el no vivo

 

EL NO VIVO

Deja ya de buscar el camino de regreso.

Moriste de unas fiebres en el malogrado asedio a Troya.

No existen los cíclopes ni las sirenas,

ni te busca tu hijo por esos mares,

ni la ninfa Calipso te añora.

Ahora vives en el mundo de los muertos

y eres otro olvido descarnado

que deambula en forma de sombra.

Sobre tu tumba las flores se marchitaron

y no mencionan tu nombre

los aburridos libros de Historia.

 

 

 

 

el rastrero

EL RASTRERO

 

La hormiga arrastraba cuesta arriba su gigantesca cáscara de pipa. Era una tarde ventosa que anunciaba tormenta. A la hormiga le dolían las mandíbulas de hacer presa sobre la cáscara. Había perdido el rumbo. Un ser bípedo y descomunal que emitía sonidos atronadores y simiescos, la había pisado con intenciones homicidas. La hormiga quedó magullada, pero pudo recuperarse y coger de nuevo su pesada carga, aunque ahora le costaba orientarse porque había perdido una antena.

No sabía dónde estaba su hormiguero. Arrastraba la pipa cuesta arriba hasta que bruscamente giraba noventa grados para continuar salvando adoquines en dirección al oeste. Se detenía en la trinchera de una juntura o al borde de una sima, y girando sobre sí misma, se dirigía rauda hacia el  este.

Tenía que apretar con fuerza las mandíbulas sobre su presa, porque el viento cabrón quería arrancársela de la boca. A veces una ráfaga la levantaba del suelo con su cáscara y le hacía retroceder unos metros, distancia que para la pobre hormiga suponía largos kilómetros.

Pero, ¿a dónde iba?, ¿por qué se le habría ocurrido salir a la calle en una tarde tan mala, con lo bien que se estaba en el hormiguero, calentito, seguro y lleno de provisiones? Intentó gritar llamando a su familia, pero sus ondas de radio resultaban imperceptibles, pues estaban siendo emitidas por una sola y rota antena.

El cielo, mientras tanto, se había vuelto negro. Sobre un monte se divisaba un pequeño cementerio con los muros derruidos.

Empezaron a caer algunas gotas. La hormiga trató de esquivarlas, pero una le dio de lleno en los riñones, provocándole un dolor indescriptible. La cáscara se había llenado de agua, por lo que pesaba todavía más.

Cualquier otro se habría rendido hacía mucho tiempo, pero ella era una hormiga, y por muy grande y hostil que fuese el mundo, continuaría sacando pecho y luchando hasta vencer o morir.

Una araña se le quedó mirando, con sus ojos saltones e irónicos, desde la jamba de una puerta. La araña era una criatura que se movía poco, por lo general prefería acechar y robar su alimento.

La hormiga se detuvo un momento a descansar. Observó a una gata blanca que cuidaba de sus tres gatitos. Dos de ellos eran blancos y el tercero atigrado. Uno de los blancos, siguiendo la impetuosa llamada de la pubertad, intentó alejarse. La gata lo rescató y lo trajo en sus fauces. Luego se alejó el atigrado. Esta vez la gata tardó más en reaccionar, tal vez porque el gatito atigrado se parecía al padre.

“Todo lo que se mueve implica problemas” Pensó la hormiga, respirando sofocadamente.

Estaba anocheciendo. La hormiga se sintió abatida. Echaba de menos a sus hormiguillas. Se preguntaba con un nudo en el pecho qué iba a ser de ellas, quién les llevaría la comida en adelante.

La cuesta era interminable, y para colmo de desgracias, atisbó con zozobra a una banda de hormigas jóvenes  que, bamboleándose como si vinieran bailando un rap, se acercaban por un costado para quitarle su cáscara.

Estaba perdida. Todo le venía grande. Deambulaba por una tierra de gigantes peligrosos. La calle era grande, el cielo infinito, y ella era tan pequeña, tan vulnerable, que en cualquier momento podía morir aplastada por cualquier ser más grande que ella, y todos lo eran. Bueno, las pulgas no, pero por lo menos las pulgas saltaban y estaban contentas picando y jodiendo a la gente.

