la niña grande
31 Octubre 2007
Era un hombre extraordinariamente fuerte, a pesar de aquel cuerpo de frágil apariencia que apenas podía arrastrar la cruz, de aquellos pasos vacilantes y aquel rostro crispado de dolor.Las pedradas de odio que la chusma arrojaba sobre él, era como si golpearan el agua serena de un lago. Le hacían sangrar, es cierto, pero no podían quebrarlo.Por dentro estaba lleno de amor. Y esa fuerza sobrehumana amedrentaba a los iracundos soldados, a la canalla vociferante, a los santurrones hipócritas y vengativos.Han pasado más de dos mil años y todavía se sigue hablando de aquel hombre excepcional, un poco ridículo quizás, pero en cualquier caso admirable. Podría haberse vengado, podría haber descargado rayos justicieros sobre aquella turba inmunda y despreciable. Y tal vez tuvo la tentación de hacerlo. Pero en el fondo era demasiado fuerte, demasiado sabio, demasiado humano. Así que siguió con su cruz en silencio.Ni la maldad, ni la ignorancia, ni las dudas, ni los errores, ni los miedos pudieron jamás destruir su fe. No era un dios, pues todos sabemos que los dioses no existen. Era mucho más que eso. Era una persona fiel a sí misma.
LA NIÑA GRANDE
Oscurecía tras la ventana. Entre la bruma del invierno centelleaban las luces de las farolas y el parpadeo de los coches y de los semáforos. La carretera de Toledo era una herida de luz, una herida larga y lenta que nunca se cerraba, como la de su corazón de madre.Se incorporó con esfuerzo, y con pasos vacilantes se dirigió a la máquina de café. Después de casi un año tenía ese sabor amargo metido hasta en los huesos. Y también el olor del hospital, de las heces mezcladas con el antiséptico, de la enfermedad, de la agonía, de la muerte que rondaba ociosamente por los pasillos eligiendo de forma caprichosa un número de habitación. Aún no había entrado en la 202, pero tarde o temprano entraría para apagar definitivamente esa tenue pavesa de vida que temblaba postrada en la cama ortopédica.Le vino a la memoria el día en que nació su niña. - Es una niña muy guapa- Le dijo la comadrona poniéndosela en los brazos. Tuvo una sensación cálida e intima, de abrazar seda virgen. Sonrosada, con los ojos abiertos, como un capullo de rosa abriéndose a las bellezas de la vida. Pero la vida no es bella, sino una aventura decepcionante que acaba siempre en tristeza o en tragedia.A los quince años se escapó de casa, a los veinte se casó en Puertollano, tan guapa vestida de novia, con aquella carita morena de rasgos aniñados, con aquella sonrisa de inocencia tan característica de ella.“Es una niña muy guapa” ¿Por qué no se quedó para siempre entre sus brazos? ¿Por qué tuvo que arrebatársela aquel depredador cobarde, al que todo el mundo consideraba bueno y amable, pero que en la intimidad familiar resultó ser un monstruo cruel y demente.-¡Muere hijaputa!- Le gritó acercándose a ella después de haberla rociado con gasolina y prendido fuego ante la mirada pasiva de los transeúntes. Su Vanesa cayó al suelo como un feto en llamas. Los médicos no le dieron más de cuarenta y ocho horas de vida. Pero vivió, con el cuerpo quemado, desfigurado el rostro, con su belleza destruida, con terribles dolores contra los que nada podían hacer ya los calmantes. Y así un día tras otro, la habitación en penumbra, máquinas y cables por todos lados, el gorgoteo del suero, el rostro vendado, y aquella sonrisa de niña grande que de vez en cuando florecía como un sol tras largos días de lluvia.¿Por qué le tuvo que pasar a su niña? Evocó una escena que vio en la televisión hacía ya muchos años. La madre de un alpinista muerto lloraba desconsolada. “Parecía un trozo de hielo con barba” Balbucía abotargada por el dolor. La compadeció desde el lado seguro de la vida, como si a ella no pudieran pasarle cosas tan horribles. Pero la tragedia es un golpe inesperado y severo que nos ronda a todos. A veces se despertaba de su angustioso duermevela con la certeza de que se había tratado de una pesadilla brutal. ¿Por qué a su niña? Era tan inocente, era una niña grande, crédula, confiada, que ignoraba las maldades del mundo.En el cuarto de control, una enfermera negra reía estridentemente contando a sus compañeras sus planees para la nochevieja. Ella hacía tiempo que se había olvidado de reír. ¿Cómo había que poner la boca para reír?Apuró su café y tiró el vaso de plástico a la bolsa de basura. Se quedó mirando un instante aquella bolsa negra, después volvió sobre sus pasos y se sentó de nuevo en su silla. Suspiró cansada, desesperanzada, vencida. Sentía que su corazón latía muy lentamente, como si ya no quisiera latir más, como si latiera por inercia, otro día sin alegría, otra noche de angustia, de espera sin esperanza.Cogió al azar una revista de la misita de cristal y se puso a ojearla. Le picaban los ojos, no entendía lo que leía. Un hombre contrahecho en una silla de ruedas hablaba de la historia del tiempo y del espacio. “¿Pero por qué debería esto suponer la existencia de más quarks que antiquarks?”Ya era noche cerrada. Por el pasillo transitaba menos gente y más silenciosa. El dolor era una honda profunda e invisible que hacía vibrar las paredes blancas con sacudidas de pena. ¿Cómo una vida tan breve puede contener un dolor tan grande? Se quedó inmóvil, le dolía cualquier movimiento. Sentía que su cuerpo estaba suelto, descoyuntado, sin nexos, la carne amontonada descuidadamente como ropa sucia apilada en un cesto. Se quedó mirando uno de sus brazos, esperando que de un momento a otro se le cayera al suelo. “Los perros son más felices que nosotros” Pensó sin poder componer ninguna mueca en su rostro agotado.Ahora, en el cuarto de control, se oía el sonido de un fax. “¿Cuánto tiempo hace que no me das un beso ni un abrazo?” Le había reprochado Vanesa una vez tras una estúpida discusión. - Mi niña, mi niña grande…- Lloró sin derramar lágrimas.