LA DISTANCIA MÁS LARGA ENTRE DOS PUNTOS
A ellas, que son la única tierra para alguien que sigue en las nubes.
LO QUE PASÓ EN LA CUEVA DEL CÍCLOPE
PEQUEÑOS ATAÚDES
EL DÍA MENOS PENSADO
LA BALSA DE ULISES
UN RASTRO DE SANGRE
Era una herida muy fea. El tobillo no paraba de sangrar. Se veían los tendones y una especie de grumos de carne purulenta.
Se quitó la camiseta e improvisó un torniquete.
De una escombrera cercana cogió una rama robusta, aunque un poco encorvada, para usarla como muleta.
Era un caluroso domingo de Julio.
Arrastrando la pierna llegó hasta la carretera. Se puso a parar los coches pero ninguno se detenía. Renqueante y dolorido atajó por el polígono industrial en dirección al ambulatorio de Quintanar. El calor derretía el asfalto. Se vio reflejado en el escaparate de un concesionario de coches: escuálido, enfermizo, semicalvo, cincuenta años de mala suerte, machacado por la vida, parado de larga duración, un híbrido de vagabundo y dominguero, feo, envejecido, asustado, solo.
Salió de nuevo a la carretera. Un coche redujo la velocidad. Se trataba de una familia de camino al Centro Comercial. Una madre, dos niñas y una anciana. La madre era joven, morena y muy guapa. Las niñas, también muy guapas, lo miraron entre la compasión y la repugnancia. Tampoco se detuvieron.
Un sol fiero le mordía la nuca. Era hierro fundido cayendo sobre sus hombros. Un calor metálico, sólido, apocalíptico, asfixiante. Sentía sed, dolor y debilidad. Se estaba desangrando. Necesitaba ayuda. Pero todas las puertas estaban cerradas. Tanta gente alrededor y sin embargo tanta distancia. Era como deambular por un cementerio. Un muerto insepulto vagando sin rumbo por el mundo de los vivos. La segunda resurrección de Lázaro.
Por fin llegó al ambulatorio. La palanca niquelada de la puerta ardía. No podía abrirla, empujó con todas sus fuerzas, forcejeó desesperadamente, la zarandeó y la golpeó con rabia, no se abría. Hasta que vio un cartel que ponía: “Cerrado por vacaciones. Dirigirse al hospital de Alcázar” No podía creérselo. Así funcionaban las cosas en Castilla La Mancha, así habían funcionado siempre, o no habían funcionado nunca, mejor dicho. Un atraso cultural enquistado y definitivo.
Desalentado, se sentó en la acera. La herida seguía sangrando en abundancia a pesar del torniquete. Una mosca revoloteó borracha con el olor de la sangre.
Se incorporó y volvió a la carretera. Nada. Ningún coche paraba. No llevaba móvil, pero aunque lo hubiese llevado daría igual, ya no tenía a nadie a quien llamar. Ningún amigo, ningún pariente, ninguna compañera de viaje. Era un mono expulsado de la manada.
A medida que caminaba, cada vez más despacio y con mayor dificultad, iba dejando un rastro de sangre que parecía hervir bajo el sol.
MUERE Y DEJA VIVIR
Venganza. Qué amargo y qué dulce es tu sabor. He nacido para ti, soy tu instrumento. Me acompañas en el lecho donde velo y en la mesa donde ayuno. Venganza. Retumba tu nombre con reverberación de caverna. Y sin embargo, qué pequeño, qué despreciable es el ser por el que te he invocado.
Rodeado de una chusma de aduladores, es un rey espurio y caprichoso que con su obtusa imaginación se cree omnipotente. Pero en sus ojos se adivina un alma mezquina y vergonzante de bajos y miserables instintos. Esas manos que, dueñas de un cetro que usurpó, gesticulan despóticas y amenazantes, son las mismas que derramaron la sangre de mi padre, el rey legítimo. ¿Legítimo? ¡Qué importa eso! Ya no existe nada legítimo o justo. Con ese mismo puñal que refulge en su cintura de héroe de paja, lo mató alevosamente. Sí, sonríe, puerco advenedizo, créete dueño del mundo, es mejor que no temas nada, que te descuides, borracho bastardo de nariz roja, que no preveas nada. Ríete de mí, piensa que sólo soy un bufón pusilánime. No sospeches que ya no soy humano, sino un arma que se afila de los pies a la cabeza ejercitándose para matarte.
Cómo me repugnan esos sucios labios que, con fétido aliento a perro muerto, besan a esa puta que un día nefasto fue mi madre. Cómo me repugna esa expresión triunfante y esos gestos hipócritas de pésimo actorcillo aldeano. Eres sólo un insecto vestido de rey, un rufián zafio, vulgar y farsante, un excremento de perro con fulgores áureos.
Es mi odio, al lado de tu baja condición, una esfera rotunda e invencible, noble y gigante, más grande que el sol, que crece y crece a medida que gira atravesando el espacio y el tiempo, ardiendo, quemando, alimentándose de sí misma, perdurando sobre la pequeñez del ser humano y de su árida historia. Por las leyes inexorables de la física y la metafísica, este odio perfecto al final ha de aplastarte, aplastar tu geta de puerco, tus andares de cretino, tu mente sucia y yerma, tu estúpido discurso de rey de farándula.