¿Por qué había nacido rastrero? ¿Por qué uno no puede elegir su destino? ¿Era ella culpable de ser tan pequeña y desgraciada? ¿Por qué no había nacido elefante, por ejemplo? Bueno, pensó con sabia resignación, alguien tiene que ser hormiga, no puedo imaginarme un mundo en el que todos sean elefantes. ¿A quién iban a aplastar entonces?

Las hormigas raperas ya estaban cerca.

Recordó con nostalgia el nacimiento de su primera hormiguilla. Se parecía a él, tenía el mismo hoyuelo en la barbilla. Tal vez ya nunca volvería a verla. Sintió ganas de llorar, de soltar su cáscara y echar a correr calle abajo. Además, ¿qué coño hacía arrastrando aquella odiosa cáscara, si a él no le gustaban las pipas?

De repente, un relámpago surcó el cielo.

 

 

 

 

el rastrero

EL RASTRERO

 

La hormiga arrastraba cuesta arriba su gigantesca cáscara de pipa. Era una tarde ventosa que anunciaba tormenta. A la hormiga le dolían las mandíbulas de hacer presa sobre la cáscara. Había perdido el rumbo. Un ser bípedo y descomunal que emitía sonidos atronadores y simiescos, la había pisado con intenciones homicidas. La hormiga quedó magullada, pero pudo recuperarse y coger de nuevo su pesada carga, aunque ahora le costaba orientarse porque había perdido una antena.

No sabía dónde estaba su hormiguero. Arrastraba la pipa cuesta arriba hasta que bruscamente giraba noventa grados para continuar salvando adoquines en dirección al oeste. Se detenía en la trinchera de una juntura o al borde de una sima, y girando sobre sí misma, se dirigía rauda hacia el  este.

Tenía que apretar con fuerza las mandíbulas sobre su presa, porque el viento cabrón quería arrancársela de la boca. A veces una ráfaga la levantaba del suelo con su cáscara y le hacía retroceder unos metros, distancia que para la pobre hormiga suponía largos kilómetros.

Pero, ¿a dónde iba?, ¿por qué se le habría ocurrido salir a la calle en una tarde tan mala, con lo bien que se estaba en el hormiguero, calentito, seguro y lleno de provisiones? Intentó gritar llamando a su familia, pero sus ondas de radio resultaban imperceptibles, pues estaban siendo emitidas por una sola y rota antena.

El cielo, mientras tanto, se había vuelto negro. Sobre un monte se divisaba un pequeño cementerio con los muros derruidos.

Empezaron a caer algunas gotas. La hormiga trató de esquivarlas, pero una le dio de lleno en los riñones, provocándole un dolor indescriptible. La cáscara se había llenado de agua, por lo que pesaba todavía más.

Cualquier otro se habría rendido hacía mucho tiempo, pero ella era una hormiga, y por muy grande y hostil que fuese el mundo, continuaría sacando pecho y luchando hasta vencer o morir.

Una araña se le quedó mirando, con sus ojos saltones e irónicos, desde la jamba de una puerta. La araña era una criatura que se movía poco, por lo general prefería acechar y robar su alimento.

La hormiga se detuvo un momento a descansar. Observó a una gata blanca que cuidaba de sus tres gatitos. Dos de ellos eran blancos y el tercero atigrado. Uno de los blancos, siguiendo la impetuosa llamada de la pubertad, intentó alejarse. La gata lo rescató y lo trajo en sus fauces. Luego se alejó el atigrado. Esta vez la gata tardó más en reaccionar, tal vez porque el gatito atigrado se parecía al padre.

“Todo lo que se mueve implica problemas” Pensó la hormiga, respirando sofocadamente.

Estaba anocheciendo. La hormiga se sintió abatida. Echaba de menos a sus hormiguillas. Se preguntaba con un nudo en el pecho qué iba a ser de ellas, quién les llevaría la comida en adelante.

La cuesta era interminable, y para colmo de desgracias, atisbó con zozobra a una banda de hormigas jóvenes  que, bamboleándose como si vinieran bailando un rap, se acercaban por un costado para quitarle su cáscara.

