la niña grande

 

 

 

 

 

Era un hombre extraordinariamente fuerte, a pesar de aquel cuerpo de frágil apariencia que apenas podía arrastrar la cruz, de aquellos pasos vacilantes y aquel rostro crispado de dolor.Las pedradas de odio que la chusma arrojaba sobre él, era como si golpearan el agua serena de un lago. Le hacían sangrar, es cierto, pero no podían quebrarlo.Por dentro estaba lleno de amor. Y esa fuerza sobrehumana amedrentaba a los iracundos soldados, a la canalla vociferante, a los santurrones hipócritas y vengativos.Han pasado más de dos mil años y todavía se sigue hablando de aquel hombre excepcional, un poco ridículo quizás, pero en cualquier caso admirable. Podría haberse vengado, podría haber descargado rayos justicieros sobre aquella turba inmunda y despreciable. Y tal vez tuvo la tentación de hacerlo. Pero en el fondo era demasiado fuerte, demasiado sabio, demasiado humano. Así que siguió con su cruz en silencio.Ni la maldad, ni la ignorancia, ni las dudas, ni los errores, ni los miedos pudieron jamás destruir su fe. No era un dios, pues todos sabemos que los dioses no existen. Era mucho más que eso. Era una persona fiel a sí misma. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA NIÑA GRANDE 

Oscurecía tras la ventana. Entre la bruma del invierno centelleaban las luces de las farolas y el parpadeo de los coches y de los semáforos. La carretera de Toledo era una herida de luz, una herida larga y lenta que nunca se cerraba, como la de su corazón de madre.Se incorporó con esfuerzo, y con pasos vacilantes se dirigió a la máquina de café. Después de casi un año tenía ese sabor amargo metido hasta en los huesos. Y también el olor del hospital, de las heces mezcladas con el antiséptico, de la enfermedad, de la agonía, de la muerte que rondaba ociosamente por los pasillos eligiendo de forma caprichosa un número de habitación. Aún no había entrado en la 202, pero tarde o temprano entraría para apagar definitivamente esa tenue pavesa de vida que temblaba postrada en la cama ortopédica.Le vino a la memoria el día en que nació su niña. - Es una niña muy guapa- Le dijo la comadrona poniéndosela en los brazos. Tuvo una sensación cálida e intima, de abrazar seda virgen. Sonrosada, con los ojos abiertos, como un capullo de rosa abriéndose a las bellezas de la vida. Pero la vida no es bella, sino una aventura decepcionante que acaba siempre en tristeza o en tragedia.A los quince años se escapó de casa, a los veinte se casó en Puertollano, tan guapa vestida de novia, con aquella carita morena de rasgos aniñados, con aquella sonrisa de inocencia tan característica de ella.“Es una niña muy guapa” ¿Por qué no se quedó para siempre entre sus brazos? ¿Por qué tuvo que arrebatársela aquel depredador cobarde, al que todo el mundo consideraba bueno y amable, pero que en la intimidad familiar resultó ser un monstruo cruel y demente.-¡Muere hijaputa!- Le gritó acercándose a ella después de haberla rociado con gasolina y prendido fuego ante la mirada pasiva de los transeúntes. Su Vanesa cayó al suelo como un feto en llamas. Los médicos no le dieron más de cuarenta y ocho horas de vida. Pero vivió, con el cuerpo quemado, desfigurado el rostro, con su belleza destruida, con terribles dolores contra los que nada podían hacer ya los calmantes. Y así un día tras otro, la habitación en penumbra, máquinas y cables por todos lados, el gorgoteo del suero, el rostro vendado, y aquella sonrisa de niña grande que de vez en cuando florecía como un sol tras largos días de lluvia.¿Por qué le tuvo que pasar a su niña? Evocó una escena que vio en la televisión hacía ya muchos años. La madre de un alpinista muerto lloraba desconsolada. “Parecía un trozo de hielo con barba” Balbucía abotargada por el dolor. La compadeció desde el lado seguro de la vida, como si a ella no pudieran pasarle cosas tan horribles. Pero la tragedia es un golpe inesperado y severo que nos ronda a todos. A veces se despertaba de su angustioso duermevela con la certeza de que se había tratado de una pesadilla brutal. ¿Por qué a su niña? Era tan inocente, era una niña grande, crédula, confiada, que ignoraba las maldades del mundo.En el cuarto de control, una enfermera negra reía estridentemente contando a sus compañeras sus planees para la nochevieja. Ella hacía tiempo que se había olvidado de reír. ¿Cómo había que poner la boca para reír?Apuró su café y tiró el vaso de plástico a la bolsa de basura. Se quedó mirando un instante aquella bolsa negra, después volvió sobre sus pasos y se sentó de nuevo en su silla. Suspiró cansada, desesperanzada, vencida. Sentía que su corazón latía muy lentamente, como si ya no quisiera latir más, como si latiera por inercia, otro día sin alegría, otra noche de angustia, de espera sin esperanza.Cogió al azar una revista de la misita de cristal y se puso a ojearla. Le picaban los ojos, no entendía lo que leía. Un hombre contrahecho en una silla de ruedas hablaba de la historia del tiempo y del espacio. “¿Pero por qué debería esto suponer la existencia de más quarks que antiquarks?”Ya era noche cerrada. Por el pasillo transitaba menos gente y más silenciosa. El dolor era una honda profunda e invisible que hacía vibrar las paredes blancas con sacudidas de pena. ¿Cómo una vida tan breve puede contener un dolor tan grande? Se quedó inmóvil, le dolía cualquier movimiento. Sentía que su cuerpo estaba suelto, descoyuntado, sin nexos, la carne amontonada descuidadamente como ropa sucia apilada en un cesto. Se quedó mirando uno de sus brazos, esperando que de un momento a otro se le cayera al suelo. “Los perros son más felices que nosotros” Pensó sin poder componer ninguna mueca en su rostro agotado.Ahora, en el cuarto de control, se oía el sonido de un fax. “¿Cuánto tiempo hace que no me das un beso ni un abrazo?” Le había reprochado Vanesa una vez tras una estúpida discusión. -          Mi niña, mi niña grande…- Lloró sin derramar lágrimas. 