Mientras tú ríes groseramente, y devoras tus manjares engordando como el cerdo que eres, y bebes asquerosamente, satisfecho, de tu copa, yo, retirado en las sombras, afilo mi cuchillo de matarife, lo beso con devoción, adoro su sed de sangre culpable, y mimo mi odio, hablo con él, invocando, conjurados, a la muerte, planeando una venganza exterminadora que ha de llegar como tras la noche llega el día.
Sí, ríe, pedazo de mierda, sólo siento que un odio tan grande y hermoso se dirija a un ser tan pequeño y feo.
Pero silencio. Que al abrigo de la noche la serpiente destile su mortal veneno.
Casi siento tener que agotar pronto este fuerte vino de dioses que me emborracha de odio con su enloquecedor sabor a sangre y muerte.
Reina de la nada.
¿Dónde están tus muñecas, donde están los cuentos
que al calor de la lumbre tu madre te contaba?
¿Qué quimeras viniste a buscar aquí?
¿Crees todavía que la vida es aquella aventura dorada?
Mira ese paisaje hirsuto
que languidece y muere tras la ventana,
mira esos rostros brutales
bajo el neón melancólico de la barra.
No es esta la tierra prometida
que en tu cuarto despierta soñabas.
Reina de los burdeles de carretera,
de las sábanas sucias, de las noches sin mañana,
hermoso cuerpo de saldo,
pechos de fresa, tacones altos,
y ojos que han perdido el alma.
CINCO MINUTOS DE DESCANSO
El viejo se sentó a descansar en un banco. Dejó en el suelo las bolsas del Dia y respirando profundamente apoyó los brazos en el respaldo.
Era un caluroso mediodía de finales de Julio.
Por la acera pasó un ejemplar corpulento con bermudas blancas y camiseta de tirantes. Un rostro vulgar, vacío, con ojos de cucaracha, condimentado con un gesto sombrío de chulería y mala leche. Había conocido a tantos así en su larga vida. Malos vecinos que invadían su intimidad, conductores asesinos, pirañas murmuradoras, chusma dominguera, adictos a los bares, fauna estridente y rastrera de pensamiento difícil y risa fácil. No se podía luchar contra aquella plaga, eso lo supo ya en la mili, ellos estaban en un bando y él en otro, ellos eran los vencedores, ignorantes soberbios sin vida interior, sin talento, sin chispa, con valores obtusos y miméticos, molestos como moscardas con las fauces llenas de mierda, hirientes como tábanos, pero felices como monos trepando a los árboles.
Tenía ya setenta y cuatro años y nunca se había reconciliado con aquella especie, moriría sin reconciliarse.
Sólo las mujeres le habían hecho integrarse por momentos en la sociedad, aunque más bien era él quien las había integrado en su mundo alejándolas de sus feas realidades. Pero también su relación con las mujeres había acabado siempre en fracaso. Fracaso tras fracaso. Recordó a aquella muchacha de ojos grandes y sonrisa luminosa a la que tanto deseó hacía ya muchos años. Poco a poco la luz de aquella sonrisa se fue apagando como el sol que se ahoga en las nubes. Fue como si él la hubiera contaminado con su negra amargura.
Al final sólo le quedaba una inmensa y calcinada llanura de soledad.
Estaban los hijos y los nietos, es verdad, pero era como si ya pertenecieran a otro mundo, como si fueran extraños que de vez en cuando venían a visitarlo para acallar sus malas conciencias.
En fin, aún tenía sus perros y su pequeña pensión. ¡Para qué más!
La calle quedó desierta. No se oían ni los pájaros. Por unos momentos se sintió a gusto sentado a la sombra en aquel banco. Un breve descanso en las trincheras. Le dolían las piernas, la sangre no le circulaba bien. El lunes tenía cita con el médico.
No le importaba morir, lo que le molestaba era compartir destino con sus semejantes. ¿Semejantes?, ¿en qué? En nada. Siempre fue un extranjero en todas partes, un lobo acosado por los corderos. La vida era una guerra absurda y sin cuartel. Pero, pensándolo mejor, después de tanto tiempo casi le parecía bien que fueran así las cosas. Le habría desconcertado mucho descubrir algún rasgo noble o inteligente en aquellos bípedos de obvio discurso y rancio sudor de multitud.
Recogió sus bolsas del suelo y se incorporó con dificultad para continuar su camino con andares penosos.
Un gato que se relamía a las puertas de una carnicería, se le quedó mirando anodinamente.
MOLINOS DE VIENTO
Ridículo caballero andante que mal andas,
¿hacia qué nuevas desventuras guías las riendas
de tu famélico caballo,
atravesando yermos y paupérrimas aldeas
bajo el sol abrasador del mediodía,
perseguido por perros sarnosos que te ladran
y muchachos harapientos que se ríen de tu triste figura
y te arrojan piedras cuando pasas?
¿Es que no tuviste bastante con los yangüeses que te quebraron los huesos,
con los gigantes que resultaron ser molinos
girando y girando en medio de los vendavales de tu cabeza,
o con la aventura de la venta encantada
donde acabaste heroicamente manteado?
