la vida por delante

 

LA VIDA POR DELANTE

 

El sol se ponía tras los cerros hirsutos, y los techos de los coches, aparcados en la explanada,  refulgían con una tenue luz dorada.

Era un sábado de principios de verano. Las tres adolescentes salieron del centro comercial. Una era muy alta y preocupantemente delgada, tenía el cuerpo lleno de lunares, la cara aplastada, como si fuera de plastilina, el mentón prominente, los ojos muy pequeños, la boca muy grande, con espuma seca en la comisura de los labios, los pies torcidos hacia dentro, las piernas de alambre. Otra era enana, con rasgos de muñeca antigua. Y la tercera tenía síndrome de Daum.

Un coche pasó junto a ellas y un joven cetrino, calvo y con una nuca de toro llena de pelos que parecían de tocino, asomó medio cuerpo por la ventanilla para gritar:

-         ¡Guapa!-

Las tres amigas se le quedaron mirando, incrédulas, impasibles, un poco aburridas. Tenían asumida su fealdad, su futuro marginal y solitario. Ningún chico las había piropeado jamás, si no era, como ahora, para burlarse de ellas.

La de la cara aplastada se puso a comer pipas con sal. La enana comenzó a caminar con sus andares patizambos y su bolso de plástico colgado del hombro. La que tenía síndrome de Daum dijo inesperadamente con su voz ronca:

-         Me ha dicho a mí-

El padre de la que tenía síndrome de Daum las observaba desde el lugar donde había quedado con ellas para recogerlas. Pensó “Tienen toda la vida por delante”. Y de repente, sin saber porqué, mientras se acercaba con sus manos de pato y sus ojos oblicuos, se sintió orgulloso de su hija. Jamás en su vida se había sentido como en aquel instante, tan orgulloso, tan seguro, tan afortunado, no sabía cómo explicarlo. Era su niña. Sonrió.

En el cielo comenzaron a encenderse algunas estrellas.

 

 

 

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