el planeta de los simios

 

 

EL PLANETA DE LOS SIMIOS

 

Cuando aquel lunes de agosto Gregorio Chinchilla salió de su casa para ir a trabajar, tuvo una sensación muy extraña. El aire olía a una mezcla entre droguería y estiércol de zoológico. Pero no descubrió de qué se trataba hasta que un coche estuvo a punto de atropellarlo en un paso de peatones. No podía dar crédito a sus ojos. ¡El coche lo conducía un simio! El simio le enseñó los dientes con una mueca agresiva y continuó su camino derrapando sobre el asfalto. Con toda seguridad se trataba de una alucinación. Probablemente se debiera al alcohol. Desde que su mujer lo abandonó por un tornero fresador, quedándose, la muy puta, con la casa familiar y los hijos pequeños, bebía demasiado. No conciliaba el sueño y vegetaba en un estado permanente de sonambulismo, con escozor de ojos, vahídos y dolor de cabeza. Sólo se animaba pegándole a la botella, por lo que su salud se iba deteriorando a pasos agigantados. ¿Se trataba pues ahora del delirium tremens?, pensó con un escalofrío.

Llegó al taller de su pequeña imprenta y decidió olvidar el incidente.

Trabajó toda la mañana en unos fotolitos para una revista pornográfica que se llamaba “Supertetas”, y a las dos en punto se fue a comer como siempre.

Subió la cuesta hasta el bar donde habitualmente comía, pero las cosas empeoraron de repente cuando al llegar a la puerta del bar lo alarmó un ruido ensordecedor. “¡Uh uh uh uh uhhhh!”. Al entrar él, sin embargo, se hizo el silencio. Pensó con angustia que no había sido una alucinación lo que le había ocurrido por la mañana: ¡el bar estaba lleno de simios! No simios en el sentido figurado de la palabra, sino simios auténticos, peludos, alborotadores,  con largos brazos y piernas cortas. Estaban vestidos como gente normal, un poco sucios y desarrapados por lo general, es cierto, pero en sus monos de trabajo podía leerse “Reformas en general”, “Cerrajería hermanos Puerta” y otras cosas cotidianas por el estilo, incluso algunos de ellos iban trajeados y con maletines en la mano.

Todos aquellos ojos, obcecados y obtusos, de primate, se clavaron en él, lo siguieron con la mirada mientras, cohibido y asustado, buscaba una mesa libre. Lo lógico habría sido que se marchara al ver toda aquella jauría de chimpancés sentados a las mesas y abarrotando la barra, pero se dejó llevar por la inercia y se sentó en una mesa frente a la televisión.

En la televisión daban un concurso en el que dos clanes de chimpancés, uno vestido de azul y otro de amarillo, competían, ridículamente disfrazados, corriendo sobre troncos engrasados y dando saltos en las gradas  gritando uh uh uh uh a una señal convenida.

-         ¡Abuelo, baja de la barra!- Gritó el simio camarero a un chimpancé viejo y desdentado que se había subido sobre la barra para alcanzar una botella de vermú.

Una simia de ojos saltones echaba monedas en una máquina tragaperras. Un simio ciego contaba con voz estridente la historia de un burro que se había criado con perros guardianes.

-         Sólo le faltaba ladrar, si alguien se acercaba a la valla, el burro iba corriendo y rebuznando a morderle, una vez el jodío enganchó de la chaqueta a un guardia civil y lo arrastró por el suelo, el hijoputa del guardia lo quería matar con la pistola –

-         Ahora mismo me comería un chocho- Dijo el chimpancé viejo y desdentado, mirando con expresión ensoñadora a la camarera, que, por cierto, era una simia muy mona.    

Gregorio Chinchilla pidió patatas guisadas y un entrecot poco hecho. Comió de prisa, quería acabar cuanto antes y marcharse de aquel lugar grotesco y demencial.    

-         ¿Postre?-

-         No, no, la cuenta –

Ya en la calle la cabeza parecía que iba a estallarle. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba? Los simios caminaban por la acera a sus anchas, reían estruendosamente, jugaban, reñían, gritaban. Un pequeño chimpancé se subió sobre el capó de un coche aparcado y se puso a morder el limpiaparabrisas, llenando de babas y restos de cacahuete el cristal.

Al llegar a su taller, tuvo la certeza de que aquella pesadilla continuaría siempre, de que vivía en un mundo de simios y de que él, por alguna razón inescrutable, había salido con alguna deformidad, con algún retraso congénito, se había quedado un escalón más bajo, era un apestado, una especie de intelectual.

Una simia con síndrome de Douw, gesticulaba en medio de la plaza obedeciendo a  un tic monomaniático o tal vez ensayando un baile esotérico.

Gregorio Chinchilla se sintió descorazonado.

 

 

 

 

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