CUESTIONES DE VIDA Y MUERTE
La chica estaba de rodillas sobre la cama, semidesnuda, con un corsé negro y ajustado que resaltaba sus formas blancas y voluptuosas. Su carne era joven, prieta, suave, sus ojos brillaban, ardían, resplandecían. Su pelo era largo, bruñido como la crin de un caballo. Estaba envuelta en un aura de luz, era el aura de la juventud, de la belleza, de la feminidad, de la vida.
El hombre le sacó los pechos por encima del corsé y le desabrochó los corchetes de la entrepierna. La chica suspiró levemente. Su sexo estaba caliente y húmedo, sus pechos eran grandes, con grandes aureolas de un rosa suave, sus pezones erectos. Se vio reflejada en el espejo. “¡Qué porno!” Dijo sorprendida, con voz infantil.
Era muy guapa. Una carita angelical con las mejillas sonrosadas, y los labios, abultados y prominentes, de un color entre rosa y violeta. Sonrió con una desmayada sonrisa que incitaba al amor y a la cópula.
Era demasiado hermosa, demasiado joven, demasiado niña, sin embargo sus nalgas eran poderosas, orondas, carnosas, con unos muslos contundentes, renacentistas, anchas caderas de mujer pasiva y fértil. ¡Había tanta savia rezumando, hirviendo, dentro de aquel cuerpo! Ella representaba el milagro de la vida.
Fuera, tras la ventana, se veía la parra marchita, la madera podrida del banco, las telarañas de los rincones, las cruces reclinadas del cementerio.
La muchacha se tumbó con lentitud sobre la cama y echó los brazos hacia atrás, abriéndose mucho de piernas. Dejó caer la cabeza al lado derecho de la almohada y, cerrando los ojos, comenzó a acariciarse. Su sexo se fue abriendo como una fruta dulce, como un animalillo confiado.
El hombre la abrazó como si tocara la luna con las manos y se dispuso a gozarla, a exprimirla, a deshojarla, a devorarla. Pero su pensamiento deambulaba con pasos fúnebres del pasado al futuro, del futuro al pasado, incapaz de comprender que lo que aquella muchacha carnal y hermosísima le ofrecía era el presente. Un simple y puro trozo de presente sobre el que detenerse, sobre el que realizarse, sobre el que arraigar, sobre el que crecer, sobre el que justificar toda una vida. Ella, con todas sus preciosas curvas, era la línea recta entre dos puntos.
Él sintió en su miembro todo aquel calor interior, profundo, enloquecedor, toda aquella entrega enamorada y rendida.
- ¿De dónde eres?,- preguntó la muchacha cuando acabaron, apoyando satisfecha la mejilla sobre una mano- qué orejas más grandes tienes…¡qué!, ¿qué pasa? ¿qué tengo? ¿porqué me miras así?- rió ingenuamente con sus alma fresca.
Él no contestó. ¿Cómo expresarlo?
Alguien llamó a la puerta. En un suspiro había pasado la media hora.
-Despídete- Lo apremió la niña empezando a vestirse, a desvanecerse, para volver a su reino de neón y lencería, y seguir buscando los sueños o la supervivencia entre rostros brutales de abultadas carteras. ¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? ¿Es la primera vez que vienes? ¿Quieres pasar un rato conmigo?…
La habitación olía a vida.
He visto tantos ataúdes, tantas caras de muerto,
tantas flores marchitas sobre las tumbas,
tantos retratos amarillentos,
tantos nombres que han perdido su significado,
tantas vidas como si nunca hubieran sido vividas.
Y de repente apareces tú
como el milagro de la resurrección de la carne.
Te quiero porque estás lejos de la fealdad y de la muerte,
porque hueles a esperanza y a lujuria,
porque tus jóvenes pétalos resplandecen,
porque tu cuerpo puro no sabe nada de enfermedades,
de funerales, de morbideces,
porque cuando suspiras, cuando gritas, cuando te corres,
el mal olor de la vejez se evapora de mi mente.