oración de un ateo

 

Era un hombre extraordinariamente fuerte, a pesar de aquel cuerpo de frágil apariencia que apenas podía arrastrar la cruz, de aquellos pasos vacilantes y aquel rostro crispado de dolor.Las pedradas de odio que la chusma arrojaba sobre él, era como si golpearan el agua serena de un lago. Le hacían sangrar, es cierto, pero no podían quebrarlo.Por dentro estaba lleno de amor. Y esa fuerza sobrehumana amedrentaba a los iracundos soldados, a la canalla vociferante, a los santurrones hipócritas y vengativos.Han pasado más de dos mil años y todavía se sigue hablando de aquel hombre admirable y excepcional.Podría haberse vengado, podría haber descargado rayos justicieros sobre aquella turba inmunda y despreciable. Y tal vez tuvo la tentación de hacerlo. Pero en el fondo era demasiado fuerte, demasiado sabio, demasiado humano. Así que siguió con su cruz en silencio.Ni la maldad, ni la ignorancia, ni las dudas, ni los errores, ni los miedos pudieron jamás destruir su fe. No era un dios, pues todos sabemos que los dioses no existen. Era mucho más que eso. Era una persona fiel a sí misma. 

te escapas a la vida

 

Te escapas a la vida sin armas y sin escudo,creyendo que lo sabes todo y no sabes nada de nada.Mira que no es un juego másesta nueva aventura temeraria,que allí los cuentos acaban maly son de verdad las puñaladas,y a veces te hieren, y a veces te tumban,y a veces te enseñan, y a veces te matan.Ellos son tantos y tan cruelesy tú tan pequeña y confiada.Ojalá no acabes en la morgue, en las fauces de una hiena,o al borde del camino abandonada.Allí nadie vendrá a taparte por las noches,ni velará tus sueños de niña junto a tu cama.Nadie de los que ahora secundan tus risasse apiadará después de tus lágrimas,ni los supuestos amigos, ni los falsos filántropos,ni los depredadores que acecharán para arrancarte tus entrañas.Y yo qué puedo hacer por ti, profunda herida mía,si sólo piensas en volarcuando aún no ten han crecido las alas. 

