oración de un ateo

 

Era un hombre extraordinariamente fuerte, a pesar de aquel cuerpo de frágil apariencia que apenas podía arrastrar la cruz, de aquellos pasos vacilantes y aquel rostro crispado de dolor.Las pedradas de odio que la chusma arrojaba sobre él, era como si golpearan el agua serena de un lago. Le hacían sangrar, es cierto, pero no podían quebrarlo.Por dentro estaba lleno de amor. Y esa fuerza sobrehumana amedrentaba a los iracundos soldados, a la canalla vociferante, a los santurrones hipócritas y vengativos.Han pasado más de dos mil años y todavía se sigue hablando de aquel hombre admirable y excepcional.Podría haberse vengado, podría haber descargado rayos justicieros sobre aquella turba inmunda y despreciable. Y tal vez tuvo la tentación de hacerlo. Pero en el fondo era demasiado fuerte, demasiado sabio, demasiado humano. Así que siguió con su cruz en silencio.Ni la maldad, ni la ignorancia, ni las dudas, ni los errores, ni los miedos pudieron jamás destruir su fe. No era un dios, pues todos sabemos que los dioses no existen. Era mucho más que eso. Era una persona fiel a sí misma. 

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