Pobre niño cincuentón.
Siempre derrotado, siempre burlado, siempre apaleado.
Enamorado de una hermosa dama que ni existe
y entregado a una causa perdida pero imposible.
Anda, tonto, devuelve al rincón de tus abuelos
las oxidadas armas y la abollada armadura
y aprende de la sabiduría de Sancho, de su pacífica condición,
pues para lo que vale esta perra vida
es mejor la nada que la locura.
ABSOLUTAMENTE NADA
Ella lo miró con arrobamiento. ¿Qué veía en él? Ya no era tan grande como antes. Feo, desgarbado, con los pocos dientes que le quedaban amarillentos por la nicotina. Mírale, no sabe ni beber agua de la botella, pone los morros como un monito ciego buscando la teta de su madre. ¡Y qué viejo estaba! Dentro de unos años sufriría un infarto cerebral que lo postraría en una silla de ruedas como una piltrafa humana. ¿Qué haría ella entonces con lo joven que era?
Torpe, gafado, raro, demente, andrajoso, con las uñas negras, oliendo a sudor y a roña. ¿Qué había de bueno en él? Nada. Absolutamente nada, ni bueno ni conveniente. Le recordaba a un herrumbroso coche abandonado en un desguace. Pobrecillo.
Después de mirarlo en silencio, con un suspiro imperceptible apoyó la cabeza en su hombro. Él sintió que aquel gesto valía por todos los fotogramas de la lujuria. No eran necesarias palabras: el amor era aquella sensación cálida.
Un feriante de rostro malvado, disfrazado de trovador medieval, pasaba una tarjeta de crédito por un datáfono.
¡Cómo os echo de menos!
¡Cuantas tardes de sol y noches de lluvia he pasado sin vosotras!
Después de tantos años de ausencia ya ni siquiera os conozco,
y no me extraña que desde hace tiempo dejarais de buscarme
por esos mares ignotos.
Siempre anduve perdido en pos de espejismos
por desiertos tormentosos.
Siempre busqué el camino más largo
para ir de un punto a otro
¡Qué difícil es vivir! Cada día nos examinamos como padres, como amantes, como personas… Y basta con mirarnos al espejo para comprobar que, una vez más, hemos suspendido el examen final. Ese, por ejemplo, soy yo, aunque muchas veces soy otro, un rostro lujurioso, asustado, sin ningún heroísmo. Y de nada sirve el saber, la fuerza, el tener. Voy añadiendo errores a mi currículum, mientras me despeño inexorablemente por la pendiente de la soledad. Y así las estaciones se suceden, el mundo sigue siendo una concha cerrada, y sólo tu belleza, pienso algunas veces, hace a la vida digna de esa palabra.
FETICHES
Son mi tesoro secreto, mi más valiosa posesión.
Me traen el suave aroma de tu desnudez
y siembran de rosas mi soledad.
Es como tenerte siempre,
tener de ti más que tú misma.
He atravesado tu carne de punta a punta,
he capturado la imagen que ronda mis fantasías
para aferrarme a ella mientras viva,
he detenido el tiempo en ese sagrado instante
en que tu alma se hace carne
y tu cuerpo huele a eterna juventud.
Lo que no pudo darme el amor con su mansedumbre,
me lo trae en sus fauces de fiera indómita
la lujuria.
CUESTIONES DE VIDA Y MUERTE
La chica estaba de rodillas sobre la cama, semidesnuda, con un corsé negro y ajustado que resaltaba sus formas blancas y voluptuosas. Su carne era joven, prieta, suave, sus ojos brillaban, ardían, resplandecían. Su pelo era largo, bruñido como la crin de un caballo. Estaba envuelta en un aura de luz, era el aura de la juventud, de la belleza, de la feminidad, de la vida.
El hombre le sacó los pechos por encima del corsé y le desabrochó los corchetes de la entrepierna. La chica suspiró levemente. Su sexo estaba caliente y húmedo, sus pechos eran grandes, con grandes aureolas de un rosa suave, sus pezones erectos. Se vio reflejada en el espejo. “¡Qué porno!” Dijo sorprendida, con voz infantil.
Era muy guapa. Una carita angelical con las mejillas sonrosadas, y los labios, abultados y prominentes, de un color entre rosa y violeta. Sonrió con una desmayada sonrisa que incitaba al amor y a la cópula.
Era demasiado hermosa, demasiado joven, demasiado niña, sin embargo sus nalgas eran poderosas, orondas, carnosas, con unos muslos contundentes, renacentistas, anchas caderas de mujer pasiva y fértil. ¡Había tanta savia rezumando, hirviendo, dentro de aquel cuerpo! Ella representaba el milagro de la vida.
Fuera, tras la ventana, se veía la parra marchita, la madera podrida del banco, las telarañas de los rincones, las cruces reclinadas del cementerio.
La muchacha se tumbó con lentitud sobre la cama y echó los brazos hacia atrás, abriéndose mucho de piernas. Dejó caer la cabeza al lado derecho de la almohada y, cerrando los ojos, comenzó a acariciarse. Su sexo se fue abriendo como una fruta dulce, como un animalillo confiado.
