absolutamente nada

 

 

 

ABSOLUTAMENTE NADA

 

Ella lo miró con arrobamiento. ¿Qué veía en él? Ya no era tan grande como antes. Feo, desgarbado, con los pocos dientes que le quedaban amarillos por la nicotina. Mírale, no sabe ni beber agua de la botella, pone los morros como un monito ciego buscando la teta de su madre. ¡Y qué viejo estaba! Dentro de unos años sufriría un infarto cerebral que lo postraría en una silla de ruedas como una piltrafa humana. ¿Qué haría ella entonces con lo joven que era?

Torpe, gafado, raro, demente, andrajoso, con las uñas negras, oliendo a sudor y a roña. ¿Qué había de bueno en él? Nada. Absolutamente nada, ni bueno ni conveniente. Le recordaba a un herrumbroso coche abandonado en un desguace. Pobrecillo.

Después de mirarlo en silencio, con un suspiro imperceptible apoyó la cabeza en su hombro. Él sintió que aquel gesto valía por todos los fotogramas de la lujuria. No eran necesarias palabras: el amor era aquella sensación cálida.

Un feriante de rostro malvado, disfrazado de trovador medieval, pasaba una tarjeta de crédito por un datáfono.

 

 

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