el crudo invierno iban en mangas de camisa… 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Te escapas a la vida sin armas y sin escudo,creyendo que lo sabes todo y no sabes nada de nada.Mira que no es un juego másesta nueva aventura temeraria,que allí los cuentos acaban maly son de verdad las puñaladas,y a veces te hieren, y a veces te tumban,y a veces te enseñan, y a veces te matan.Ellos son tantos y tan cruelesy tú tan pequeña y confiada.Ojalá no acabes en la morgue, en las fauces de una hiena,o al borde del camino abandonada.Allí nadie vendrá a taparte por las noches,ni velará tus sueños de niña junto a tu cama.Nadie de los que ahora secundan tus risasse apiadará después de tus lágrimas,ni los supuestos amigos, ni los falsos filántropos,ni los depredadores que acecharán para arrancarte tus entrañas.Y yo qué puedo hacer por ti, profunda herida mía,si sólo piensas en volarcuando aún no ten han crecido las alas. 

 

 

 

 

 

 

Era un hombre extraordinariamente fuerte, a pesar de aquel cuerpo de frágil apariencia que apenas podía arrastrar la cruz, de aquellos pasos vacilantes y aquel rostro crispado de dolor.Las pedradas de odio que la chusma arrojaba sobre él, era como si golpearan el agua serena de un lago. Le hacían sangrar, es cierto, pero no podían quebrarlo.Por dentro estaba lleno de amor. Y esa fuerza sobrehumana amedrentaba a los iracundos soldados, a la canalla vociferante, a los santurrones hipócritas y vengativos.Han pasado más de dos mil años y todavía se sigue hablando de aquel hombre excepcional, un poco ridículo quizás, pero en cualquier caso admirable. Podría haberse vengado, podría haber descargado rayos justicieros sobre aquella turba inmunda y despreciable. Y tal vez tuvo la tentación de hacerlo. Pero en el fondo era demasiado fuerte, demasiado sabio, demasiado humano. Así que siguió con su cruz en silencio.Ni la maldad, ni la ignorancia, ni las dudas, ni los errores, ni los miedos pudieron jamás destruir su fe. No era un dios, pues todos sabemos que los dioses no existen. Era mucho más que eso. Era una persona fiel a sí misma. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA NIÑA GRANDE 

Oscurecía tras la ventana. Entre la bruma del invierno centelleaban las luces de las farolas y el parpadeo de los coches y de los semáforos. La carretera de Toledo era una herida de luz, una herida larga y lenta que nunca se cerraba, como la de su corazón de madre.Se incorporó con esfuerzo, y con pasos vacilantes se dirigió a la máquina de café. Después de casi un año tenía ese sabor amargo metido hasta en los huesos. Y también el olor del hospital, de las heces mezcladas con el antiséptico, de la enfermedad, de la agonía, de la muerte que rondaba ociosamente por los pasillos eligiendo de forma caprichosa un número de habitación. Aún no había entrado en la 202, pero tarde o temprano entraría para apagar definitivamente esa tenue pavesa de vida que temblaba postrada en la cama ortopédica.Le vino a la memoria el día en que nació su niña. - Es una niña muy guapa- Le dijo la comadrona poniéndosela en los brazos. Tuvo una sensación cálida e intima, de abrazar seda virgen. Sonrosada, con los ojos abiertos, como un capullo de rosa abriéndose a las bellezas de la vida. Pero la vida no es bella, sino una aventura decepcionante que acaba siempre en tristeza o en tragedia.A los quince años se escapó de casa, a los veinte se casó en Puertollano, tan guapa vestida de novia, con aquella carita morena de rasgos aniñados, con aquella sonrisa de inocencia tan característica de ella.“Es una niña muy guapa” ¿Por qué no se quedó para siempre entre sus brazos? ¿Por qué tuvo que arrebatársela aquel depredador cobarde, al que todo el mundo consideraba bueno y amable, pero que en la intimidad familiar resultó ser un monstruo cruel y demente.-¡Muere hijaputa!- Le gritó acercándose a ella después de haberla rociado con gasolina y prendido fuego ante la mirada pasiva de los transeúntes. Su Vanesa cayó al suelo como un feto en llamas. Los médicos no le dieron más de cuarenta y ocho horas de vida. Pero vivió, con el cuerpo quemado, desfigurado el rostro, con su belleza destruida, con terribles dolores contra los que nada podían hacer ya los calmantes. Y así un día tras otro, la habitación en penumbra, máquinas y cables por todos lados, el gorgoteo del suero, el rostro vendado, y aquella sonrisa de niña grande que de vez en cuando florecía como un sol tras largos días de lluvia.¿Por qué le tuvo que pasar a su niña? Evocó una escena que vio en la televisión hacía ya muchos años. La madre de un alpinista muerto lloraba desconsolada. “Parecía un trozo de hielo con barba” Balbucía abotargada por el dolor. La compadeció desde el lado seguro de la vida, como si a ella no pudieran pasarle cosas tan horribles. Pero la tragedia es un golpe inesperado y severo que nos ronda a todos. A veces se despertaba de su angustioso duermevela con la certeza de que se había tratado de una pesadilla brutal. ¿Por qué a su niña? Era tan inocente, era una niña grande, crédula, confiada, que ignoraba las maldades del mundo.En el cuarto de control, una enfermera negra reía estridentemente contando a sus compañeras sus planees para la nochevieja. Ella hacía tiempo que se había olvidado de reír. ¿Cómo había que poner la boca para reír?Apuró su café y tiró el vaso de plástico a la bolsa de basura. Se quedó mirando un instante aquella bolsa negra, después volvió sobre sus pasos y se sentó de nuevo en su silla. Suspiró cansada, desesperanzada, vencida. Sentía que su corazón latía muy lentamente, como si ya no quisiera latir más, como si latiera por inercia, otro día sin alegría, otra noche de angustia, de espera sin esperanza.Cogió al azar una revista de la misita de cristal y se puso a ojearla. Le picaban los ojos, no entendía lo que leía. Un hombre contrahecho en una silla de ruedas hablaba de la historia del tiempo y del espacio. “¿Pero por qué debería esto suponer la existencia de más quarks que antiquarks?”Ya era noche cerrada. Por el pasillo transitaba menos gente y más silenciosa. El dolor era una honda profunda e invisible que hacía vibrar las paredes blancas con sacudidas de pena. ¿Cómo una vida tan breve puede contener un dolor tan grande? Se quedó inmóvil, le dolía cualquier movimiento. Sentía que su cuerpo estaba suelto, descoyuntado, sin nexos, la carne amontonada descuidadamente como ropa sucia apilada en un cesto. Se quedó mirando uno de sus brazos, esperando que de un momento a otro se le cayera al suelo. “Los perros son más felices que nosotros” Pensó sin poder componer ninguna mueca en su rostro agotado.Ahora, en el cuarto de control, se oía el sonido de un fax. “¿Cuánto tiempo hace que no me das un beso ni un abrazo?” Le había reprochado Vanesa una vez tras una estúpida discusión. -          Mi niña, mi niña grande…- Lloró sin derramar lágrimas. 