El hombre la abrazó como si tocara la luna con las manos y se dispuso a gozarla, a exprimirla, a deshojarla, a devorarla. Pero su pensamiento deambulaba con pasos fúnebres del pasado al futuro, del futuro al pasado, incapaz de comprender que lo que aquella muchacha carnal y hermosísima le ofrecía era el presente. Un simple y puro trozo de presente sobre el que detenerse, sobre el que realizarse, sobre el que arraigar, sobre el que crecer, sobre el que justificar toda una vida. Ella, con todas sus preciosas curvas, era la línea recta entre dos puntos.
Él sintió en su miembro todo aquel calor interior, profundo, enloquecedor, toda aquella entrega enamorada y rendida.
- ¿De dónde eres?,- preguntó la muchacha cuando acabaron, apoyando satisfecha la mejilla sobre una mano- qué orejas más grandes tienes…¡qué!, ¿qué pasa? ¿qué tengo? ¿porqué me miras así?- rió ingenuamente con sus alma fresca.
Él no contestó. ¿Cómo expresarlo?
Alguien llamó a la puerta. En un suspiro había pasado la media hora.
-Despídete- Lo apremió la niña empezando a vestirse, a desvanecerse, para volver a su reino de neón y lencería, y seguir buscando los sueños o la supervivencia entre rostros brutales de abultadas carteras. ¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? ¿Es la primera vez que vienes? ¿Quieres pasar un rato conmigo?…
La habitación olía a vida.
He visto tantos ataúdes, tantas caras de muerto,
tantas flores marchitas sobre las tumbas,
tantos retratos amarillentos,
tantos nombres que han perdido su significado,
tantas vidas como si nunca hubieran sido vividas.
Y de repente apareces tú
como el milagro de la resurrección de la carne.
Te quiero porque estás lejos de la fealdad y de la muerte,
porque hueles a esperanza y a lujuria,
porque tus jóvenes pétalos resplandecen,
porque tu cuerpo puro no sabe nada de enfermedades,
de funerales, de morbideces,
porque cuando suspiras, cuando gritas, cuando te corres,
el mal olor de la vejez se evapora de mi mente.
Eres la vida.
Fuera de tu cuerpo sólo hay cementerios, entierros, ruinas.
Rebosas belleza. Rezumas vida.
Alumbras, procreas, deslumbras.
Haces que la sangre corra, salte, hierva,
ascienda en torrentes, descienda en cascadas.
Eres el único planeta con vida
en una constelación de desgracias.
Brotas como la hierba
por las grietas de las lápidas,
creces sobre los muros,
floreces sobre las ramas.
Prendes de vida todo lo que te toca,
resucitas lo que miras,
lo que besas reencarnas.
Eres vida desnuda, abierta, redonda, enamorada.
Desde tu pelo hasta tus pies eres vida,
hueles a vida, suenas a vida, sabes a vida,
Tal vez por eso, mi vida, te tema tanto.
Sentado frente al mar en la isla de Calipso,
Ulises añoraba su patria y maldecía su destino.
Nunca quiso aventuras, ni viajes, ni guerras,
sólo ver crecer a su hijo y arar su tierra.
Nunca quiso el botín de Troya, ni la gloria de Aquiles,
ni el amor de las sirenas.
Pero como a una balsa a la deriva en medio de tempestades
la vida nos zarandea.
Buscando el ocaso en la raya del horizonte
los caminos del mar siempre se alejan.
LEY DE VIDA
Partamos de cero.
Dejemos atrás los errores, los rencores y los miedos.
Nos espera un largo viaje por mares tempestuosos
y escabrosos terrenos.
Ten, toma mi mano
y levántate de nuevo.
Nada es fácil para nadie.
¡Hay tantas trampas en el camino,
tantos abismos, tantos peligros al acecho!
Pero sigamos adelante cerrando heridas
y abriendo senderos.
Es ley de vida que suframos, que gocemos, que erremos,
que odiemos, que muramos, que amemos.
EL PLANETA DE LOS SIMIOS
Cuando aquel lunes de agosto Gregorio Chinchilla salió de su casa para ir a trabajar, tuvo una sensación muy extraña. El aire olía a una mezcla entre droguería y estiércol de zoológico. Pero no descubrió de qué se trataba hasta que un coche estuvo a punto de atropellarlo en un paso de peatones. No podía dar crédito a sus ojos. ¡El coche lo conducía un simio! El simio le enseñó los dientes, uno de ellos de oro, con una mueca agresiva y continuó su camino derrapando sobre el asfalto. Con toda seguridad se trataba de una alucinación. Probablemente se debiera al alcohol. Desde que su mujer lo abandonó por un tornero fresador, quedándose, la muy puta, con la casa familiar y los hijos pequeños, bebía demasiado. No conciliaba el sueño y vegetaba en un estado permanente de sonambulismo, con escozor de ojos, vértigos, vahídos y dolor de cabeza. Sólo se animaba pegándole a la botella, por lo que su salud se iba deteriorando a pasos agigantados. ¿Se trataba pues ahora del delirium tremens?, pensó con un escalofrío.
