Un rastro de sangre
PEQUEÑOS ATAÚDES
UN RASTRO DE SANGRE
Era una herida muy fea. El tobillo no paraba de sangrar. Se veían los tendones y una especie de grumos de carne purulenta.
Se quitó la camiseta e improvisó un torniquete.
De una escombrera cercana cogió una rama robusta, aunque un poco encorvada, para usarla como muleta.
Era un caluroso domingo de Julio.
Arrastrando la pierna llegó hasta la carretera. Se puso a parar los coches pero ninguno se detenía. Renqueante y dolorido atajó por el polígono industrial en dirección al ambulatorio de Quintanar. El calor derretía el asfalto. Se vio reflejado en el escaparate de un concesionario de coches: escuálido, enfermizo, semicalvo, cincuenta años de mala suerte, machacado por la vida, parado de larga duración, un híbrido de vagabundo y dominguero, feo, envejecido, asustado, solo.
Salió de nuevo a la carretera. Un coche redujo la velocidad. Se trataba de una familia de camino al Centro Comercial. Una madre, dos niñas y una anciana. La madre era joven, morena y muy guapa. Las niñas, también muy guapas, lo miraron entre la compasión y la repugnancia. Tampoco se detuvieron.
Un sol fiero le mordía la nuca. Era hierro fundido cayendo sobre sus hombros. Un calor metálico, sólido, apocalíptico, asfixiante. Sentía sed, dolor y debilidad. Se estaba desangrando. Necesitaba ayuda. Pero todas las puertas estaban cerradas. Tanta gente alrededor y sin embargo tanta distancia. Era como deambular por un cementerio. Un muerto insepulto vagando sin rumbo por el mundo de los vivos. La segunda resurrección de Lázaro.
Por fin llegó al ambulatorio. La palanca niquelada de la puerta ardía. No podía abrirla, empujó con todas sus fuerzas, forcejeó desesperadamente, la zarandeó y la golpeó con rabia, no se abría. Hasta que vio un cartel que ponía: “Cerrado por vacaciones. Dirigirse al hospital de Alcázar” No podía creérselo. Así funcionaban las cosas en Castilla La Mancha, así habían funcionado siempre, o no habían funcionado nunca, mejor dicho. Un atraso cultural enquistado y definitivo.
Desalentado, se sentó en la acera. La herida seguía sangrando en abundancia a pesar del torniquete. Una mosca revoloteó borracha con el olor de la sangre.
Se incorporó y volvió a la carretera. Nada. Ningún coche paraba. No llevaba móvil, pero aunque lo hubiese llevado daría igual, ya no tenía a nadie a quien llamar. Ningún amigo, ningún pariente, ninguna compañera de viaje. Era un mono expulsado de la manada.
A medida que caminaba, cada vez más despacio y con mayor dificultad, iba dejando un rastro de sangre que parecía hervir bajo el sol.
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