orestes
ORESTES
Venganza. Qué amargo y qué dulce es tu sabor. He nacido para ti, soy tu instrumento. Me acompañas en el lecho donde velo y en la mesa donde ayuno. Venganza. Retumba tu nombre con reverberación de caverna. Y sin embargo, qué pequeño, qué despreciable es el ser por el que te he invocado.
Rodeado de una chusma de aduladores, es un rey espurio y caprichoso que con su obtusa imaginación se cree omnipotente. Pero en sus ojos se adivina un alma mezquina y vergonzante de bajos y miserables instintos. Esas manos que, dueñas de un cetro que usurpó, gesticulan despóticas y amenazantes, son las mismas que derramaron la sangre de mi padre, el rey legítimo. ¿Legítimo? ¡Qué importa eso! Ya no existe nada legítimo o justo. Con ese mismo puñal que refulge en su cintura de héroe de paja, lo mató alevosamente. Sí, sonríe, puerco advenedizo, créete dueño del mundo, es mejor que no temas nada, que te descuides, borracho bastardo de nariz roja, que no preveas nada. Ríete de mí, piensa que sólo soy un bufón pusilánime. No sospeches que ya no soy humano, sino un arma que se afila de los pies a la cabeza ejercitándose para matarte.
Cómo me repugnan esos sucios labios que, con fétido aliento a perro muerto, besan a esa puta que un día nefasto fue mi madre. Cómo me repugna esa expresión triunfante y esos gestos hipócritas de pésimo actorcillo aldeano. Eres sólo un insecto vestido de rey, un rufián zafio, vulgar y farsante, un excremento de perro con fulgores áureos.
Es mi odio, al lado de tu baja condición, una esfera rotunda e invencible, noble y gigante, más grande que el sol, que crece y crece a medida que gira atravesando el espacio y el tiempo, ardiendo, quemando, alimentándose de sí misma, perdurando sobre la pequeñez del ser humano y de su árida historia. Por las leyes inexorables de la física y la metafísica, este odio perfecto al final ha de aplastarte, aplastar tu geta de puerco, tus andares de cretino, tu mente sucia y yerma, tu estúpido discurso de rey de farándula.
Mientras tú ríes groseramente, y devoras tus manjares engordando como el cerdo que eres, y bebes asquerosamente, satisfecho, de tu copa, yo, retirado en las sombras, afilo mi cuchillo de matarife, lo beso con devoción, adoro su sed de sangre culpable, y mimo mi odio, hablo con él, invocando, conjurados, a la muerte, planeando una venganza exterminadora que ha de llegar como tras la noche llega el día.
Sí, ríe, pedazo de mierda, sólo siento que un odio tan grande y hermoso se dirija a un ser tan pequeño y feo.
Pero silencio. Que al abrigo de la noche la serpiente destile su mortal veneno.
Casi siento tener que agotar pronto este fuerte vino de dioses que me emborracha de odio con su enloquecedor sabor a sangre y muerte.
Publica un comentario
Tienes que estar conectado para publicar un comentario.