fin

 

 

Fue una muerte dolorosa para los dos,

como no podía ser menos.

La metástasis se había metido en la sangre

y hasta en el fondo de los huesos.

Te miré por el retrovisor subiendo la calle hacia tu nueva vida,

con aquellos andares tan familiares que ahora tendría que empezar a olvidar.

Sin ninguna certeza en esta vida,

seguí mi camino hacia la soledad del páramo,

desgarrado por un miedo absoluto que me impedía llorar.

En nuestro caso, la tostada cayó siempre del lado de la mantequilla.

Los dos sabíamos que, tarde o temprano, llegaría este final.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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