 

vinagre en las heridas

 

 

VINAGRE EN LAS HERIDASGritos sin voz, frutos podridos, uñas de muerto,palabras en la arena.Cuencas sin ojos, manos sin dedos, placeres abortados, pasos sin huellas.Casas sin techo, chistes sin gracia, perros con rabia,caminos sin meta.Guerras perdidas, nidos de ratas, actos fallidos,trabajos sin recompensa.Pozos sin fondo, sangre sin venas, heridas gangrenadas,almas descompuestas.Jirones de mortaja, cadáveres, saumerios, osarios, ataúdes bajo tierra.Y un enjambre de mentiras venenosasbajo un cielo de estrellas muertas. 

 

 

 

 

 

EL PERRO

vinagre en las heridas

 

 

VINAGRE EN LAS HERIDASGritos sin voz, frutos podridos, uñas de muerto,palabras en la arena.Cuencas sin ojos, manos sin dedos, placeres abortados, pasos sin huellas.Casas sin techo, chistes sin gracia, perros con rabia,caminos sin meta.Guerras perdidas, nidos de ratas, actos fallidos,trabajos sin recompensa.Pozos sin fondo, sangre sin venas, heridas gangrenadas,almas descompuestas.Jirones de mortaja, cadáveres, saumerios, osarios, ataúdes bajo tierra.Y un enjambre de mentiras venenosasbajo un cielo de estrellas muertas. 

 

 

 

 

 

EL PERRO

la buena muerte

 

LA BUENA MUERTE

 

 

 

 

 

 

Siempre que intenté lo imposible fracasé.

 

 

 

DESTRUCCIÒN

 