Estaba perdida. Todo le venía grande. Deambulaba por una tierra de gigantes peligrosos. La calle era grande, el cielo infinito, y ella era tan pequeña, tan vulnerable, que en cualquier momento podía morir aplastada por cualquier ser más grande que ella, y todos lo eran. Bueno, las pulgas no, pero por lo menos las pulgas saltaban y estaban contentas picando y jodiendo a la gente.

¿Por qué había nacido rastrero? ¿Por qué uno no puede elegir su destino? ¿Era ella culpable de ser tan pequeña y desgraciada? ¿Por qué no había nacido elefante, por ejemplo? Bueno, pensó con sabia resignación, alguien tiene que ser hormiga, no puedo imaginarme un mundo en el que todos sean elefantes. ¿A quién iban a aplastar entonces?

Las hormigas raperas ya estaban cerca.

Recordó con nostalgia el nacimiento de su primera hormiguilla. Se parecía a él, tenía el mismo hoyuelo en la barbilla. Tal vez ya nunca volvería a verla. Sintió ganas de llorar, de soltar su cáscara y echar a correr calle abajo. Además, ¿qué coño hacía arrastrando aquella odiosa cáscara, si a él no le gustaban las pipas?

De repente, un relámpago surcó el cielo.

 

 

 

 

el planeta de los simios

 

 

EL PLANETA DE LOS SIMIOS

 

Cuando aquel lunes de agosto Gregorio Chinchilla salió de su casa para ir a trabajar, tuvo una sensación muy extraña. El aire olía a una mezcla entre droguería y estiércol de zoológico. Pero no descubrió de qué se trataba hasta que un coche estuvo a punto de atropellarlo en un paso de peatones. No podía dar crédito a sus ojos. ¡El coche lo conducía un simio! El simio le enseñó los dientes con una mueca agresiva y continuó su camino derrapando sobre el asfalto. Con toda seguridad se trataba de una alucinación. Probablemente se debiera al alcohol. Desde que su mujer lo abandonó por un tornero fresador, quedándose, la muy puta, con la casa familiar y los hijos pequeños, bebía demasiado. No conciliaba el sueño y vegetaba en un estado permanente de sonambulismo, con escozor de ojos, vahídos y dolor de cabeza. Sólo se animaba pegándole a la botella, por lo que su salud se iba deteriorando a pasos agigantados. ¿Se trataba pues ahora del delirium tremens?, pensó con un escalofrío.

Llegó al taller de su pequeña imprenta y decidió olvidar el incidente.

Trabajó toda la mañana en unos fotolitos para una revista pornográfica que se llamaba “Supertetas”, y a las dos en punto se fue a comer como siempre.

Subió la cuesta hasta el bar donde habitualmente comía, pero las cosas empeoraron de repente cuando al llegar a la puerta del bar lo alarmó un ruido ensordecedor. “¡Uh uh uh uh uhhhh!”. Al entrar él, sin embargo, se hizo el silencio. Pensó con angustia que no había sido una alucinación lo que le había ocurrido por la mañana: ¡el bar estaba lleno de simios! No simios en el sentido figurado de la palabra, sino simios auténticos, peludos, alborotadores,  con largos brazos y piernas cortas. Estaban vestidos como gente normal, un poco sucios y desarrapados por lo general, es cierto, pero en sus monos de trabajo podía leerse “Reformas en general”, “Cerrajería hermanos Puerta” y otras cosas cotidianas por el estilo, incluso algunos de ellos iban trajeados y con maletines en la mano.

Todos aquellos ojos, obcecados y obtusos, de primate, se clavaron en él, lo siguieron con la mirada mientras, cohibido y asustado, buscaba una mesa libre. Lo lógico habría sido que se marchara al ver toda aquella jauría de chimpancés sentados a las mesas y abarrotando la barra, pero se dejó llevar por la inercia y se sentó en una mesa frente a la televisión.

En la televisión daban un concurso en el que dos clanes de chimpancés, uno vestido de azul y otro de amarillo, competían, ridículamente disfrazados, corriendo sobre troncos engrasados y dando saltos en las gradas  gritando uh uh uh uh a una señal convenida.

