cinco minutos de descanso

 

 

 

CINCO MINUTOS DE DESCANSO

 

El viejo se sentó a descansar en un banco. Dejó en el suelo las bolsas del Dia y respirando profundamente apoyó los brazos en el respaldo.

Era un caluroso mediodía de finales de Julio.

Por la acera pasó un ejemplar corpulento con bermudas blancas y camiseta de tirantes. Un rostro vulgar, vacío, con ojos de cucaracha, condimentado con un gesto sombrío de chulería y mala leche. Había conocido a tantos así en su larga vida. Malos vecinos que invadían su intimidad, conductores asesinos, pirañas murmuradoras, chusma dominguera, adictos a los bares, fauna estridente y rastrera de pensamiento difícil y risa fácil. No se podía luchar contra aquella plaga, eso lo supo ya en la mili, ellos estaban en un bando y él en otro, ellos eran los vencedores, ignorantes soberbios sin vida interior, sin talento, sin chispa, con valores obtusos y miméticos, molestos como moscardas con las fauces llenas de mierda, hirientes como tábanos, pero felices como monos trepando a los árboles.

Tenía ya setenta y cuatro años y nunca se había reconciliado con aquella especie, moriría sin reconciliarse.

Sólo las mujeres le habían hecho integrarse por momentos en la sociedad, aunque más bien era él quien las había integrado en su mundo alejándolas de sus feas realidades. Pero también su relación con las mujeres había acabado siempre en fracaso. Fracaso tras fracaso. Recordó a aquella muchacha de ojos grandes y sonrisa luminosa a la que tanto deseó hacía ya muchos años. Poco a poco la luz de aquella sonrisa se fue apagando como el sol que se ahoga en las nubes. Fue como si él la hubiera contaminado con su negra amargura.

Al final sólo le quedaba una inmensa y calcinada llanura de soledad.

Estaban los hijos y los nietos, es verdad, pero era como si ya pertenecieran a otro mundo, como si fueran extraños que de vez en cuando venían a visitarlo para acallar sus malas conciencias.

En fin, aún tenía sus perros y su pequeña pensión. ¡Para qué más!

La calle quedó desierta. No se oían ni los pájaros. Por unos momentos se sintió a gusto sentado a la sombra en aquel banco. Un breve descanso en las trincheras. Le dolían las piernas, la sangre no le circulaba bien. El lunes tenía cita con el médico.

No le importaba morir, lo que le molestaba era compartir destino con sus semejantes. ¿Semejantes?, ¿en qué? En nada. Siempre fue un extranjero en todas partes, un lobo acosado por los corderos. La vida era una guerra absurda y sin cuartel. Pero, pensándolo mejor, después de tanto tiempo casi le parecía bien que fueran así las cosas. Le habría desconcertado mucho descubrir algún rasgo noble o inteligente en aquellos bípedos de obvio discurso y rancio sudor de multitud.

Recogió sus bolsas del suelo y se incorporó con dificultad para continuar su camino con andares penosos.

Un gato que se relamía a las puertas de una carnicería, se le quedó mirando anodinamente.

 

 

 

orestes

ORESTES

Venganza. Qué amargo y qué dulce es tu sabor. He nacido para ti, soy tu instrumento. Me acompañas en el lecho donde velo y en la mesa donde ayuno. Venganza. Retumba tu nombre con reverberación de caverna. Y sin embargo, qué pequeño, qué despreciable es el ser por el que te he invocado.

Rodeado de una chusma de aduladores, es un rey espurio y caprichoso que con su obtusa imaginación se cree omnipotente. Pero en sus ojos se adivina un alma mezquina y vergonzante de bajos y miserables instintos. Esas manos que, dueñas de un cetro que usurpó, gesticulan despóticas y amenazantes, son las mismas que derramaron la sangre de mi padre, el rey legítimo. ¿Legítimo? ¡Qué importa eso! Ya no existe nada legítimo o justo. Con ese mismo puñal que refulge en su cintura de héroe de paja, lo mató alevosamente. Sí, sonríe, puerco advenedizo, créete dueño del mundo, es mejor que no temas nada, que te descuides, borracho bastardo de nariz roja, que no preveas nada. Ríete de mí, piensa que sólo soy un bufón pusilánime. No sospeches que ya no soy humano, sino un arma que se afila de los pies a la cabeza ejercitándose para matarte.

Cómo me repugnan esos sucios labios que, con fétido aliento a perro muerto, besan a esa puta que un día nefasto fue mi madre. Cómo me repugna esa expresión triunfante y esos gestos hipócritas de pésimo actorcillo aldeano. Eres sólo un insecto vestido de rey, un rufián zafio, vulgar y farsante, un excremento de perro con fulgores áureos.

Es mi odio, al lado de tu baja condición, una esfera rotunda e invencible, noble y gigante, más grande que el sol, que crece y crece a medida que gira atravesando el espacio y el tiempo, ardiendo, quemando, alimentándose de sí misma, perdurando sobre la pequeñez del ser humano y de su árida historia. Por las leyes inexorables de la física y la metafísica, este odio perfecto al final ha de aplastarte, aplastar tu geta de puerco, tus andares de cretino, tu mente sucia y yerma, tu estúpido discurso de rey de farándula.