Llegó al taller de su pequeña imprenta y decidió olvidar el incidente.
Trabajó toda la mañana en unos fotolitos para una revista pornográfica que se llamaba “Supertetas”, y a las dos en punto, como siempre, se fue a comer.
Subió la cuesta hasta el bar donde habitualmente comía, “El Milenium”, pero las cosas empeoraron de repente cuando al llegar a la puerta del bar lo alarmó un ruido ensordecedor. “¡Uh uh uh uh uhhhh!”. Al entrar él en el local, sin embargo, se hizo el silencio. Comprobó con angustia que no había sido una alucinación lo que le había ocurrido por la mañana: ¡el bar estaba lleno de simios! No simios en el sentido figurado de la palabra, como cuando se trata de insultar a alguien por su carencia de inteligencia o extrema fealdad, sino primates auténticos, peludos, alborotadores, con largos brazos y piernas cortas. Estaban vestidos como gente normal, un poco sucios y desarrapados por lo general, es cierto, pero en sus monos de trabajo podía leerse “Reformas en general”, “Cerrajería hermanos Puerta” y otras cosas cotidianas por el estilo, incluso algunos de ellos iban trajeados y con maletines en la mano.
Todos aquellos ojos de primate, obcecados y obtusos, se clavaron en él, lo siguieron con la mirada mientras, cohibido y asustado, buscaba una mesa libre. Lo lógico habría sido que se marchara al ver a toda aquella jauría de chimpancés sentados a las mesas y abarrotando la barra, pero se dejó llevar por la inercia y se sentó en una mesa frente a la televisión.
En la televisión daban un concurso en el que dos clanes de chimpancés, uno vestido de azul y otro de amarillo, competían, ridículamente disfrazados, corriendo sobre troncos engrasados y dando saltos en las gradas gritando uh uh uh uh a una señal convenida.
- ¡Abuelo, baja de la barra!- Gritó el gorila camarero a un chimpancé viejo y desdentado que se había subido sobre la barra para alcanzar una botella de wiski.
Una simia de ojos saltones echaba monedas en una máquina tragaperras. Un mono borracho y ciego contaba con voz estridente la historia de un burro que se había criado con perros guardianes.
- Sólo le faltaba ladrar, si alguien se acercaba a la valla, el burro iba corriendo y rebuznando a mordele, una vez el jodío enganchó de la chaqueta a un guardia civil y lo arrastró por el suelo, el hijoputa del guardia quería matar al borrico con la pistola –
- Ahora mismo me comería un chochito- Dijo el chimpancé viejo y desdentado, mirando con expresión ensoñadora a la camarera, que, por cierto, era una simia muy mona.
Gregorio Chinchilla pidió patatas guisadas y un entrecot poco hecho. Comió de prisa, quería acabar cuanto antes y marcharse de aquel lugar grotesco y demencial. Un orangután con una gorra visera azul se apoyó en el respaldo de su silla.
- ¿Postre?-
- No, no, la cuenta –
Ya en la calle la cabeza parecía que iba a estallarle. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba? Los simios caminaban por la acera a sus anchas, reían estruendosamente, jugaban, reñían, gritaban. Un pequeño chimpancé se subió sobre el capó de un coche aparcado y se puso a morder el limpiaparabrisas, llenando de babas y restos de cacahuete el cristal.
Al llegar a su taller, tuvo la certeza de que aquella pesadilla continuaría siempre, de que vivía en un mundo de simios y de que él, por alguna razón inescrutable, había salido con alguna deformidad, con algún retraso congénito, se había quedado un escalón más bajo, era un apestado, una especie de intelectual.
Una simia con síndrome de Down, gesticulaba en medio de la calle obedeciendo a un tic monomaniático o tal vez ensayando un baile esotérico.
Gregorio Chinchilla se sintió descorazonado.
LA HORMIGA Y EL UNIVERSO
La hormiga arrastraba cuesta arriba su gigantesca cáscara de pipa. Era una tarde ventosa que anunciaba tormenta. A la hormiga le dolían las mandíbulas de hacer presa sobre la cáscara. Había perdido el rumbo. Un ser bípedo y descomunal que emitía sonidos atronadores y simiescos, la había pisado con intenciones homicidas. La hormiga quedó magullada, pero pudo recuperarse y coger de nuevo su pesada carga, aunque ahora le costaba orientarse porque había perdido una antena.
No sabía dónde estaba su hormiguero. Arrastraba la pipa cuesta arriba hasta que bruscamente giraba noventa grados para continuar salvando adoquines en dirección al oeste. Se detenía en la trinchera de una juntura o al borde de una sima, y girando sobre sí misma, se dirigía rauda hacia el este.
Tenía que apretar con fuerza las mandíbulas sobre su presa, porque el viento cabrón quería arrancársela de la boca. A veces una ráfaga la levantaba del suelo con su cáscara y le hacía retroceder unos metros, distancia que para la pobre hormiga suponía largos kilómetros.
Pero, ¿a dónde iba?, ¿por qué se le habría ocurrido salir a la calle en una tarde tan mala, con lo bien que se estaba en el hormiguero, calentito, seguro y lleno de provisiones? Intentó gritar llamando a su familia, pero sus ondas de radio resultaban imperceptibles, pues estaban siendo emitidas por una sola y rota antena.