 

 

 

 

 

 

 

 

TARDE DE DOMINGO 

-¡Hasta luego campeón!- Lo despidió el camarero en tono jocoso, con un cierto matiz de burla. El camarero tenía una cara abotargada muy roja y unas gafas de aumento con los cristales muy sucios, parecía imposible que pudiera ver algo a través de ellos.Subió la calle Tutor y se detuvo en la esquina de Princesa. ¿A dónde ahora? Lo conocían en todos los bares del barrio. En el Tera, en el Bombardino, en el Quinto Toro, en Casa Manolo, en el Novechento…Manolo Díaz López, treinta y siete años, divorciado (su mujer lo dejó por el gurú de una secta), sin hijos, técnico informático, amante de los finos fríos, los pescaítos y el baloncesto, seguidor del Real Madrid.En otro tiempo, cuando estaba con Mamen antes de que lo abandonara por el gurú, tenía muchos amigos: Manolo Rojas, Paco el dentista, Falagán la gorda, Feli la taquillera, Zoila y el subnormal de su hermano, Carlos el actor homosexual, Ana la del sombrero y Pepo el canario…Tomaban el aperitivo en Los Palcos y discutían de trabajo, política y baloncesto.-          Los del Estudiantes no sabéis mas que insultar- Le recriminaba al hermano de Zoila, que se hacía pasar por miembro de la Demencia sólo por llevar la contraria- ¡Pedro, otra ronda aquí, y nos pones unos pescaítos de esos!-Pero aquellos tiempos pasaron, como pasa todo en la vida. Zoila se casó con un italiano calavera y su hermano regresó al pueblo, Ana y Pepo se mudaron al Escorial, a Falagán se le murió una hija, Paco contrajo esclerosis múltiple, Manolo se fue a Rusia, y Mamen lo abandonó por el gurú.Un buen día volvió del trabajo al domicilio conyugal en Martín de los Heros 84, segundo B, frente a la iglesia de Cristo Rey, desde cuya azotea se había suicidado hacía poco tiempo un cura con sotana, y ella ya no estaba allí. Sintió de repente que el techo y las paredes lo aplastaban, y que el frío del invierno, aunque era verano, se colaba por las junturas de las ventanas. Se quedó inmóvil en medio del salón, sin nada que hacer, oyendo el tictac del reloj y oliendo el cocido que la vieja Matilde preparaba en el piso de arriba.A partir de ese día nada fue ya igual. Costaba hacer nuevos amigos en los bares.  Al final, iba solo a tomar el aperitivo, y como ya no hablaba con nadie (con lo que a él le había gustado siempre hablar), empezó a beber más de la cuenta. Le dolía la cabeza, sentía como si un enjambre de abejas zumbara en su cerebro. El sol se ponía tras el  Parque del Oeste. Cruzó la calle y bajó hacia Plaza España. Solo. Entró en el Vips y se puso a ojear los libros de oferta. Eran títulos pasados de moda: El Ocho, el Médico, el Chamán, los Pilares de la Tierra…Vio a la Duquesa de Alba comprando una revista de decoración.Pensó en ir al cine, pero le daba vergüenza ponerse solo en la cola, entre parejas de enamorados y pandillas de adolescentes. Ir al cine solo es el colmo de la soledad.Salió a la Plaza de los Cubos. Se detuvo frente al Mac Donall sin saber a donde ir. Odiaba las tardes de domingo. Se sentía como un zombi con la caja torácica hueca. Decidió tomar la penúltima en el Mendizábal, donde antaño iba con Mamen a ver por la tele el partido de baloncesto.Bajó la calle Ventura Rodríguez hasta la esquina del Museo Cerralbo. De repente se fijó en sus zapatos, un paso, otro paso, otro paso…Los zapatos habían sido inventados con el propósito de caminar hacia alguna meta, a él, sin embargo, los suyos le recordaban a los de un muerto, nuevos, impolutos y absurdos. Se olió la ropa. Olía a soledad rancia. Al pasar frente a un concesionario de coches se vio reflejado en el escaparate. Andaba encorvado, como si no pudiera con su propio peso.  En un acto reflejo miró su reloj, las siete y veintiocho, ya casi y media, de otra tarde asquerosa de domingo. 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CAMPANA 

Al fondo de un callejón, cerca de la calle Alfileritos, en el sombrío corazón de Toledo, se oía reiteradamente el sonido de una pequeña campana.   

 

 

 

 

 

 

 

ESQUELA FUNERARIA 

Hace tiempo que morí asesinado.Soy un cadáver que deambula por las callescon el gesto fúnebre y el pecho hueco,haciendo sonar una campana de soledad.No tengo a nadie que me sepulte, que rece en mi tumbay me lleve flores el día de los muertos.Cuando me miro en el espejo,veo una calavera con las cuencas vacíasy un difunto amortajado que come, escribe, madrugay se equivoca constantemente.Ya no espero nada de nadie.Mi cama huele a saumerio, a carne descompuesta,a cirios consumidos, a penumbra de velatorio,y a amor necrófilo los domingos por la tarde. 

 

 

  

 

 

 

 

 

¡SÁCAME DE AQUÍ! 

Permanecía junto a la ventana, en su silla de ruedas, vencida sobre el costado derecho, con la boca abierta, la mirada perdida, y el brazo izquierdo muerto sobre un cojín amarillo lleno de lamparones. El pelo revuelto, las uñas largas y negras, los pies hinchados, amoratados, necropsiados, y el pañal meado y cagado.Eran las cuatro y cuarto de la tarde. El tiempo pasaba con cruel lentitud, trayendo vanas cosechas y sueños de aire. En el horizonte, tapando la robusta silueta de la muerte, ya se divisaba la hora de la merienda, el zumo aguado, la galleta maría hecha puré, el sintrón, la pastilla para animarla y la pastilla para relajarla.Los demás internos parecían también sombras de ultratumba, silenciosos, derrotados, como muebles viejos almacenados en un trastero.¿Era real aquella pesadilla? Su hijo la había traído para quince días y llevaba ya dos años y medio encerrada en aquel asilo. Cada día igual que el anterior, sin ninguna alegría, sin ninguna esperanza, sin ningún alivio. Se sentía profundamente defraudada. Toda una vida trabajando y desviviéndose por los hijos, para acabar abandonada en aquel estercolero de desechos humanos. De todas formas hacía ya tiempo que estaba muerta. Murió el día en que su Santitos se ahorcó en la corraliza. Lo trajeron en una furgoneta blanca, frío, duro, lívido, como si fuera de cera, el hijo de sus entrañas, aquel muchacho fuerte, alegre y vividor que se comía el mundo hasta que cayó en manos de una mala mujer.En el corazón tenía clavada una espina que le dolía cuando intentaba moverse, cuando comía, cuando respiraba, cuando pensaba… Tenía la sensación de que su piel estaba cubierta de barro seco. Barro entre los dedos, barro en la boca, barro en el pelo. Sentía que la vida era un montón de mierda sobre sus hombros. Ya ni siquiera lloraba, había perdido todo consuelo. No era de extrañar que muchos internos acabaran enloqueciendo, hablando solos, cantando, deambulando desnudos por los pasillos y haciendo sus necesidades en medio del salón, como Luciana la santera, o Merche la cordobesa, o Tomasita, o Grego y Cipriana, todos seniles y desahuciados.Cuando su hijo mayor viniera el domingo a visitarla, le rogaría, no, le exigiría que la sacara de aquel infierno, que la llevara de vuelta a su casa, a su cama en su alcoba, con sus cosas, con sus recuerdos, además tenía que limpiar la habitación de su Santitos y poner bolas de polilla en los armarios.Pensó en los presos del penal de Ocaña, los domingos cuando venía de Madrid en el coche de línea y los veía al atardecer, asomados entre los barrotes de las ventanas, rostros grises y apagados, como pájaros que se mustian y enferman por falta de libertad.Desde hacía tiempo, desde que murió su Santitos, sólo conocía el dolor y la tristeza. Enseguida enviudó, otra desgracia a cuestas, y para colmo de males, su nuera, esa tartufa de ojos hueros y maldad absoluta, no la dejaba ver a su nieto.Las cuatro y media. Ya se oía en la cocina el tintineo de los cubiertos. Pensó en los pobres, en los locos, en los presos, en los enfermos, en los viejos y demás seres solitarios. ¿Por qué se les llamaba bienaventurados? Quizás a la desgracia, como a la muerte, había que mirarla cara a cara, dejar de rehuirla vigilándola constantemente de reojo y con temor, y enfrentarse a ella serenamente, asumirla, hablarle de tú a tú, comprenderla incluso, ver el lado positivo a unos zapatos rotos, a un trozo de pan duro y a un techo agujereado de uralita. Ella  estaba allí, aquel asilo asqueroso era ahora su mundo y había que encontrarle el lado bueno…¿Pero qué lado bueno? ¿El olor a mierda, los muertos que las auxiliares sacaban a escondidas a media noche por la puerta de servicio, los días desangelados, los purés insípidos, las noches en vela, su compañera de habitación hablando con los muertos…? No, cuando su hijo viniera el domingo a visitarla (¿cuántos domingos hacía ya que no venía?) le rogaría, no, le exigiría que la sacara de allí!! 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA TELEVISIÓN 