Mientras tú ríes groseramente, y devoras tus manjares engordando como el cerdo que eres, y bebes asquerosamente, satisfecho, de tu copa, yo, retirado en las sombras, afilo mi cuchillo de matarife, lo beso con devoción, adoro su sed de sangre culpable, y mimo mi odio, hablo con él, invocando, conjurados, a la muerte, planeando una venganza exterminadora que ha de llegar como tras la noche llega el día.

Sí, ríe, pedazo de mierda, sólo siento que un odio tan grande y hermoso se dirija a un ser tan pequeño y feo.

Pero silencio. Que al abrigo de la noche la serpiente destile su mortal veneno.

Casi siento tener que agotar pronto este fuerte vino de dioses que me emborracha de odio con su enloquecedor sabor a sangre y muerte.

 

   

 

 

Un rastro de sangre

 

                                                  PEQUEÑOS ATAÚDES

 

UN RASTRO DE SANGRE

Era una herida muy fea. El tobillo no paraba de sangrar. Se veían los tendones y una especie de grumos de carne purulenta.

Se quitó la camiseta e improvisó un torniquete.

De una escombrera cercana cogió una rama robusta, aunque un poco encorvada, para usarla como muleta.

Era un caluroso domingo de Julio.

Arrastrando la pierna llegó hasta la carretera. Se puso a parar los coches pero ninguno se detenía. Renqueante y dolorido atajó por el polígono industrial en dirección al ambulatorio de Quintanar. El calor derretía el asfalto. Se vio reflejado en el escaparate de un concesionario de coches: escuálido, enfermizo, semicalvo, cincuenta años de mala suerte, machacado por la vida, parado de larga duración, un híbrido de vagabundo y dominguero, feo, envejecido, asustado, solo.

Salió de nuevo a la carretera. Un coche redujo la velocidad. Se trataba de una familia de camino al Centro Comercial. Una madre, dos niñas y una anciana. La madre era joven, morena y  muy guapa. Las niñas, también muy guapas, lo miraron entre la compasión y la repugnancia. Tampoco se detuvieron.

Un sol fiero le mordía la nuca. Era hierro fundido cayendo sobre sus hombros. Un calor metálico, sólido, apocalíptico, asfixiante. Sentía sed, dolor y debilidad. Se estaba desangrando. Necesitaba ayuda. Pero todas las puertas estaban cerradas. Tanta gente alrededor y sin embargo tanta distancia. Era como deambular por un cementerio. Un muerto insepulto vagando sin rumbo por el mundo de los vivos. La segunda resurrección de Lázaro.

Por fin llegó al ambulatorio. La palanca niquelada de la puerta ardía. No podía abrirla, empujó con todas sus fuerzas, forcejeó desesperadamente, la zarandeó y la golpeó con rabia, no se abría. Hasta que vio un cartel que ponía: “Cerrado por vacaciones. Dirigirse al hospital de Alcázar” No podía creérselo. Así funcionaban las cosas en Castilla La Mancha, así habían funcionado siempre, o no habían funcionado nunca, mejor dicho. Un atraso cultural enquistado y definitivo.

Desalentado, se sentó en la acera. La herida seguía sangrando en abundancia a pesar del torniquete. Una mosca revoloteó borracha con el olor de la sangre.

Se incorporó y volvió a la carretera. Nada. Ningún coche paraba. No llevaba móvil, pero aunque lo hubiese llevado daría igual, ya no tenía a nadie a quien llamar. Ningún amigo, ningún pariente, ninguna compañera de viaje. Era un mono expulsado de la manada.

A medida que caminaba, cada vez más despacio y con mayor dificultad, iba dejando un rastro de sangre que parecía hervir bajo el sol.

 

 

 

   

 

 

 

la vida por delante

 

LA VIDA POR DELANTE

 

El sol se ponía tras los cerros hirsutos, y los techos de los coches, aparcados en la explanada,  refulgían con una tenue luz dorada.

Era un sábado de principios de verano. Las tres adolescentes salieron del centro comercial. Una era muy alta y preocupantemente delgada, tenía el cuerpo lleno de lunares, la cara aplastada, como si fuera de plastilina, el mentón prominente, los ojos muy pequeños, la boca muy grande, con espuma seca en la comisura de los labios, los pies torcidos hacia dentro, las piernas de alambre. Otra era enana, con rasgos de muñeca antigua. Y la tercera tenía síndrome de Daum.

Un coche pasó junto a ellas y un joven cetrino, calvo y con una nuca de toro llena de pelos que parecían de tocino, asomó medio cuerpo por la ventanilla para gritar:

-         ¡Guapa!-

Las tres amigas se le quedaron mirando, incrédulas, impasibles, un poco aburridas. Tenían asumida su fealdad, su futuro marginal y solitario. Ningún chico las había piropeado jamás, si no era, como ahora, para burlarse de ellas.

La de la cara aplastada se puso a comer pipas con sal. La enana comenzó a caminar con sus andares patizambos y su bolso de plástico colgado del hombro. La que tenía síndrome de Daum dijo inesperadamente con su voz ronca:

-         Me ha dicho a mí-

El padre de la que tenía síndrome de Daum las observaba desde el lugar donde había quedado con ellas para recogerlas. Pensó “Tienen toda la vida por delante”. Y de repente, sin saber porqué, mientras se acercaba con sus manos de pato y sus ojos oblicuos, se sintió orgulloso de su hija. Jamás en su vida se había sentido como en aquel instante, tan orgulloso, tan seguro, tan afortunado, no sabía cómo explicarlo. Era su niña. Sonrió.

En el cielo comenzaron a encenderse algunas estrellas.