El cielo, mientras tanto, se había vuelto negro. Sobre un monte se divisaba un pequeño cementerio con los muros derruidos.
Empezaron a caer algunas gotas. La hormiga trató de esquivarlas, pero una le dio de lleno en los riñones, provocándole un dolor indescriptible. La cáscara se había llenado de agua, por lo que pesaba todavía más.
Cualquier otro se habría rendido hacía mucho tiempo, pero ella era una hormiga, y por muy grande y hostil que fuese el mundo, continuaría sacando pecho y luchando hasta vencer o morir.
Una araña se le quedó mirando, con sus ojos saltones e irónicos, desde la jamba de una puerta. La araña era una criatura que se movía poco, por lo general prefería acechar y robar su alimento.
La hormiga se detuvo un momento a descansar. Observó a una gata blanca que cuidaba de sus tres gatitos. Dos de ellos eran blancos y el tercero atigrado. Uno de los blancos, siguiendo la impetuosa llamada de la pubertad, intentó alejarse. La gata lo rescató y lo trajo en sus fauces. Luego se alejó el atigrado. Esta vez la gata tardó más en reaccionar, tal vez porque el gatito atigrado se parecía al padre.
“Todo lo que se mueve implica problemas” Pensó la hormiga, respirando sofocadamente.
Estaba anocheciendo. La hormiga se sintió abatida. Echaba de menos a sus hormiguillas. Se preguntaba con un nudo en el pecho qué iba a ser de ellas, quién les llevaría la comida en adelante.
La cuesta era interminable, y para colmo de desgracias, atisbó con zozobra a una banda de hormigas jóvenes que, bamboleándose como si vinieran bailando un rap, se acercaban por un costado para quitarle su cáscara.
Estaba perdida. Todo le venía grande. Deambulaba por una tierra de gigantes peligrosos. La calle era grande, el cielo infinito, y ella era tan pequeña, tan vulnerable, que en cualquier momento podía morir aplastada por cualquier ser más grande que ella, y todos lo eran. Bueno, las pulgas no, pero por lo menos las pulgas daban saltos y estaban contentas picando y jodiendo a la gente.
¿Por qué había nacido rastrero? ¿Por qué uno no puede elegir su destino? ¿Era ella culpable de ser tan pequeña y desgraciada? ¿Por qué no había nacido elefante, por ejemplo? Bueno, pensó con sabia resignación, alguien tiene que ser hormiga, no puedo imaginarme un mundo en el que todos sean elefantes. ¿A quién iban a aplastar entonces?
Las hormigas raperas ya estaban cerca.
Recordó con nostalgia el nacimiento de su primera hormiguilla. Se parecía a él, tenía el mismo hoyuelo en la barbilla. Tal vez ya nunca volvería a verla. Sintió ganas de llorar, de soltar su cáscara y echar a correr calle abajo. Además, ¿qué coño hacía arrastrando aquella odiosa cáscara, si a él no le gustaban las pipas?
De repente, un relámpago surcó el cielo.
EL NO VIVO
Deja ya de buscar el camino de regreso.
Moriste de unas fiebres en el malogrado asedio a Troya.
No existen los cíclopes ni las sirenas,
ni te busca tu hijo por esos mares,
ni la ninfa Calipso te añora.
Ahora vives en el mundo de los muertos
y eres otro olvido descarnado
que deambula en forma de sombra.
Sobre tu tumba las flores se marchitaron
y no mencionan tu nombre
los aburridos libros de Historia.
Venid en mi ayuda, viejos y locos filósofos.
Salvadme de ella. Volved a alimentar mi soledad.
Antiguos naturalistas, demostrad que la tierra, el agua y el fuego juntos
son más fuertes que su delicada belleza.
Que Platón me muestre la salida de esta caverna
poblada por imágenes de lujuria.
Que Aristóteles venga con su ser raquítico
para enfrentarlo heroicamente a sus formas voluptuosas.
Que Diógenes me ceda su tonel donde esconderme
y su linterna para iluminar mi razón.
Que Santo Tomás se invente una sexta vía por donde huir cobardemente.
Que Descartes, con sus dudas metódicas, desbrave mi obsesión.
Que Hegel conjure su carnalidad con tesis y antítesis de idealismo.
Que los nihilistas me acojan en su seno ceniciento.
Peripatéticos, cínicos, estoicos, hedonistas…Os necesito a todos.
Que Nietzsche me preste su martillo.
Que los impasibles existencialistas me enseñen a vivir sin ella
una vida sin sentido.
ADIVINANZA
Tiene el hocico de mono,
la mirada de soslayo,
el pellejo sucio el pelaje mustio
y hiede como un marrano.
Si vas a darle de comer,
traidor te morderá la mano.
Te ataca si le das la espalda,
huye si levantas el palo.
El león es el rey de la selva,
él de todos los parásitos.
Procura moverse poco,
inverna en invierno y verano.
Del buitre, del chacal, la hiena,
¿De qué animal hemos hablado?