Permanecía acostada de costado, con un camisón de hospital lleno de lamparones, en los pies un calcetín negro y otro azul. La habitación en penumbra, los objetos como presencias mudas y fantasmagóricas. Sólo un punto de luz ardía en medio de aquel escenario desmantelado. La televisión pintaba arabescos irisados sobre el rostro marchito de la vieja. Estaba viendo los toros.El locutor comentaba la corrida ahuecando la voz. El torero, en medio de la plaza, trazando con la punta de los pies un círculo en la arena húmeda, brindaba al público la muerte del toro. El público aplaudía. Comenzó la faena de muleta y la banda de música se puso a tocar un pasodoble. El toro sacaba la lengua y envestía con las banderillas balanceándose sobre su grupa ensangrentada. Hubo una vez en que el toro estuvo a punto de coger al torero y el público gritó sobresaltado. Cuando el torero tomó el estoque, la banda de música dejó de tocar. Se produjo un silencio solemne, como en un velatorio. -          ¡Quieto, quieto, ahí lo tienes!- Se oyó gritar a alguien desde la barrera, con voz ronca y acento andaluz, cuando el torero se cuadró frente al toro. -          ¡ey, ey, torito, eeeeeeeyyy!-La vieja miraba atentamente. Para ella el mundo se reducía a las catorce pulgadas de aquella pequeña pantalla. Fuera de esos límites, estaba el Universo oscuro y desconocido, las auxiliares con cara de vinagre, las asquerosas papillas, el olor a mierda, los viejos recueros golpeando su mente como pequeños meteoritos de afiladas aristas, los lánguidos atardeceres, los rostros momificados de los internos.En la tele ahora había anuncios. Unos niños disfrazados de indios gritaban y daban saltos, como pequeños chimpancés, sobre un sofá de color blanco.La vieja parecía hechizada por aquella demente sucesión de fotogramas. La tele para ella lo era todo, la auténtica realidad: los programas de entretenimiento donde los presentadores salían por un túnel entre una explosión de neones y lentejuelas, mientras los espectadores entusiasmados, con una felicidad que rayaba en el idiotismo reflejada en sus rostros anodinos, aplaudían rabiosamente a una señal convenida, las noticias, el tiempo, los anuncios, la Ruleta de la Fortuna, el Internado, Dónde estás corazón, Aída, Vidas anónimas…La televisión era su fiel compañera, su única compañía, su única familia. Por eso en su testamento le dejaba todo: el chavolo del pueblo, el olivar y sus inútiles pertenencias personales.Después de casi media hora de anuncios, apareció en primer plano una mujer cubierta de lágrimas y envejecida por el dolor, que había perdido a sus cuatro hijos en un accidente de tráfico. Pero cuando una azafata le entregó un ramo de flores entre aplausos y vítores del público, su rostro se iluminó milagrosamente con una sonrisa balsámica.Tras la ventana ya era noche cerrada.El reflejo de la tele era la única vida que aún brillaba en las pupilas de la vieja. 

 

 

 

 

 

 

VIDA FANTASMA 

Se asomó por la ventana pegando la frente al cristal. El interior de la casa estaba oscuro. Volvió sobre sus pasos y se plantó de nuevo ante la puerta principal. Venciendo una endógena timidez que le hizo ruborizarse, llamó otra vez al timbre. Sonó con estridencia. Era la cuarta vez que llamaba, después de la tercera se había prometido a sí mismo que ya no llamaría más. Pero llamó. Y en el fondo sabía que volvería a llamar una quinta vez. Era de noche y hacía frío. Un ligero viento del norte arrastraba las hojas muertas. Fidel Villanueva. Cuarenta y nueve años. Profesor de literatura en el colegio La Salle. Soltero y sin compromiso. Vivía solo desde que su madre murió. En su juventud había tenido una novia, Rosa, una chica guapa y morena de ojos grandes, boca carnosa y pelo largo y brillante. Pero de repente lo dejó por un farmacéutico, cuando ya habían acordado incluso la fecha de la boda. Aquel acontecimiento cambió radicalmente su vida. Se volvió taciturno y melancólico, perdió de golpe la autoestima, empezó a apestar a soledad.Desde entonces, dos o tres enamoramientos más bien platónicos y nada más. Demasiado tímido para irse de putas, su única distracción era el fútbol. Sus únicos amigos la familia que vivía en aquella casa. Eran los padres de un alumno suyo, se habían conocido el año anterior en la fiesta de fin de curso, enseguida se dio cuenta de que se trataba de personas abiertas y agradables. Ella, pequeña y vivaz, llevaba la voz cantante, él era un trozo de pan risueño y grandullón. También les gustaba el fútbol, y eran, como él, del Real Madrid. Un sábado lo invitaron a ver el partido por la tele y se sintió tan a gusto en aquella casa, con aquella familia, con su cerveza y su cigarrillo exclamando ¡uyyy! cuando el balón pasaba rozando el poste, que casi lloró de emoción. Así que siguió yendo a visitarlos todos los sábados que televisaban un partido. El de hoy era muy importante, la selección española se jugaba la clasificación para el campeonato de Europa contra la selección de Dinamarca. Ya estaría a punto de empezar. Pero no le abrían. Qué raro. No podía entenderlo. Le habían dicho que se quedarían en casa viendo el partido, pero en el interior las luces estaban apagadas como si no hubiese nadie.Bordeó la verja y atisbó por la puerta de la cocina. Le pareció ver una sombra escabulléndose al fondo del pasillo. Volvió de nuevo a la puerta principal. Sabía que era absurdo seguir insistiendo. O no estaban o no le querían abrir. Sin embargo no pudo evitar llamar otra vez. El timbre era un rugido metálico e impertinente que reverberaba de forma inhumana, como la voz de mando de un sargento.Se sintió ridículo allí plantado ante una puerta cerrada. Intuía que no le querían abrir. Se sintió como un niño huérfano y desamparado. Le daba vergüenza de que lo vieran mendigando calor humano a las puertas de aquella casa fantasma. Sintió que su propia vida era una vida fantasma.Dándose finalmente por vencido, se marchó lentamente, encorvado, decepcionado y triste, la piel de la cara le tiraba en una mueca de payaso llorón. Tuvo la sensación de que arrastraba una estela de soledad, como un perro que arrastra una larga cola. En el cielo temblaban las estrellas, multitud de luces, separadas por abismos de oscuridad. 

