el rastrero
EL RASTRERO
La hormiga arrastraba cuesta arriba su gigantesca cáscara de pipa. Era una tarde ventosa que anunciaba tormenta. A la hormiga le dolían las mandíbulas de hacer presa sobre la cáscara. Había perdido el rumbo. Un ser bípedo y descomunal que emitía sonidos atronadores y simiescos, la había pisado con intenciones homicidas. La hormiga quedó magullada, pero pudo recuperarse y coger de nuevo su pesada carga, aunque ahora le costaba orientarse porque había perdido una antena.
No sabía dónde estaba su hormiguero. Arrastraba la pipa cuesta arriba hasta que bruscamente giraba noventa grados para continuar salvando adoquines en dirección al oeste. Se detenía en la trinchera de una juntura o al borde de una sima, y girando sobre sí misma, se dirigía rauda hacia el este.
Tenía que apretar con fuerza las mandíbulas sobre su presa, porque el viento cabrón quería arrancársela de la boca. A veces una ráfaga la levantaba del suelo con su cáscara y le hacía retroceder unos metros, distancia que para la pobre hormiga suponía largos kilómetros.
Pero, ¿a dónde iba?, ¿por qué se le habría ocurrido salir a la calle en una tarde tan mala, con lo bien que se estaba en el hormiguero, calentito, seguro y lleno de provisiones? Intentó gritar llamando a su familia, pero sus ondas de radio resultaban imperceptibles, pues estaban siendo emitidas por una sola y rota antena.
El cielo, mientras tanto, se había vuelto negro. Sobre un monte se divisaba un pequeño cementerio con los muros derruidos.
Empezaron a caer algunas gotas. La hormiga trató de esquivarlas, pero una le dio de lleno en los riñones, provocándole un dolor indescriptible. La cáscara se había llenado de agua, por lo que pesaba todavía más.
Cualquier otro se habría rendido hacía mucho tiempo, pero ella era una hormiga, y por muy grande y hostil que fuese el mundo, continuaría sacando pecho y luchando hasta vencer o morir.
Una araña se le quedó mirando, con sus ojos saltones e irónicos, desde la jamba de una puerta. La araña era una criatura que se movía poco, por lo general prefería acechar y robar su alimento.
La hormiga se detuvo un momento a descansar. Observó a una gata blanca que cuidaba de sus tres gatitos. Dos de ellos eran blancos y el tercero atigrado. Uno de los blancos, siguiendo la impetuosa llamada de la pubertad, intentó alejarse. La gata lo rescató y lo trajo en sus fauces. Luego se alejó el atigrado. Esta vez la gata tardó más en reaccionar, tal vez porque el gatito atigrado se parecía al padre.
“Todo lo que se mueve implica problemas” Pensó la hormiga, respirando sofocadamente.
Estaba anocheciendo. La hormiga se sintió abatida. Echaba de menos a sus hormiguillas. Se preguntaba con un nudo en el pecho qué iba a ser de ellas, quién les llevaría la comida en adelante.
La cuesta era interminable, y para colmo de desgracias, atisbó con zozobra a una banda de hormigas jóvenes que, bamboleándose como si vinieran bailando un rap, se acercaban por un costado para quitarle su cáscara.
Estaba perdida. Todo le venía grande. Deambulaba por una tierra de gigantes peligrosos. La calle era grande, el cielo infinito, y ella era tan pequeña, tan vulnerable, que en cualquier momento podía morir aplastada por cualquier ser más grande que ella, y todos lo eran. Bueno, las pulgas no, pero por lo menos las pulgas saltaban y estaban contentas picando y jodiendo a la gente.
¿Por qué había nacido rastrero? ¿Por qué uno no puede elegir su destino? ¿Era ella culpable de ser tan pequeña y desgraciada? ¿Por qué no había nacido elefante, por ejemplo? Bueno, pensó con sabia resignación, alguien tiene que ser hormiga, no puedo imaginarme un mundo en el que todos sean elefantes. ¿A quién iban a aplastar entonces?
Las hormigas raperas ya estaban cerca.
Recordó con nostalgia el nacimiento de su primera hormiguilla. Se parecía a él, tenía el mismo hoyuelo en la barbilla. Tal vez ya nunca volvería a verla. Sintió ganas de llorar, de soltar su cáscara y echar a correr calle abajo. Además, ¿qué coño hacía arrastrando aquella odiosa cáscara, si a él no le gustaban las pipas?
De repente, un relámpago surcó el cielo.
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