Sobre su caseta un cartel pone:
Cuidado con el …
BELFIGOS
QUINCE ASALTOS
Recuerdo aquellos años de boxeo, después de venir de Rusia.
El olor del cuero, del sudor, de la sangre, del miedo,
pero era un miedo que no daba miedo, un dolor que no dolía.
Yo estaba en libertad condicional,
y aquel pequeño cuadrilátero era el único lugar del mundo
donde de verdad me sentía libre.
Ha pasado el tiempo
y ahora me siento como un boxeador vencido
tras un combate de quince asaltos,
tumefacto, desorientado, reventado por dentro.
Nunca supe encajar los golpes bajos que da la vida.
Ven con tu juventud, con tu desnudez,
con la lujuria vivificante y alegre
que irradia tu hermoso cuerpo.
Haz que vuelva a sentirme vivo,
como en uno de aquellos asaltos donde el tiempo se detenía,
mientras los rayos del sol se deslizaban
por la ventana rota del barrancón.
Me gusta mirarte cuando te ríes, cuando mueves las manos,
cuando te apartas el pelo, cuando vas andando por la calle.
Me gusta tu olor, tan íntimo, tan tuyo, tan mío,
rozarme contigo como sin querer,
el sonido de tus besos, el timbre de tu voz.
Me gusta tu mirada, franca y expresiva,
tus ojos grandes, tu nariz pequeña,
el dulce susurro de tus movimientos,
tus silencios, tu escote, tus cosas pequeñas, tu gran corazón.
Me gusta pensar en ti cuando menos lo pienso,
soñar contigo aunque sea despierto,
tu voz por teléfono y la cálida cadencia de tu respiración.
Me gusta saber que estas ahí, como el faro sobre la roca,
firme, encendida, siempre hermosa,
aunque el mundo se derrumbe a mi alrededor.
Te quiero, por más que ya no te sirvan los juramentos,
ni los propósitos de enmienda, ni las palabras de amor.
Te quiero cuando llegas y me dices hola,
y te seguiré queriendo cuando me digas adiós.
Hay un cadáver dentro de mí,
una calavera y huesos polvorientos.
Carne mórbida, vientre hinchado,
el pelo y las uñas que siguen creciendo.
Hay un difunto amortajado dentro de mí,
las manos cruzadas, el rostro muy serio,
el pecho sin olas, la sangre estancada,
y alrededor de la caja oscuridad y silencio.
Ven, desnúdate y entra en mi lecho
con tu carne rosada y tu pelo revuelto.
Dame sin mesura intensas dosis de presente,
pues un solo beso tuyo
resucita a los muertos.
No fue premio nobel de física,
y su nombre no aparece en ninguna enciclopedia de celebridades.
Poco a poco todos fueron olvidándola
y ya la puerta de su celda en el geriátrico apenas se abre.
La muerte le susurra cada noche en el oído,
en esa hora interior en que reviven los fantasmas del pasado.
Se ha secado el agua en la clépsida del tiempo.
Vivió, más o menos, se está muriendo, y sin que la ampare bula ni bulo,
irá, como todos, al montón de los cadáveres solitarios.
¿De qué están hechas las lágrimas que visitan cada noche en sus ajadas mejillas?
¿Es la vida sólo una cuestión de átomos?
Y sube la calle con sus andares de madera,
sus ojos torcidos, su pelo lacio.
Sola. Se siente como una hormiga
en un mundo grande y extraño.
Nadie la despidió al marcharse
y a donde va nadie la está esperando.
Siempre sola, pequeña, disminuida,
apenas se la ve entre los coches aparcados.
Una paloma con un ala rota
revolotea en el borde de un tejado.
En la puerta del bar, los obreros recién comidos
ríen con el vaso en la mano.
Bajo un sol carnívoro de verano,
ella siente bajo sus pies
que la vida es de duro cuarzo.
Sola. Porque es distinta. Porque no es normal.
Porque nunca tuvo ni tendrá
ningún boleto premiado.
Te conozco, ridícula tartufo.
A mí nunca me engañaste con tus golpes en el pecho,
tu comunión diaria y tu expresión de víctima.
Sé que el odio y el resentimiento mueven todos tus actos.
Destilas veneno y utilizas la moral con nocturnidad y alevosía.
Pero no eres más que un burro que envidia el galope del caballo,
unos ojos saltones tras los visillos, una maldad pueblerina.
Siempre fuiste una mierda que ahora ya se está secando.
MISIÓN IMPOSIBLE
Convertirte en libro.
Tan absurdo como coleccionar mariposas.
Tú hueles a vida y no a tinta de imprenta.
Tu pelo, cuando lo mueve el viento,
es infinitamente más hermoso
que pasar las páginas a la luz de un flexo.
No existe cuatricomía que pueda encerrar
tu belleza primaria.
Tu sexo, cuando estalla, se dispersa como la lluvia,
no puede ser fresado, ni cosido, ni enlomado.
Tus ojos no caben en ninguna portada.
Y cuando de repente te haces mujer entre mis brazos,
arde el aire y sobran todas las palabras.
Dejemos pues, inefable criatura,
que los libros entierren a sus libros.