 

 

 

 

 

 

 

 

No te apartes de mí, porque debajo de tu cuerpo hay un abismoy detrás de tus ojos la oscuridad más negra.Mientras te deseo respiro, veo, vivo.Ya no es cuestión de posturas transgresorasni de paseos románticos bajo las estrellas.Es cuestión de vida o muerte, cuestión de supervivencia. 

 

 

 

 

 

Recuerdo aquellos días de esplendor, de gloria, de alegría.Tu carne blanca reventaba de viday la luz de tus pupilas iluminaba los rincones más secretos.La lujuria me rejuvenecíay en tus palabras densas y lentas latía un sensual hervor de fertilidad.Tú te disfrazabas de princesa, de niña, de puta,y fuera, tras la ventana, los seres del submundo se morían de envidia.Pienso en eso aquí sentado al borde del precipicio,en medio de otro día gris,en medio de una guerra contra un enemigo real y sanguinario.Creía que no existía un amor más grande que el tuyoy ahora me toca pagar aquel error estrafalario.Ya empiezan a encenderse las luces,y los cadáveres insepultos, heridos de ausencia,por la Gran Vía siguen deambulando. 

 

 

la buena muerte

 

LA BUENA MUERTE

 

 

 

 

 

 

Siempre que intenté lo imposible fracasé.

 

 

 

DESTRUCCIÒN

 

-¡Abre la puta puerta, me cago en dios y en la virgen puta!-

Detrás de la puerta se oía llorar a una mujer joven y a una niña pequeña.El hombre llevaba la camisa abierta y llena de lamparones, unas bermudas a rayas y unas zapatillas con las punteras rotas por donde asomaban los dedos gordos con las uñas negras. Tenía una prominente barriga, contrastando con unas piernas muy delgadas. Dio una patada a la puerta y la mujer y la niña lloraron con más fuerza. La puerta no se abría. Entonces el hombre, en el paroxismo de la violencia, miró a su alrededor. Se encontraba fuera de sí, sentía un amargor de hierro en la boca, le escocían los ojos, como si hubiera estado llorando, aunque los tenía secos de lágrimas. La voz le salía de la médula quebrada y honda, contaminada de desesperación. Le dolía la cabeza y el estómago. Quería hacer daño a su mujer, mancharla de dolor y amargura. Entonces, de repente, descubrió aquel cuadro sobre la máquina de coser. Lo había pintado ella. Representaba las ruinas del castillo de la Adrada.El hombre, con doloroso fatalismo, arrancó el cuadro de la pared y cogió un destornillador que estaba encima de una mesa.-¡Abre, te cuento hasta tres, me cago en la puta virgen!-Sabía que no abriría. Sabía que todo acabaría mal, peor, como siempre. Gritos, lágrimas, odio, sentimientos rotos irremediablemente. Era el pan nuestro de cada día. No quedaba nada de aquel antiguo amor, fuerte, transigente y permisivo, que era capaz de encontrar un lado divertido en las circunstancias más adversas. ¿Qué había pasado desde entonces? ¿Por qué todo tiene que morir? ¿Por qué hervía dentro de él tanta mierda, tanto odio, tanto miedo, tanta desesperación?Como si una fuerza maligna guiara su mano, con rabia demente clavó una y otra vez el destornillador en el lienzo. Todo estaba perdido. Quería desahogarse de tantos años de desgracias, de pobreza, de fracaso y de mala suerte. Quería vomitar su odio, su frustración, su sino trágico y ridículo al mismo tiempo. Le rechinaban los dientes, y los ojos estaban a punto de salirse de las órbitas.Arrojó el malherido lienzo al suelo, y respirando agitadamente se tumbó en el sofá y se puso a ver la tele. Retransmitían un partido de fútbol. Jugaba la selección española, iba perdiendo.Al cabo de un tiempo la calma pareció imponerse. Y con la calma llegaron los remordimientos. Pequeñas avispas zumbonas que le aguijoneaban rabiosamente, llenándole el corazón de salpullidos.Quería lo imposible, que todo volviera a ser como antes, que el jarrón roto en mil pedazos se recompusiera, que la sangre derramada en las heridas volviera a las venas, que su mujer y su hija rieran alegres, confiadas, virginales, que el cuadro siguiera intacto en la pared. Quería encontrar el camino de regreso a aquellos primeros años felices. Pero, al volver la vista atrás, descubría que todo se había cubierto inexplicablemente de abrojos y cenizas.Fue a la terraza y volvió con un rollo de precinto transparente para intentar remendar el cuadro. Probó incluso con cinta americana. Pero resultaba imposible volver a tensar la superficie del lienzo, era como un himen irreparablemente roto.Se sintió hundido, estúpido, rabioso contra sí mismo, torpe y arrepentido, había destruido aquella obra de arte, había destruido a una mujer bella y buena, y día tras día estaba destruyendo a una niña preciosa que iba creciendo rodeada de violencia y amargura. ¿Por qué esa adicción incurable a destruir?-          Ve a un médico- Le había aconsejado en cierta ocasión, y no sin cierto temor, un compañero de trabajo.Pero tenía la certeza de que su problema no era cosa de médicos, sino de un destino negro, maligno y cruel. Le pasaba desde niño, siempre la elección equivocada, el boleto sin premio, la teja que le cae encima al pasar, golpes y golpes de mala suerte como frenéticos directos al rostro que le iban minando hasta hacerle sangrar.Sabía que acabaría solo y fracasado, y nada en el mundo, ni en todo el orden inescrutable del Universo, podía cambiar esa firme sentencia.Pensó en ella, su mujer, su compañera, tan joven, tan guapa, con aquellas grandes nalgas de carne suave y receptiva, con aquella excitante carita de niña, con aquellos pechos firmes y blancos, con aquellos ojos grandes y  enamorados.Pensó en su niña, con su carita respingona, con su abrigo azul, su boina roja y su sempiterna sonrisa.Todo perdido en el naufragio de la vida. Todo a la mierda.El lateral izquierdo se adentraba por su banda, cuando se abrió la puerta y la mujer y la niña entraron en silencio al salón.Pero al descubrir el cuadro tumbado sobre el sofá, como un herido de guerra con aquel ridículo esparadrapo sobre las derruidas almenas, la mujer soltó un grito de espanto, y de nuevo comenzaron los sollozos, los gritos, los insultos, los odios y el sentimiento trágico de la vida.El hombre se sintió caer por un profundo y oscuro precipicio. Cogió de nuevo el destornillador, y gritando como un poseído, volvió a apuñalar al pobre lienzo, incluso lo desgarró a dentelladas. Tenía la sensación de que estaba ardiendo en el infierno.La mujer y la niña sollozaban abrazadas. El hombre, con ojos malignos, miró de soslayo a la tele donde también el locutor estaba gritando: el delantero centro se había plantado solo ante el portero rival…Falló. ¡A tomar por culo todo! 

