la buena muerte
LA BUENA MUERTE
Siempre que intenté lo imposible fracasé.
DESTRUCCIÒN
-¡Abre la puta puerta, me cago en dios y en la virgen puta!-
Detrás de la puerta se oía llorar a una mujer joven y a una niña pequeña.El hombre llevaba la camisa abierta y llena de lamparones, unas bermudas a rayas y unas zapatillas con las punteras rotas por donde asomaban los dedos gordos con las uñas negras. Tenía una prominente barriga, contrastando con unas piernas muy delgadas. Dio una patada a la puerta y la mujer y la niña lloraron con más fuerza. La puerta no se abría. Entonces el hombre, en el paroxismo de la violencia, miró a su alrededor. Se encontraba fuera de sí, sentía un amargor de hierro en la boca, le escocían los ojos, como si hubiera estado llorando, aunque los tenía secos de lágrimas. La voz le salía de la médula quebrada y honda, contaminada de desesperación. Le dolía la cabeza y el estómago. Quería hacer daño a su mujer, mancharla de dolor y amargura. Entonces, de repente, descubrió aquel cuadro sobre la máquina de coser. Lo había pintado ella. Representaba las ruinas del castillo de la Adrada.El hombre, con doloroso fatalismo, arrancó el cuadro de la pared y cogió un destornillador que estaba encima de una mesa.-¡Abre, te cuento hasta tres, me cago en la puta virgen!-Sabía que no abriría. Sabía que todo acabaría mal, peor, como siempre. Gritos, lágrimas, odio, sentimientos rotos irremediablemente. Era el pan nuestro de cada día. No quedaba nada de aquel antiguo amor, fuerte, transigente y permisivo, que era capaz de encontrar un lado divertido en las circunstancias más adversas. ¿Qué había pasado desde entonces? ¿Por qué todo tiene que morir? ¿Por qué hervía dentro de él tanta mierda, tanto odio, tanto miedo, tanta desesperación?Como si una fuerza maligna guiara su mano, con rabia demente clavó una y otra vez el destornillador en el lienzo. Todo estaba perdido. Quería desahogarse de tantos años de desgracias, de pobreza, de fracaso y de mala suerte. Quería vomitar su odio, su frustración, su sino trágico y ridículo al mismo tiempo. Le rechinaban los dientes, y los ojos estaban a punto de salirse de las órbitas.Arrojó el malherido lienzo al suelo, y respirando agitadamente se tumbó en el sofá y se puso a ver la tele. Retransmitían un partido de fútbol. Jugaba la selección española, iba perdiendo.Al cabo de un tiempo la calma pareció imponerse. Y con la calma llegaron los remordimientos. Pequeñas avispas zumbonas que le aguijoneaban rabiosamente, llenándole el corazón de salpullidos.Quería lo imposible, que todo volviera a ser como antes, que el jarrón roto en mil pedazos se recompusiera, que la sangre derramada en las heridas volviera a las venas, que su mujer y su hija rieran alegres, confiadas, virginales, que el cuadro siguiera intacto en la pared. Quería encontrar el camino de regreso a aquellos primeros años felices. Pero, al volver la vista atrás, descubría que todo se había cubierto inexplicablemente de abrojos y cenizas.Fue a la terraza y volvió con un rollo de precinto transparente para intentar remendar el cuadro. Probó incluso con cinta americana. Pero resultaba imposible volver a tensar la superficie del lienzo, era como un himen irreparablemente roto.Se sintió hundido, estúpido, rabioso contra sí mismo, torpe y arrepentido, había destruido aquella obra de arte, había destruido a una mujer bella y buena, y día tras día estaba destruyendo a una niña preciosa que iba creciendo rodeada de violencia y amargura. ¿Por qué esa adicción incurable a destruir?- Ve a un médico- Le había aconsejado en cierta ocasión, y no sin cierto temor, un compañero de trabajo.Pero tenía la certeza de que su problema no era cosa de médicos, sino de un destino negro, maligno y cruel. Le pasaba desde niño, siempre la elección equivocada, el boleto sin premio, la teja que le cae encima al pasar, golpes y golpes de mala suerte como frenéticos directos al rostro que le iban minando hasta hacerle sangrar.Sabía que acabaría solo y fracasado, y nada en el mundo, ni en todo el orden inescrutable del Universo, podía cambiar esa firme sentencia.Pensó en ella, su mujer, su compañera, tan joven, tan guapa, con aquellas grandes nalgas de carne suave y receptiva, con aquella excitante carita de niña, con aquellos pechos firmes y blancos, con aquellos ojos grandes y enamorados.Pensó en su niña, con su carita respingona, con su abrigo azul, su boina roja y su sempiterna sonrisa.Todo perdido en el naufragio de la vida. Todo a la mierda.El lateral izquierdo se adentraba por su banda, cuando se abrió la puerta y la mujer y la niña entraron en silencio al salón.Pero al descubrir el cuadro tumbado sobre el sofá, como un herido de guerra con aquel ridículo esparadrapo sobre las derruidas almenas, la mujer soltó un grito de espanto, y de nuevo comenzaron los sollozos, los gritos, los insultos, los odios y el sentimiento trágico de la vida.El hombre se sintió caer por un profundo y oscuro precipicio. Cogió de nuevo el destornillador, y gritando como un poseído, volvió a apuñalar al pobre lienzo, incluso lo desgarró a dentelladas. Tenía la sensación de que estaba ardiendo en el infierno.La mujer y la niña sollozaban abrazadas. El hombre, con ojos malignos, miró de soslayo a la tele donde también el locutor estaba gritando: el delantero centro se había plantado solo ante el portero rival…Falló. ¡A tomar por culo todo!
¡Cuántas veces intenté pegar los vidrios rotos,suturar el lienzo rasgado, deshacer lo hecho, raspar el borrón, arrancar el puñal clavado en la herida.Borrar las palabras que hicieron daño,secar las lágrimas de las mejillas.Escalar el precipicio por donde que caí,devolver a las venas la sangre vertida,recomponer el jarrón roto en mil pedazos, rescatar el papel de sus cenizas!Pero siempre que intenté lo imposible fracasé.Nunca pude ganar las causas perdidas.
LA DISTANCIA MÁS LARGA ENTRE DOS PUNTOS
Cada vez hay más pasado entre nosotros.Como un trastero lleno de recuerdos cubiertos de polvo,como una distancia cada día más larga entre un punto y otro.Cuando nos miramos no presentimos que se acerca la vida,en el corazón ya no nos caben más heridasy cerramos los ojos por miedo a ver el futuro.Nunca resultan las cosas como uno había soñado.Y este amor de cristal delicado no aguanta ya más caídas.Ahora todo me sale mal cuando estoy contigo,se me caen las cosas de las manosy de mi boca se escapan sin quererlas palabras que más te hieren.Dime tú primero adiós porque yo no puedo despegarme solodel triste resplandor de tu mirada.Puse, para siempre, mi vida en tus manos,sin contar con que el tiempo es un depredador despiadadoque todo lo mata.Y es que no es fácil subsistir tantos añosde un montón de perdonesy de una vana esperanza.
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