-         ¡Abuelo, baja de la barra!- Gritó el simio camarero a un chimpancé viejo y desdentado que se había subido sobre la barra para alcanzar una botella de vermú.

Una simia de ojos saltones echaba monedas en una máquina tragaperras. Un simio ciego contaba con voz estridente la historia de un burro que se había criado con perros guardianes.

-         Sólo le faltaba ladrar, si alguien se acercaba a la valla, el burro iba corriendo y rebuznando a morderle, una vez el jodío enganchó de la chaqueta a un guardia civil y lo arrastró por el suelo, el hijoputa del guardia lo quería matar con la pistola –

-         Ahora mismo me comería un chocho- Dijo el chimpancé viejo y desdentado, mirando con expresión ensoñadora a la camarera, que, por cierto, era una simia muy mona.    

Gregorio Chinchilla pidió patatas guisadas y un entrecot poco hecho. Comió de prisa, quería acabar cuanto antes y marcharse de aquel lugar grotesco y demencial.    

-         ¿Postre?-

-         No, no, la cuenta –

Ya en la calle la cabeza parecía que iba a estallarle. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba? Los simios caminaban por la acera a sus anchas, reían estruendosamente, jugaban, reñían, gritaban. Un pequeño chimpancé se subió sobre el capó de un coche aparcado y se puso a morder el limpiaparabrisas, llenando de babas y restos de cacahuete el cristal.

Al llegar a su taller, tuvo la certeza de que aquella pesadilla continuaría siempre, de que vivía en un mundo de simios y de que él, por alguna razón inescrutable, había salido con alguna deformidad, con algún retraso congénito, se había quedado un escalón más bajo, era un apestado, una especie de intelectual.

Una simia con síndrome de Douw, gesticulaba en medio de la plaza obedeciendo a  un tic monomaniático o tal vez ensayando un baile esotérico.

Gregorio Chinchilla se sintió descorazonado.

 

 

 

 

ley de vida

 

Sentado frente al mar en la isla de Calipso,

Ulises añoraba su patria y maldecía su destino.

Nunca quiso aventuras, ni viajes, ni guerras,

sólo ver crecer a su hijo y arar su tierra.

Nunca quiso el botín de Troya, ni la gloria de Aquiles,

ni el amor de las sirenas.

Pero como a una balsa a la deriva en medio de tempestades

la vida nos zarandea.

Buscando el ocaso en la raya del horizonte

los caminos del mar siempre se alejan.

 

 

 

LEY DE VIDA

Partamos de cero.

Dejemos atrás los errores, los rencores y los miedos.

Nos espera un largo viaje por mares tempestuosos

y escabrosos terrenos.

Ten, toma mi mano

y levántate de nuevo.

Nada es fácil para nadie.

¡Hay tantas trampas en el camino,

tantos abismos, tantos peligros al acecho!

Pero sigamos adelante cerrando heridas

y abriendo senderos.

Es ley de vida que suframos, que gocemos, que erremos,

que odiemos, que muramos, que amemos.

 

 

fotogramas

 

 

Eres la vida.

Fuera de tu cuerpo sólo hay cementerios, entierros, ruinas.

Rebosas belleza. Rezumas vida.

Alumbras, procreas, deslumbras.

Haces que la sangre corra, salte, hierva,

ascienda en torrentes, descienda en cascadas.

Eres el único planeta con vida

en una constelación de desgracias.

Brotas como la hierba

por las grietas de las lápidas,

creces sobre los muros,

floreces sobre las ramas.

Prendes de vida todo lo que te toca,

resucitas lo que miras,

lo que besas reencarnas.

Eres vida desnuda, abierta, redonda, enamorada.

Desde tu pelo hasta tus pies eres vida,

hueles a vida, suenas a vida, sabes a vida,

Tal vez por eso, mi vida, te tema tanto.

 

 

retratos amarillentos

 

 

CUESTIONES DE VIDA Y MUERTE

La chica estaba de rodillas sobre la cama, semidesnuda, con un corsé negro y ajustado que resaltaba sus formas blancas y voluptuosas. Su carne era joven, prieta, suave, sus ojos brillaban, ardían, resplandecían. Su pelo era largo, bruñido como la crin de un caballo. Estaba envuelta en un aura de luz, era el aura de la juventud, de la belleza, de la feminidad, de la vida.