 

 

 

 

 

¡Cuántas veces intenté pegar los vidrios rotos,suturar el lienzo rasgado, deshacer lo hecho, raspar el borrón, arrancar el puñal clavado en la herida.Borrar las palabras que hicieron daño,secar las lágrimas de las mejillas.Escalar el precipicio por donde que caí,devolver a las venas la sangre vertida,recomponer el jarrón roto en mil pedazos, rescatar el papel de sus cenizas!Pero siempre que intenté lo imposible fracasé.Nunca pude ganar las causas perdidas. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA DISTANCIA MÁS LARGA ENTRE DOS PUNTOS 

Cada vez hay más pasado entre nosotros.Como un trastero lleno de recuerdos cubiertos de polvo,como una distancia cada día más larga entre un punto y otro.Cuando nos miramos no presentimos que se acerca la vida,en el corazón ya no nos caben más heridasy cerramos los ojos por miedo a ver el futuro.Nunca resultan las cosas como uno había soñado.Y este amor de cristal delicado no aguanta ya más caídas.Ahora todo me sale mal cuando estoy contigo,se me caen las cosas de las manosy de mi boca se escapan sin quererlas palabras que más te hieren.Dime tú primero adiós porque yo no puedo despegarme solodel triste resplandor de tu mirada.Puse, para siempre, mi vida en tus manos,sin contar con que el tiempo es un depredador despiadadoque todo lo mata.Y es que no es fácil subsistir tantos añosde un montón de perdonesy de una vana esperanza. 

 

 

 

 

 

 

VINAGRE EN LAS HERIDASGritos sin voz, frutos podridos, uñas de muerto,palabras en la arena.Cuencas sin ojos, manos sin dedos, placeres abortados, pasos sin huellas.Casas sin techo, chistes sin gracia, perros con rabia,caminos sin meta.Guerras perdidas, nidos de ratas, actos fallidos,trabajos sin recompensa.Pozos sin fondo, sangre sin venas, heridas gangrenadas,almas descompuestas.Jirones de mortaja, cadáveres, saumerios, osarios, ataúdes bajo tierra.Y un enjambre de mentiras venenosasbajo un cielo de estrellas muertas. 

 

 

 

 

 

EL PERRO 

Eugenio, hijo de Dionisio, nació en Villanueva de Alcardete, en ese largo, oscuro y triste periodo de posguerra. Ya desde niño apuntaba maneras estrafalarias, hasta que al llegar a la adolescencia, sus paisanos le otorgaron, por méritos propios, el título de tonto del pueblo.Dicen que estando un tiempo débil de fuerzas, cogió un báculo que ya llevó siempre, y también un zurrón, donde guardaba las cosas inútiles que encontraba en la basura.Cuando murieron sus padres se halló en la más absoluta miseria, perdió la casa por las deudas familiares, y se fue a vivir a una tinaja abandonada en las afueras del pueblo.En verano, en medio del calor canicular, andaba siempre con una gruesa pelliza de piel, y en el crudo invierno iban en mangas de camisa… 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Te escapas a la vida sin armas y sin escudo,creyendo que lo sabes todo y no sabes nada de nada.Mira que no es un juego másesta nueva aventura temeraria,que allí los cuentos acaban maly son de verdad las puñaladas,y a veces te hieren, y a veces te tumban,y a veces te enseñan, y a veces te matan.Ellos son tantos y tan cruelesy tú tan pequeña y confiada.Ojalá no acabes en la morgue, en las fauces de una hiena,o al borde del camino abandonada.Allí nadie vendrá a taparte por las noches,ni velará tus sueños de niña junto a tu cama.Nadie de los que ahora secundan tus risasse apiadará después de tus lágrimas,ni los supuestos amigos, ni los falsos filántropos,ni los depredadores que acecharán para arrancarte tus entrañas.Y yo qué puedo hacer por ti, profunda herida mía,si sólo piensas en volarcuando aún no ten han crecido las alas. 

 

 

 

 

 

 

Era un hombre extraordinariamente fuerte, a pesar de aquel cuerpo de frágil apariencia que apenas podía arrastrar la cruz, de aquellos pasos vacilantes y aquel rostro crispado de dolor.Las pedradas de odio que la chusma arrojaba sobre él, era como si golpearan el agua serena de un lago. Le hacían sangrar, es cierto, pero no podían quebrarlo.Por dentro estaba lleno de amor. Y esa fuerza sobrehumana amedrentaba a los iracundos soldados, a la canalla vociferante, a los santurrones hipócritas y vengativos.Han pasado más de dos mil años y todavía se sigue hablando de aquel hombre excepcional, un poco ridículo quizás, pero en cualquier caso admirable. Podría haberse vengado, podría haber descargado rayos justicieros sobre aquella turba inmunda y despreciable. Y tal vez tuvo la tentación de hacerlo. Pero en el fondo era demasiado fuerte, demasiado sabio, demasiado humano. Así que siguió con su cruz en silencio.Ni la maldad, ni la ignorancia, ni las dudas, ni los errores, ni los miedos pudieron jamás destruir su fe. No era un dios, pues todos sabemos que los dioses no existen. Era mucho más que eso. Era una persona fiel a sí misma. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA NIÑA GRANDE 

Oscurecía tras la ventana. Entre la bruma del invierno centelleaban las luces de las farolas y el parpadeo de los coches y de los semáforos. La carretera de Toledo era una herida de luz, una herida larga y lenta que nunca se cerraba, como la de su corazón de madre.Se incorporó con esfuerzo, y con pasos vacilantes se dirigió a la máquina de café. Después de casi un año tenía ese sabor amargo metido hasta en los huesos. Y también el olor del hospital, de las heces mezcladas con el antiséptico, de la enfermedad, de la agonía, de la muerte que rondaba ociosamente por los pasillos eligiendo de forma caprichosa un número de habitación. Aún no había entrado en la 202, pero tarde o temprano entraría para apagar definitivamente esa tenue pavesa de vida que temblaba postrada en la cama ortopédica.Le vino a la memoria el día en que nació su niña. - Es una niña muy guapa- Le dijo la comadrona poniéndosela en los brazos. Tuvo una sensación cálida e intima, de abrazar seda virgen. Sonrosada, con los ojos abiertos, como un capullo de rosa abriéndose a las bellezas de la vida. Pero la vida no es bella, sino una aventura decepcionante que acaba siempre en tristeza o en tragedia.A los quince años se escapó de casa, a los veinte se casó en Puertollano, tan guapa vestida de novia, con aquella carita morena de rasgos aniñados, con aquella sonrisa de inocencia tan característica de ella.“Es una niña muy guapa” ¿Por qué no se quedó para siempre entre sus brazos? ¿Por qué tuvo que arrebatársela aquel depredador cobarde, al que todo el mundo consideraba bueno y amable, pero que en la intimidad familiar resultó ser un monstruo cruel y demente.-¡Muere hijaputa!- Le gritó acercándose a ella después de haberla rociado con gasolina y prendido fuego ante la mirada pasiva de los transeúntes. Su Vanesa cayó al suelo como un feto en llamas. Los médicos no le dieron más de cuarenta y ocho horas de vida. Pero vivió, con el cuerpo quemado, desfigurado el rostro, con su belleza destruida, con terribles dolores contra los que nada podían hacer ya los calmantes. Y así un día tras otro, la habitación en penumbra, máquinas y cables por todos lados, el gorgoteo del suero, el rostro vendado, y aquella sonrisa de niña grande que de vez en cuando florecía como un sol tras largos días de lluvia.¿Por qué le tuvo que pasar a su niña? Evocó una escena que vio en la televisión hacía ya muchos años. La madre de un alpinista muerto lloraba desconsolada. “Parecía un trozo de hielo con barba” Balbucía abotargada por el dolor. La compadeció desde el lado seguro de la vida, como si a ella no pudieran pasarle cosas tan horribles. Pero la tragedia es un golpe inesperado y severo que nos ronda a todos. A veces se despertaba de su angustioso duermevela con la certeza de que se había tratado de una pesadilla brutal. ¿Por qué a su niña? Era tan inocente, era una niña grande, crédula, confiada, que ignoraba las maldades del mundo.En el cuarto de control, una enfermera negra reía estridentemente contando a sus compañeras sus planees para la nochevieja. Ella hacía tiempo que se había olvidado de reír. ¿Cómo había que poner la boca para reír?Apuró su café y tiró el vaso de plástico a la bolsa de basura. Se quedó mirando un instante aquella bolsa negra, después volvió sobre sus pasos y se sentó de nuevo en su silla. Suspiró cansada, desesperanzada, vencida. Sentía que su corazón latía muy lentamente, como si ya no quisiera latir más, como si latiera por inercia, otro día sin alegría, otra noche de angustia, de espera sin esperanza.Cogió al azar una revista de la misita de cristal y se puso a ojearla. Le picaban los ojos, no entendía lo que leía. Un hombre contrahecho en una silla de ruedas hablaba de la historia del tiempo y del espacio. “¿Pero por qué debería esto suponer la existencia de más quarks que antiquarks?”Ya era noche cerrada. Por el pasillo transitaba menos gente y más silenciosa. El dolor era una honda profunda e invisible que hacía vibrar las paredes blancas con sacudidas de pena. ¿Cómo una vida tan breve puede contener un dolor tan grande? Se quedó inmóvil, le dolía cualquier movimiento. Sentía que su cuerpo estaba suelto, descoyuntado, sin nexos, la carne amontonada descuidadamente como ropa sucia apilada en un cesto. Se quedó mirando uno de sus brazos, esperando que de un momento a otro se le cayera al suelo. “Los perros son más felices que nosotros” Pensó sin poder componer ninguna mueca en su rostro agotado.Ahora, en el cuarto de control, se oía el sonido de un fax. “¿Cuánto tiempo hace que no me das un beso ni un abrazo?” Le había reprochado Vanesa una vez tras una estúpida discusión. -          Mi niña, mi niña grande…- Lloró sin derramar lágrimas. 

