propósitos de enmienda

 

 

QUINCE ASALTOS

 

Recuerdo aquellos años de boxeo, después de venir de Rusia.

El olor del cuero, del sudor, de la sangre, del miedo,

pero era un miedo que no daba miedo, un dolor que no dolía.

Yo estaba en libertad condicional,

y aquel pequeño cuadrilátero era el único lugar del mundo

donde de verdad me sentía libre.

Ha pasado el tiempo

y ahora me siento como un boxeador vencido

tras un combate de quince asaltos,

tumefacto, desorientado, reventado por dentro.

Nunca supe encajar los golpes bajos que da la vida.

Ven con tu juventud, con tu desnudez,

con la lujuria vivificante y alegre

que irradia tu hermoso cuerpo.

Haz que vuelva a sentirme vivo,

como en uno de aquellos asaltos donde el tiempo se detenía,

mientras los rayos del sol se deslizaban

por la ventana rota del barrancón.

 

 

 

 

 

Me gusta mirarte cuando te ríes, cuando mueves las manos,

cuando te apartas el pelo, cuando vas andando por la calle.

Me gusta tu olor, tan íntimo, tan tuyo, tan mío,

rozarme contigo como sin querer,

el sonido de tus besos, el timbre de tu voz.

Me gusta tu mirada, franca y expresiva,

tus ojos grandes, tu nariz pequeña,

el dulce susurro de tus movimientos,

tus silencios, tu escote, tus cosas pequeñas, tu gran corazón.

Me gusta pensar en ti cuando menos lo pienso,

soñar contigo aunque sea despierto,

tu voz por teléfono y la cálida cadencia de tu respiración.

Me gusta saber que estas ahí, como el faro sobre la roca,

firme, encendida, siempre hermosa,

aunque el mundo se derrumbe a mi alrededor.

Te quiero, por más que ya no te sirvan los juramentos,

ni los propósitos de enmienda, ni las palabras de amor.

Te quiero cuando llegas y me dices hola,

y te seguiré queriendo cuando me digas adiós.

 

 

 

 

 

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