El hombre le sacó los pechos por encima del corsé y le desabrochó los corchetes de la entrepierna. La chica suspiró levemente. Su sexo estaba caliente y húmedo, sus pechos eran grandes, con grandes aureolas de un rosa suave, sus pezones erectos. Se vio reflejada en el espejo. “¡Qué porno!” Dijo sorprendida, con voz infantil.

Era muy guapa. Una carita angelical con las mejillas sonrosadas, y los labios, abultados y prominentes, de un color entre rosa y violeta. Sonrió con una desmayada sonrisa que incitaba al amor y a la cópula.

Era demasiado hermosa, demasiado joven, demasiado niña, sin embargo sus nalgas eran poderosas, orondas, carnosas, con unos muslos contundentes, renacentistas, anchas caderas de mujer pasiva y fértil. ¡Había tanta savia rezumando, hirviendo, dentro de aquel cuerpo! Ella representaba el milagro de la vida.

Fuera, tras la ventana, se veía la parra marchita, la madera podrida del banco, las telarañas de los rincones, las cruces reclinadas del cementerio.

La muchacha se tumbó con lentitud sobre la cama y echó los brazos hacia atrás, abriéndose mucho de piernas. Dejó caer la cabeza al lado derecho de la almohada y, cerrando los ojos, comenzó a acariciarse. Su sexo se fue abriendo como una fruta dulce, como un animalillo confiado.

El hombre la abrazó como si tocara la luna con las manos y se dispuso a gozarla, a exprimirla, a deshojarla, a devorarla. Pero su pensamiento deambulaba con pasos fúnebres del pasado al futuro, del futuro al pasado, incapaz de comprender que lo que aquella muchacha carnal y hermosísima le ofrecía era el presente. Un simple y puro trozo de presente sobre el que detenerse, sobre el que realizarse, sobre el que arraigar, sobre el que crecer, sobre el que justificar toda una vida. Ella, con todas sus preciosas curvas, era la línea recta entre dos puntos.

Él sintió en su miembro todo aquel calor interior, profundo, enloquecedor, toda aquella entrega enamorada y rendida.

-         ¿De dónde eres?,-  preguntó la muchacha cuando acabaron, apoyando satisfecha la mejilla sobre una mano- qué orejas más grandes tienes…¡qué!, ¿qué pasa? ¿qué tengo? ¿porqué me miras así?- rió ingenuamente con sus alma fresca.

Él no contestó. ¿Cómo expresarlo?

Alguien llamó a la puerta. En un suspiro había pasado la media hora.

-Despídete- Lo apremió la niña empezando a vestirse, a desvanecerse, para volver a su reino de neón y lencería, y seguir buscando los sueños o la supervivencia entre rostros brutales de abultadas carteras. ¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? ¿Es la primera vez que vienes? ¿Quieres pasar un rato conmigo?…

La habitación olía a vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

He visto tantos ataúdes, tantas caras de muerto,

tantas flores marchitas sobre las tumbas,

tantos retratos amarillentos,

tantos nombres que han perdido su significado,

tantas vidas como si nunca hubieran sido vividas.

Y de repente apareces tú

como el milagro de la resurrección de la carne.

Te quiero porque estás lejos de la fealdad y de la muerte,

porque hueles a esperanza y a lujuria,

porque tus jóvenes pétalos resplandecen,

porque tu cuerpo puro no sabe nada de enfermedades,

de funerales, de morbideces,

porque cuando suspiras, cuando gritas, cuando te corres,

el mal olor de la vejez se evapora de mi mente.

 

retratos amarillentos

 

He visto tantos ataúdes, tantas caras de muerto,

tantas flores marchitas sobre las tumbas,

tantos retratos amarillentos,

tantos nombres que han perdido su significado,

tantas vidas como si nunca hubieran sido vividas.

Y de repente apareces tú

como el milagro de la resurrección de la carne.

Te quiero porque estás lejos de la fealdad y de la muerte,

porque hueles a esperanza y a lujuria,

porque tus jóvenes pétalos resplandecen,

porque tu cuerpo puro no sabe nada de enfermedades,

de funerales, de morbideces,

porque cuando suspiras, cuando gritas, cuando te corres,

el mal olor de la vejez se evapora de mi mente.