 

 

 

 

 

 

 

 

TARDE DE DOMINGO 

-¡Hasta luego campeón!- Lo despidió el camarero en tono jocoso, con un cierto matiz de burla. El camarero tenía una cara abotargada muy roja y unas gafas de aumento con los cristales muy sucios, parecía imposible que pudiera ver algo a través de ellos.Subió la calle Tutor y se detuvo en la esquina de Princesa. ¿A dónde ahora? Lo conocían en todos los bares del barrio. En el Tera, en el Bombardino, en el Quinto Toro, en Casa Manolo, en el Novechento…Manolo Díaz López, treinta y siete años, divorciado (su mujer lo dejó por el gurú de una secta), sin hijos, técnico informático, amante de los finos fríos, los pescaítos y el baloncesto, seguidor del Real Madrid.En otro tiempo, cuando estaba con Mamen antes de que lo abandonara por el gurú, tenía muchos amigos: Manolo Rojas, Paco el dentista, Falagán la gorda, Feli la taquillera, Zoila y el subnormal de su hermano, Carlos el actor homosexual, Ana la del sombrero y Pepo el canario…Tomaban el aperitivo en Los Palcos y discutían de trabajo, política y baloncesto.-          Los del Estudiantes no sabéis mas que insultar- Le recriminaba al hermano de Zoila, que se hacía pasar por miembro de la Demencia sólo por llevar la contraria- ¡Pedro, otra ronda aquí, y nos pones unos pescaítos de esos!-Pero aquellos tiempos pasaron, como pasa todo en la vida. Zoila se casó con un italiano calavera y su hermano regresó al pueblo, Ana y Pepo se mudaron al Escorial, a Falagán se le murió una hija, Paco contrajo esclerosis múltiple, Manolo se fue a Rusia, y Mamen lo abandonó por el gurú.Un buen día volvió del trabajo al domicilio conyugal en Martín de los Heros 84, segundo B, frente a la iglesia de Cristo Rey, desde cuya azotea se había suicidado hacía poco tiempo un cura con sotana, y ella ya no estaba allí. Sintió de repente que el techo y las paredes lo aplastaban, y que el frío del invierno, aunque era verano, se colaba por las junturas de las ventanas. Se quedó inmóvil en medio del salón, sin nada que hacer, oyendo el tictac del reloj y oliendo el cocido que la vieja Matilde preparaba en el piso de arriba.A partir de ese día nada fue ya igual. Costaba hacer nuevos amigos en los bares.  Al final, iba solo a tomar el aperitivo, y como ya no hablaba con nadie (con lo que a él le había gustado siempre hablar), empezó a beber más de la cuenta. Le dolía la cabeza, sentía como si un enjambre de abejas zumbara en su cerebro. El sol se ponía tras el  Parque del Oeste. Cruzó la calle y bajó hacia Plaza España. Solo. Entró en el Vips y se puso a ojear los libros de oferta. Eran títulos pasados de moda: El Ocho, el Médico, el Chamán, los Pilares de la Tierra…Vio a la Duquesa de Alba comprando una revista de decoración.Pensó en ir al cine, pero le daba vergüenza ponerse solo en la cola, entre parejas de enamorados y pandillas de adolescentes. Ir al cine solo es el colmo de la soledad.Salió a la Plaza de los Cubos. Se detuvo frente al Mac Donall sin saber a donde ir. Odiaba las tardes de domingo. Se sentía como un zombi con la caja torácica hueca. Decidió tomar la penúltima en el Mendizábal, donde antaño iba con Mamen a ver por la tele el partido de baloncesto.Bajó la calle Ventura Rodríguez hasta la esquina del Museo Cerralbo. De repente se fijó en sus zapatos, un paso, otro paso, otro paso…Los zapatos habían sido inventados con el propósito de caminar hacia alguna meta, a él, sin embargo, los suyos le recordaban a los de un muerto, nuevos, impolutos y absurdos. Se olió la ropa. Olía a soledad rancia. Al pasar frente a un concesionario de coches se vio reflejado en el escaparate. Andaba encorvado, como si no pudiera con su propio peso.  En un acto reflejo miró su reloj, las siete y veintiocho, ya casi y media, de otra tarde asquerosa de domingo. 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CAMPANA 

Al fondo de un callejón, cerca de la calle Alfileritos, en el sombrío corazón de Toledo, se oía reiteradamente el sonido de una pequeña campana.   

 

 

 

 

 

 

 

ESQUELA FUNERARIA 

Hace tiempo que morí asesinado.Soy un cadáver que deambula por las callescon el gesto fúnebre y el pecho hueco,haciendo sonar una campana de soledad.No tengo a nadie que me sepulte, que rece en mi tumbay me lleve flores el día de los muertos.Cuando me miro en el espejo,veo una calavera con las cuencas vacíasy un difunto amortajado que come, escribe, madrugay se equivoca constantemente.Ya no espero nada de nadie.Mi cama huele a saumerio, a carne descompuesta,a cirios consumidos, a penumbra de velatorio,y a amor necrófilo los domingos por la tarde. 

 

 

  

 

 

 

 

 

¡SÁCAME DE AQUÍ! 