-¡Abre la puta puerta, me cago en dios y en la virgen puta!-

Detrás de la puerta se oía llorar a una mujer joven y a una niña pequeña.El hombre llevaba la camisa abierta y llena de lamparones, unas bermudas a rayas y unas zapatillas con las punteras rotas por donde asomaban los dedos gordos con las uñas negras. Tenía una prominente barriga, contrastando con unas piernas muy delgadas. Dio una patada a la puerta y la mujer y la niña lloraron con más fuerza. La puerta no se abría. Entonces el hombre, en el paroxismo de la violencia, miró a su alrededor. Se encontraba fuera de sí, sentía un amargor de hierro en la boca, le escocían los ojos, como si hubiera estado llorando, aunque los tenía secos de lágrimas. La voz le salía de la médula quebrada y honda, contaminada de desesperación. Le dolía la cabeza y el estómago. Quería hacer daño a su mujer, mancharla de dolor y amargura. Entonces, de repente, descubrió aquel cuadro sobre la máquina de coser. Lo había pintado ella. Representaba las ruinas del castillo de la Adrada.El hombre, con doloroso fatalismo, arrancó el cuadro de la pared y cogió un destornillador que estaba encima de una mesa.-¡Abre, te cuento hasta tres, me cago en la puta virgen!-Sabía que no abriría. Sabía que todo acabaría mal, peor, como siempre. Gritos, lágrimas, odio, sentimientos rotos irremediablemente. Era el pan nuestro de cada día. No quedaba nada de aquel antiguo amor, fuerte, transigente y permisivo, que era capaz de encontrar un lado divertido en las circunstancias más adversas. ¿Qué había pasado desde entonces? ¿Por qué todo tiene que morir? ¿Por qué hervía dentro de él tanta mierda, tanto odio, tanto miedo, tanta desesperación?Como si una fuerza maligna guiara su mano, con rabia demente clavó una y otra vez el destornillador en el lienzo. Todo estaba perdido. Quería desahogarse de tantos años de desgracias, de pobreza, de fracaso y de mala suerte. Quería vomitar su odio, su frustración, su sino trágico y ridículo al mismo tiempo. Le rechinaban los dientes, y los ojos estaban a punto de salirse de las órbitas.Arrojó el malherido lienzo al suelo, y respirando agitadamente se tumbó en el sofá y se puso a ver la tele. Retransmitían un partido de fútbol. Jugaba la selección española, iba perdiendo.Al cabo de un tiempo la calma pareció imponerse. Y con la calma llegaron los remordimientos. Pequeñas avispas zumbonas que le aguijoneaban rabiosamente, llenándole el corazón de salpullidos.Quería lo imposible, que todo volviera a ser como antes, que el jarrón roto en mil pedazos se recompusiera, que la sangre derramada en las heridas volviera a las venas, que su mujer y su hija rieran alegres, confiadas, virginales, que el cuadro siguiera intacto en la pared. Quería encontrar el camino de regreso a aquellos primeros años felices. Pero, al volver la vista atrás, descubría que todo se había cubierto inexplicablemente de abrojos y cenizas.Fue a la terraza y volvió con un rollo de precinto transparente para intentar remendar el cuadro. Probó incluso con cinta americana. Pero resultaba imposible volver a tensar la superficie del lienzo, era como un himen irreparablemente roto.Se sintió hundido, estúpido, rabioso contra sí mismo, torpe y arrepentido, había destruido aquella obra de arte, había destruido a una mujer bella y buena, y día tras día estaba destruyendo a una niña preciosa que iba creciendo rodeada de violencia y amargura. ¿Por qué esa adicción incurable a destruir?-          Ve a un médico- Le había aconsejado en cierta ocasión, y no sin cierto temor, un compañero de trabajo.Pero tenía la certeza de que su problema no era cosa de médicos, sino de un destino negro, maligno y cruel. Le pasaba desde niño, siempre la elección equivocada, el boleto sin premio, la teja que le cae encima al pasar, golpes y golpes de mala suerte como frenéticos directos al rostro que le iban minando hasta hacerle sangrar.Sabía que acabaría solo y fracasado, y nada en el mundo, ni en todo el orden inescrutable del Universo, podía cambiar esa firme sentencia.Pensó en ella, su mujer, su compañera, tan joven, tan guapa, con aquellas grandes nalgas de carne suave y receptiva, con aquella excitante carita de niña, con aquellos pechos firmes y blancos, con aquellos ojos grandes y  enamorados.Pensó en su niña, con su carita respingona, con su abrigo azul, su boina roja y su sempiterna sonrisa.Todo perdido en el naufragio de la vida. Todo a la mierda.El lateral izquierdo se adentraba por su banda, cuando se abrió la puerta y la mujer y la niña entraron en silencio al salón.Pero al descubrir el cuadro tumbado sobre el sofá, como un herido de guerra con aquel ridículo esparadrapo sobre las derruidas almenas, la mujer soltó un grito de espanto, y de nuevo comenzaron los sollozos, los gritos, los insultos, los odios y el sentimiento trágico de la vida.El hombre se sintió caer por un profundo y oscuro precipicio. Cogió de nuevo el destornillador, y gritando como un poseído, volvió a apuñalar al pobre lienzo, incluso lo desgarró a dentelladas. Tenía la sensación de que estaba ardiendo en el infierno.La mujer y la niña sollozaban abrazadas. El hombre, con ojos malignos, miró de soslayo a la tele donde también el locutor estaba gritando: el delantero centro se había plantado solo ante el portero rival…Falló. ¡A tomar por culo todo! 

 

 

 

 

 

¡Cuántas veces intenté pegar los vidrios rotos,suturar el lienzo rasgado, deshacer lo hecho, raspar el borrón, arrancar el puñal clavado en la herida.Borrar las palabras que hicieron daño,secar las lágrimas de las mejillas.Escalar el precipicio por donde que caí,devolver a las venas la sangre vertida,recomponer el jarrón roto en mil pedazos, rescatar el papel de sus cenizas!Pero siempre que intenté lo imposible fracasé.Nunca pude ganar las causas perdidas. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA DISTANCIA MÁS LARGA ENTRE DOS PUNTOS 

Cada vez hay más pasado entre nosotros.Como un trastero lleno de recuerdos cubiertos de polvo,como una distancia cada día más larga entre un punto y otro.Cuando nos miramos no presentimos que se acerca la vida,en el corazón ya no nos caben más heridasy cerramos los ojos por miedo a ver el futuro.Nunca resultan las cosas como uno había soñado.Y este amor de cristal delicado no aguanta ya más caídas.Ahora todo me sale mal cuando estoy contigo,se me caen las cosas de las manosy de mi boca se escapan sin quererlas palabras que más te hieren.Dime tú primero adiós porque yo no puedo despegarme solodel triste resplandor de tu mirada.Puse, para siempre, mi vida en tus manos,sin contar con que el tiempo es un depredador despiadadoque todo lo mata.Y es que no es fácil subsistir tantos añosde un montón de perdonesy de una vana esperanza.