LA BALSA DE ULISES
Sentado en su balsa, a la deriva, en medio de un mar desconocido,
débil, sin rumbo, sin nada, vencido.
Se sentía desgraciado lejos de su patria y de sus seres queridos.
Ninguna ninfa saldría ya del agua para tenderle la mano,
ninguna diosa se le aparecería en forma de pájaro para mostrarle el camino.
Atrás quedaron los días de gloria, las pasiones desbordadas,
las crueles esperanzas, las guerras sin sentido.
Negras nubes cubrían el horizonte
y bajo sus pies descalzos las olas se iban levantando con oscuros designios.
La muerte es una vela rasgada, un mástil roto
y un náufrago olvidado, solo y perdido.
ENTRE TUS MUSLOS CALIENTES
Quédate así para siempre,
en esa postura enloquecedora de extrema voluptuosidad.
Alrededor de tu joven blancura se descomponen los cadáveres
y el tiempo se desmorona como una torre de ceniza.
Sigue ardiendo con toda esa belleza que prodigas.
Agita tu pelo, abre tu sexo custodiado por excitante lencería.
Eres preciosa, incontenible como los fenómenos primitivos de la naturaleza.
Sigue conmigo para siempre.
La lujuria que tu hermosísimo cuerpo despierta es mi única alegría.
Eres el primer día de la creación y el último de mi vida.
Tu cuerpo y nada más.
Tu expresión doliente, tu piel caliente, tu sexo fértil,
y alrededor oscuridad.
Tu cuerpo y nadie más.
Ni siquiera tú, ni yo,
ni ventanas a la calle, ni caminos al mañana.
Sólo tu boca entreabierta, tu pelo revuelto,
tus pechos plenos, tu intimidad rasgada.
Tu cuerpo y nada más.
Dentro de ti. Fundido contigo.
Profundamente, vorazmente, cruelmente.
Dentro de ti hasta rozar tu alma con mi sexo.
Tu carne abierta, tu sangre encendida,
tu lencería rasgada, tus blancos orgasmos,
tu pudor violado, tu belleza entregada.
Dentro de ti en mil posturas.
Dentro de ti un solo instante.
Dentro de ti toda la vida.
Todo se mezcla.
Los sudores, los olores, los gemidos, los fluidos, los silencios.
Mi lujuria y tu belleza,
las caricias, los azotes, las garras y los desmayos,
el ano y los labios, la vagina y la boca, los pechos y las manos,
los besos y los mordiscos, las almas y los cuerpos,
la vida y la muerte.
el dolor y la eternidad.
Así, ábrete como una flor libada.
Voy a entrar en tus entrañas por detrás.
Nadie nos ve.
Debemos someternos a las obscenidades de la imaginación.
Humedécete, pon ese gesto tuyo de dolor.
Voy a apartar tu breve lencería
para devorar tu culo rosado y rotundo.
Eres una rosa y yo soy tus espinas.
Desde cualquier ángulo eres hermosa, joven y deseable.
Sobre la superficie de tu piel, en lo alto de tus pechos blancos,
corre un aire limpio y fértiles ríos alimentan tu corazón.
Desde lejanos lugares de pobreza y vejez,
he arribado a tu rica juventud para labrarla,
para horadarla, para contaminarla de lujuria,
para robar los frutos del amor.
Entraré en tu cama mientras duermes
y arrasaré tus sueños infantiles
con terribles visiones de lujuria.
Eres amor generoso, temeridad adolescente,
dulce blancura de niña,
besos suaves y sexo fuerte.
Eres el animal más hermoso.
Tu piel resplandece con una luz viva, sana, limpia,
como la del fruto que está madurando en el árbol.
Y, como si fuera un milagro inexplicable,
cada vez que te ensucio te vuelves más hermosa si cabe.
Un halo divino cubre en cada fotograma
tu mundana desnudez.
A tu cuerpo no le gustan las sombras.
No tiene defectos que ocultar.
Resplandece por encima de cualquier resplandor.
Le sienta bien el aire, la mañana, la alegría,
la cosas que nacen para amar la vida.
Pero aquella noche tuve miedo.
Traspasé todos los límites.
Creía que con tus alas podrías llevarme al borde del Universo.
Olvidé, por un momento, que eres mucho más que una diosa.
ESENCIA
Una mujer hermosa en la postura más obscena.
La luz no se sabe si llega o sale de su voluptuosidad.
No hay materia, no hay palabras.
Su carne entregada y nada más.
Amor y pornografía.
Tu amor limpia las cosas más sucias.
Eres tan hermosa que vivificas todo lo que te toca.
Venid en tropel, fantasmas de lujuria,
no me dejéis nunca.
Musa lasciva,
sigue apareciéndote convertida en rosa, en diosa, en puta…
¡Hay tanta vida en esa mirada limpia!
¡Hay tanto placer entre esos muslos calientes!
¡Quedan tantas noche, tantas cópulas, tantos milagros inefables!
Nada se ha acabado.
Y hasta tu perfecta perfección,
a fuerza de amor y deseo,
se irá perfeccionando.
He llegado al mismo punto de donde partí. La vida es la distancia más larga. Ya sabéis entonces cual es la más corta. Pero bueno, no estoy seguro de nada, en fin