Permanecía junto a la ventana, en su silla de ruedas, vencida sobre el costado derecho, con la boca abierta, la mirada perdida, y el brazo izquierdo muerto sobre un cojín amarillo lleno de lamparones. El pelo revuelto, las uñas largas y negras, los pies hinchados, amoratados, necropsiados, y el pañal meado y cagado.Eran las cuatro y cuarto de la tarde. El tiempo pasaba con cruel lentitud, trayendo vanas cosechas y sueños de aire. En el horizonte, tapando la robusta silueta de la muerte, ya se divisaba la hora de la merienda, el zumo aguado, la galleta maría hecha puré, el sintrón, la pastilla para animarla y la pastilla para relajarla.Los demás internos parecían también sombras de ultratumba, silenciosos, derrotados, como muebles viejos almacenados en un trastero.¿Era real aquella pesadilla? Su hijo la había traído para quince días y llevaba ya dos años y medio encerrada en aquel asilo. Cada día igual que el anterior, sin ninguna alegría, sin ninguna esperanza, sin ningún alivio. Se sentía profundamente defraudada. Toda una vida trabajando y desviviéndose por los hijos, para acabar abandonada en aquel estercolero de desechos humanos. De todas formas hacía ya tiempo que estaba muerta. Murió el día en que su Santitos se ahorcó en la corraliza. Lo trajeron en una furgoneta blanca, frío, duro, lívido, como si fuera de cera, el hijo de sus entrañas, aquel muchacho fuerte, alegre y vividor que se comía el mundo hasta que cayó en manos de una mala mujer.En el corazón tenía clavada una espina que le dolía cuando intentaba moverse, cuando comía, cuando respiraba, cuando pensaba… Tenía la sensación de que su piel estaba cubierta de barro seco. Barro entre los dedos, barro en la boca, barro en el pelo. Sentía que la vida era un montón de mierda sobre sus hombros. Ya ni siquiera lloraba, había perdido todo consuelo. No era de extrañar que muchos internos acabaran enloqueciendo, hablando solos, cantando, deambulando desnudos por los pasillos y haciendo sus necesidades en medio del salón, como Luciana la santera, o Merche la cordobesa, o Tomasita, o Grego y Cipriana, todos seniles y desahuciados.Cuando su hijo mayor viniera el domingo a visitarla, le rogaría, no, le exigiría que la sacara de aquel infierno, que la llevara de vuelta a su casa, a su cama en su alcoba, con sus cosas, con sus recuerdos, además tenía que limpiar la habitación de su Santitos y poner bolas de polilla en los armarios.Pensó en los presos del penal de Ocaña, los domingos cuando venía de Madrid en el coche de línea y los veía al atardecer, asomados entre los barrotes de las ventanas, rostros grises y apagados, como pájaros que se mustian y enferman por falta de libertad.Desde hacía tiempo, desde que murió su Santitos, sólo conocía el dolor y la tristeza. Enseguida enviudó, otra desgracia a cuestas, y para colmo de males, su nuera, esa tartufa de ojos hueros y maldad absoluta, no la dejaba ver a su nieto.Las cuatro y media. Ya se oía en la cocina el tintineo de los cubiertos. Pensó en los pobres, en los locos, en los presos, en los enfermos, en los viejos y demás seres solitarios. ¿Por qué se les llamaba bienaventurados? Quizás a la desgracia, como a la muerte, había que mirarla cara a cara, dejar de rehuirla vigilándola constantemente de reojo y con temor, y enfrentarse a ella serenamente, asumirla, hablarle de tú a tú, comprenderla incluso, ver el lado positivo a unos zapatos rotos, a un trozo de pan duro y a un techo agujereado de uralita. Ella  estaba allí, aquel asilo asqueroso era ahora su mundo y había que encontrarle el lado bueno…¿Pero qué lado bueno? ¿El olor a mierda, los muertos que las auxiliares sacaban a escondidas a media noche por la puerta de servicio, los días desangelados, los purés insípidos, las noches en vela, su compañera de habitación hablando con los muertos…? No, cuando su hijo viniera el domingo a visitarla (¿cuántos domingos hacía ya que no venía?) le rogaría, no, le exigiría que la sacara de allí!! 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA TELEVISIÓN 

Permanecía acostada de costado, con un camisón de hospital lleno de lamparones, en los pies un calcetín negro y otro azul. La habitación en penumbra, los objetos como presencias mudas y fantasmagóricas. Sólo un punto de luz ardía en medio de aquel escenario desmantelado. La televisión pintaba arabescos irisados sobre el rostro marchito de la vieja. Estaba viendo los toros.El locutor comentaba la corrida ahuecando la voz. El torero, en medio de la plaza, trazando con la punta de los pies un círculo en la arena húmeda, brindaba al público la muerte del toro. El público aplaudía. Comenzó la faena de muleta y la banda de música se puso a tocar un pasodoble. El toro sacaba la lengua y envestía con las banderillas balanceándose sobre su grupa ensangrentada. Hubo una vez en que el toro estuvo a punto de coger al torero y el público gritó sobresaltado. Cuando el torero tomó el estoque, la banda de música dejó de tocar. Se produjo un silencio solemne, como en un velatorio. -          ¡Quieto, quieto, ahí lo tienes!- Se oyó gritar a alguien desde la barrera, con voz ronca y acento andaluz, cuando el torero se cuadró frente al toro. -          ¡ey, ey, torito, eeeeeeeyyy!-La vieja miraba atentamente. Para ella el mundo se reducía a las catorce pulgadas de aquella pequeña pantalla. Fuera de esos límites, estaba el Universo oscuro y desconocido, las auxiliares con cara de vinagre, las asquerosas papillas, el olor a mierda, los viejos recueros golpeando su mente como pequeños meteoritos de afiladas aristas, los lánguidos atardeceres, los rostros momificados de los internos.En la tele ahora había anuncios. Unos niños disfrazados de indios gritaban y daban saltos, como pequeños chimpancés, sobre un sofá de color blanco.La vieja parecía hechizada por aquella demente sucesión de fotogramas. La tele para ella lo era todo, la auténtica realidad: los programas de entretenimiento donde los presentadores salían por un túnel entre una explosión de neones y lentejuelas, mientras los espectadores entusiasmados, con una felicidad que rayaba en el idiotismo reflejada en sus rostros anodinos, aplaudían rabiosamente a una señal convenida, las noticias, el tiempo, los anuncios, la Ruleta de la Fortuna, el Internado, Dónde estás corazón, Aída, Vidas anónimas…La televisión era su fiel compañera, su única compañía, su única familia. Por eso en su testamento le dejaba todo: el chavolo del pueblo, el olivar y sus inútiles pertenencias personales.Después de casi media hora de anuncios, apareció en primer plano una mujer cubierta de lágrimas y envejecida por el dolor, que había perdido a sus cuatro hijos en un accidente de tráfico. Pero cuando una azafata le entregó un ramo de flores entre aplausos y vítores del público, su rostro se iluminó milagrosamente con una sonrisa balsámica.Tras la ventana ya era noche cerrada.El reflejo de la tele era la única vida que aún brillaba en las pupilas de la vieja. 