 

 

cuestiones de vida y muerte

 

 

CUESTIONES DE VIDA Y MUERTE

La chica estaba de rodillas sobre la cama, semidesnuda, con un corsé negro y ajustado que resaltaba sus formas blancas y voluptuosas. Su carne era joven, prieta, suave, sus ojos brillaban, ardían, resplandecían. Su pelo era largo, bruñido como la crin de un caballo. Estaba envuelta en un aura de luz, era el aura de la juventud, de la belleza, de la feminidad, de la vida.

El hombre le sacó los pechos por encima del corsé y le desabrochó los corchetes de la entrepierna. La chica suspiró levemente. Su sexo estaba caliente y húmedo, sus pechos eran grandes, con grandes aureolas de un rosa suave, sus pezones erectos. Se vio reflejada en el espejo. “¡Qué porno!” Dijo sorprendida, con voz infantil.

Era muy guapa. Una carita angelical con las mejillas sonrosadas, y los labios, abultados y prominentes, de un color entre rosa y violeta. Sonrió con una desmayada sonrisa que incitaba al amor y a la cópula.

Era demasiado hermosa, demasiado joven, demasiado niña, sin embargo sus nalgas eran poderosas, orondas, carnosas, con unos muslos contundentes, renacentistas, de mujer pasiva y fértil. ¡Había tanta savia rezumando, hirviendo, dentro de aquel cuerpo! Ella representaba el milagro de la vida.

Fuera, tras la ventana, se veía la parra marchita, la madera podrida del banco, las telarañas de los rincones, las cruces reclinadas del cementerio.

La muchacha se tumbó con lentitud sobre la cama y echó los brazos hacia atrás, abriéndose mucho de piernas. Dejó caer la cabeza al lado derecho de la almohada y, cerrando los ojos, comenzó a acariciarse. Su sexo se fue abriendo como una fruta dulce, como un animalillo confiado.

El hombre la abrazó como si tocara la luna con las manos y se dispuso a gozarla, a exprimirla, a deshojarla, a devorarla. Pero su pensamiento deambulaba con pasos fúnebres del pasado al futuro, del futuro al pasado, incapaz de comprender que lo que aquella muchacha carnal y hermosísima le ofrecía era el presente. Un simple y puro trozo de presente sobre el que detenerse, sobre el que realizarse, sobre el que arraigar, sobre el que crecer, sobre el que justificar toda una vida. Ella, con todas sus preciosas curvas, era la línea recta entre dos puntos.

Él sintió en su miembro todo aquel calor interior, profundo, enloquecedor, toda aquella entrega enamorada y rendida.

-         ¿De dónde eres?,-  preguntó la muchacha cuando acabaron, apoyando satisfecha la mejilla sobre una mano- qué orejas más grandes tienes…¡qué!, ¿qué pasa? ¿qué tengo? ¿porqué me miras así?- rió ingenuamente con sus alma fresca.

Él no contestó. ¿Cómo expresarlo?

Alguien llamó a la puerta. En un suspiro había pasado la media hora.

-Despídete- Lo apremió la niña empezando a vestirse, a desvanecerse, para volver a su reino de neón y lencería, y seguir buscando los sueños o la supervivencia entre rostros brutales de abultadas carteras. ¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? ¿Es la primera vez que vienes? ¿Quieres pasar un rato conmigo?…

La habitación olía a vida.

 

 

 

fetiches

 

FETICHES

Son mi tesoro secreto, mi más valiosa posesión.

Me traen el suave aroma de tu desnudez

y siembran de rosas mi soledad.

Es como tenerte siempre,

tener de ti más que tú misma.

He atravesado tu carne de punta a punta,

he capturado la imagen que ronda mis fantasías

para aferrarme a ella mientras viva,

he detenido el tiempo en ese sagrado instante

en que tu alma se hace carne

y tu cuerpo huele a eterna juventud.

Lo que no pudo darme el amor con su mansedumbre,

me lo trae en sus fauces de fiera indómita

la lujuria.