 

 

 

 

 

 

VIDA FANTASMA 

Se asomó por la ventana pegando la frente al cristal. El interior de la casa estaba oscuro. Volvió sobre sus pasos y se plantó de nuevo ante la puerta principal. Venciendo una endógena timidez que le hizo ruborizarse, llamó otra vez al timbre. Sonó con estridencia. Era la cuarta vez que llamaba, después de la tercera se había prometido a sí mismo que ya no llamaría más. Pero llamó. Y en el fondo sabía que volvería a llamar una quinta vez. Era de noche y hacía frío. Un ligero viento del norte arrastraba las hojas muertas. Fidel Villanueva. Cuarenta y nueve años. Profesor de literatura en el colegio La Salle. Soltero y sin compromiso. Vivía solo desde que su madre murió. En su juventud había tenido una novia, Rosa, una chica guapa y morena de ojos grandes, boca carnosa y pelo largo y brillante. Pero de repente lo dejó por un farmacéutico, cuando ya habían acordado incluso la fecha de la boda. Aquel acontecimiento cambió radicalmente su vida. Se volvió taciturno y melancólico, perdió de golpe la autoestima, empezó a apestar a soledad.Desde entonces, dos o tres enamoramientos más bien platónicos y nada más. Demasiado tímido para irse de putas, su única distracción era el fútbol. Sus únicos amigos la familia que vivía en aquella casa. Eran los padres de un alumno suyo, se habían conocido el año anterior en la fiesta de fin de curso, enseguida se dio cuenta de que se trataba de personas abiertas y agradables. Ella, pequeña y vivaz, llevaba la voz cantante, él era un trozo de pan risueño y grandullón. También les gustaba el fútbol, y eran, como él, del Real Madrid. Un sábado lo invitaron a ver el partido por la tele y se sintió tan a gusto en aquella casa, con aquella familia, con su cerveza y su cigarrillo exclamando ¡uyyy! cuando el balón pasaba rozando el poste, que casi lloró de emoción. Así que siguió yendo a visitarlos todos los sábados que televisaban un partido. El de hoy era muy importante, la selección española se jugaba la clasificación para el campeonato de Europa contra la selección de Dinamarca. Ya estaría a punto de empezar. Pero no le abrían. Qué raro. No podía entenderlo. Le habían dicho que se quedarían en casa viendo el partido, pero en el interior las luces estaban apagadas como si no hubiese nadie.Bordeó la verja y atisbó por la puerta de la cocina. Le pareció ver una sombra escabulléndose al fondo del pasillo. Volvió de nuevo a la puerta principal. Sabía que era absurdo seguir insistiendo. O no estaban o no le querían abrir. Sin embargo no pudo evitar llamar otra vez. El timbre era un rugido metálico e impertinente que reverberaba de forma inhumana, como la voz de mando de un sargento.Se sintió ridículo allí plantado ante una puerta cerrada. Intuía que no le querían abrir. Se sintió como un niño huérfano y desamparado. Le daba vergüenza de que lo vieran mendigando calor humano a las puertas de aquella casa fantasma. Sintió que su propia vida era una vida fantasma.Dándose finalmente por vencido, se marchó lentamente, encorvado, decepcionado y triste, la piel de la cara le tiraba en una mueca de payaso llorón. Tuvo la sensación de que arrastraba una estela de soledad, como un perro que arrastra una larga cola. En el cielo temblaban las estrellas, multitud de luces, separadas por abismos de oscuridad. 

 

 

 

 

 

 

 

 

No te apartes de mí, porque debajo de tu cuerpo hay un abismoy detrás de tus ojos la oscuridad más negra.Mientras te deseo respiro, veo, vivo.Ya no es cuestión de posturas transgresorasni de paseos románticos bajo las estrellas.Es cuestión de vida o muerte, cuestión de supervivencia. 

 

 

 

 

 

Recuerdo aquellos días de esplendor, de gloria, de alegría.Tu carne blanca reventaba de viday la luz de tus pupilas iluminaba los rincones más secretos.La lujuria me rejuvenecíay en tus palabras densas y lentas latía un sensual hervor de fertilidad.Tú te disfrazabas de princesa, de niña, de puta,y fuera, tras la ventana, los seres del submundo se morían de envidia.Pienso en eso aquí sentado al borde del precipicio,en medio de otro día gris,en medio de una guerra contra un enemigo real y sanguinario.Creía que no existía un amor más grande que el tuyoy ahora me toca pagar aquel error estrafalario.Ya empiezan a encenderse las luces,y los cadáveres insepultos, heridos de ausencia,por la Gran Vía siguen deambulando. 

 

 

no te apartes de mí

 

 

 

 

No te apartes de mí, porque debajo de tu cuerpo hay un abismoy detrás de tus ojos la oscuridad más negra.Mientras te deseo respiro, veo, vivo.Ya no es cuestión de posturas transgresorasni de paseos románticos bajo las estrellas.Es cuestión de vida o muerte, cuestión de supervivencia. 

 

 

vida fantasma

 

 

VIDA FANTASMA 

Se asomó por la ventana pegando la frente al cristal. El interior de la casa estaba oscuro. Volvió sobre sus pasos y se plantó de nuevo ante la puerta principal. Venciendo una endógena timidez que le hizo ruborizarse, llamó otra vez al timbre. Sonó con estridencia. Era la cuarta vez que llamaba, después de la tercera se había prometido a sí mismo que ya no llamaría más. Pero llamó. Y en el fondo sabía que volvería a llamar una quinta vez. Era de noche y hacía frío. Un ligero viento del norte arrastraba las hojas muertas. Fidel Villanueva. Cuarenta y nueve años. Profesor de literatura en el colegio La Salle. Soltero y sin compromiso. Vivía solo desde que su madre murió. En su juventud había tenido una novia, Rosa, una chica guapa y morena de ojos grandes, boca carnosa y pelo largo y brillante. Pero de repente lo dejó por un farmacéutico, cuando ya habían acordado incluso la fecha de la boda. Aquel acontecimiento cambió radicalmente su vida. Se volvió taciturno y melancólico, perdió de golpe la autoestima, empezó a apestar a soledad.Desde entonces, dos o tres enamoramientos más bien platónicos y nada más. Demasiado tímido para irse de putas, su única distracción era el fútbol. Sus únicos amigos la familia que vivía en aquella casa. Eran los padres de un alumno suyo, se habían conocido el año anterior en la fiesta de fin de curso, enseguida se dio cuenta de que se trataba de personas abiertas y agradables. Ella, pequeña y vivaz, llevaba la voz cantante, él era un trozo de pan risueño y grandullón. También les gustaba el fútbol, y eran, como él, del Real Madrid. Un sábado lo invitaron a ver el partido por la tele y se sintió tan a gusto en aquella casa, con aquella familia, con su cerveza y su cigarrillo exclamando ¡uyyy! cuando el balón pasaba rozando el poste, que casi lloró de emoción. Así que siguió yendo a visitarlos todos los sábados que televisaban un partido. El de hoy era muy importante, la selección española se jugaba la clasificación para el campeonato de Europa contra la selección de Dinamarca. Ya estaría a punto de empezar. Pero no le abrían. Qué raro. No podía entenderlo. Le habían dicho que se quedarían en casa viendo el partido, pero en el interior las luces estaban apagadas como si no hubiese nadie.Bordeó la verja y atisbó por la puerta de la cocina. Le pareció ver una sombra escabulléndose al fondo del pasillo. Volvió de nuevo a la puerta principal. Sabía que era absurdo seguir insistiendo. O no estaban o no le querían abrir. Sin embargo no pudo evitar llamar otra vez. El timbre era un rugido metálico e impertinente que reverberaba de forma inhumana, como la voz de mando de un sargento.Se sintió ridículo allí plantado ante una puerta cerrada. Intuía que no le querían abrir. Se sintió como un niño huérfano y desamparado. Le daba vergüenza de que lo vieran mendigando calor humano a las puertas de aquella casa fantasma. Sintió que su propia vida era una vida fantasma.Dándose finalmente por vencido, se marchó lentamente, encorvado, decepcionado y triste, la piel de la cara le tiraba en una mueca de payaso llorón. Tuvo la sensación de que arrastraba una estela de soledad, como un perro que arrastra una larga cola. En el cielo temblaban las estrellas, multitud de luces, separadas por abismos de oscuridad.